viernes, 8 de octubre de 2010

Juan Emar y la “moderna” experiencia “del absurdo”: Ayer, hoy y siempre…

Demian Paredes (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

“Dios creó ante todo los cafés, las tiendas y los cines. Luego cafés, tiendas y cines, crearon hombres”
Juan Emar
Como es harto recordado, entre los materiales del Libro de los paisajes, Walter Benjamin destacaba al flâneur como un tipo, un sujeto, diferente del simple “mirón”, que recorre la ciudad y se funde (y confunde) en/con ella: en realidad, el flâneur “la vaga”, con completa consciencia de estar haciéndolo. Aquí, en los múltiples ejemplos del siglo XIX europeo que cita Benjamin, tenemos siempre un sujeto impactado ante la monumentalidad de la urbe consolidada –y aún en expansión-. Pero, en lo que respecta a las (primeras) vanguardias latinoamericanas, las primeras décadas del siglo XX, tal vez esto sea un poco distinto.
Porque, en el caso del chileno Juan Emar –segundo título de la Editorial Final Abierto y su colección “Vanguardia” -, su novela Ayer (1935) tiene una trama, una serie de acciones, que tienen tanto que ver con la dinámica de la ciudad moderna pero, mucho más que con la expansión de los sujetos protagonistas (y su “¡Vamos, vamos!” que propone como fin/apertura, hacia un próximo capitulo), en movimiento, con la expansión mental, de consciencia e imaginación que hay en ellos.
En efecto, Ayer se caracteriza por ser una historia súperimaginativa, donde la realidad y sus posibilidades, no dejan a la saga las proyecciones mentales del protagonista llamado Juan, que, en un día, acompañado por su esposa, presencia una serie de hechos insólitos, tan insólitos como los pensamientos que destila y comenta al lector. Pensamientos y comentarios que, como dijimos, acompañan los desplazamientos espaciales del narrador la víspera (el día anterior: ayer).

Enumeremos brevemente los mismos: acontecimientos sorprendentes en un zoológico (2); una visita y discusiones con su amigo el pintor Rubén de Loa (3); observaciones sobre un gordo-burgués (“recorro el vasto campo de todas mis lecturas y, que yo recuerde, no sé de ningún hombre ni del pasado ni del presente, que haya jamás sacado algo en limpio de la observación de otro hombre barrigón” (4)), las calles y los comercios desde una sala de espera (5). Una visita familiar (objeto misterioso y nunca revelado de por medio) y un paseo con su padre bajo la lluvia. Y, finalmente, una ¿extraña? experiencia en un urinario donde, una mosca, sirve como un “disparador” que fragmenta la consciencia (y el tiempo y las posibilidades) del narrador: “Un punto: la opción tenía que ser rápida, instantánea, mejor dicho, puesto que cualquier vacilación se trocaba en tiempo diferente: tiempo de marcha para las manecillas, de detención para mí al no decidirme. Y al diferenciarse así este tiempo, al bifurcarse, su unidad se quebraba en dos, siendo una parte la que seguía ‘siendo’; la otra, separada de ella. Vale decir la otra fuera del tiempo (…). Soy yo mismo y ‘trato’ de imaginar lo que iría sintiendo al caer. Este ‘tratar’ me pone ya algo ajeno. Luego viene la suspensión, el punto culminante. Aquí viene la sensación del desdoblamiento de que he hablado, su absoluta posibilidad, más aún, su carácter inevitable y, con ello, hasta la sensación nítida de la presencia de todo un pasado libertado del tiempo y apareciendo en simultaneidad” (6).

Humor negro, del absurdo, surrealismo y alguna ironía social encontramos en el libro de Juan Emar (7).
Esta edición de Ayer viene acompañada de un ensayo introductorio de la académica Cecilia Rubio (“Juan Emar y la novela Ayer en la vanguardia chilena”), quien apunta, entre otras cosas, que: “La contribución de Emar y de su grupo al dinamismo cultural chileno a partir de los años veinte, cumple la importante labor de ayudar a construir una élite intelectual-artística que se afirmará en la producción y defensa de un arte alejado de los modos y prerrogativas de las clases dominantes, la pequeña aristocracia de las familias ‘fundadoras’ y la burguesía de los letrados. El arte se convierte en una producción estética y ética autónoma. Lo que en este contexto se llama ‘arte autónomo’ encuentra así sus determinaciones bien específicas en el campo cultural de la época. Se trata de una forma de producción desligada de los aparatos del Estado y de las clases que en él intervienen, producción que se afirma en un cosmopolitismo que la aleja de cualquier prejuicio nacionalista y de clase. Por el contrario, el arte autónomo funda sus propios referentes, contenidos y valores, de manera que amplía su radio de alcance a toda la cultura. De allí el universalismo y el desarraigo social del arte vanguardista, formación autónoma, pero complejamente interdiscursiva, polémica y abierta a las disciplinas humanas y científicas” (8).
Lo que se propone Emar con su literatura –en una lectura de un registro narrativo- es una suerte de “juego de los sentidos”; es, en esta línea, un escritor muy poco “cerebral” (que además fue un aficionado al “ocultismo”: por ello hay toda clase de alusiones al mismo).

Es una literatura donde hay –también- mucho de “intuiciones” –junto a las sensaciones vívidas- en sus personajes.

