jueves, 2 de diciembre de 2010

Perros

Pedro Aponte Vázquez (Desde Puerto Rico. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sin saber que dos hombres han venido siguiéndolo en una cacharra, Iraldo entra tranquilamente al colmado Gaza en el sector capitalino de Capetillo, abarrotado de víveres y olor a café, y espera a que el dueño termine de atender a un cliente mientras un empleado atiende a otra persona y otros esperan su turno. Yasir, de quien cualquiera creería por sus características físicas -mas no por su habla- que es un boricua más, se desocupa y, con un leve movimiento de la cabeza, lo invita a ir a la trastienda. Ambos se dirigen hacia allá, cada uno por un lado del mostrador, Yasir abre la puerta con llave, entra seguido de Iraldo, la cierra, le pone dos seguros y busca trabajosamente un paquete escondido entre los géneros. Lo abre, le muestra a Iraldo un conjunto de piezas y se lo entrega.

-¿Sabe que es esto?

Iraldo lo toma entusiasmado, sonríe y examina cada pieza con la autoridad de un experto.

-Claro que sí. Es una Micro UZI, lo último en la avenida en defensa personal.

-Con nuestra solidaridad y agradecimiento -le dice Yasir con orgullo.

-Gracias, compañero. La patria lo agradecerá.

Iraldo, de unos 24 años, casi recién salido del servicio militar, alto, robusto, de tez oscura, cabello ondulado y estudiante novato del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, la toma en peso y se la devuelve con gesto de aprobación. Yasir vuelve a empacarla con aún más satisfacción y se la entrega envuelta en papel de estraza. Él la toma, se despide con un fuerte apretón de manos, sale del colmado, mira alrededor y hacia el interior de su carro, lo aborda y acomoda el paquete debajo de su asiento. Arranca con cautela, baja despacio por la calle Padres Capuchinos, en la que hay vehículos estacionados a ambos lados, hasta la avenida Barbosa; toma la avenida Regimiento 65 de Infantería y acelera con cuidado de no exceder el límite de velocidad; continúa por la carretera 181 con igual precaución y luego se desplaza serpenteando lentamente por una carretera secundaria adornada por encendidos flamboyanes rojos que con su característica arrogancia exhiben sus ramilletes de flores.

Llega al nítido batey de la casa de su padre, bordeado por diversas plantas, muchas florecidas; se detiene, baja del carro y va a paso lento, pensativo, hacia la casa verde de madera con ventanas Miami, techada con planchas rojas de zinc. Sale a recibirlo Antulio, de unos 46 años, menos alto que él, delgado, de cabello corto y negro salpicado de hebras blancas y rayas en su rostro que atestiguan una larga jornada de amarguras y descuidos. Se abrazan, conversan brevemente, van hacia la casa despacio y entran, todavía conversando. Poco después, Iraldo sale seguido de Antulio, quien le ayuda a llevar un pequeño armario de libros que acomodan, no sin dificultad, en la parte de atrás del pequeño vehículo.

Yendo y viniendo, sin asomo alguno de prisa, Iraldo lleva hacia el carro cajas de libros, ropa en ganchos y bultos de distintos tipos y tamaños mientras Antulio se sienta a descansar en el balcón y contempla a su hijo con evidente frustración al tiempo que lleva humo de tabaco a sus resentidos pulmones. Luego tira la colilla, entra en la casa y sale cargando dos sacos medio vacíos de tipo militar: un duffel bag y un laundry bag, los que lleva al carro. Se fatiga y coge aire. Se recuesta del vehículo y finalmente padre e hijo se detienen a conversar brevemente, tras lo cual se despiden en el batey con un fuerte y prolongado abrazo. Iraldo se aleja en el carro mientras su padre observa el vehículo hasta verlo desaparecer. Los dos hombres que lo habían seguido y lo esperaban, continúan tras él.

