jueves, 9 de diciembre de 2010

La muerte de Hugo Chávez

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La historia universal nos muestra que los tiranos y los imperios al pretender ocultar mediante la represión los escándalos que han creado crean otros aún mayores.

Envalentonados por la complicidad de las fuerzas militares, por el beneplácito de la iglesia, la tolerancia o respaldo de los medios de información y por la resignada sumisión de la plebe estulta, los tiranos nacionales y los multinacionales se creen con pleno derecho de represión contra los grupos y personas progresistas y disidentes. El imperio de la ambición cree que puede destruir impunemente el alma de los pueblos que vandaliza y despoja, y pretende escapar de la justicia destruyendo el mundo que debe pedirle cuenta de su rapacidad implacable y su locura sanguinaria.

Pero paradójicamente, esa ceguera destructiva de los despotismos origina frecuentemente su propia destrucción.

Hace veintiún siglos que el patíbulo de un ajusticiado venció el antiguo imperio romano, y su evangelio humanista impera hoy sobre la doctrina oprobiosa del imperio actual. Si el imperio romano hubiera tenido misericordia con el Cristo hecho mártir, se hubiera librado del imperio de los ideales cristianos. Pero paradójicamente Roma es hoy la sede mundial del cristianismo.

Igual sucede cuando los tiranos pretenden silenciar a los líderes populares que dan el "mal ejemplo" de rebeldía y emancipación a los pueblos subyugados. Pero la ciega arrogancia de las tiranías contemporáneas solo ha servido para cavar su propia tumba.

Y los ejemplos abundan:

Fue la neurosis colonialista y racista del imperio británico lo que hizo de Nelson Mandela un mártir, pero la conciencia rebelde de Mandela se convirtió en el alma nacional de los sudafricanos hasta llevarlo a la presidencia del país y a sepultar al oprobioso sistema del apartheid.

Por otra parte, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 marcó el origen de la violencia que aún hoy azota a Colombia por la furia del pueblo cuando la oligarquía le extermina a sus caudillos populares. Igualmente, al asesinar a Salvador Allende el imperio yanqui sólo consiguió engendrar otro Allende en la conciencia de cada chileno, de cada latinoamericano, de cada ciudadano del mundo. Y asimismo, el imperio yanqui asesinó al Che Guevara, pero el Che renació como un Fénix triunfal el día que fue asesinado, y hoy el Che es el ícono mundial de la lucha de los pueblos antiimperialistas. Y lo seguirá siendo por muchas generaciones.

Y es que los mártires populares triunfan aún después de su muerte, porque el imperio puede asesinar hombres pero no ideales. La corona de espinas de los mártires se torna en corona de laureles y su Gólgota en Sinaí. Sin más armas que las tablas de una tribuna o el madero de una cruz a cuestas, los mártires, hechos héroes, vencen a sus verdugos e imponen su evangelio humanista, su ideal liberador, revolucionario.

Es el odio a los ideales socialistas lo que alienta la depredadora mezquindad del imperio yanqui a autodesprestigiarse ante los ojos de la humanidad y las páginas de la historia, como se está demostrando actualmente con las publicaciones de Wikileaks.

Centenas de veces la CIA ha atentado contra la vida del líder cubano Fidel Castro, pero en ese colosal y monolítico líder el águila yanqui ha mellado sus garras y la muerte su guadaña. Con su implacable saña contra el líder cubano el yanqui solo ha logrado hacer de él un líder mundial. Es con los guijarros de la lapidación mediática que paradójicamente el imperio yanqui le ha levantado su pedestal.

En los tiempos modernos el yanqui se constituyó en el juez del mundo y hoy el mundo lo juzga y lo condena. Salió de su país provisto de su inmenso poderío bélico a devastar el mundo por el terror, y hoy tiembla de terror ante el mundo devastado y enfurecido contra su imperio depredador. Y empeñado en ser el conductor de los destinos de la humanidad hoy no sabe cómo conducir su propio destino, enfrentado a la bancarrota de su hegemonía mundial. Jugador empedernido contra el destino de los pueblos, el imperio yanqui puso en el casino de la guerra la fortuna de los pueblos y la perdió, junto con la de su propio pueblo. En Irak el yanqui prendió la hoguera de la guerra y hoy no sabe cómo salir honorablemente de ese laberinto, a pesar de haber confiado a los medios de información la triste misión de presentarlo como vencedor en los mismos campos donde ha sido vencido y humillado, como en Viet Nam y Afganistán.

La desesperación y la infamia implacable del imperio yanqui ante su inexorable decadencia han superado y eclipsado la infamia del imperio romano. Pueblo de mercaderes sin entrañas del cual el humanismo está ausente, sin más ideal que la perpetuación de su poder hegemonista, el yanqui no ha tenido clemencia con los pueblos que despoja, y mañana ésos pueblos no tendrán clemencia con los despojos de su extinto imperio. Su inclemencia, su insolencia y su despotismo desmesurado engendrarán su propia derrota. De sus sueños de megalomanía solo quedará el triste despertar ante un mundo que lo aborrece y su vergüenza en las páginas de la historia.
¿Qué queda hoy de su salvaje insolencia?

Déspotas incorregibles que jamás han sido grandes sino por la magnitud de sus magnicidios, toda la artillería mediática del imperio yanqui está actualmente orientada a desprestigiar, lapidar y asesinar al líder venezolano Hugo Chávez por su abierta oposición al imperialismo y por su apostolado socialista, pero paradójicamente el antichavismo del imperio sólo ha logrado socializar y globalizar el apoyo mundial a Chávez contra el imperialismo yanqui.

Por eso ese eventual magnicidio sería el suicidio del imperio, un acto tan temerario, tan funesto y tan demencial como jugar a la ruleta rusa con una metralleta.

Porque Chávez es hoy no sólo un líder nacional: su parábola soberana y emancipadora ha hecho de él el líder mundial de los pueblos subyugados por el imperio. Por eso el eventual asesinato de Chávez será no solo estéril sino funesto para sus victimarios... y estimulante para la revancha de la lucha de los pueblos antiimperialistas. Si el fallido intento de derrocarlo en 2002 causó otro gran caracazo similar al de 1989, su magnicidio generará un Big Bang planetario, la caja de Pandora del imperialismo.

Con los ojos llenos de rencor, de odio y de codicia el imperio cree en la eternidad y la impunidad de su victoria, sin saber que mañana su infame victoria sobre un hombre servirá sólo para sellar la eternidad de su crimen y su vergüenza en las páginas de la historia. Ellos olvidan que fue el breve y estéril triunfo de Salomé el que inmortalizó la gloria del apóstol Bautista, convertido hoy en doctrina mundial.

Así, el INRI puesto sobre la cabeza de Chávez será el epitafio de la hegemonía del imperio, como el del nazareno lo fue del cesarismo. El magnicidio de Chávez será el génesis del chavismo y el apocalipsis del imperialismo, así como la crucifixión de Cristo marcó el génesis del cristianismo.

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