viernes, 12 de noviembre de 2010

El país de marzo...

Carlos Alberto Parodiz Márquez (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-La sociedad está en crisis-, advirtió solemne Yon, detrás del primer bocado compuesto por la exquisita combinación de morrones rellenos con atún y sazonados por pimienta blanca, conservando la "pole" al lado del puré de manzanas dulce y grumoso. Nada sería posible sin el Cabernet Sauvignon blanco helado, que yo bebía, absorto en su clase y la contradicción.

Estábamos en el atalaya de Atalaya y el plato, sin preguntas, era una especialidad de la casa, sólo concebida para él. Debilidades culinarias, de las especialistas devotas y de Devoto.

Se montó en mi silencio para atravesar la maraña verde que tiene amarrados a los argentinos, según parece. Para oírlo, sin lastimarme, me serví de los ventanales, donde vi reproducirse el éxodo. Los autos encolumnados eran un sólo gusano multicolor, copulando con el horizonte, tal vez buscando la imagen del tiempo perdido y a capturar en la Semana Santa.

El cielo gris organizaba su oscura mutación. Nadie puede reclamar por falta de aviso. La refriega siempre ocurre entre la ansiedad de la urgencia y la prisa por la importancia. En el camino naufragan, no siempre heroicamente, sueños urgentes, fantasías incumplidas y deberes perimidos.

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-Hay por lo menos cuatro argentinas- se ufanó rotundo el vasco, sin ceder una miga de la baguette tostada. Primero pensé en cuatro hermosas mujeres, pero se me cruzaron tantas, con la misma cara, que desistí.

-¿Cuáles son?-, resolví de compromiso. Porque mi compromiso conmigo no me permitía ubicarme.

-En el primer escalón están los que se llevaron la torta grande, aunque no siempre son los mismos, la elite se renueva, cada tanto- enumeró Yon.

La casta, el linaje se pueden alquilar, pero los bastardos nunca viajan en primera, los patricios saben negociar sus asientos: en el avión, el directorio, algún despacho ministerial o el sillón de Rivadavia, pensé, recordando una rica galería de la que se avergonzaría el Louvre.

-En el segundo, siempre descendiendo, "los caceroleros", que tienen una buena porción de la torta, ahora acorralada, que los primeros guardaron en el freezer porque, como dijera Martínez de Hoz, no tuvieron tiempo de llevársela-, prosiguió imperturbable.

Era hora de averiguar que había que tocarles para verlos salir a la calle. Muchos nunca olieron el sudor del amontonamiento, por eso hicieron terapia "de grupo"; la imaginación protesta y organiza la protesta de mil maneras y con un sólo fin, reflexión que me guardé bien, para no chocar con su "info".

-En el tercero, esos que estás mirando, la fauna mezclada de los que tienen y no pueden, no quieren, se la guardan, la devuelven, se la gastan, la recuperan o la llevan, porque los que andan en bondis y se arrastran por la tierra, aunque sea en autos nuevos, son parte de los del segundo escalón y rezagados que sólo conservan la escenografía de su pasado. Pero todos, de cualquier manera, tienen razón a la hora de gastarla, total para la protesta les quedan los días laborables-, añadió, por supuesto sin oírme.

-En el cuarto-, nosotros los que estamos como los gatos de Zaragoza, colgados mirando la fiambrera, porque no somos y queremos ser. Los que trabajamos sospechando que algún día vamos a cobrar y muchos, seguramente, para repetir las conductas de los otros. Somos ese medio pelo que no se resigna y corrompe o se deja corromper -siempre hacen falta dos, como para el amor- prostituyendo todo aquello que reivindicó, por el sálvese quien pueda", sumó inflexible el vasco, aunque guardé silencio, porque es lo único que puedo guardar.

-En el quinto, que por ahora veo, quedan los que no tienen ni para salir a las puertas de sus casas, que no pueden ir a los piquetes, donde van los que figuran en planes difusos que se llaman trabajar a hacer el presentismo para cortar rutas, esos que no pueden ir a los cacerolazos porque para ellos la cacerola es una ostentación y hacen que no ven a los chicos que se les van de la vida y de las manos, hasta con los ombligos inflados, por comer chatarra sin marca y con precios a la altura del consumidor-, el hombre pareció vacilar porque seguramente los paisajes de otras geografías le hacían tambalear; sucede que juntamos demasiada historia y eso siempre nos pone al borde la histeria, por ese le cambie el clima.