Con cuidado de que su esposo no la viera, Crisanta, cinco años menor que Antulio y más pesada de lo que se considera saludable, se había asomado discretamente a observarlos desde una ventana del dormitorio donde espontáneamente había optado por permanecer. Él se vuelve y se dirige con paso rápido hacia su casa. Ella, de cabellera larga y negra, más alta que el promedio y con bata larga y chancletas, se retira bruscamente de la ventana, se sienta en la sala en la orilla del sofá, la espalda erguida y los brazos cruzados. Antulio, agitado, entra, se le acerca, de pie se inclina hacia ella y le pregunta a la cara con sarcasmo:

-¿Satisfecha, doña Crisanta?

-No es cuestión de satisfacción, Antulio, sino de evitarme problemas.

Antulio se retira unos pasos y se vuelve hacia ella.

-¿Evitarte problemas? ¡Qué bonito! Evitarse problemas. Lo que ella quiere es evitarse problemas...

Crisanta se levanta y se aleja aún más pasos de él. Se vuelve y responde:
-Sí, eso mismo. Evitarnos problemas. He oído a Iraldo decir que ya no piensa como antes; que ahora ve el mundo de otro modo; que está en contra de las guerras.
Va a la cocina, se detiene en la entrada y mira a Antulio.

- Abrase visto. Todo un militar en contra de las guerras. Es como que un médico esté en contra de las enfermedades -dice y entra en la cocina.

-Pero ya él no es militar.

Crisanta regresa a la sala con un vaso de agua, se sienta y toma.

-Pues peor todavía, Antulio. Si ya no es militar, ¿por qué estar contra las guerras?

-¡Qué disparatera eres! Lo que pasa es que él no es como tú. ¿Qué es lo que debe ser, un autómata?

-Sé que siempre ha sido un muchacho ejemplar, pero está cambiando. Va por mal camino con eso de la política y las posibles consecuencias no lo afectan sólo a él; me afectan a mí también, que vivo aquí. Hasta podrían deportarme.

-¡Qué, deportarte, ni deportarte! -responde Antulio y va al balcón mientras se soba suavemente el lado izquierdo del pecho.

Crisanta lo observa preocupada. Se levanta, va hacia el balcón y se detiene en la puerta.

-Está bien, no te agites, que te va dar un patatús -le advierte.

Anochece y los coquíes cantan mientras se escuchan ladridos a lo lejos. Antulio regresa del balcón a la sala y le pasa por el lado a su esposa rozándola, casi tropezando con ella.

-A cualquiera le da un infarto con tanta majadería. Ya aquí no se puede ni hablar.

-¿Aquí dónde?

-Aquí en esta casa y aquí en este país. Estoy jarto. No hay quien pueda.

-Es que estás ajeno a lo que ocurre... -responde Crisanta mientras va hacia la cocina con el vaso vacío.


Los individuos siguen a Iraldo aburridos hasta su nuevo lugar de residencia y se ubican cerca de su casa. Tan pronto él llega procede a llevar sus pertenencias rápidamente hacia el interior y cuando termina, busca y abre el paquete de la UZI, la monta, la acaricia, la desmonta, la pone de nuevo en la caja, la que envuelve y coloca dentro del duffel bag. Después pone los sacos militares debajo de la cama, los empuja hacia la pared y comienza el proceso de colocar sus libros sistemáticamente en el armario que trajo. Deja El Quijote sobre una silla con un marcador que sobresale, busca su pequeño radio-reloj, lo enchufa y pone el reloj en hora. Programa el despertador y trata de hacer funcionar el radio, pero no lo logra. Lo sacude y lo golpea con las manos, primero levemente, luego más fuerte. El radio no suena y desiste por el momento. Termina de colocar los libros y va a la sala, donde hay ropa en ganchos sobre el espaldar de una butaca reclinable además de varias bolsas plásticas y cajas pequeñas de cartón que contienen ropa, la que coloca en un gavetero, en el dormitorio, así como sábanas y misceláneas que coloca en un armario.

