viernes, 8 de octubre de 2010

La seducción de la tecnociencia

Enric Cassú - Marco Tobón (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas”.

Franz Kafka. El silencio de las sirenas.
A toda prisa ingresamos a la sala de teleconferencias, llegábamos tarde al anunciado taller ofrecido por Colciencias a través de la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad Nacional: Seminario-taller bases para la formulación de proyectos científicos ante fuentes de cooperación internacional. En la pantalla del armatoste televisor aparecía un hombre con los puños remangados de su camisa blanca, lucía unos lentes de marco grueso y ademanes gráciles como de director de orquesta, propio de aquellos que hablan con sus manos para capotear todas las burocracias. En los altavoces del aparato se escuchaban, a modo de imperativos categóricos, las ideas que siempre deben incluirse en los novelones que vive la academia colombiana ante las fuentes de cooperación internacional, “admitamos que ante los cooperantes externos debemos negociar nuestra agenda de investigación”; “es imprescindible adoptar las estrategias del marco lógico-EML”, decía con énfasis. De repente, en algún momento terminó suplicando convencido “la estrategia de marco lógico es el padre nuestro de la cooperación”. Este clamor retumbó en las salas de teleconferencia de todas las sedes, desde San Andrés hasta Leticia, de Arauca hasta las sedes Andinas. Todos escuchábamos atentos al joven predicador de la tecno-ciencia que blandía con euforia los nuevos mandatos religiosos que debe acatar la academia criolla para que la financiación internacional respalde su práctica investigativa.

Con escepticismo vemos que la cooperación internacional no es un asunto de dogmas revelados, pues tiene tanto de complejo como de relevante, no sólo por los debates que aún no se han encarado, sino por la sensible encrucijada en la que envuelve a la investigación. Por ejemplo, ante el dinero de la cooperación externa ¿qué hacer?, ¿asumir una postura pragmática y emplear este dinero para impulsar las investigaciones que consideramos prioritarias?, ¿la investigación debe incidir en las realidades locales, o bien, satisfacer los intereses de los cooperantes?, ¿la ciencia colombiana goza de excelencia y por lo tanto es financiada por organismos internacionales, o bien, se trata de altruismo desinteresado de los países ricos?, ¿se trata de una caridad globalizada de los filántropos o de una invitación al intercambio de dones?

En todo caso esta es la melodía de nuestros tiempos: la Amazonía en medio de una desbordada mundialización; ya no es el oro, ni la quina, ni el caucho, ni la coca, sino la llamada “internacionalización de la investigación”. Los cantos de una relación más cooperativa substituyen al viejo extractivismo salvaje. Sin embargo, el precio que tienen que pagar muchos investigadores es su conversión al mundo de la gestión de proyectos, es decir, ajustar sus estudios a los ámbitos del mercado académico, de las fundaciones filantrópicas y de los organismos estatales de cooperación y desarrollo.

El mencionado taller ofrecido por Colciencias, orientado a mejorar la gestión en la financiación de la investigación, más exactamente a levantar plata, tiene como materia prima el “método científico”, esto es, la modalidad de conocimiento que transita por los rieles lógicos del razonamiento objetivo. El apoyo económico a la investigación queda supeditado al vínculo entre marketing y ciencia. Este pensamiento avalado como ciencia es presentado en un lenguaje estandarizado, insípido y competitivo, capaz de traer a evidencia su propia eficacia. A través de dichos derroteros las demás formas y procedimientos de conocimiento son abandonados al terreno de la superchería, justamente porque estas formas de “lumpen-conocimiento” no son del todo rentables. ¿Qué pensar en la UN sede Amazonia cuyo ejercicio investigativo deriva de los acercamientos con formas de conocimiento no científico, con los pensamientos y prácticas del indio, del ribereño, del caboclo, del campesino, del amazónico urbano? ¿Cuántas investigaciones no versan sobre la vida de estos “otros” a los cuales al mismo tiempo se excluye?

Como bien lo expuso Marx, la ciencia ha adquirido la vocación de ser un medio de producción de riqueza, un medio de enriquecimiento. El conocimiento derivado del “método científico” se ha convertido en las sociedades contemporáneas en el gran motor de producción, obsesionado con instrumentos de medición exactos, cálculos verificables y modelos instrumentales infalibles costeados por las urgencias del capital. Es válido pensar entonces que la ciencia, en tanto herramienta de producción, proviene del mercado y vuelve a él. Difícilmente esta riqueza económica será manejada por las universidades, más bien serán estas las manejadas por ella. Lo que nos enseña la historia es que, o bien las otras formas de conocimiento, incompetentes para vincularse al proceso de producción, seguirán siendo vistas por la tecno-ciencia como rudimentarias e inferiores modalidades de comprender la realidad, o bien tendrán relativa utilidad y por lo tanto serán arrancadas de su medio para manufacturarse en un objeto consumible.

