miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ella muere cada vez que él entra

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Noche, Casco Antiguo de Oviedo, tiempo y lugar desaceleran mi paso. Calles empedradas que parecen tender un puente invisible entre lo medieval y lo moderno. Dejo atrás la plaza de la Catedral y sigo mi ruta calle adentro. Avanzo entre voces dispersas (mensajes privados, bullicio público); a lo lejos un violín dibuja una historia suave y desgarrada. En poco tiempo el sonido domina mi espacio. Un sujeto interpreta su violín con todo el cuerpo echado hacia delante. Me detengo, soy su único público. Sin dejar de tocar, el hombre levanta la cara (con cierta expresión de dolor, como si le doliera cada movimiento) y me sonríe. Le doy un tímido aplauso y sigo mi camino en línea recta (¿a qué hora de qué día habrá iniciado ese hombre el montaje de su tragedia íntima?). El violín se aleja pero no desaparece, sospecho que ese sonido y la mirada de quien lo provoca me acompañarán el resto de la noche.

El creciente tránsito de personas es típico de la calle Mon, calle de bares. El nº 29, con la gente reunida en plan de fiesta abierta, es el bar símbolo de la zona. El sonido de un rock en clave de lamento ahoga el bullicio, Fito y los Fitipaldis cantan "Antes de que cuente diez". Apenas logro ver el cartel del hombrecillo verde que dice (la memoria ayuda a la vista): "Caipiriña la del duende". Entro a Duende Bar convencido de que el personaje verde me ha dado la bienvenida. El local está repleto, quien puede busca aire en la gran ventana. Aquí la madera vibra al son de la energía colectiva. Me abro paso entre empujones y disculpas, intento llegar a la barra para pedir mi primera caipiriña, tropiezo con bocas abiertas al máximo que, ante el volumen de la música, parecen formar parte del montaje de una frenética pantomima ("Me perdí en un cruce de palabras / Me anotaron mal la dirección / Ya grabé mi nombre en una bala / Ya probé la carne de cañón"). Por fin llego y pido mi copa, me uno a la celebración verde. Verde duende es la garganta de una chica que canta sin que su voz (muda) pueda alcanzar a la de Fito: "Siempre es la mano y no el puñal / Nunca es lo que puede haber sido / No es porque digas la verdad / Es porque nunca me has mentido". Ella abre la boca y siento deseos de perderme en su canto ahogado.