Su nueva residencia no es nueva para él, pues fue en su niñez la de sus abuelos maternos y, muy a su pesar, le pertenece por herencia. La casa estaba antes en lo que fue una zona verdaderamente rural, aislada en una enorme finca sin carreteras primarias cercanas. La adornaban por el frente frondosas trinitarias de varios colores que brotaban del batey y se enmarañaban a su antojo sobre el balcón. Había árboles frutales dispersos; matas de guineos, plátanos y gandules; vacas, caballos; gallinas, gallos, guineas; pitirres, reinitas, zorzales, ruiseñores; riachuelos y caminos de tierra, bordeados de flores. Allí jugó y nadó en una fría y apacible charca sombreada y delicadamente abanicada por bambúes que le impartían una apariencia verdosa, mas ya no existe. El urbanismo se la engulló con flora y fauna.

Hoy la casa sigue aislada -aunque en menor grado-, pero sin siquiera aves y con solo muestras tímidas de flora, a orillas de una discreta calle marginal relativamente corta y paralela a una de las avenidas más bulliciosas del país. Se adueñan de la avenida y de sus vías transversales numerosos vehículos de motor de interminable variedad que no cesan de fluir en direcciones opuestas, ni de contaminar indiferentes el ambiente con ruidos y emisiones tóxicas. En lugar de pitirres, reinitas y ruiseñores, ahora solo se escuchan perros en el contorno.


En el proceso de poner su casa en orden, Iraldo va de un lugar a otro y constantemente regresa a la sala, donde ha amontonado todos los bártulos, guarda unos pocos trastes y cubiertos, termina de limpiar el baño y se baña. Se cambia de ropa, sale al balcón y se sienta en la escalera a reanudar su lectura de El Quijote. Minutos después, el radio se prende por propia iniciativa en un noticiario, por lo que se levanta y cuando comienza a caminar hacia el interior de la casa, libro en mano, cesa la transmisión. Entonces se detiene, regresa, se sienta y continúa leyendo. Los individuos se alejan lentamente del lugar.


Iraldo descubrió la lectura cuando apenas tenía tres años y comenzó con ella una íntima relación devota e inquebrantable. Prontamente vislumbró que el proceso de leer era un medio por el cual podía satisfacer una curiosidad insaciable y tan firme que la escolarización tradicional con su caduco enfoque bancario nunca logró menoscabarla.

Ese afán por la búsqueda del saber vino complementado por una memoria que capturaba y retenía lo que leía del modo que, según los astrónomos, capturan y retienen la luz los denominados agujeros negros. Tendría unos ocho cuando, enfermo en cama, un primo le preguntó qué deseaba que le trajera para entretenerse. Sin pensarlo dos veces respondió que quería un periódico. Es que ya venía formando el hábito que siempre mantuvo de leer, además de libros, periódicos y revistas, lecturas que siempre hacía con sentido crítico.

Conocer las características geográficas, sociales, culturales y económicas no sólo de su tierra, sino también de otros países, era uno de sus pasatiempos predilectos. En su niñez retaba a los mayores con preguntas como, ¿qué islas hay en el Pacífico?; o ¿cuál es la capital? de tal o cual país. Una de sus tías, bibliotecaria de profesión, le advertía que dejaría de visitar su casa si no dejaba de hacerle pasar tantas vergüenzas con tan difíciles preguntas.

Perder a su madre a muy temprana edad por una larga enfermedad seguramente marcó indeleblemente algún lugar recóndito de su personalidad, pero no causó disminución alguna en su deseo de conocer más y más por medio de la lectura, así como a través del contacto personal y de sus incisivos análisis.

Cumplidos los diecisiete años, ingresó voluntariamente en el ejército de la metrópoli ante el vacío que significó la ausencia de su madre y con ello comenzó en su vida una inesperada transformación. Allí, por supuesto, le enseñaron a manejar armas de fuego de distintos tipos y se convirtió en experto tirador, pero su participación forzada en la invasión de una nación vecina le hizo pensar que no era en el ejército su lugar.

