viernes, 19 de noviembre de 2010

No germinaron los manzanos

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido!, cantaba la abuela a la hora que un manto oscuro con puntitos plateados caía sobre las tejas de la casita del barrio de obreros y una cortina de espesas pestañitas desplegaban angelitos sobre los ojos de la pequeña.

-¿Y por qué llora el niño, abu? Preguntaba la criatura.

-Uy, que el hambre duele, mi niña, respondía ella mientras la cubría de besos, cosquillas y caricias.

En la casita humilde vivían la abuela paterna, a cuyo hijo se lo tragara una noche impune de esas que se repitieron tantas veces por la historia de estas tierras; su nuera y la única florcita que diera el matrimonio como ofrenda de su paso por la vida: María Eva.

Niña inquieta, con ojos color del tiempo, corazoncito ágil para conmoverse ante cualquier situación lastimosa. Era la adoración de la abuela llegada de una Asturias lejana, estampada en su alma de mujer curtida por los golpes de la vida que pareció compadecerse de tanto dolor a través de la pequeña.

Fue creciendo María Eva entre el amor de esas dos mujeres en el barrio con olor a tilos, color de rosas y malvones, recuerdos de ayeres dulces, renacuajos en las zanjas y la infaltable rayuela cuya meta era el cielo.

Uno, dos tres, cuatro, cinco seis, siete, ocho nueve ¡¡¡CIELO!!! Y el barrio se empapaba de risas infantiles entre el mate de la tarde compartida de los mayores.

El cielo, una tarde, recibió a la abuela, dejando un hueco en el alma de la niña y su madre, pero ella no murió del todo, quedó flotando en su canción de cuna y cada noche la melodía inundaba el cuarto de la niña que ya daba sus primeros pasos por la cintura de la adolescencia.

Pasaron los años, el futuro dijo presente pero siguió estancado en el pasado, la niña casi mujer comenzó a recorrer la atrapante, aunque muchas veces cruel, rutina del aprendizaje de la vida que no siempre nos otorga lo que realmente soñamos.

Se recibió de maestra, quiso tentar suerte en una fábrica cercana a la casa para costearse con mayor libertad los estudios de sociología. Se inscribió en la facultad porque “un pueblo de hombres cultos, es un pueblo de hombres libres” atrapaba de Martí mientras echaba a volar sus sueños imposibles.

29 de Octubre de 1979

El odioso reloj le gritó ¡basta! al descanso como cada mañana cuando paría las 5:00. María Eva estiraba sus brazos como alitas tratando de despegar el sueño de sus ojitos de color del tiempo. Llenó el ajado bolso negro de la abuela con las cosas cotidianas, compañeras de asistencia perfecta, antes de colgarlo de su hombro. Allí estaban: el sándwich, la manzana, los puchos, el encendedor, el monedero.

-Pucha, pensaba, todavía faltan cinco días para cobrar y faltan cosas en casa.

Inmediatamente despedía a la madre con su acostumbrado –chau má, te quiero.

-Cuidate nena, volvé temprano por una vez, no fumés tanto, respondía desde el sueño su madre. María Eva sonrió y se alejó cantando bajo las estrellas que no se iban todavía.

Salía de la casita con el corazón atrincherado y los sentidos imaginando un futuro cercano que en realidad estaba tan lejos.

Eran las 6:00 de la mañana cuando con un beso a las mejillas compañeras, iniciaba la jornada en la fábrica y aparecían los matecitos clandestinos antes de que llegara el “trompa”.

A las 12:00 llegaba el descanso de media hora, salían del cofre el sándwich y la manzana.

-Otra vez que Carmen no trajo nada. Ella era su amiga y compañera de la vida. María Eva imaginaba que también habría “nada” esa noche en la mesa para los niños, apenas un mate cocido, con suerte. Cortó su sándwich, partió al medio la manzana y le ofreció a su amiga las mitades más grandes.

Cuando Carmen fue al baño, ella comenzó su tarea de abeja obrera, recolectando entre los compañeros lo que pudieran colaborar para los niños de la humilde mujer.

