jueves, 14 de octubre de 2010

Los Patas Negras

Eloy Roy

Traducido del francés por Susana Merino

El lago San Juan tiene sus Viejos, la isla de Orleáns, sus Brujos y la Beauce(1), sus Patas Negras. Ese mote de Patas Negras dice por sí solo mucho más sobre la intrepidez de los pobladores de la Beauce que muchas páginas de algún voluminoso libro de historia.

Es un sobrenombre tan antiguo como la Beauce, que cuenta ya con cerca de trescientos años. Son aún testimonio de aquella respetable época, la casa solariega y el molino de los antiguos señoríos, así como la vieja iglesia de alguna de las parroquias más antiguas como también los tragaluces y los techos inclinados de las venerables mansiones que se escalonan a lo largo de las dos riberas del perezoso y a veces turbulento río Chaudière.

Hubo un tiempo en que la región no era “agraciada” porque su valle se encontraba cerrado por un lado por la frontera con los EEUU y las selvas del Maine y por el otro aislado de la ciudad de Québec por los grandes bosques de San Enrique y por las inmediaciones pantanosas del río San Lorenzo. Una vez al año, cuando llegaba el otoño, el campesino de la Beauce llenaba una carretada con los mejores productos de su granja, aparejaba su mejor caballo y se encaminaba lentamente hacia el mercado de la vieja capital. No se endomingaba para el viaje, porque el camino que debía transitar por más de cien kilómetros no era más que una miserable huella de barro que se arrastraba penosamente a lo largo del caprichoso río. La expedición se volvía en ciertos tramos, peligrosa pesadilla como la travesía de los bosques de San Enrique, que negros como la noche y a menudo infestados de ladrones, se volvían aún más temibles. En los pantanos de los bajíos del San Lorenzo, las cosas empeoraban. Muchas veces nuestro valiente protagonista llegaba a atascarse y a quedarse casi allí, pero siempre penosa y miserablemente y estimulado más por los juramentos que por las oraciones, terminaba por zafar. En fin, superado el lodazal cruzaba el río en un transbordador y entraba en el mercado de Québec, de pié sobre su carro, embarrado hasta la panza y arrogante como un vencedor romano. Se le reconocía por el color de sus piernas. Si estaban negras por el barro, venía de la Beauce. Si se venía de la Beauce se era un “Pata Negra”.

Cuando terminaba esta aventura anual en la feria de Québec, el campesino volvía a su valle, llevando consigo su “precioso dinero”, paños nuevos y un cántaro conteniendo algún estimulante. Y volvía a aislarse en su región de arces, para recomenzar, con su mujer y sus hijos su rutina de labriego honesto y de leñador solitario.

Como todos los “quebecos” de la época, el “bocerón” era tan católico como el Papa y tal vez más. Pero sabía también razonar, rezongar y defender sus ideas. Podía ser tierno como un corderito y enojarse hasta trabarse cuando llegaba el momento. Le gustaba vanagloriarse, “hacer cáscara” y divertirse. Tenía tendencia a ver las cosas de mayor tamaño, más grandes, o más negras o más blancas. Era de verba florida y raramente aburrido.

Cuando se vive aislado, sin cine, sin tele sin ni siquiera diarios o radio y la única distracción en 200 km a la redonda es la misa del domingo la vida no resulta demasiado atractiva. Con un poco de imaginación entonces se inventan historias de miedo, de dramas y con la ayuda del diablo hasta de enemigos. Porque ayudarse entre vecinos no está mal, pero reñir de tanto en tanto es aun mejor: cambia de lugar al mal. Los defectos que se simulaba no ver en el prójimo saltaban de pronto a la vista. El cielo se ensombrecía, la discordia se propagaba.

