viernes, 19 de noviembre de 2010

En defensa de Piedad Córdoba

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Mi querido amigo:

¡Cómo me gustó que me tuvieras al tanto de la polémica que se ha suscitado con el enfrentamiento entre el Procurador Ordóñez y la Senadora, para mí, no ex, Piedad Córdoba, por más de que se la destituya con tan horrorosos epítetos!

Que ¿quién le teme al Procurador Ordóñez?

Yo te confieso que le temo tanto como a ese, para mí, hombre nada de bien, Fernando Londoño, que se las da de profeta.

No me quedan tan claros los crímenes cometidos por la Senadora Córdoba o ¿es que acaso procurar el diálogo es un delito, en un país desgarrado por un conflicto armado, del que tú tienes bien claras las causas, si no te haces el bobo, o te lavas las manos, al reservarte tu opinión.


Se ve a las claras que Ordóñez, quien entiendo que está apoyado por el Opus Dei, quisiera volver a los tiempos del Malleus Malleficorum para convertirse en un cazador de brujas como Joseph Raymond McCarthy o en un martillo de los herejes, como San Roberto Belarmino, S.J., el gran inquisidor de Giordano Bruno, que se la hubiera montado por igual a Copérnico, Galileo y hasta el propio Hawkings, para hacer gala de este tríptico siniestro, en el que el más pintoso es San Roberto Belarmino (izquierda), pues Ordoñez (derecha), parece la versión envejecida y deteriorada de Joseph Raymond McCarthy (centro):

Definitivamente, no me quedan claros los graves crímenes en los que se involucró la Negra pues no creo que ella fuera una defensora del horrible crimen del secuestro, que para mí también lo es.

Lo que ella hacía era, a partir de lo que había, procurar la liberación de los secuestrados mediante el diálogo político, procurar una habermasiana razón dialogada, que los buenos cristianos deberían apoyar, al menos si se dejaron influir por el espíritu ecuménico de Su Santidad Juan XXIII, para mí el único pastor, junto con León XIII, que hayan valido la pena en la Iglesia Católica, de la que sabes por nuestras meditaciones de Cartagena y mi premio especial por causa de mi piedad, que conozco bastante, tanto en mis días en que aspiraba a morir en olor de santidad, como cuando me volví ateo radical o ahora que soy agnóstico.

A Piedad no se la puede acusar de ser una secuestradora, pero si las condiciones históricas del país, cuando se avalaron por la izquierda todas las formas de lucha, se recurrió al crimen del secuestro, para mí, un acto para nada loable, lo que había que hacer era iniciar unos diálogos, pero como la posición de Piedad era contraria a la de nuestro Bushito, quien tendrá que ir a tribunales en los Estados Unidos de América, por estar untado en los crímenes y en asociación con paramilitares, que ayudaron a la Drummond a cometer crímenes de lesa humanidad, cosa que me alegra porque puede ser el camino de que pare en una cárcel de alta seguridad en ese mismo país, por asociación para delinquir, ahí sí de verdad, un poco a la manera de Fujimori.

Y que se comente que Piedad exhortaba a las FARC para que no soltaran a Ingrid, me parece que es hacer uso de un sofisma de distracción, ya que una frase suelta no dice nada si no se la contextualiza y me parece que ese comentario es un venenoso ejercicio retórico.

De otro lado era claro que si no se iba a unos diálogos honestos y no se llegaba a la cerrazón mutua, la guerra definitiva era inmediata.

Te recomiendo que leas un libro que me parece que ilustra bastante bien la historia de las FARC, que se llama Guerras inútiles y está prologado por Antanas Mockus, para nada un comunista, como tampoco creo que lo sean sus autores, aunque sí son ex miembros del M-19, quienes realmente llegaron a acuerdos con el Gobierno, como bien lo podrás recordar, por allá, por 1990, donde demuestran que nuestras guerras improductivas, son el efecto de dos terquedades bélicas, de absurdas obstinaciones, tanto de las élites colombianas como de la dirigencia de las FARC, un libro escrito con una objetividad y una neutralidad impecables.

Si a Piedad se la acusa de intentar fraccionar la unidad nacional, ¿ésta no fue fraccionada por liberales y conservadores desde la muerte de Gaitán y la llamada violencia del 48 y antes no había sido fragmentada por la guerra de los mil días y la gran cantidad de otros conflictos bélicos que nos acompañaron durante el siglo XIX?

