viernes, 8 de octubre de 2010

Tertulias de locos discretos en Lautrec café

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Entrar a un café con un amigo poeta, observador de su propia locura. Y de la mía. Pedir cerveza y con un acuerdo silencioso ingresar en el refugio de la vida pequeña. Vivir, como un equilibrista, de espalda a la uniformidad de las mayorías. Llegar a la otra orilla y establecer vínculos de individuo a individuo, de mesa a mesa. Entre cuatro paredes, podemos alcanzar la libertad que nos impide la calle como espejo de una doctrina global. Reconocer el rostro de Toulouse-Lautrec que desde un autorretrato nos da la bienvenida. Y saludarle, simplemente porque nos da la gana saludar al arte de siempre. Y con una sonrisa reafirmarle al amigo que nos sentimos parte de la locura discreta y silenciosa que vive alejada de la otra locura, la que grita cordura a los cuatro vientos del mundo. El amigo es César Seco, poeta, cuentista y ensayista venezolano; el café es el Lautrec de la calle Capua 5 de Gijón. Es otoño; muy cerca está la playa de San Lorenzo. El otoño me recuerda la inestabilidad de la mente humana; hay belleza y hay furia, todo en estado contenido. Hay dudas que se calman con un silencio oportuno. Y luego regresan en forma de grito. Pienso en la Loca Luz Caraballo que inmortalizó Andrés Eloy Blanco (otro gran poeta venezolano). La madre que quiebra los hilos de la cordura tras las huellas de los hijos extraviados.

El Lautrec café-pub parece un templo levantado en homenaje al pintor y cartelista francés Toulouse-Lautrec. En las paredes, entre la piedra y la madera, nos llaman reproducciones de pinturas y carteles de Lautrec. Y por Lautrec, en todos los refugios del mundo, payasos, prostitutas y bailarinas posan para la gran pintura de la vida. El enorme Lautrec, el artista que en una ocasión le cayó a tiros a las paredes de su casa creyendo ver una invasión de arañas. Eso, y su creciente alcoholismo, le valieron otro encierro en un sanatorio mental. Y allí, en su constante impulso creativo, realizó sus pinturas sobre el circo.

¿Es el arte un circo?, le pregunto a César. Él, tras un trago de cerveza, responde que “el arte es el circo estético que representa (en juego) las realidades de la vida. No obstante, ahora, en la era del exhibicionismo, el circo (el horrible circo) ha pasado a ser la sociedad del ruido y de la figuración”. Callo, tomo cerveza y quiero ver que en la mesa de al lado Robert Walser acompaña a una pareja de enamorados; el escritor de los “Microgramos” toma vino tinto (“El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo, tanto ante los contemporáneos como ante la posteridad”). Y Walser vivió fiel a su palabra, escondido entre las líneas, detrás del lápiz (su material de trabajo) y de la vida. Y pasó los últimos veintitrés años de existencia refugiado en Herisau, un sanatorio mental de su natal Suiza; sólo salía para cumplir su necesidad diaria de paseo (“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”. Razón de vida con la que se inicia “El paseo”, la novela que Walser escribió para celebrar los pequeños descubrimientos que nos ofrece el andar). Y César ríe a carcajada suelta, ante mí, pero observando de reojo la mesa vecina. Y, sin darme tiempo a que especule alguna intención de burla, me advierte que él también se ha dado cuenta de la presencia de Walser (quizá he estado narrando mis visiones en voz alta). No conforme, toma otro trago y me dice que hace poco Horacio Quiroga pasó directo al baño, pero, resistiendo su imperiosa necesidad fisiológica, se detuvo a contemplar el enorme cartel de Moulin Rouge. ¿Será que las pinturas que sobre el circo realizó Lautrec sostienen la arquitectura invisible del café?, me pregunto, esta vez sí en pensamiento.

Le digo a César que en medio del ruido actual de los “exhibicionistas de la idiotez” he aprendido a respetar la discreción de los locos silenciosos. Él afirma (con la segunda ronda de cervezas que deja la camarera) que “la locura es lo otro. Es estar del lado donde no hay nadie, es habitar una fisura, una grieta, un hoyo en el cielo de la cabeza. La locura es la cordura de la nada, el abismo sustancial de los abismos (Por cada calle que voy otra me llega buscando / Por cada calle que sigo otra regresa al contrario / Por cada calle que ando otra me sale al paso / Por cada calle que cruzo otra sigo de largo…” Observación poética de César Seco, de “La nave de los locos”). Y cuenta mi amigo que Hólderlin, cuando el rayo fulminante de la locura lo alcanza y, humildemente se asume Scardanelli, señala: “Efectivamente los mortales llegan antes / al abismo. Por lo tanto el eco cambia / con ellos. Largo es el tiempo / pero lo verdadero sale a la luz…”

Y, pretendiendo ignorar la risa bonita de la pareja de jóvenes que comparte mesa con Walser, le digo a César que la locura es una introspección silenciosa que anda reconstruyendo vivencias. El loco es un viajero silencioso de su mundo interior que, como el niño, le teme a la cordura de los adultos (y dijo Foucault: “Pero lo que hay en la risa del loco es que se ríe por delante de la risa de la muerte; y el insensato, al presagiar lo macabro, lo ha desarmado”). César sube su vaso y enfrenta la cerveza entre mi afirmación (o la de Foucault) y su silencio (o el mío). Y mi amigo sigue cantando un poema por “La nave de los locos”: “Por cada esquina un globo pinchado a lo lejos / Por cada esquina que duermo en otra despierto / Por cada palabra que callo otra estoy escribiendo / Por cada palabra que digo otra me estoy tragando…Por cada voz que escucho otra me está llevando…” Y sospecho que César sabe que hoy los locos introspectivos no tienen espacio en la superficie. Y por ello huyen los Rimbaud, los Vallejo, los Ramos Sucre, los Poe, los Walser, los Hólderlin, los Quiroga, los Artaud y el resto de invisibles que no encuentran lugar entre su niebla interior y la luz de neón (que como si fuese una alarma continua) imposibilita la tragicomedia de la lucidez colectiva (Hay una cordura feroz que anda aplastando a los locos silenciosos). César considera que Lautrec café-pub ha abierto sus puertas para que los locos del mundo puedan festejar su otoño interior. Yo también lo creo. Y lo celebro.

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