jueves, 16 de diciembre de 2010

Cortada la cabeza de Hitler

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Al grito de “no más guerras”, un ex policía alemán degolló la cabeza de Adolf Hitler, de su figura de cera, a pocos minutos de haber sido colocada en el museo de Madame Tussauds en Berlín. Ahora sí funcionó el atentado, comentó un visitante haciendo referencia a los múltiples que sufrió Adolf Hitler, saliendo ileso de todos ellos, incluso uno ejecutado por figuras prominentes del ejército alemán, quienes pagaron su osadía con la horca.

Cierto que aquel payaso brutal de ridículo bigotito, mofa de los caricaturistas de la época, ocupa un lugar relevante en la Historia, lo testimonian los campos de exterminio y el holocausto, las guerras de conquista y los muertos de la II Guerra Mundial, decenas de millones de gente inocente. Nadie gana nada borrándolo de la Historia por comodidad, por falta de argumentos para explicar cómo esa figura deviene en paladín de los intereses del gran capital, que lo acepta tal cual y lo financia íntegramente. En las circunstancias de extremo patrioterismo y de crisis de la economía en que se encontró la Alemania de los años treinta, Hitler las aprovechó para sí y para su política del nazismo, pero seguramente no es ese hombre tranquilo cuya figura de cera, detrás de un escritorio, era colocada en Berlín el 5 de julio. Presentar así al hombre de la guerra y de los campos de exterminio es un fraude. Ocupa un lugar, sí, en la Historia, pero no sentado pacíficamente detrás de un escritorio sino tras de las alambradas donde pretendió encerrar a la humanidad no aria.

Afortunadamente, en esta ocasión hubo un alemán capaz de decir no y simbólicamente correr a cortar su cabeza. Esta vez, el atentado funcionó. Funcionó, cabe agregar, no sólo para mantener el pasado en su lugar, sino hacia el futuro: para que nunca más un Adolf Hitler. Pues su caso, el haber cautivado las multitudes con su oratoria prepotente, y desde su bigotito no por ridículo falto de carisma, llegó a apoderarse de la conciencia colectiva del pueblo alemán, allí donde se inscriben los nombres de los grandes filósofos Kant y Hegel y de uno de los más altos escritores del mundo, Goethe, y los nombres de los republicanos Mozart y Beethoven, y los más recientes de los escritores Hermann Hesse, Thomas Mann y Günter Grass. La indignación de un simple hombre de pueblo que, desafiando las posibles represalias de los grupos neonazis, recupera la tradición humanística de su país.

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