Sus experiencias en aquel ejército que un siglo atrás había invadido a su patria es lo que lo hace encauzar su hábito de la lectura hacia el conocimiento a fondo de la historia de su país y de las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales que el invasor le impuso con las armas a la ya centenaria colonia. A través de los libros empieza a conocer a los próceres de la nación. Se percata del misterio que rodea la muerte del legendario Albizu, se entera de la existencia de numerosos hombres y mujeres que dedicaron vida y hacienda a la lucha por la independencia de la ultrajada isla caribeña y conoce personalmente a muchos otros patriotas contemporáneos. Cuando todavía estaba en el ejército les escribía a los ex presos políticos boricuas que eran torturados física y psicológicamente en cárceles de Estados Unidos.


El día después de Iraldo mudarse de la casa de su padre a la que fue de sus abuelos maternos, Crisanta, su larga cabellera recogida en un moño, prendas, traje descotado y tacos altos, va al cuartel de la Policía y allí conversa con un joven detective acicalado, con camisa de yuntas y corbata, quien la escucha con evidente interés, ambos sentados con una mesa rectangular de por medio.

-Las informaciones que nos proveen los ciudadanos siempre son bienvenidas, pues sin la cooperación ciudadana es más difícil proveerle al público la protección que merece-le dice el agente-. Ahora bien -agrega-, es mi deber advertirle que en los casos como este conviene que los ciudadanos ejerzan mucha cautela. Estos elementos subversivos suelen estar armados y son peligrosos. No es juego.

-Oh, pero bueno, yo sé que no es juego, pero no me meta miedo...

-Mi deber es orientarla debidamente, señora. En adelante no venga aquí. Comuníquese por teléfono por ese número que le di. Recuerde nunca mencionar a la persona por su nombre. Diga siempre: el objetivo y tenga mucho cuidado.

Se pusieron de pie y ella contestó:

-Le garantizo que tendré mucho cuidado; de eso puede estar seguro.

No se imaginó Crisanta que la División de espionaje político de la Policía, oficialmente denominada de Inteligencia, ya había fichado a Iraldo.


Observando, preguntando, escuchando, analizando, e interpretando se encontraba Iraldo cuando conoció en el valle de Coabey, en el pueblo de Jayuya, al profesor autor de algunos de los libros que había leído. Venía de participar en una asamblea de una organización patriótica y, con el resto de los que participaron, salió del lugar de la reunión. Unos entraron a la barra y otros al área del restaurante y comenzaron a ocupar asientos. Allí, al momento del grupo llegar, un hombre y una mujer hablaban discretamente en una mesa apartada y miraban disimuladamente a cada uno de los que llegaban. Iraldo vio entre los presentes en la barra al profesor, se sentó a su lado y se presentó:

-Compañero, mi nombre es Iraldo. Lo conozco hace tiempo por sus libros.

-¡Qué bien! Hiraldo, como el patriota mártir del ataque a La Fortaleza -responde el autor y se dan la mano.

-Sí, aunque es Iraldo, sin la ache. Mi mamá quería que llevara ese nombre, pero como era un apellido, le quitó la ache para diferenciarlo.

-Felicita a tu mamá en mi nombre por ese gesto.

-Ella nunca fue de una ideología en el sentido de identificarse como ser seguidora de un sector ideológico específico. Más bien siempre fue amante de la equidad y la justicia. Por eso le dolió mucho saber que la Policía le disparó a Domingo Hiraldo después que estaba herido, pidiendo agua mientras su sangre fluía entre los adoquines de La Fortaleza.

-Mi mamá y tu mamá tenían mucho en común.

-No supe la razón por la que insistió en llamarme Iraldo hasta después de su muerte, cuando me metí al ejército del invasor huyéndole a su ausencia.

-Sé lo que es eso.

-Mi papá no quería ponerme ese nombre, pero no era porque siempre tendía a apoyar al Gobierno.

-¿Por qué fue? Si se puede saber.

-Porque como Hiraldo murió acribillado a tiros...

-¿Supersticioso?

-Algo de eso; y espiritista. Allá en el ejército fue que leí sus libros. Desde que los leí no he dejado de estudiar la historia de Puerto Rico.