-Dios mío ¿llorarán los niños? Se torturaba pensando. Allí estaba la voz de la abuela y ella diciéndole bajito –Hay que hacer germinar los manzanos para que no falte en ningún hogar el fruto. Ayudalos abuela.

A las 5:00 de la tarde el ulular de la sirena indicaba la hora de salida. Como dolía en el pecho ese aullido que tantas noches indicara la antesala del infierno. Paradojas de los sonidos que pueden ser tanto libertarios como carceleros.

Antes de ir a la facultad, alrededor de las 6:00 de la tarde, María Eva pasó por la villa para visitar a los niños de Carmen. Llevaba fideos, manzanas, caramelos y la ternura de siempre. Era una pasadita nomás, pero sin restarle el tiempo al matecito apurado.

-Nos juntamos con los chicos, le contaba a Carmen. Hace días que no vemos a Jorge, le sopló al oído.

Carmen fue su compañera de sueños hasta la noche en que se llevaron al padre de sus hijos, quienes quedaron colgando de su espalda quebrada por la ausencia.

-Cuidado María Eva, dijo Carmen en el abrazo de despedida.

Puso primera al motor de su vida, arrancó atravesando calles sin reparar que la estaban siguiendo con paso tan sigiloso como un reptar terrorífico. El peligro le abanicaba la carita casi adolescente. Quién diría que ella…

Llegó a villa Jardín, el dolor arrancó otro trocito de su corazón ardiente. –Se llevaron a Jorge, dijo Beto mientras golpeaba con el puño de la desesperación una mesa destartalada.

A medida que llegaban los compañeros el silencio estallaba los oídos, sólo les quedaba llorar como el niño sin manzana.

La tristeza ahogada la empujó al refugio sacrosanto de los brazos de su madre en carrera desenfrenada. Se contaron la jornada, pero no todo, no podía preocuparla tanto. Cantó la abuela su “Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Claro, como todos los días.

-Sigue llorando el niño, mami, todos lloran, muchos no paran.

María Eva iba inventando su propio adiós.

La noche del 29 de octubre fue noche de luna nueva. Se sintió una campanada que tiró abajo la puerta. Un ventarrón irrumpió en la sala, en la pared se estampó un corazón sangrando despedazado frente al cuadro con la foto de la abuela.

El reloj enmudeció, enquistó sus manecillas, el odio se volvió Titán y de esos ojos brotaban, como víboras de fuego.

-¿Dónde está esa hija de puta? Arremetió Jápetos.

-¿Qué es esto? Preguntó la madre tratando de volverse escudo sobre el pecho de su niña.

-No dejes entrar al miedo, suplicaban las lágrimas de María Eva.

La arrastraron de los pelos, la metieron a empujones en el asiento posterior de la barca de Caronte. Cerbero los esperaba en la puerta del averno.

La abuela tomó su brazo queriendo acercarla a ella, la madre empequeñeció contra el pecho de la abuela y de una sola garganta se escaparon las entrañas ¡¡¡Ay, mi niña!!!

La abuela cantó su nana, la niña le respondía mientras un rayo de odio se la iba devorando. De las casas vecinas parecían brotar ramitos de luciérnagas que no lo eran. Se había encendido el miedo.

Desde entonces, todos los 29 de octubre en el barrio de casitas bajas donde ayer criaran a sus hijos tantos obreros, se ve a una niña caminando de la mano de su abuela cantando una letanía: -“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido…

La niña responde –dile que no llore, yo le daré dos, una para el niño y la otra para vos.

Adelante va la madre, vanguardia de la columna de espectros de tristeza. A la mañana siguiente, desde entonces, en cada jardín falta una flor que aparece donde todavía está el corazón estampado.

Las tres mujeres sólo se ven esa noche, todo el barrio las espera. Hasta el momento, comentan, no volvieron a germinar los manzanos…


Tomado del libro “Destapando el silencio” (cuentos y relatos), Ediciones Amaru. ISBN: 978-987-25438-5-3. Editado en Abril 2010, con dibujos interiores de Griselda Dorado

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.