miércoles, 24 de noviembre de 2010

La sencillez de los grandes

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nunca me gustó Emil Cioran y no por su prosa, ni doble discurso, ni porque decía una cosa y pensaba otra, sino por la falsía de sus poses, aconsejando algo que uno nunca ejercitaría, pero, qué hacer, los humanos a veces adquirimos una magnitud discontinua, no relacionada con nuestra estatura vertical. Hace un tiempo me refería a este escritor, a raíz de una carta suya en donde hablaba de Borges.

Allí Cioran manifestaba que la desgracia de ser conocido se había abatido sobre nuestro Georgie. Merecía –ha escrito- algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género-. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus `”admiradores'', de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída.

No creo que Borges haya buscado su notoriedad, independientemente del juicio que, como persona, nos formemos de él, y en consecuencia, no creo tampoco que su fama haya menoscabado su condición de escritor. Y escribo esto por el hartazgo que sufrimos a raíz del afán de algunos escritores en cuanto a aparecer en los medios masivos, pagando con dinero u otras atenciones. Lo cierto es que de tanto fulgurar en los medios, algunos han sufrido quemaduras de primer grado. Pero la resultancia es que no tenemos literatura argentina de validez internacional, al menos en la visibilidad, sólo escritores de cabotaje, y no porque no haya escritores y poetas de valía en nuestro país, sino porque todo se reduce al marketing, al pago o a la devolución de favores y así forman camarillas que se cocinan en su propio escabeche, forman roscas para adjudicarse premios o ser jurados de concursos literarios y lo peor, resultan afines a los designios de los grandes medios. Fue penoso ver en la Feria del Libro de Frankfurt, el forcejeo de los famosos mediocres (y de las famosas) para colocarse en primera fila, para robar cámara o colarse en la foto, garronear algunos pasajes y estadías en Alemania, yantar bocadillos de efímero caviar, tan sólo por lograr una crítica de los no menos mediocres críticos, no importa a qué precio o qué lienzos haya que bajarse.

En tal sentido y entre nosotros, hubo y hay varios “escritores invisibles”, como por ejemplo Gastón Gori, Juan L. Ortiz o Glauce Baldovin, quizá de lo mejor que ha producido la literatura argentina. El caso de Glauce Baldovin es particularmente doloroso, sobre todo porque durante años trabajó para “Cuadernos de cultura” –una publicación del Partido Comunista Argentino- sin que sus ególatras y mediocres mandamases validaran lo importante del trabajo de Glauce, terminando, ésta, en completo abandono, con un hijo desaparecido y refugiada en el alcohol y la locura (y ojo que no fue sólo un tango).

No resulta un fenómeno únicamente argentino, aunque en este terreno y debido al culto exitista de ciertas capas de nuestra sociedad, permanecemos en la pole position. Viene al caso lo ocurrido en el exterior y como si se tratara de una nueva galaxia, el “descubrimiento” de un escritor que aborreció la fama: Robert Walser. No hace demasiado tiempo y por este mismo medio, alguien –no puedo recordar ahora quién- escribía que Enrique Vila-Matas aseguraba que “lo mejor de Robert Walser es Robert Walser”. Un juego de palabras del autor de “Doctor Pasavento”, pues Robert Walser (Suiza 1878-1956) asumió con su propia vida el modelo literario que deseaba, como es el de transitar lo valedero sin decir “presente”, sin colocar su nombre en la marquesina. Es decir, asumió su no asunción.

Como se ha dicho, Robert Walser abominaba de la notoriedad, pero no como una pose sino por convicciones que sólo pueden poseer los grandes. Nada más ajeno al floreo de este tiempo donde sobran escribidores y faltan espectadores y donde se confunde lo brillante con lo brilloso. Elias Canetti -cuyo nombre proviene el español Cañete, localidad de España de donde su familia era oriunda- recomendaba respetar ese rasgo de Walser.

Quien presentó la obra del “escritor invisible” fue, hace un tiempo, Enrique Vila-Matas. El hombre invisible de Wells aparecería así en una fábrica de hombres invisibles, el Instituto Benjamenta: “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores?”

Se puede o no respetar la posición ideológica de Robert Walser, pero lo que levantamos es su autenticidad, su ausencia de poses. Franz Kafka, también cultor de la invisibilidad (efecto contrario a la imbecibilidad) destacó el poder creativo del “escritor invisible”. Jakob Von Gunten es un tratado sobre la idiotización lograda a través de los medios y del sistema capitalista. Había que seguir la obra del “escritor invisible” y leer “El paseo”: “La naturaleza no tiene que esforzarse por ser importante. Lo es” pensamiento que podemos asimilarlo al afán de ciertos revolucionarios que, al estilo Rambo, piensan hacer la revolución sin que existan las condiciones necesarias y la razón suficiente.

Sobre el “escritor invisible”, Canetti afirmaba que “su profunda e intuitiva aversión por cualquier tipo de altura, de elevación o de pretensión lo convierte en uno de los poetas esenciales de nuestra época hinchada de poder” y yo diría ahíta de forros al servicio del sistema capitalista. Borges, creo recordar, hablaba de lo fútil de la persona contingente y decía que en un tiempo, cien años más o menos, todos seríamos contemporáneos. El recientemente desaparecido Fogwil, que pagaba para ser elogiado en las revistas pseudo literarias, murió sin pena ni gloria y no creo que alguna de sus estrofas halle eco en la eternidad.

El hombre invisible resultaría aquél que lograra hacerse carne, hacerse visible en su pueblo, pasando a ser patrimonio unánime. Pero ojo al piojo, sin que lo plagien o lo escaneen para cobrar sus derechos de autor. Como Homero o Shakespeare -en duda su existencia física- pero resultando paradigmas de la humanidad en su sentido más alto. A qué tanto codazo por colocarse en primera fila si la vida juega a las escondidas y como en el dicho, lo único que te vas a llevar cuando te mueras será lo que dejes.

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