-Como diría Fontova... me tenés podrido Yon- lo corté casi tan abruptamente como el "lemon pie" lo hizo conmigo, soldando con frío mi vocación de dragón.

El café irlandés me pareció una exageración, pero el vasco resulta el "critter" de América. Por supuesto nadie nos preguntó nada a la hora de marcharnos. Una cuenta más o quizás de menos... nunca se sabe.

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¿Y ahora qué?, le dije molesto mientras me ubicaba en el asiento del copiloto dentro del Alfa gris. Yon, celeste mirada alerta, monitoreaba con aire ausente, la música de la radio. Un operador trasnochado había elegido el concierto de Zappa en New York de 1986 y nos aferramos, como Pacheco a la torta. Las locuras igual que los errores se pagan tarde y mal, por eso elegimos aprovechar y no insistí.

-Volvemos por la 36 y cortamos camino, quiero pasar por Adrogué- monologó con la seguridad de que el rechazo, mi rechazo, era imposible y estaba en lo cierto, como el Chapulín.

Brandsen era una postal sepiada. Si hasta "Pancho" Alcuaz va despacio. Elegí contar postes, los que estaban erguidos, perdonando los salteados como indica la oración cuando se habla de deudores.

Pensé en el FMI, el Banco Mundial, los países ricos, los acreedores de todo pelo y marca y los alegres mercaderes de la traición, para ahorrar puteadas. Me resigné. Aquella gente no conoce el Padre Nuestro, ni por cortesía "lo curten" en Semana Santa. Somos apenas un número, pensé y se me cruzó el 666, cosas de la cuaresma.

La rotonda de Rosales, en Adrogue, tiene el garbo del flamenco. El Alfa, al frenar, se inclinó deferente y de trompa, al frenar levemente, para estacionar en el recodo, antes de espiar la salida de Esteban Adrogué y el Colegio, penúltima referencia educativa en tiempos de extinción.

Un cuarentón largo, de estatura mediana, ligeramente morocho, casi un te con leche, pero de carne, que estaba sentado en una vidriera, se cruzó para saludar. Yon lo hizo sentar atrás.

-Hola Marcos- saludó y para mi sorpresa el tono del vasco, de común glacial, sonó cálido como el agua de Monte Hermoso al caer la tarde viendo ponerse el sol sobre el mar.

-Que tal Yon- le respondió el otro con cierta cadencia que no se consigue en Buenos Aires. Por supuesto, a mi no me saludó.

-Marcos es un ex combatiente- dijo Yon en voz alta y supuse que me tenía en cuenta. Me pareció que empezaba a jugar en primera.

-¿Que van a hacer esta vez?- lo interrogó y su tono siguió tibio.

-A veinte años de la guerra, vamos a marchar y tener nuestro acto por el dos de abril hay otro programa pero el motivo es el mismo-, recitó quedo, pero terco.

-¿Que motivo?- cuando quiere y quiere siempre, Yon es impertinente, casi insoportable.

-Reivindicar la lucha. Reivindicarnos. Que la gente nos tenga en cuenta. En cualquier país del mundo, sus veteranos son los más cuidados. Hasta desfilan primero en las celebraciones nacionales. Nosotros nos sentimos ocultados por la sociedad. Sapos de otro pozo. Hijos de una culpa que no es nuestra. Pase lo que pase Malvinas nunca dejó de ser Argentina. Esperamos, cada dos abril, que la gente nos mire a la cara. Que los dirigentes se ocupen de nosotros, sobre todo de aquellos que no hemos muerto una vez y lo hacemos todos los días. Que nos atiendan. Que nos consideren. Somos hijos, hermanos y amigos de otros que no fueron ni se fueron. No somos extraños. Queremos ser ciudadanos, no parias en nuestra propia patria que defendimos sin preguntar. Somos argentinos. Queremos ser, para el resto, entre otras cosas, argentinos. ¿Es mucho pedir?

Yon guardó silencio. Como nunca se cuanto tiene, supuse que lo mandaría a las Islas Caimán, donde alguna cuenta de silencios ha guardado. Además las Caimán gozan de tutela inglesa.

Marcos es ambicioso. Se queja. Pregunta. Afirma. Reclama. Pontifica. Quiere tener razón. La clave que descifra es clara.... somos argentinos... Marcos. El Alfa gris, ronroneó al circundar la Plaza Espora; Espora... uno de nuestros corsarios navales... la historia vuelve a repetirse...

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