miércoles, 24 de noviembre de 2010

Me llamo Jesús, como Dios

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ese viernes se levantó como siempre, abrió sus ojazos negros como el abandono, negros como la tristeza de esperar un mañana que nunca llega. Toda la semana estuvo pensando en el próximo domingo cuando se celebrara el Día del Niño, uno más entre tantos que dejaría las manitas vacías y los sueños muertos como tantas ilusiones de los niños pobres.

Hacía frío, la puerta de su humilde casa apenas atajaba un poco el chiflete que se adueñaba del ambiente sin pedir permiso. En el único lugar donde sí se estaba calentito era pegado a sus cuatro hermanitos en el mismo camastro cuyo colchón tenía más pozos que las calles de la villa.

-Atrevido este frío, decía la madre y los niños se reían. Se tapaban con la única frazada tan agujereada como las chapas y cartones que oficiaban de techo por donde la lluvia se colaba, pero que en las noches de luna clara permitía que alguna estrellita “espiona” los vigilara desde el cielo hasta que el sueño los vencía.

Durante todo el día amasó una idea para que el domingo los hermanitos tuvieran un día diferente. La fue perfeccionando mientras apelaba a la buena suerte que tal vez se le daría, sólo era cosa de caminar, caminar, caminar rezando bajito para lograr el resultado esperado.

El sábado al mediodía, Jesús, salió con dirección al barrio de chalecitos de trabajadores que estaba muy cerca de la villa y por donde se sentía un olorcito más lindo.

Debía cambiar su frase de siempre –Doña ¿tiene algo para dar? ya que esperaba que al menos por esa vez no fuera comida.

Cuando llegó a la puerta de la casa de la señora linda que siempre lo recibía con una sonrisa, recordó la primera vez que ella le abriera preguntando y afirmando: -hola ¿Cómo te llamás? Tenés una carita de pícaro vos.

-Me llamo Jesús, como Dios, mi mamá dice que siempre nos ayuda y por eso me puso ese nombre.

Cada vez que golpeó allí encontró algo para llevar al rancho. A veces parece que la mala suerte da un cachito de respiro a los marginados, aunque luego vuelva a descargar su furia contra ellos.

Ese sábado el diálogo niño-mujer fue diferente. Jesús le contó que esa tarde buscaba alguna moneda porque quería comprarle a la Naty una hebillita con peluche y al Diego, al Nico y al Damián, chupetines y chicles.

-Porque mi mamá no puede comprarles nada para el Día del Niño ¿vio?

Era la primera vez que Jesús pedía dinero, era la primera vez que el niño propusiera –doña, le barro la vereda p’ayudarla, o si quiere le hago algún mandado, o le corto el pastito, yo le juro que sé hacerlo.

La señora lo miró con más dulzura que otras veces, le dio un beso en su cabecita y volvió a decirle –tenés una cara de pícaro vos, esperame un momentito.

Volvió con dinero para que él también se comprara algo de su gusto. Además le dio una bolsa con ropa y otra con juguetes. Nada era nuevo pero para ellos…

Jesús le dio un beso que iluminó el rostro de la mujer y salió ligerito rumbo al hogar mientras pensaba –es cierto que Dios siempre nos ayuda, que contenta se va a poner mamá ¡y los chicos!

Pasó por el kiosco de doña Pilar, compró los regalitos y guardó unos pesos para que la mamá pudiera comprar algo para esa noche. Por un momento fue el mejor ministro de economía que alguien pudiera suponer.

Sus ojitos estaba iluminados de felicidad imaginando las caritas de los hermanos cuando vieran que esa vez sí habría Día del Niño para ellos.

A una cuadra de su casa un estampido partió en dos el sonido de una cumbia que sacudía el caserío “Laaaaauuuuraaaaaa, siempre que tú bailas a ti se/ te ve la tanga…”
Mientras de otro lado se escuchaba un chamamé.

La policía corría como desbandada, los disparos sucedían destructivamente y la cumbia seguía sonando su apología de la miseria. Todo era desesperación y el sol, se tiñó de rojo.

Jesús trató de esconderse detrás de un coche abandonado, faltaba poco para llegar al rancho, sólo quería abrazarse a su mamá con los hermanitos aglutinados como en las noches de frío.

-¡Aaay! Escapó un quejido de la boquita hasta hacía muy poco, sonriente del pequeño. Cayó mientras algo húmedo dibujaba su espalda. Y no llovía.

En su manita la hebilla con un osito de cachetes rosados guiñaba un ojo, en la otra una bolsa con paquetitos y las bolsas que le regalara la señora linda.

-Mirá este, dijo un uniformado acercándose al cuerpito tendido del pequeño.

-¿De dónde sacaste todo eso? Preguntó sin obtener respuesta.

-Seguro que los robó, estos negros empiezan desde chiquitos ‘ta madre que los parió, agregó otro que acudió con su pistola en la mano como soporte de su compañero.

Jesús, ya no podía responder.

Tomado de su libro de cuentos “Destapando el silencio”. Editorial Amaru.

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