-Yo estuve en la fuerza aérea en mi juventud. ¿Cómo te fue a ti?

-Mal. Lo que se dice mal, pero al menos soy francotirador y me adiestraron en diferentes armas y en demoliciones.

-Francotirador y experto en explosivos... Eso es interesante, pero debes estar alerta porque, combinado con tu ideología, lo es también para el enemigo. A mí en la fuerza aérea me fue peor. Lo que se dice peor. Empecé a sentir el racismo desde antes de llegar a Texas, donde recibí el adiestramiento básico. De ahí en adelante lo viví el resto del tiempo. En cuanto a armas, sólo llegué a disparar con carabina y con mala puntería.

-Entre paréntesis y hablando del enemigo, ¿se ha fijado en los que están allá en aquella mesa en la esquina? Como que no pertenecen a este ambiente. En vez de estar hablando yo creo que lo que están es parando las orejas.

El escritor miró hacia la mesa a la que aludió Iraldo.

-Eso parece -comentó-. La verdad es que abundan. ¿Te tomas una cerveza?

-No, no, gracias. No bebo. Ni bebo ni fumo.

-¿Pero tiras piedras?

-Sí, si hay que tirarlas.

-Muy bien.

-Volviendo al tema, profesor, yo también confronté el racismo, tal cual mi mamá me lo advertía cuando desde niño le decía que quería ser militar. Yo me veía a mí mismo como un valiente soldado con el pecho cubierto de medallas; disciplinado como los de plomo, y como combatiente feroz, algo así como un John Wayne.

-¿Y por qué no como un soldado boricua, como un Juan Pérez del 65 de Infantería?

-Lo que pasa es que estoy hablando de lo que pensaba en otra época, cuando todavía no conocía nuestra historia. Allá lo que más me disgustó fue tomar parte en la invasión de Granada. Eso no estaba en mi agenda cuando me enlisté.

-Iraldo, en el servicio militar, uno nunca puede ejecutar la agenda que ingenuamente lleva.

-En el ejército fue que empecé a cuestionar la práctica del gobierno de Estados Unidos de intervenir en otras naciones. Desde entonces empecé a aprender, además de historia de Puerto Rico, la de Estados Unidos.

-Eso es muy importante. Hay que conocerlas ambas, la nuestra y la de ellos más la de nuestra América. Aquí mismo encontramos racismo, aunque no es tan evidente como allá, y en el resto de nuestra América también lo hay, desde Ciudad Juárez hasta Tierra del Fuego y los recovecos entremedio.

-Lo sé. Valga la aclaración. Eso también lo aprendí de mi mamá. Ella era de ascendencia principalmente africana y mi papá de antepasados canarios. Por eso me considero un poco guanche además de taíno y afro caribeño, por supuesto. Profesor, la conversación está interesante, pero tengo un compromiso en mi pueblo y debo irme, no sea que llegue tarde. Espero volver a verlo pronto sin prisa.

-Cuando gustes, llévate número de teléfono y dirección y garantízame que no te perderás.
El profesor escribió los datos y se los dio.

-No me perderé. Nos veremos pronto. Ya lo verá.

Iraldo salió y de paso le echó un vistazo a la pareja de la mesa apartada. El individuo de la mesa y su acompañante lo miraron también.


Iraldo y el autor volvieron a encontrarse días después y comenzaron una relación estrecha en la cual este, con 34 años más, empezó a percatarse de que los años habían estado pasándole por el lado y por encima, pues ya le parecía que tenía con aquel compatriota una relación paterno-filial. El vínculo entre ambos se fortaleció por el hecho de que Iraldo apoyaba sin ataduras -gracias a que, como el autor, no tenía afiliación política alguna- a cualquier organización patriótica de su nación y de cualquier país que estuviese luchando por lograr o conservar su soberanía nacional, así como a los pueblos necesitados en momentos de desastres naturales. En su ayuda al prójimo hacía con entusiasmo cualquier tarea que se le encomendara y espontáneamente tenía esmerados cuidados y atenciones para con un patriota y compueblano que por décadas sufrió, hasta su muerte pasado más de medio siglo, las consecuencias de los disparos que recibió en combate en el viejo San Juan durante la insurrección armada de 1950.

