jueves, 4 de noviembre de 2010

Para Tito Messiez, allí donde se encuentre

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Antaño, en la provincia de Tucumán, el Partido Comunista Argentino participaba en la dirección de la Unión de Cañeros Independientes (UCIT) y en la Federación de Obreros Azucareros (FOTIA) que eran organizaciones muy combativas. Teníamos mártires como el obrero Aguirre y tantos otros.

Apenas había triunfado la Revolución Cubana, aparecieron por todo el país unas pintadas que decían “Tucumán arde” y sus cañaverales resultaron un incentivo, influenciados todos por el triunfo de Fidel y el Che en una geografía bastante parecida, y en los cultivos cañeros de la Isla.

Hubo guerrillas, pues, como las de Taco Ralo con el comandante Uturunco a la cabeza, guerrillas éstas de cuño peronista revolucionario, pero además, todos los militantes de izquierda participábamos en la lucha de una u otra manera.

También la dictadura de Onganía había tomado nota de la aparente similitud entre la estructura socioeconómica de Tucumán y la de Cuba, y a raíz de ello, con el desguace de su economía, el éxodo de miles de familias, la destrucción de los gremios y el asesinato de sus dirigentes, produciría un desastre.

Ayudado por mi memoria y por el relato de otros compañeros, pude reconstruir este episodio y nombrar a algunos de sus protagonistas, hoy en día casi todos fallecidos.

A la sazón, se hacía una reunión del Partido Comunista, precisamente, en Tucumán, a la que concurrieron Florindo Moretti –entonces secretario del Partido en la provincia de Santa Fe y miembro del Comité Central- y Tito Messiez, quien conducía el vehículo. Viajaban en un automóvil propiedad de un amigo y mientras se realizaba la reunión -por cierto, clandestina- Tito salió para cumplir con una diligencia. No puedo precisar bien la fecha, pero fue, precisamente, en plena dictadura de Onganía: feroz represión; el ejército controlando todo y ocurrió que una patrulla policial halló a Tito dentro del auto y se lo llevaron.

Inmediatamente, el partido me envió con la misión de rescatarlo a él y al automóvil, estuvieren donde estuvieren. Por aquel entonces yo militaba en el PC, comité provincial de Santa Fe, partido al cual dejé de pertenecer posteriormente

El automóvil a rescatar era de un amigo del partido que ocupaba, él y su esposa, puestos clave dentro de la provincia de Santa Fe. Por suerte el vehículo no había sido aún transferido por lo que sus papeles figuraban a nombre del dueño anterior, pero era evidente que a corto plazo averiguarían la identidad del nuevo dueño.

Quien esto escribe, en ese tiempo había pasado a militar en el frente agrario, conocía muy bien a Tucumán por participar en una organización que se denominaba UPARA (Unión de Productores Agropecuarios de la República Argentina) a la que estaba adherida la Unión de Cañeros Independientes de Tucumán. Asistía, por ello, a muchas asambleas y luchas. Tan es así que posteriormente, en la reunión continental de cañeros realizada en La Habana (1975), concurrí como delegado en nombre de la UCIT. De hecho, mi conocimiento del terreno fue una de las causas por las cuales sería enviado allá. Tito Messiez, por su parte, militaba en el aparato provincial de propaganda.

Los militares no tenían claro quién era Messiez pero al ver que manejaba un auto lujoso y no ser de la provincia lo llevaron detenido, lo interrogaron, revisaron sus objetos personales y trataron de apretarlo con amenazas y golpes. En tanto, el partido Comunista de Tucumán, al conocer su detención buscó un abogado amigo que era miembro del partido Radical, quien intervino gestionando su libertad. La policía ya había pedido antecedentes a Rosario y así supieron a quien tenían.

La presencia de un abogado de renombre y el hecho de que éste tuviera conocimiento de la detención, constituía para ellos un escollo, pero no estaban dispuestos a permitir que se les escapara. De modo que ese día realizaron los trámites formales para su libertad, pero demorándolo hasta que anocheciera. Insistieron ante aquel abogado para que se retirara tranquilo pues no habría problemas.