Comenzaban a mirarse unos a otros de soslayo, a desconfiarse, a espiarse. Se observaban, se agarraban por el pescuezo… Un guijarro en la escalinata, un haz de heno desaparecido, una estaca invadiendo el terreno de uno y luego esa nariz parada, esa mirada hiriente en los ojos, ese aire burlón… ¡Allí estaba el mal! Se pedían cuentas sobre cada guijarro, sobre cada haz de heno, sobre cada estaca y a las primeras de cambio ¡se terminaba en la Justicia! Porque el bocerón, como no es difícil imaginar amaba “pleitear” Se sentía feliz de pertenecer al “mundo respetable”, su honor era lo más importante.

Sin embargo no es posible poseer todas las virtudes. Y he aquí porque el bocerón honorablemente celoso de su dignidad, también lo era de su pueblo. Aunque, según las malas lenguas, su amor rayaba a veces en el chauvinismo ¿Quién lo hubiera creído?... Antiguamente la Beauceville actual estaba integrada por dos pequeñas ciudades ubicadas una frente a otra, separadas por el río y vinculadas por un solo puente. La emulación entre ambas era legendaria y también las disputas. No se mataban entre sí, pero se jugaba con rudeza. Como en el hockey. Por una nada estallaba la pelea. Hubo un tiempo, por ejemplo, en el que luego de una tormenta de nieve, cada una de las ciudades asumía la tarea de quitar la nieve de su mitad del puente. Existía como una frontera invisible, la más sensible del planeta, que dividía al puente en dos partes iguales. Violar esa frontera, echando sobre el territorio del vecino una sola palada de nieve podía desencadenar una guerra. Por suerte esto no solía ser evitado porque de serlo se hubieran perdido algunos buenos espectáculos en los que abundaban los dientes rotos, los ojos amoratados, las narices sangrantes y las avalanchas de las más sabrosas injurias. Allí no pasaba nada, porque pelear de cuando en cuando entre cristianos no es pecado, mientras se trate de un deporte. Y en Beauceville habían sido siempre muy deportistas… Y sí, además el arbitraje del cura de la parroquia era nulo para los habitantes de la ciudad ubicada al Este. ¿Por qué? Porque la iglesia y la casa del cura habían sido construidos lamentablemente en el lado Oeste.

Algunas veces los 5200 habitantes de las dos ciudades se unían, pero sólo cuando se trataba de combatir a un enemigo común: la ciudad de San Jorge. Esa ciudad estaba creciendo de manera alarmante mientras que Beauceville mostraba signos de estancamiento. Beauceville había sido sin embargo el primer pueblo de la Beauce elevado a la categoría de ciudad y aquello les había sabido a gloria, gracias al oro que por un breve lapso lo había hecho soñar con transformarse en el primer Klondike(2) del Canadá. Consideraban en consecuencia que debía ser respetada no sólo por San Jorge y por todo el mundo incluido el Vaticano y San José. Porque, desde 1890, se hablaba de establecer un obispado en la Beauce, adonde además corría un detestable rumor: la posibilidad de que la nueva diócesis le correspondiera a San José por ser la primera parroquia del condado. Una gigantesca casa parroquial que había adquirido curiosamente aires de palacio episcopal, acaba de construirse. Para Beauceville se trataba de una terrible afrenta. Acorralada entre las pretensiones hegemónicas de San Jorge y las ambiciones episcopales de San José, Beauceville, para hacer valer sus legítimos derechos, se batió como un diablo sumergido en agua bendita.

Pero nada consiguió. Perdió en ambos frentes. Cincuenta años más tarde, este fracaso atormentaba todavía al enorme y terrible tío Gustín. Vuelvo a verlo aún con su gran bigote, colorado como un gallo, levantando sus brazos en el aire y dejándolos caer pesadamente sobre los apoyabrazos de su mecedora mientras apostrofaba a mi madre con voz de Júpiter tonante: “¡¡¡Tú sabrás, Gertrudis, que Beauceville tiene aún un derecho sagrado a un Obispado!!!”

