viernes, 12 de noviembre de 2010

Locura sin fin

María Luisa Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace algún tiempo escribí un artículo titulado “¿A cuánto está el oro?”. En ese momento sólo estaba poniendo en palabras un pensamiento que me atormentaba desde siempre más como una forma de exorcizar esa preocupación que esperando despertar interés en alguien que lo leyera.

Las noticias que circulan desde hace un par de días, en el sentido del consejo de uno de los gurúes económicos de los tantos que parecen tener respuestas válidas para los millones de seres que vivimos atribulados por las decisiones que una porción muy ínfima de la humanidad insiste en tomar en forma siempre inconsulta, con la certeza de que, no importa a cuántos puedan perjudicar con sus desvaríos omnipotentes, tienen derecho a ello.

Mientras la naturaleza intenta enviar mensajes cada vez más desesperados sobre las consecuencias de tanta codicia, tanta depredación, tanta insana manía de acumular y atesorar bienes, sin que las grandes mayorías encuentren la forma de detener a esta sub-especie rapaz en su maratónica y ciega carrera, vuelve ahora a reaparecer la necesidad de acumular nuevamente cantidades de esas piedritas por parte de los Estados Unidos en un intento por dar algún valor a sus papelitos verdosos que en forma desenfrenada son impresos y arrojados sobre el mundo como una verdadera lluvia aluvional.

A prepararse, pues: a las inconmensurables extracciones de petróleo y la minería cuyas consecuencias vivimos como si fuera una serie televisiva más en el episodio chileno, se iniciará nuevamente la búsqueda de oro que no será producido en el país que lo necesita acumular, sino en países lejanos, llenos de necesidades que encontrarán difícil resistirse a la presión para permitir realizar este tipo de minería a cielo abierto.

La semana pasada un pequeño grupo humano terminó por abandonar su huelga de hambre frente a la casa presidencial de Costa Rica, en protesta por la concesión del gobierno que acaba de terminar su mandato a una empresa minera para explotar en la localidad de Crucitas la extracción de oro. No sólo fueron absolutamente ignorados en su protesta por las autoridades que desde su residencia decidieron no verlos ni oirlos, sino que ni siquiera los medios de comunicación les dedicaron un espacio o les prestaron un micrófono para oir sus atribuladas voces.

Esa misma empresa, la Barrick Gold está también por iniciar operaciones en tres provincias de Argentina y seguramente en muchas otras partes del mundo. Estas explotaciones que utilizan cianuro y otros productos altamente tóxicos en sus operaciones dejarán el tendal de enfermos, envenenarán los ríos, terminarán con la fauna del lugar y pagarán miserables sueldos a los lugareños para dedicarse a tan vil tarea.

Ninguna de las crisis económicas han sido producidas por los que trabajan sino por los que especulan, ninguna de las controvertids guerras de los últimos años ha surgido del seno de los pueblos que tienen el dudoso honor de solamente contribuir con algunos de sus menos afortunados hijos a las deshonrosas masacres que ya son vox populi. Increíblemente miles de millones de seres humanos cuya máxima aspiración es simplemente vivir, subsistir, criar a sus descendientes y gozar en lo posible del privilegio de haber nacido en un planeta que todo lo tenía para que esto fuera posible han sido consultados, ni son escuchados en sus lamentaciones, ni atendidos en sus necesidades, sino que son utilizados como piezas en un tablero donde unos poquitos jugadores los manejan sin piedad.

Basta con mirar los ojos de un perro o un gato casero para que debamos bajar los nuestros avergonzados pues ellos destilan amor, fidelidad, agradecimiento y deseos de retribuir nuestras atenciones, mientras los que nos erigimos como una especie superior vivimos angustiados, atormentados por los vaivenes de un sistema cuyos movimientos escapan totalmente a nuestros deseos o control y cada día aumentando las abyectas prácticas a que nos vemos sometidos.

Oh, señores poderosos, para cuándo un poco de piedad, de compasión, de reconocimiento de la igualdad de derechos que todos tenemos como habitantes de la Tierra? ¿Adónde piensan transportar lo que su locura les pide acumular? ¿Este revival de Fort Knox les traerá la paz y la seguridad que jamás parecen poder alcanzar?

Para los que no leyeron mi artículo anterior, lo estoy incluyendo. Perdón si los molesto con mis escritos, que sólo tienen el propósito de contribuir en la reflexión general que estos dificilísimos tiempos nos exigen, por la responsabilidad que tenemos hacia las generaciones que nos siguen.

¿A cuánto está el oro?

