jueves, 28 de octubre de 2010

Santa Fe en el recuerdo

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La noche era fría.

Salió del cine y el frío le avanzó desprevenido.

Aún estaba transportado con el final. Ese final que, desde el inicio, el espectador se suma a la duda de un drama inconcluso que, el protagonista, aún con el paso del tiempo no logra desdibujarlo. Al contrario, diríase que su obsesión es el leit motiv de veinte años en su vida.

Ignoraba que el secreto de sus ojos, tal como el título de la película que acababa de ver, lo paralizaría un segundo. Imperceptible para la marea humana que salía comentando, riendo, buscando las llaves del auto, tanteando el bolsillo, o los puchos y el encendedor, o la parejita caminando y besándose a la vez o las dos amigas comentando:

-¡Darín es único!

Si, fue imperceptible, para la masa humana que lo rodeaba, el pánico que lo semi-paralizó.

Se detuvo, casi dió un traspié para luego seguir como si nada, aunque las piernas las sintió como de goma.

Justo le sucedió cuando maquinalmente se prendía el botón del saco, sin mirar sus manos, ni el botón ni el ojal, sólo ese movimiento automático, ritual, memorioso. Pero, mientras llevaba a cabo el procedimiento de agarrar el botón con el ojal a la vez, coincidió que visualizó a una mujer joven, parada a la entrada del hall del cine, delante de una cartelera que con grandes letras decía: ”El secreto de sus ojos” y, los ojos de ella se encontraron con los de él y revelaron que los ojos no pueden muchas veces, ocultar secretos.

Así estuvieron, a la distancia, los ojos frente a frente. Luego ella desvió la mirada y se corrió a un lado, simulando buscar algo en su cartera.

Él siguió su camino con paso más rápido.

¿Me habrá reconocido? - Se dijo Carlos.

¿Por qué me sorprendió la mirada de ese tipo? - pensó ella.

Ella venía de Chile, luego de su exilio forzado, tras su huída de Santa Fe donde estuviera refugiada en el sótano de un antiguo y tradicional chalet llamado el Chalet de los Quintana.

Él fue el abogado que la ayudó a trasladarla desde el chalet a la estación de ómnibus, desde donde debía viajar a Buenos Aires. Pero, la operación se frustró porque esa noche el ejército estuvo controlando en riguroso operativo.

Debido a ello, él la debió llevar en su auto hasta Rosario y, allí se despidieron porque otro abogado la recibió y la llevó a Ezeiza.

Casi no hablaron durante el viaje.

Ella, muy nerviosa, dormitó en casi todo el trayecto.

Él, Carlos Ordoñez Díaz, en esos cruciales momentos debía dejar a salvo a esa mina que había jugado a la Mata Hari, pero su mente había quedado en Santa Fe porque su madre luchaba con un cáncer TRAIDOR que avanzaba como el Plan Cóndor que los militares argentinos, obsecuentes del sistema habían aprendido en la Escuela de las Américas: Matar, Robar, Asesinar, Negar, Desaparecer.

Ahora trataba de recordar su nombre. Pero en vano.

Ella, Dora Márquez, si se acordó de su nombre, era el abogado Francisco Llerena, aunque ignoraba que ahora, se llamaba Carlos Ordoñez Díaz.

El precio de la lucha abnegada de él, fue más alto que el de ella, porque seguía llamándose Dora Márquez y, ahora, la esperaba un cargo de diputada por la provincia de Santa Fe. Solamente estaba de turista en Cruz Alta, descansando de la demoledora y victoriosa campaña partidista dado que la izquierda había ganado en Santa Fe.

Por fin, los santafesinos habían votado con la cabeza a pesar de los planes sociales, las garrafas de gas regaladas y las amenazas de los punteros.

La bronca e indignación del pueblo inundado fue más fuerte. Cuando las aguas se escurrieron, arrasaron las enfermedades y se descubrió que si hubieran terminado las defensas, entonces, Santa fe no se hubiera inundado.

Fue así que el socialismo aliado con otras fuerzas propuso como gobernador al doctor Hermes BINNER, iniciándose una nueva etapa después de más de treinta años de inoperancia del peor neoliberalismo que privatizó empresas a beneficio de transnacionales que piratearon el patrimonio de la provincia de Santa Fe.

¡Cómo te extraño Santa Fe! Ahora comprendo el significado de la palabra pertenencia- se dijo para sí el abogado Francisco Llerena aunque ahora, por ley, respondía al nombre de Carlos Ordoñez Díaz.

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