Tito pidió al abogado que no se ausentara, sobre todo teniendo en cuenta que lo habían golpeado y que la actitud de la policía no era de fiar. En realidad sabía que la policía no es de fiar nunca. El abogado consideraba exagerado denunciar torturas por “algunas trompadas” y dio por finalizado el trámite diciéndole “quédese tranquilo, en cuanto terminen con los papeles firma la libertad y se va”.

La policía lo retuvo y cuando lo trasladaban a otra oficina, observó que había dos personas sentadas, ante las cuales el policía dijo en voz alta, para que estos escuchasen; “¿usted es Rubén Messiez?, bien, tiene que firmar la libertad porque se va”.

Pese a firmar la constancia de su liberación, lo demoraron y ya oscurecía cuando lo hicieron. Aquí Tito observó que al pasar, uno de los policías hizo un gesto, marcándoselo a otros tipos. El flaco iba procesando a la luz de su experiencia toda esta situación y se dio cuenta que el objetivo final era secuestrarlo. Comprendía que ellos tenían en claro su condición de hombre de la actividad orgánica interna del partido y querían averiguar lo que él sabía.

Efectivamente, ceremoniosamente abrieron el portón y allí comenzó una verdadera carrera por evadir lo que fue un intento de cacería. En ese momento pasaba un colectivo, y en marcha, ascendió a él. Se ubicó en el último lugar y a poco andar observó que un automóvil lo seguía. Aprovechando una calle oscura y con árboles, entrevió la oportunidad de escapar y logró esconderse detrás de un árbol. Vio pasar al coche con tres hombres. Tomó un taxi. Le pidió al taxista que le indicara donde hallar a un abogado. El conductor lo llevó hasta una calle donde había muchos estudios, aunque sabía que ya era noche y por lo mismo, un poco tarde para hallar a alguien, cosa que el taxista mismo observó.

Preocupado, giró la cabeza para vigilar si lo seguían y en ese momento vio nuevamente el auto policial, detrás del taxi. Bajó y penetró rápidamente, existía un largo pasillo. Solo encontró una oficina con luz, golpeó y en efecto, era la de un abogado quien resultó ser miembro de un partido trotskista, que por supuesto conocía a los dirigentes del partido comunista. Así, pues, esa misma noche se reencontró con el camarada Aráoz, de la dirección local.

Tito se consideraba a salvo pero aquí comenzó otra lucha. El abogado radical que había gestionado su libertad se reunió con los compañeros de la dirección partidaria de Tucumán, contando también con mi presencia, pues como dije, había sido enviado desde Rosario.

El abogado informó que Tito debía ir personalmente a la Jefatura a retirar el coche, coche que había sido retenido. Él se negó, pues consideraba que escondía una maniobra. El abogado volvió a hablar con la policía, ésta insistió en que no pasaba nada. “Que el muchacho tiene demasiada imaginación con eso del intento de secuestro”. Que no hubo torturas:”usted sabe, puede ser alguna trompada, pero no es para tanto”. “El automóvil podemos entregarlo únicamente a él”.

El abogado convenció a los compañeros y se reunieron con Tito y quien esto escribe para considerar el tema. Por fin Tito planteó: “no estoy de acuerdo, es seguro que quieren atraparme. El riesgo lo voy a correr yo y sólo yo. Pero si la dirección del partido decide que debo ir, voy. Ustedes camaradas serán por supuesto, los responsables”.

Hablé telefónicamente en varias oportunidades con Hugo Ojeda, que era miembro del secretariado de Santa Fe, quien insistió en que Tito debía ir a retirar el vehículo ya que estaba en juego la integridad de su dueño, un amigo del partido.

