jueves, 28 de octubre de 2010

Por Pablo Ibar y otros condenados de la tierra

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es terrible la situación del condenado a muerte sea el reo culpable o inocente y más que moratorias que la dejen en suspenso, para luego anularlas, lo que deberíamos abogar es por su abolición en la faz de la tierra, ya que es un método más propio del medioevo que de la modernidad; incluso el propio Marqués de Sade solicitó que se proscribiera definitivamente, en aquellos tiempos del régimen del terror, que se cernió sobre Francia, en los años de la Revolución Francesa.

El español Pablo Ibar vive su cotidianidad en el corredor de la muerte en una cárcel de Florida, en los Estados Unidos de América.

El hombre prefiere no hacer amigos en la prisión, ya que no sabe cuándo serán ejecutados, aunque pareciera ser que hay un indicio para sospecharla pues la celda del condenado más próximo, la acercan al lugar de la ejecución.

Esa falta de sociabilidad y solidaridad resulta ser una maniobra defensiva contra el dolor.

La prisión es un sitio devastador, en medio de la nada o entre ratas y cucarachas, donde el invierno es demasiado crudo y el verano, una canícula ardiente, mientras el corredor de la muerte huele a miedo, frío, donde además está ausente el calor humano, donde molestan y asustan los ruidos de las puertas, que se abren y cierran, como en una horrorosa película.

Pablo vive en una prisión, en una celda de tres por dos metros, desde donde mantiene una continua actividad epistolar, para no caer en la desesperación ni en la locura; sólo una hora a la semana sale a un patio con el resto de los reos que esperan la decisión de ser un día llevados al patíbulo; otro lenitivo para su pena es la visita semanal de su mujer y las visitas de su padre, un hombre con una tenacidad a prueba de dudas, a las que se sigue la terrible angustia de la separación, tras la satisfacción del encuentro, momentos en que el reo siente que vuelve a la vida y puede sentirse un hombre común y corriente, más allá de su condición de proscrito.

Este hombre, en la treintena de la vida, está condenado a la pena capital por un supuesto triple asesinato en ese estado del sur de los Estados Unidos, a pesar de que declara su inocencia, ya que las pruebas en su contra fueron unas imágenes de video poco claras, que procedían de una cámara oculta de vigilancia.

Sin embargo, Pablo no cede en su lucha denodada contra un sistema que castiga a los asesinos, con un crimen más cruel, por frío, cínico, calculado y racional, sin pasión alguna.

Ibor siempre está a la espera de una repetición del juicio, apoyado siempre por las denuncias de Amnistía Internacional, de otras organizaciones internacionales y de sus compatriotas españoles, que señalan las arbitrariedades a la que este ser humano ha sido sometido, a partir de juicios que no cuentan con las garantías jurídicas necesarias; es un proceso muy largo que aún no termina de acabar, a pesar de que él y su novia arguyen que la noche del crimen del que se lo acusa él estaba con ella.

Ibar considera que nadie tiene derecho a decidir si un ser humano viva o no, angustiado frente a un hecho de que nunca pensó que algo semejante a lo que le ha pasado pudiera sucederle.

Con angustia declara que nadie merece tener que sufrir tanto por un crimen que no cometió, como si fuera la reproducción en vida del Josef K., protagonista de la célebre novela de Franz Kafka, El proceso.

La diferencia entre ese hombre del común y Pablo, otro de ellos, es que éste sí sabe de qué se lo acusa.

Para referirnos al propio Kafka, esperamos que a Pablo no le ocurra lo que al protagonista de Ante la Ley, esa otra pesadilla kafkiana, en la que un hombre pretende cruzar la puerta de la Ley, acto que un guardián le impide realizar durante años, para cuando el personaje, ya viejo y cansado, entra en agonía, el vigilante gritarle:

-Ninguna otra persona podía haber recibido el permiso de entrar por esta puerta, el cual estaba reservado sólo para ti; pero, ahora me voy y cierro la puerta. – palabras que nos llevan a pensar que la justicia cojea y cojea pero no llega, aunque los más optimistas crean que sí lo hace.

Al final de El proceso, Josef K. termina asumiendo la culpabilidad por ese delito que jamás cometió, con lo que podemos concluir con el autor checo que el que sufre un proceso lo tiene casi perdido, frase que esperamos que no se cumpla en el caso de Ibar.

Aunque se fuera realmente culpable no es justo que se someta a un ser humano a una incertidumbre tan terrible, que no se desearía ni al peor de los enemigos, una verdadera tortura psíquica, sin el derecho a apelar a la presunción de inocencia.

