viernes, 19 de noviembre de 2010

Vista, tiempo y Don DeLillo

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Con su reciente novela “Punto omega”, Don DeLillo (Nueva York, 1936) ha logrado otra obra maestra (“Submundo”, “Cosmópolis”). “Punto omega” es una alcabala (un espacio-tiempo) entre la saturación y la calma, el reloj de la urbe atormentada y el reloj de la vida serena. “Punto omega” es un tempo, un pulso, un ritmo que avanza hacia atrás y por el camino contrario al maratón de la locura global. “Punto omega” es una novela que desmonta la absurda velocidad del siglo XXI. Y la desmonta con el mejor recurso que tiene la literatura (y la vida): el tiempo.

Don DeLillo, como un mago, desaparece las palabras y las convierte en espacio (El autor sabe que aceleraron el tiempo para desubicarnos memoria y espacio). Las claves de la novela trabajan para desactivar el mecanismo de la prisa, esa lógica postiza que nos hace sobrevivir al borde de un consecutivo impacto (“Las ciudades se construyeron para medir el tiempo, para apartar el tiempo de la naturaleza. Hay una interminable cuenta atrás. Cuando retiras todas las superficies, cuando miras dentro, lo que queda es el terror. Esto es lo que se supone que la literatura debe curar. Los poemas épicos, los cuentos para dormir”). La novela, en lugar de dormirnos, nos propone un despertar de la mirada (“Ver lo que hay, finalmente mirar y saber que está uno mirando, sentir el paso del tiempo, estar vivo a lo que ocurre en los más pequeños registros del movimiento”). Se trata de un viaje interior con el apoyo de los siguientes elementos: la instalación del videoartista Douglas Gordon, “24 Hour Psycho”, que ralentiza la película “Psicosis” de Alfred Hitchcock; la observación que el propio narrador hace de la muestra en el MoMA; la rutina de dos hombres (un ex-asesor del Pentágono y un joven cineasta) y una mujer en una cabaña ubicada en un desierto, y la guerra de Irak (desde un testimonio) como una realidad inventada. Luego los introduce en un tiempo quieto, lento, interior. Y para llegar a ese punto, paso a paso, nos hemos ido despojando de una fuerza, de un peso (“¿No es esto el peso de la consciencia? Estamos todos exhaustos. La materia quiere perder la consciencia de sí misma. Somos la mente y el corazón en que esta materia se ha convertido. Ya es tiempo de dar todo por concluido. Esto es lo que ahora nos impulsa”). El siglo parece una niebla espesa que avanza hacia nosotros. La realidad social (que nos enseñaron) está saturada. Don DeLillo considera que el concepto “Punto omega” (de Teilhard de Chardin) “es el punto de agotamiento de la conciencia humana, una situación límite a la que tal vez estemos llegando”. Naturaleza, saturación, poshumanismo, introspección, son algunas de las líneas invisibles que articulan el cosmos de la novela.

La maestría de la obra de Don DeLillo consiste en lograr desmontarnos el frenético mecanismo de la prisa sin que lo percibamos, las palabras y las situaciones nos conducen a la quietud de la mirada (que termina siendo el despertar de la vista). En ese tránsito, el lector puede tener la sensación de que la realidad apabullante del desarrollismo le ha dejado ciego. No conocemos el rumbo porque hemos perdido el sentido de la vista (y del oído). En el descubrimiento personal se descubre el gran problema del mundo. Y viceversa (“La verdadera vida no es reducible a palabras habladas ni escritas, por nadie, nunca. La verdadera vida ocurre cuando estamos solos, pensando, sintiendo, perdidos en el recuerdo, soñadoramente conscientes de nosotros mismos, los momentos submicroscópicos”). La propuesta de Don DeLillo aturde y golpea los sentidos; de la derrota de la mirada se pasa a la resurrección de la vista. Y todo para despertar con el mundo en las pupilas.


Con motivo de la publicación de la novela, el autor declaró que “Mis libros encajan difícilmente en el panorama literario de hoy en día. Una buena novela puede vender bien, como ha ocurrido con 'Liberty', de Jonathan Franzen. Pero hay un tipo de ficción para el consumo que es la que está marcando la pauta en las editoriales. Y hay también una tendencia a convertir al escritor en un showman”. Sin embargo, los lectores, satisfechamente minoritarios, celebramos este magistral proceso de contemplación que Don DeLillo ha titulado “Punto omega”.

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