La dirección del lugar acató y quedamos en minoría Tito y yo. Así pues, Messiez se disponía para ir. En ese momento llegó un mensaje de un camarada encubierto que trabajaba dentro de la Jefatura Policial, quien dijo que “la policía estaba furiosa porque se les escapó la presa, digo, el preso”. “Lo quieren como sea. Lo están buscando por todos partes y reparten su foto para identificarlo. Hay retenes policiales en las salidas de la ciudad”.

¿Cómo sacarlo a Tito de Tucumán y recuperar el vehículo? Pedí a Rosario un duplicado de la llave del auto, la que me llegó en una encomienda por ómnibus. El automóvil se hallaba estacionado en la playa frente a la Jefatura, y según informaciones, no tenía custodia, sólo había guardia en el portal de la jefatura, a unos cincuenta metros.

Caminé, pues, disimuladamente hasta él, abrí, coloqué la llave y por suerte arrancó de inmediato. Salí despacio pero cuando doblaba la esquina oí un silbato y luego algunos balazos que impactaron en la carrocería. La idea era poner a salvo el vehículo en la finca de un compañero, el Turco Sidán -que en aquellos tiempos era dirigente de UCIT- quien poseía su finca en la zona rural, pero ello no fue posible. Tomé por una calle transversal mientras los milicos corrían hasta una de sus unidades y por fortuna, a dos cuadras existía un depósito cuyo portón se cerraba en aquel momento. Esquivé una de sus hojas, penetré y estacioné, un encargado se acercó sorprendido y le dije que me sentía descompuesto, que me dejara ir al baño, a lo cual accedió. “Yo sé lo que son esos apuros” me dijo solidariamente. El encargado del depósito quería retirarse y por suerte la sirena policial sonaba ya muy lejos. Me permitió dejar allí el coche hasta el día siguiente, ya que no me sentía bien ¡en parte era cierto! y fui hasta donde me alojaba.

Al día siguiente salí con el auto y lo despaché en un vagón de carga del ferrocarril. Ya había perdido todo contacto con la dirección local del partido y además la cosa no estaba como para jugar a las visitas, pero sí sabía donde se alojaba Tito, en una casa humilde de unos compañeros de apellido Heredia, no muy lejos de la estación de cargas del ferrocarril.

Fui a buscarlo, nos prestaron unos gorros para disimular y un revólver Rubí calibre 22 “¿para qué queremos esta cáscara de nuez? Únicamente para balearnos en un rincón” dijo Tito. Tomamos un colectivo suburbano que iba hasta Yerbabuena, donde yo tenía un amigo de apellido Pereyra, peronista acérrimo apodado “El Gaucho” y que muchas veces me había invitado a pasar alguna vacación. Dos días después, en bicicleta y cuidando de no toparnos con algún retén, fuimos hasta el campo del Turco Sidán. Ahí dejamos nuestras ropas -el Turco nos consiguió unas de cortadores de caña, que accedieron al trueque alegremente, y al día siguiente, en un acoplado, con Tito escondido debajo de una montaña de malhoja, pasamos el control militar, luego viajamos con otros obreros rurales hasta la localidad de Simoca, hablábamos en tucumano, los controles no prestaban demasiada atención a un grupo de trabajadores rotosos.

En Simoca tenía su finca Gaspar Lasalle, entonces presidente de la UCIT, y lugar de concentración del grueso de los cañeros más combativos. Recuerdo que cuando Tito se sacudió las ropas lo hizo a las puteadas, había sido atacado por osapucas -una especie de bichos colorados- llenándolo de ronchas. En esa casa vivimos unos días y luego, Gaspar y los amigos nos sacaron hasta Catamarca y por fin a Rosario.

Tito Messiez había salvado varias veces su vida, como lo fue en otra oportunidad, en Rosario, en la que con su familia se descolgó desde una ventana de su departamento anudando unas sábanas, o la que he relatado. Lamentablemente, en la última no pudo escapar y murió torturado, sin delatar a ningún compañero. Su cadáver aun no ha aparecido, pero su combatividad y su entrega siempre estarán de cuerpo presente. Un héroe al que le rindo mi más hondo homenaje, esté donde esté.

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