Por algo ya, en sus tiempos finales, nuestro libertador Simón Bolívar había dicho en su última proclama del 10 de diciembre de 1830: Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la paz, yo bajaré tranquilo a las puertas del sepulcro, cuando el hombre ya estaba inmerso en el laberinto de su soledad y había emprendido la navegación de Honda a Santa Marta, río Magdalena, en compañía de su querida Ana Lenoit, como bien nos lo ha mostrado en un lindo cortometraje, María Emma Mejía.

Yo creo que si se acusa a la Negra de rebeldía, es por no estar de acuerdo, con Mr. Uribe y su camarilla, quienes proponían un pensamiento único al estilo de Francis Fukuyama, que no es sino la proclama del fin de la historia, cel último hombre y de la dialéctica, la cual se empeña en no dejarse forcluir, desmentir o reprimir.

Si el país está tan desgarrado en una lucha fratricida desde siempre, con tantas desigualdades sociales, él mismo tendría que pellizcarse y cuestionarse, más que pretender imponer un pensamiento único, negador del diálogo, siempre en busca de un sentido común, común - y valga la redundancia -. Lo que habría que preguntarse es la causa de tan criminales desacuerdos, donde se borra o se reprime al que piensa distinto.

Yo, creo, mi querido amigo, que precisamente uno de los grandes errores de los seguidores de Bush, como Mr. Uribe está en ese fundamentalismo, que critican al Islam, pero que practican de igual manera, y toda lucha que busque una mayor justicia social, se la sataniza con el mote de terrorismo, que ya no de comunismo, como en los tiempos de McCarthy; entonces los buscadores de la justicia devienen en un equivalente de la brujería en la época del Santo Oficio y de la Inquisición, mientras se ignora la etiología del mal que pretenden combatir, por los epifenómenos que se dan, sin procurar para nada ir a tratar de entender la cosa en sí, en toda su totalidad, para lo cual te remito de nuevo a la lectura de las Guerras Inútiles.

Me da risa de que a Piedad se la acuse de haber menoscabado la integridad nacional, ya de suyo, bastante maltrecha, a lo largo de la historia de Colombia, cuando proponer diálogos es la búsqueda de una mayor integración.

De nuevo volvemos a esa idea no sé si neoconservadora o neoliberal de Fukuyama, que deviene, como te decía antes, en un pensamiento fundamentalista.

Y si Eduardo Mckenzie se queja de que el Procurador Ordóñez de inocente pasa a culpable, creo que lo propio se podría decir de Piedad; en un país tan loco como el colombiano, es frecuente que se de ese fenómeno de la inversión de la perspectiva, con lo cual no se generan sino malentendidos, los cuales, precisamente, sólo se podrán resolver mediante el diálogo, que es lo que propone la Senadora Piedad.

Si Obdulio Gaviria y Francisco Santos, el tonto, son llevados a juicio por haber denunciado a sindicalistas que asistieron a una reunión en el extranjero dirigidas por las FARC, me inquieta saber si se preguntaron si la perspectiva de estos sindicalistas era la búsqueda de solución de un conflicto interno, que el presidente Uribe se empeñaba en negar - aunque, para mí, resultaba innegable - pero lo que convenía a Avarito Corleone y su camarilla era cerrarse a la banda para tildar a los sublevados de terroristas a secas, en el contexto mundial de la lucha contra el terrrorismo, pues desde la perspectiva narcisista del líder:

- Quien no esta conmigo está contra mí.

Y, según tengo entendido, a lo largo de la Historia Universal, que no hay que ignorar, la paz se construye con diálogos y con conversaciones previas, que muchas veces se realizan en países extranjeros.

Por tanto me alegra que Jaime Arrubla haya tenido el coraje de decir, frente al caso Córdoba, que no hay que olvidarse de que la Corte Suprema de Justicia, en su sala plena, es el juez disciplinario del Procurador y que Piedad busque defenderse, contra algo que atenta contra su participación política en el país. Yo también aspiro a que el Consejo de Estado tumbe esa decisión y vuelva a la senadora a su espacio político.

Un abrazo,

Jesús María Dapena Botero

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