Pero aún no ha sido dicha la última palabra… En espera del juicio final, Beauceville se consuela con un argumento no desdeñable, ya que si bien es cierto que no consiguió el obispado tampoco lo logró San José. Ni tampoco San Jorge, pese a su dinamismo, a su espectacular expansión, a su seminario y a sus dos opulentas iglesias. En una palabra para dejar contento a todo el mundo hubiera sido necesario que cada una de las parroquias tuviera su propio obispo. ¡Qué pena que a nadie se le haya ocurrido!...

Entre los numerosos curas que pasaron por Beauceville, está el famoso cura Lambert a quién la parroquia debe las tres cuartas partes de su notoriedad. Se trató de un gigante, de un constructor, que no tenía nada que probar. Se cuenta, entre otras cosas, que un día tuvo una seria disputa con su obispo, el Cardenal Bégin. El problema terminó en proceso y finalmente en Roma. Hay que tener coraje para encarar un proceso a un Cardenal, pues bien eso es lo que hizo el cura de Beauceville. Y ¿saben qué? Ganó. ¿Existirá prueba más contundente de que el mismo Dios es de Beauceville?...

En nuestros días, la Beauce se ha convertido en el “pequeño Japón” de Québec y el “reino de la PME”. Se terminaron las chicanas de los campanarios. Actualmente todo el mundo se divierte haciendo negocios y generando dinero. ¡Y así va! Entre las localidades, antiguamente rivales, reina una paz sin arrugas “Así está bien”, diría el tío Gustín ya emigrado al cielo, “¡fuerte es la mundialización!”

La Beauce moderna se ha desembarazado de sus antigüedades. Cada vez se parece más a todo el mundo. Dentro de veinticinco años ya nadie recordará a los “Patas Negras” y se habrán olvidado también muchos otros sobrenombres a los que se recurría para poder identificarse. Porque muchas familias llevaban el apellido de Poulin, Roy, Veilleux, Gilbert, Bolduc, Rodrigue, Giroux, Doyon, Rancourt o Mathieu generando muchas confusiones. De modo que para que todo fuese más claro se impusieron necesariamente los sobrenombres; todos son de asonancia medio burlona y absolutamente intraducibles al español. Hoy en día mucha gente se rompen los sesos para tratar de darles nombres que no sean de santos a los recién nacidos; en la Beauce ¡eso jamás fue un problema!

Aquí me detengo. Quise hablar de la Beauce y de los bocerones, pero como buen bocerón he hablado sobre todo de mi pueblo. Quedan tantas cosas por decir, por contar, por describir. Pero imagino que ya existen excelentes crónicas sobre todo esto. Es necesario conservar la memoria. Por lo menos lo esencial. Sino corremos el riesgo de perdernos totalmente en un mundo dada vez más vasto y fascinante que avanza sobre nosotros como un deshielo en primavera, arrasando sin piedad en su camino todo aquello que no tiene raíces profundas o la solidez de las rocas.

La Beauce no es el fin del mundo pero sí un gran país, más por su gente que por sus, por otra parte, notables paisajes. En nuestros días la cruza una autopista que galopa alegremente entre bosques y cuchillas, eludiendo ciudades y pueblos, aunque también pasa lamentablemente junto a un valle absolutamente magnífico que ya no se puede ver. Esta gran vía de asfalto y de cemento ofrece la no despreciable ventaja de evitar que las patas terminen pintadas de negro.

Notas:

1.- La Beauce es una región particularmente famosa por su jarabe de arce y por su dinamismo económico que comienza unos 15 a 20 km al sur de la ciudad de Québec y forma parte del área administrativa Chaudière-Appalaches. Sus principales ciudades son Saint- Georges, Sainte- Marie, Beauceville y Saint- Joseph.

2.- El Klondike o Clondike es una región del territorio del Yukón en el noroeste de Canadá, y al este de la frontera con Alaska. Se halla junto al río Klondike, una pequeña corriente fluvial que ingresa en el río Yukón por su extremo oriental en Dawson y que fue famosa por haberse convertido en 1897 en el escenario de la Fiebre del oro que culminó al año siguiente.

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