Pero todo esto no lo dirán, utilizarán las buenas formas del lenguaje académico y asegurarán que los otros conocimientos adolecen de imprecisiones científicas, que no son verificables, cuantificables y que no encajan en las coyunturas globales. Este fundamentalismo tecno-científico se enreda en la mediación burocrática entre donantes y cooperantes. La ciencia vestida de marketing, de gestión, de tecnicismos seductores prioriza las reglas del marco lógico y las exigencias del formalismo, antes que las dinámicas de la propia vida social. El único diálogo de saberes aceptable, es el que pasa por estadistas, gestores y tecnócratas. Digámoslo: el reto de la investigación se juega ahora ante los financiadores privados.

No queremos que malentiendan nuestro planteamiento, no estamos condenando la cooperación de las fuentes de financiación externa per se, pues casos exitosos y ejemplares de alianzas universitarias e investigativas se han visto, incluso en la UN sede Amazonía. Queremos sacar a la luz algunos interrogantes difíciles de despejar. Lo que causa malestar es que se imponga como ideal que la mejor política de investigación para nuestras universidades dependa de la cooperación internacional y no de las responsabilidades soberanas de los Estados.

De este modo, la aspiración suprema de la Universidad colombiana es y será -dicen los mercaderes de la educación- conquistar fuentes de financiación. Antes era “construir Nación”, “tejer conocimiento” o “iluminar problemas regionales”, ahora se trata de elevar su rentabilidad económica cual pirámide financiera. Esto los tecno-burócratas lo justifican mediante dos argumentos: primero, reconociendo que la investigación colombiana es tan excelente, goza de alta calidad y es tan pertinente que merece ser financiada por las grandes fuentes de cooperación internacional: “¿cómo no van a financiar nuestros maravillosos proyectos y nuestras inmejorables ideas?”. El país está autodestruyéndose, pero nuestra investigación es la más competitiva, ¡vaya audacia! Segundo argumento, que no se dice en público, simplemente que la Universidad colombiana está en la inopia, está desfinanciada y es una carga presupuestal para el Estado, por lo tanto, ¡que arranquen en estampida docentes, estudiantes y sus grupos de investigación a rebuscar fuentes de cooperación económica para la investigación! Mejor dicho, o somos expertos en el mercadeo académico y empresarial de la investigación o fallecemos en la adversidad y se apagan las luces de la Universidad. La educación, como era de esperar, se pliega al dominio de las sabias leyes de la oferta y la demanda. Como buena república capitalista dependiente, bienvenidos al oscurantismo.

Esta situación vivida por muchos investigadores, es igual a la de algunos indígenas amazónicos que ante su dependencia al mercado transforman su cultura en objeto de consumo, vinculando sus bailes, tejidos, saberes a modo de mercancías en la industria del turismo. Igual sucede con algunos proyectos de investigación cargados de ocurrencias maquilladas de ciencia que quieren sorprender a las fuentes de financiación, exponiendo ideas que complazcan lo que los cooperantes quieren ver y leer, no importa tanto la incidencia social y política, ya que el fin último es levantar plata y para ello el argumento estará perfilado bajo términos claves en el mercado académico: cambio climático, biotecnología, inclusión de género, nanotecnología, participación ciudadana, desarrollo sostenible, producción de biocombustibles, mejoramiento genético, resolución de conflictos, entre otros.

De este modo, si desea tener éxito en sus investigaciones no dude en incluir alguna de las anteriores palabras claves en cuanto formulario, convocatoria, candidatura, consorcio, comisión y programa académico se le atraviese. Seguro que algún gobierno estará financiando investigaciones en estos temas, o bien algún filántropo multimillonario a punto de morir quiere que su nombre perdure en alguna fundación que investigue estas áreas importantísimas para la vida del planeta. No se preocupe por las posibles dificultades, lo único que terminará fracasando será el proyecto, mientras el cooperante elevará su prestigio y sus rentas, la Universidad mejorará los indicadores económicos y el investigador podrá seguir pagando las cuotas de impuestos y comiendo bien.

Pero no se crea que los investigadores proclives al mercadeo de la ciencia son criaturas recientes, engendradas por los vacíos éticos del sistema neoliberal, nada de eso, hipócritas y avaros ha habido siempre. La indiferencia social a favor del éxito individual ha sido la máxima de muchos en la historia humana. Pero también han existido algunos cuya práctica científica es impulsada por firmes principios de justicia, quizás intentando aportar con alguna idea, método, noción o invento para combatir la adversidad, el sufrimiento o la infamia. Aquí no caben las excusas lastimeras de que “pobrecitos los investigadores de los países pobres, se han visto forzados a complacer los intereses de los cooperantes en procura de financiar sus investigaciones”. Estas circunstancias reclaman una concepción que responda al ¿para qué? del ejercicio investigativo; el vasallaje científico ha sido posible no sólo por el poder de quienes con su dinero imponen la agenda de investigación, sino también por los investigadores de que se auto-colonizan al plegarse sin reservas a las directrices que el mercado le asigna a la ciencia. Esta discusión no es nueva y jamás nos abandonará, el finado Orlando Fals Borda la abordó con seriedad y sacrificio, hoy vuelve a presentarse ante nosotros como desafío a través de nuevos interrogantes.

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” Karl Marx (Tesis XI. Tesis sobre Feuerbach)

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