En definitiva, hablamos de una gran libertad imaginativa y una destacable destreza narrativa, que atrapa al lector desde las primeras páginas.
Notas:
1) Juan Emar, Ayer, Bs. As., Final Abierto, 2010. El primer título de la colección dirigida por José Henrique, Un hombre muerto a puntapiés y Débora, del ecuatoriano Pablo Palacio, fue reseñado por el autor del presente artículo en: http://pts.org.ar/spip.php?article14094
2) Donde, dice, “el espectáculo presenciado y evocador de mis recuerdos, regíase por velocidades insólitas, no velocidad de humanos, sino velocidades de leonas aceleradas y, sobre todo, enfurecidas, velocidad multiplicada y seguramente multiplicadora de cuanto existe, planetas girando, constelaciones en movimiento, Universo todo, salvo nosotros dos, pobres seres en la punta de un olmo detenido, pobres seres a la igual de cuantos hay, pues ya habían parado en su correr enloquecido, hombres, mujeres, niños, ancianos, soldados y frailes y ya los magníficos aviones universales habían verificado sus respecticos ascensos y volaban ahora planeando como cisnes sin objetivos” (ídem. 1, p. 64).
3) Le dice a Juan en un momento: “Pero, ¿te crees tú (…) que ha nacido burgués que logre inquietarme? (…) Como que aparezcan, uno a uno los iré cogiendo por la garganta con mi izquierda y, con ese machete en la derecha, les revolveré las entrañas hasta su fallecimiento total, ¡total!, ¡¡total!! ¿Ira? ¿Despecho? ¿Venganza? ¡Nada de eso! Les moleré, les amasaré, les descuartizaré las entrañas para que expriman y expelan todos los rojos de sus sangres. Entonces, con esos rojos, fabricaré cuantos falten aún en la creación, cuantos Dios tenga proyectado fabricar durante los días que quedan por venir, rojos de fuego, de rubí, de flores y de carnes, de menstruaciones y de heridas, de bochornos y de glorias. ¡Todos los fabricaré con el vientre sanguinolento y macerado de esos hombres, bermejo, granate, bermellón, escarlata, púrpura, carmín, coral, rosado, cardenal, cereza, granada, laca, encarnado, amaranto, tomate, alazán, ladrillo, salmón, ascua, chispa, fuego, cangrejos cocidos, lacres derretidos, hierros candentes, revoluciones, banderas, arterias y tripas!” (ídem. 1, p. 83).
4) Ídem. 1, p. 86.
5) “¡Afuera! ¡Qué cambio! Es increíble que un vidrio, un simple vidrio de no más de 6 o 7 milímetros de espesor, pueda separar tan diferentes cosas. Afuera nadie esperaba, nadie se quedaba atrás como corríamos riesgo de hacerlo nosotros, el gordo y los veinte o más otros bultos semivivientes depositados a lo largo de los bancos. Afuera todos se precipitaban. (…) Hay vidrieras de cafés, de tiendas y de cines. En las vidrieras de los cafés se ven los clientes hablando como mudos; en las de las tiendas, lo que se quiera ver (yo, especialmente, desde mi observatorio, veo objetos de caucho); en la de los cines, astros y estrellas, de cera” (ídem. 1, pp. 95 y 96).
6) Ídem. 1, pp. 123 y 126.
7) Los mismos contenidos “sorprendentes” se encuentran en muchos otros trabajos. Como en el relato “Maldito gato” (que incluye, como Ayer, a la ciudad de San Agustín de Tango): “¡Cuán lejos quedan el Sol fructificador y la Luna adormecedora! Ahora sé, sé con la más absoluta certeza, que el uno sólo tiene como misión cultivar las fiebres y acelerar las putrefacciones; la otra, conectarnos con los fantasmas y las larvas y ayudarnos a violar, en evocaciones negras, lo que se tilda de sagrado y venerable. Nada más”. O en “El unicornio”: “Lo que siempre a Camila le reproché, entre risas y sarcasmos de ella, fue su absoluta ignorancia. Camila, hasta hace pocos días, creía que las cáscaras de las almendras eran fabricadas por carpinteros especialistas para proteger el fruto mismo; que Hitler y Stalin eran dos personajes íntimamente ligados a nuestro Congreso Nacional; que las ratas nacían espontáneamente de los trastos acumulados en los sótanos; que Mussolini era ciudadano argentino; que la batalla de Yungay había tenido lugar en 1914 en la frontera franco-belga. Camila vivía fuera de toda realidad, fuera de todos los hechos”.
8) Ídem 1. pp. 29 y 30. “Emar funcionó en su contexto como un ‘puente conciliador’ de tendencias, en virtud de la pluralidad y sincretismo de su obra, en la que es posible encontrar elementos cotidianos, de Surrealismo, de absurdo, así como rasgos de lo que llegará a ser con el tiempo ‘la nueva novela’. (…) Emar y no Manuel Rojas debe considerarse como el puente entre los criollistas y la generación de 1938, ya que Emar era un ideólogo que aportó teóricamente a la superación del realismo, así como al concepto de la obra artística, por lo que se insertó en el campo cultural de su época a partir de la apropiación del paradigma artístico contemporáneo” (ídem., p. 26).

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