De pronto desaparece la música, silencio en el bar (derrota en la calle). Todas las miradas buscan la puerta: un hombre nos observa con mirada inquisidora. El sujeto, alto y muy delgado, lleva traje negro y sombrero de copa. La gente intercambia expresiones de alarma, espera lo peor. El hombre levanta una mano (nosotros retrocedemos) y abre la boca como si de un anunciador de feria se tratara: "¡Esta noche el mago Sandro se las pone muy fácil: Ella muere cada vez que él entra, quien diga qué situación describe esa frase se llevará una guitarra de regalo"! ¿Ella muere cada vez que él entra?, me pregunto en pensamiento, una muchacha lo hace en voz baja. Seguramente cada quien se pregunta lo mismo pero en distinto sentido. "Efectivamente señores", reitera el recién llegado. "Ella muere cada vez que él entra. Diga su nombre, explique la situación que cuenta esa frase y llévese una hermosa guitarra acústica". Absurdo, nada más que eso podía significar la propuesta del supuesto mago. ¿Desde cuándo los ilusionistas andan de bar en bar haciendo trucos con el apoyo de las palabras? Este hombre, que dice llamarse Sandro, pretende inaugurar un estilo que de las palabras saque conejos. Una joven levanta la mano, el mago asienta con la mirada. "Mi nombre es Ana Zarzuelo, de Gijón”, dice. "Ella exhaló un grito, y su rostro dibujó una máscara de muerte. El cuchillo resplandeció mientras ella se lo hundió en su garganta. Él sintió la embriagadez de la muerte, ante su mirada de terror". Cada quien busca respuesta en el de al lado, el público duda. El mago Sandro suelta una risita burlista, la gente sonríe. Ana calla, el pretendido ilusionista hace una señal de negación con el dedo índice. "¿Quién más se atreve a intentarlo?" Otra mujer da un paso al frente. "¡Por fin! Nueve meses angustiosos. El canal de la vagina quebró, ensanchando la profunda oquedad. Un brusco corte sobre los tejidos. Flujo, plasma, humores, sangre, irrumpieron con violencia. Tras ellos, una cabecita enmarañada y pegajosa hizo su aparición". Un aplauso, varios aplausos, yo también aplaudo, todos aplaudimos, menos el mago. Cuánta imaginación la de esta mujer, pienso, relacionar la loca frase con el parto (también supo ver vida detrás de la sangre). Pero Sandro, el bendito Sandro, repite el gesto de reprobación. Una chica, la más joven hasta el momento, irrumpe antes de que le ganen el turno. "El otro día, paseando, pensaba en ti y se me ocurrieron las siguientes frases: Sobre nuestras sábanas están dibujadas nuestras siluetas. No son fijas, se mueven. Son nuestros cuerpos en movimiento. Entonces se me ocurrió que quizás pudiese llegar el día en que todo fuese real, en que existiesen nuestras sábanas, en que existiesen esas siluetas nuestras dibujadas. Nuestros cuerpos en movimiento, amándose, gozándose hasta el infinito. María Miñones, La Coruña". Silencio, inicio de comentarios, un hombre se acerca a la barra y dibuja un dos con los dedos (dos caipiriñas del duende, supongo. Me acuerdo del violinista de la plaza, me pregunto qué tendría que agradecerme ese hombre con su sonrisa herida). El mago repite su señal de costumbre, una cuarta mujer entra en el juego (y en su paso anuncia la erótica de su interpretación). "Brinca relinchando como lo haría un caballo feliz. Desparrama su risa por el cuarto. Luego resucita en el orgasmo. Vive vividora y loca como si fuera de trapo. Julia Estévez, la calle Mon”. Hombres con caipiriñas en mano (y sonrientes de placer), mujeres comiéndose las uñas, el mago Sandro en observación silenciosa. Pienso en la forma sorpresiva cómo todos nos asumimos parte del truco de las palabras. Segundo a segundo decimos palabras sin darle importancia a lo que detrás de ellas se abre (o se cierra). Ahora este encantador de tonterías importantes nos tiene aquí, en su juego. Alguien dice Ella y en la mente de cada quien aparece un rostro (o un cuerpo), si Ella forma parte de una frase se multiplican las interpretaciones (y las historias). Cada palabra (frase o nombre) una puerta. Abrimos (o quedamos encerrados). Las palabras son espacios sólo si avanzamos. La muerte puede ser una metáfora o una acción. La vida puede ser una amenaza cuando se usa en contra de otro. Entrar para morir (en un abismo de gozo), salir para vivir (infra existiendo). Todo ocurre según la perspectiva de quien observa (y escucha). Eso lo sabe el mago (y sólo le dará el triunfo al oyente que logre levitar con las palabras). Ella venganza, Ella parto, Ella movimiento, Ella orgasmo. Ella vive (y él también). Un músico escucha la risa del mundo de espalda a su concierto invisible. Y el hombre (que dijo ser mago) da la esperada respuesta: "Ella muere cada vez que él entra porque está enamorada sola, en secreto, así de simple". Una expresión de sorpresa invade el escenario, luego el público intercambia impresiones y se dispersa, la música de los Fitipaldis regresa como si nunca se hubiese ido ("Puedo escribir y no disimular /Es la ventaja de irse haciendo viejo / No tengo nada para impresionar / Ni por fuera ni por dentro"), el ilusionista no se ve por ninguna parte. De nuevo la multitud cubre el espacio y el bullicio se enfrenta en tono eufórico a un rock desgarrado. Quiero creer que en la frialdad de la plaza alguien celebra el concierto alegre de un violinista triste.

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