viernes, 19 de noviembre de 2010

Alejandría o la encrucijada del horror

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me dicen que se ha estrenado una película llamada Alejandría en la que presumiblemente se narra aquella situación en la que la humanidad debió optar por uno u otro camino. No conozco la película y en el Nguillatum, rancho en el que vivo, es muy difícil que alguna vez se proyecte. Arnoldo (a) El Triste, conoce que en mi pasado hubo presencia de algunas bibliotecarias, pero con un destino menos cruento que el de Hipatia, la bibliotecaria de Alejandría.

Esta gran institución poseía un pequeño zoológico, jardines, una gran sala para reuniones e incluso un laboratorio. Las salas que se dedicaron a la biblioteca acabaron siendo las más importantes, biblioteca que fue conocida en el mundo intelectual de la antigüedad por ser única. Durante siglos, los Ptolomeos apoyaron y conservaron la que, desde sus comienzos, mantuvo un ambiente de estudio y de trabajo. Dedicaron grandes sumas a la adquisición de libros, con obras de Grecia, Persia, India, Palestina, África y otras culturas, aunque predominaba la literatura griega.

La biblioteca del Museo constaba de diez estancias dedicadas a la investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente. Un gran número de poetas y filósofos, que llegaron a ser más de cien en sus mejores años, se ocupaban de su mantenimiento, con una dedicación total. En realidad se consideraba el edificio del Museo como un verdadero templo dedicado al saber.

La responsable de la gran biblioteca de Alejandría conducía personalmente su carro y vestía la toga de los filósofos. Fue matemática, astrónoma, poeta, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía. Hija de Teón, otro gran filósofo, había nacido en el 370 de nuestra era, en Alejandría, Egipto.

Hipatia fue amada y odiada en un tiempo en el que las mujeres no tenían ningún derecho y que, como admiten inclusive los libros sagrados, eran propiedad absoluta, primero del padre y luego del marido, quienes podían venderlas como esclavas o cancelar deudas con ellas. Los antiguos documentos señalan que Hipatia fue una mujer de gran belleza y que tuvo hartos pretendientes pero los rechazó porque consideraba que debía ser libre.

La Alejandría de la época —dominada por Roma desde hacía ya tiempo— era una ciudad cosmopolita que concentraba la sabiduría y las contradicciones de un momento clave en la historia de la humanidad. El sistema esclavista se agotaba, la Iglesia cristiana consolidaba su poder transformándose en la religión oficial y en su expansión intentaba extirpar todo pensamiento crítico.

Hipatia vivía en el ojo de la tormenta. La humanidad, en esta encrucijada, debía optar por la ciencia y el desarrollo intelectual, o sumirse en un apagón confesional, en un oscurantismo que finalmente sería el camino elegido.

Cirilo, el arzobispo de Alejandría, despreciaba a Hipatia porque era un símbolo de cultura y de ciencia, atributos que la Iglesia identificaba con las brujas y el demonio. Para colmo era mujer, y su belleza, elocuencia y sabiduría provocaban la envidia de los púlpitos y la censura de parte no sólo de Cirilo sino de la Iglesia de Roma, que consideraba obsceno que una mujer pudiera actuar libremente, pensar y hacer gala de su elocuencia.

Se sabe, empero, que a pesar del riesgo personal, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar manejando su propio carro ¡imagínense! cayó en manos de una turba fanática enviada por aquel fraile Cirilo. La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos, fue violada, horriblemente mancillada y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado. Cirilo fue proclamado santo, título que sigue ostentando hasta el día de hoy.

Luego de ese brutal crimen, la biblioteca de Alejandría fue incendiada, atribuyéndoselo ora a Julio César o al Califa Omar, con el objetivo de ocultar la responsabilidad del Vaticano. Aquel hecho obró como si el pensamiento de toda la civilización se hubiese suicidado, perdidos para siempre sus logros, sus descubrimientos –algunos de los cuales no han sido todavía redescubiertos- La pérdida fue incalculable. En algunos casos sólo conocemos los títulos de ciertas obras que quedaron destruidas, pero no sabemos ni los títulos ni los autores ni menos el contenido de la inmensa mayoría. De las 123 obras teatrales de Sófocles existentes en la Biblioteca sólo sobrevivieron siete. Una de las siete es Edipo rey. Igualmente ocurrió con las obras de Esquilo y de Eurípides y con toda la investigación producida sobre matemáticas, física y filosofía de oriente y del mundo, amén de las propias obras de Hipatia, cuyo martirio e historia han sido cuidadosamente ocultadas a través de los milenios.

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