jueves, 2 de diciembre de 2010

So what? (el escaso atractivo de la obviedad)

Juan Gaudenzi (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El gobierno de los Estados Unidos y los principales medios de comunicación gráfica del mundo vuelven a tratarnos a los ciudadanos comunes y corrientes como si fuésemos estúpidos.

Aprovechando la imagen de “enemigo número uno” del imperialismo norteamericano (detrás de Al Qaeda, se entiende) lograda por un site de Internet llamado “Wikileaks” y su responsable, un tal Julian Assange, gracias a la difusión de documentos clasificados sobre la guerra en Afganistán, estos dueños y señores de la opinión pública montaron una gigantesca campaña publicitaria con el slogan “y van a ver lo que se viene…”

La humanidad contuvo el aliento. Si las pruebas de torturas y asesinatos de civiles a cargo de soldados estadounidenses fueron tan sólo un adelanto, lo que cabía esperar era, algo así como un video del momento en que George W. Bush decidió la invasión a Irak en la peor de sus borracheras.

Decir que de nada valieron ni las exhortaciones ni las amenazas de Washington a Assange y sus “cómplices”, sería un despropósito.

¡Por supuesto que sirvieron para elevar las expectativas a un nivel de paroxismo!

Y como lo prometido es deuda….chan, chan, chan, ¡aquí les van nada menos que 251.287 documentos secretos del Departamento de Estado y todo su andamiaje diplomático mundial!

“La mayor filtración de la historia”, la calificó “El País” de España, uno de los cinco medios gráficos encargados de la maniobra, junto con “The Guardian”, de Gran Bretaña; “The New York Times”, de Estados Unidos; “Le Monde”, de Francia y “Der Spiegel”, de Alemania.

Y de inmediato, de la segunda línea a la última de todos los medios de prensa del mundo (si alguno no dice algo sobre “Wikileaks” no existe) hicieron de caja de resonancia.

¿Y cuál es el contenido de la “mayor filtración de la historia”?

A ver. Como se trata de un hecho inefable, permítanme recurrir a un ejemplo burdo: si en medio de un ambiente de gran misterio y enorme interés, yo les digo: “y ahora, pese a todo y contra todo, les voy a mostrar lo que se oculta en ese tambo, sin importarme las consecuencias”, ¿ustedes que se imaginan? El más inocente piensa: “tal vez se trata de un prostíbulo donde las mujeres han sido reemplazadas por vacas”.

¡Pues, no señores! “¡En este tambo se manipulan las ubres de las vacas para extraerles su leche!”

Lo que revelan los 251.287 documentos secretos del Departamento de Estado es lo mismo; simple y sencillamente, lo que cualquier Ministerio de Relaciones Exteriores hace o debería hacer: su trabajo. Nos guste o no.

No nos gusta, por supuesto, pero ¿qué otra cosa podía esperarse de la única super-potencia?

¿O el gobierno de Estados Unidos, ese señor Assange y los medios “comparsa” pensaron que son muchos los idiotas que creen que la diplomacia es sólo una cuestión de obtener el beneplácito, presentar credenciales y a partir de ahí dedicarse a comer y beber en interminables recepciones?

Y que, por lo tanto, la opinión publica mundial iba a entrar en estado de shock al enterarse que los empleados del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica hacen lo mismo (solo que a mayor escala y con muchísimos más recursos) que absolutamente todos los funcionarios diplomáticos de absolutamente todas las embajadas de absolutamente todos los países: dedicarse a reunir y enviar información a sus sedes, sobre todo la relacionada con los intereses de sus respectivos Estados. Información que, en el 99 por ciento de los casos, no sirve absolutamente para nada, porque ya tomó estado público de una u otra manera.

Un verdadero hit de la diplomacia norteamericana y de los “enemigos” de su secretividad hubiese sido descubrir, por ejemplo, que Putin gusta de los hombres. “Concluir que tiene tendencias machistas y autoritarias es una obviedad. O que Joe Biden negocia bajo la mesa con Ahmadineyad; o que Chávez cuenta con un poderoso lobby en el Capitolio.

