viernes, 19 de noviembre de 2010

Los muertos que vos enterráis

Oscar Domínguez (Desde Bogotá. PRENSA LATINA. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Por tradición noviembre despide cierto tufillo funerario ya que en su jurisdicción de segundos se celebra el día de los fieles difuntos. Es como el mes lápida del almanaque.

Confieso que he empezado a desarrollar una fobia nada cristiana contra los sacerdotes encargados de la homilía en las misas para "moridos". No sólo en noviembre. Hay vivos que escogen otros meses más poéticos para partir.

Salvo excepciones los curitas desconocen por completo la hoja de vida o "curriculum muerte" del horizontal personaje cuyas exequias se adjudican por reparto al azar: a usted padre Merinito le toca el muerto de las diez de la mañana su reverencia fray Benedicto el plato fúnebre de las cuatro p.m.

Por lo regularlos padrecitos saben tan poco del "interfecto muerto" que tienen que estar consultando su nombre en un papelito. Pésimo presagio porque es casi seguro que quien ha partido será tergiversado... A favor porque no hay muerto malo.

Cambiado el nombre cambiadas las virtudes (porque los defectos se borran con la muerte una de las ventajas del viaje al más allá con solo tiquete de ida).

Las cosas se complican cuando el solitario párroco tiene dos o tres entierros diarios. Es cuando más confunde las virtudes del muerto matinal con las del meridiano o el vespertino. O le expresa su dolor a la viuda cuando ésta anda feliz a bordo de otra epístola. A rey muerto...

En estos casos no sólo el muerto se incomoda en su uniforme de madera cuando escucha desde su impotente posición decúbito dorsal cómo le cambian nombre y cualidades. Amigos y deudos entran en pánico mientras llega el momento de cumplir aquello del muerto al hoyo y el vivo a la olla. O al horno crematorio una de las cómodas simplificaciones que brinda la modernidad.

De uno a otro entierro lo único que suele cambiar es el estado del tiempo. Las metáforas son tan uniformadas que sirven para este año o para el próximo milenio.

Suele suceder también que la plática póstuma rociada con fugaces lágrimas de los deudos que están pensando en la herencia se va en generalidades sobre la vida eterna tan obvias que a quienes seguimos en circulación nos dan ganas de no morirnos. (Sin contar con que la gramática empleada a veces deja mucho qué desear. Es mal de agüero que nos entierren cometiendo atropellos contra la sintaxis).

Como el día de gastar se gasta propongo que haya homilías modelo ojalá escritas para que sean leídas por el cura que tampoco tiene que hacer milagros para decir siempre cosas sublimes. Hay días en que somos tan limitados al hablar... Esta limitación cobija a los voceros del Espíritu Santo que debería darles una manito.

Se puede crear un banco de sermones fúnebres por internet para aprovechar en tales ocasiones. Algo así: como todosnosvamosamorir.com. Y así las palabras que se leyeron para enterrar a uno en Nueva York o en Ciudad del Vaticano se pueden bajar de internet para ayudar a bien partir a quien decidió darnos con su ausencia en Bramaputra o Los Ángeles.

¡Ya es hora de que morir -o asistir a misas de difuntos- vuelva a dar gusto por la calidad de la homilía!

Por lo general para curarse en salud los deudos suelen delegar en alguien del riñón familiar el postrer reconocimiento. Ocurre también que a los aduladores de turno se les va la mano en gallina y acaban por rematar a las víctimas con elogios pluscuamperfectos. Tampoco. Hay hojas de vida que no daban para tanto así desde los romanos esté consagrado que de los muertos solo hablar lo bueno.

Espero que no me excomulguen con esta final propuesta: que el muerto pueda escoger oportunamente al escritor-poeta miembro de Academia u orador que debe ensalzarlo en los funerales. De paso se generarían ingresos adicionales para los desplatados profesionales de la pluma.

Espero que en mis exequias -que no me perdería por nada del mundo- al que le corresponda la mortuoria despedida no vaya a salir con esta perla: esta misa va por las intenciones de Epaminondas Clinton. Me levantaría a protestar antes de entregarme al disfrute de mi siesta eterna... Amén.

Oscar Domínguez es periodista colombiano. Colaborador de Prensa Latina.

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