Continuó sus conversaciones y análisis con el autor y, como colaborador en sus investigaciones históricas, fue una de las pocas personas que tuvo acceso directo e ilimitado a sus cajas de correspondencia y documentos.

Debido a ese vínculo de confianza personal, le comentó una tarde, de modo confidencial, que parecía haberse convertido en objeto de interés para el FBI luego de llamar por teléfono a una base naval desde el hotel en la capital donde trabajaba a jornada parcial y decirle a su interlocutor que ya era tiempo de que todos se largaran del país o los sacarían a patadas. Un agente de esa agencia represiva lo invitó por vía telefónica días después a comparecer a su oficina para investigación y él optó por no ir luego de consultar con un contacto de los Macheteros, organización clandestina a la que le había donado la UZI. Poco después supo que dos agentes del FBI, un hombre y una mujer, andaban por los alrededores de su anterior residencia en su pueblo natal haciendo preguntas sobre él a familiares y anteriores vecinos. Lo que no supo, pero lo sospechó, fue que se trataba de la pareja que había estado parando la oreja en el restaurante en Coabey.

Esos agentes federales se sumaron a los individuos que habían estado siguiéndolo discretamente a todos sitios hasta que comenzaron a hacerlo abiertamente. Una mañana, al salir de su casa notó que lo seguían dos hombres en un vehículo, se le arrimaban, lo miraban, se reían con burlas y seguían la marcha. No obstante, como por arte de magia, cuando regresaba a su casa aparecía nuevamente el mismo vehículo con los mismos dos individuos. Iraldo sospechó acertadamente que eran agentes encubiertos de la Policía y seguía su camino sin dejarse provocar. Entraba en la calle marginal, pero seguía de largo, regresaba y cuando entraba al patio veía en el espejo retrovisor que el carro pasaba lentamente. A veces los veía cuando llegaba a cerrar el portón después de dejar su carro bajo el cobertizo. Sucedía con tal frecuencia que, cuando comenzaron a transcurrir días y noches sin verlos, le pareció muy extraño y recordó que a Víctor Carrasquillo Santos, el barbero de Albizu, lo asesinó en su propia finca rústica un arrimado luego de la Policía cesar la vigilancia que agentes llamados entonces de Seguridad Interna le mantenían las 24 horas del día.

Una noche le envía por correo electrónico al escritor desde una librería una reseña que encuentra en la internet sobre uno de sus libros. Aproximadamente dos horas después sale de allí despreocupado, en la creencia de que ya nadie lo acecha. Llega tranquilo a los predios oscuros y solitarios de aquel lugar en el que había disfrutado tantos felices días en su niñez y entra. Cruza el patio en su carro, lo deja bajo el cobertizo y sereno, confiado, con paso firme, camina hacia la entrada a cerrar el portón, donde se topa con dos individuos estrafalarios que aparecen súbitamente como brotados del pavimento. Su memoria fotográfica le revela que son los dos individuos que lo seguían. A estos, sin saberlo él, los espera otro del mismo aspecto en un vehículo con el motor en marcha a poca distancia de su residencia en un extremo de la marginal. El hombre y la mujer que le parecieron fuera de lugar en Coabey observan impávidos con pequeños anteojos desde otro vehículo más distante en el extremo opuesto.

No hay intercambio de palabras. Una tronada de disparos se confunde con los ruidos rutinarios del trajín vehicular del ambiente urbano al amparo de la complicidad oscura de la noche. Los sicarios corren satisfechos. Varios perros ladran conturbados, otros responden alarmados desde lejos; dos vehículos arrancan y emprenden la marcha, sin prisa, en direcciones opuestas, mientras Iraldo se desangra acribillado, como Hiraldo sobre los adoquines de La Fortaleza.

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