Pero si tiene tiempo y ganas como para leer los más de 250 mil documentos no espere encontrar nada de eso. Todos se encuentran en la franja de clasificación que va de lo “confidencial” a lo “secreto” (un “secreto” puede ser preguntar por el estado de salud mental de la presidente de Argentina, por ejemplo) y no hay ni un solo “Top Secret”.

Cabría preguntarse por qué. Una de dos: él o los proveedores de información de “Wikileaks” no tuvieron acceso a ellos; o el Departamento de Estado, pese a su magnitud y alcance global, nunca obtuvo alguna información que mereciera tal categoría. De ser así, el mayor daño para la seguridad nacional de los Estados Unidos causado por esta filtración sería mostrarlos como unos perfectos inútiles.

Esta payasada que de espionaje no tiene nada, porque el verdadero espionaje lo hacen otros organismos y otros “señores” sin visa diplomática y, casi siempre, ubicados en altos cargos privados o gubernamentales de sus propios países, me recuerda una anécdota personal que viene al caso.

En los años 80´s trabajaba como corresponsal en Centroamérica de una importante agencia internacional de noticias. Encontrándome en El Salvador, más precisamente en una carretera que corre muy cerca del heroico cerro de Guazapa, tuve una de esas oportunidades que no se le presentan todos los días a un periodista: otra de las tantas operaciones que el ejército gubernamental lanzó contra ese bastión guerrillero acababa de fracasar y los soldados bajaban en desbandada, entre ellos un joven capitán que accedió a contarme, con lujo de detalles, el desarrollo de la batalla.

Al día siguiente, el relato -con fuente plenamente identificada con nombre, rango y unidad a la que pertenecía- fue publicado por una gran cantidad de medios de todo el mundo y, por supuesto, el ingenuo capitán resultó severamente castigado….(y yo amenazado por el entonces jefe del Estado Mayor).

Me lo encontré tiempo después y como “al toro hay que tomarlo por las astas”, le dije: “permítame una recomendación: si en otra ocasión se le acerca un periodista que se identifica como tal y toma notas de sus declaraciones, no tenga la menor duda de que serán publicadas, salvo que usted pida lo contrario”.

Lo mismo pasa con cualquier diplomático de cualquier país: si usted le cuenta a un embajador extranjero, por ejemplo, que conoció a una de las amantes del presidente de la república, no tenga la menor duda que ese mismo día o al siguiente su confidencia será redactada, criptografiada y enviada a la Cancillería correspondiente. Carecerá de algún valor estratégico pero a ese funcionario le pagan por hacer eso. Como al que ordeña, por extraer leche de las ubres de las vacas.

Durante la guerra de las Malvinas -ahora recuerdo el comentario que bastante tiempo después me hizo un funcionario retirado del “Foreing Office”- los agentes británicos en Buenos Aires no necesitaban ordeñar. La leche (información) les llegaba sola; por “gravedad”, eufemismo que uso para referirme a traición a la Patria, “en tanta cantidad que no sabíamos que hacer con ella”.

Después de conocerse el contenido de “la mayor filtración de la historia” hay dos hipótesis con respeto al griterío de Washington: a) Una cortina de humo para proteger los verdaderos secretos de Estado que, tal vez, se encuentran amenazados. b) Un intento por evitar el ridículo y ocultarle a los contribuyentes como se derrocha su dinero. ¿Para qué puede servirle al Imperio conocer los detalles del iris del presidente de Paraguay?

En Italia, al tiempo que el partido oficial “El Pueblo de la Libertad” ponía el grito en el cielo, sosteniendo que este tipo de información es una nueva forma de terrorismo, Berlusconi fue, hasta ahora, el único en estar a la altura de las circunstancias. Como uno de los “secretos” revelados por estos nuevos “terroristas” se refiere a sus “festicholas” -ampliamente conocidas y comentadas no solo en Italia-, el primer ministro reaccionó con una sonora carcajada.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.