Muchas veces me he preguntado en qué momento de la historia del hombre sobre este bellísimo planeta se decidió que esas piedritas que, una vez pulidas, tienen un particular brillo y con las que se han fabricados millones de objetos, que dicen son de gran consistencia y duración casi eterna, en qué momento -repito- y quiénes fueron los que decidieron su valor y lo impusieron al resto de los mortales como un patrón con el cuál medir el resto de las cosas.

Hasta figura en las Escrituras, seguramente me contestarán. Bueno, también en las escrituras figura la tasa de interés que se debe cobrar a hermanos y ajenos (ver Deuteronomio, si no me creen), pero eso sólo puede servir para los estatutos del Fondo Monetario Internacional, no es ni una verdad absoluta, ni siquiera un pensamiento medianamente elevado.

Para obtener y acumular ese material que estaba allí, en la naturaleza, al alcance de quien lo notara, se cometieron crueldades, se aniquilaron culturas, se inventaron valores y organismos reguladores, y yo me pregunto: ¡¿Cuáles son sus propiedades intrínsecas? ¿Acaso es capaz de nutrir a un ser vivo, de curarlo, de aumentar su inteligencia, de darle paz y felicidad, de hacer sonreír a un niño o a un moribundo?

Convengamos que ya no se habla tanto de él como antaño, ahora ha sido reemplazado por otro elemento aún más ridículo: el dólar, un pedacito de papel impreso en gigantescas máquinas por un país que nadie controla en su emisión y que, se nos dice, vale lo que algunos grupos deciden que vale. Con total arrogancia, hasta tiene una leyenda que dice que los que lo inventaron “confían en Dios”. Hasta hace poco el que dirigía esa emisión era alguien cuyo nombre sintetizaba la proliferación de billetes con que se invadió el mundo: Greens-pan (verdes – sartén). Algo así como el que manejaba la sartén donde se cocinaban los “verdes” sin tregua.

Entre las sustancias de la naturaleza, mi admiración más sincera va dirigida hacia las semillas, que tras un aspecto humilde y generalmente poco colorido encierran el poder de producir con escrupulosa fidelidad otra planta o árbol similar al que la produjo. Sin hablar desde ya de la variedad infinita de plantas que existen y que han acompañado al hombre alimentándolo, curándolo, protegiéndolo de la intemperie o simplemente deleitándolo con vistosas flores de colores y aromas singulares.

Siguiendo con el plan de acumulación emprendido por miembros de la sub-especie rapaz, sedientos de petróleo, capaces de las máximas atrocidades y mentiras para asegurarse sus reservas, las semillas también están sucumbiendo al embate de su codicia. Las semillas nativas, esas que permitían sembrar y cosechar alimentos, y reservar una parte de esa cosecha para volver a ejecutar una nueva siembra han sido escamoteadas como por arte de magia y ahora los agricultores deben volver a comprar semillas híbridas y modificadas una y otra vez, a empresas que se dedican a “fabricarlas”. Un dramático paso más hacia la aniquilación de la naturaleza, hacia el empobrecimiento de masas numerosísimas de pobladores del planeta que ES DE TODOS. Ni hablar de los medicamentos: en vez de instruir sobre el uso de las plantas medicinales que ni siquiera han sido estudiadas en todo su potencial, se está envenenando a la población con sustancias sintéticas que, si te tomas el trabajo de leer los prospectos adjuntos a cada uno de estos medicamentos, tienen contraindicaciones y advertencias que cubren desde “un sarpullido en la piel leve” hasta “raramente se han registrado desenlaces letales” (¿QUÉ?)

Todo ante la complicidad silenciosa de médicos, ministerios de salud, o farmacéuticos que parecen haber estudiado sólo para darte una receta cuyos componentes y consecuencias no conocen porque sólo repiten lo que los laboratorios les han dicho.

Les recomiendo buscar la página de Robert Kennedy Jr., donde figura un informe sobre las consecuencias de un producto llamado thymerosal que se incluyó durante años en la preparación de vacunas infantiles y que por tratarse de mercurio se cree ha sido responsable de daños cerebrales, autismo y otras lindezas y que fue silenciado para evitar los posibles juicios a laboratorios y a la DFA.

Todo esto está ocurriendo ahora, como los efectos de combinar las llamadas “bebidas energizantes” con alcohol en los jóvenes, la proliferación de drogas sin que las autoridades de los países afectados (que son todos) tomen medidas efectivas al respecto, ya que parecen no ver lo que los ciudadanos comunes percibimos, como tampoco hacen nada respecto a prohibir la venta de vehículos que desarrollan velocidades que teóricamente no pueden emplearse en ninguna carretera, en vez de exigir a los fabricantes que esos vehículos que van a poblar los caminos y serán manejados muchas veces por jóvenes motivados por las escenas de TV tengan un tope de velocidad que reduzca las posibilidades de accidentes.

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