Esto comprueba que los supuestos buenos hombres que abogan por la pena de muerte, en aras de un ideal de bondad, son criminales tan crueles como aquellos que juzgan, sentencian y condenan, mientras someten a otros seres humanos a la soledad, al aislamiento, muchas veces casi por la duración total de la vida, mientras a la tragedia del condenado a muerte se levanta un coro de xenófobos, quienes lanzan al sujeto al espacio de la otredad, ese lugar mental donde ubican los seres desechables que o ni siquiera son para los buenos burgueses o, al menos, consideran que no deberían existir, un tanto a la manera, de lo que sucediera al tozudo Jean Genet.

El primer juicio de Ibar se declararía nulo por falta de unanimidad del jurado.

Y, para colmo de males, en el segundo juicio, Pablo daría con un abogado defensor, quien durante el proceso sería acusado y sancionado por maltrato a su mujer, para luego caer presa de una hepatopatía, lo que permitiría apelar contra la condena, por ineptitud de la defensa.

Viene entonces, gracias a la solidaridad de la comunidad con la familia, apoyada a la vez por toda una fortaleza transgeneracional, a la consecución de un nuevo abogado para continuar con la búsqueda de la justicia, en un país como los Estados Unidos de América, que se declara el gran defensor de la Libertad, pero donde la Justicia es cuestión de dinero, otra mercancía más para comprar en ese inmenso almacén, en esa gran tienda del mundo, que no es precisamente de aquellas en que todo se vende por un dólar.

Y, en ese país, donde impera el positivismo, el dato positivo de la ciencia, las huellas dactilares encontradas en el lugar del crimen no coinciden con las de Pablo, como tampoco el ADN que se encuentra en la bufanda que tirara el verdadero asesino; las medidas antropométricas de los expertos en reconocimientos faciales, tampoco son coincidentes y esas pruebas no bastan para ser justificantes de su inocencia, por lo cual, la lucha continúa sin tregua, para evitar que llegue el día que Pablo tenga que enfrentarse con sus verdugos, mientras las cosas empeoran día a día, en este pícaro mundo, en el que tantas veces pagan justos por pecadores, en un planeta en el que la vida no es justa.

Esa historia ha conmovido aún a mucha gente, incluso al propio Miguel Ángel Moratinos, el actual Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, en tanto y en cuanto, los derechos constitucionales de Ibar no han sido respetados.

Su padre, Amnistía Internacional y la propia España claman por él, así el propio reo reconozca que no es un ángel, pero ¿qué ser humano lo es? Tal vez, la bonhomía sea la única que tenga la ilusión de serlo.

Al principio del encerramiento en la prisión, Pablo estuvo decaído, al punto de solicitar a su novia que se fuera, que no volviera, que hiciera su vida aparte de él; pero, a ello Tanya Quiñones no hizo otra cosa que darle la prueba de su amor constante, siempre a la espera de la libertad de su amado, con el que puede verse a través de los cristales que los separan en la sala de visitas. Pero ni ella, ni el padre ni el hermano del recluso se rinden, siempre pendientes de fechas para no perder derechos de apelación.

Ahora se espera que la declaración de un ciudadano común, quien sospecha que el criminal sea un tal Willie; ese testimonio abre luces de esperanza, aunque las huellas dactilares y el ADN de este siniestro personaje, ese sí con cara de facineroso, tampoco coincidan con las encontradas en la escena del crimen, con lo que podemos obviamente que el verdadero asesino anda suelto.

Tal vez, ante todos estos hechos lo que tengamos más que unirnos al coro de la “gente honesta”, sea unirnos a otro que cante con María Elena Walsh una oración a la Justicia, no sólo por Pablo Ibar sino por tantos condenados de la tierra:

Señora de ojos vendados
que estás en los tribunales
sin ver a los abogados,
baja de tus pedestales.
Quítate la venda y mira
cuánta mentira.

Actualiza la balanza
y arremete con la espada
que sin tus buenos oficios
no somos nada.

Lávanos de sangre y tinta
resucita al inocente
y haz que los muertos entierren
el expediente.

Espanta a las aves negras
y aniquila a los gusanos
y que a tus plantas los hombres
se den la mano.

Ilumina al juez dormido,
apacigua toda guerra
y hazte reina para siempre
de nuestra tierra.
Señora de ojos vendados,
con la espada y la balanza
a los justos humillados
no les robes la esperanza.
Dales la razón y llora
porque ya es hora.

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