jueves, 16 de diciembre de 2010

Un blues para el andén cuatro...

Carlos Alberto Parodíz Márquez

Es una espartana disciplina esperar que las palabras goteen, sin soplarlas, ni removerlas con una cuchara de plata. Hay que aprender a esperar, decía el viejo Miller y, en mi caso, esto es así, esperar aunque los pájaros píen locamente y los gatos arañen desde las entrañas.

Salía del diario. Caminé Boedo rumbo a la estación con la intuición -nunca miro el reloj- de que me acercaba velozmente a las once de la noche. Jugar rayuela es una inocencia de Cortázar que puedo permitirme, para eludir latas vacías, mientras un chango con gorra de visera vuelta de revés, las aplasta con un certero tacazo, antes de embolsarlas y cargarlas en el carrito.

Sutilezas de la globalización es, por ejemplo, el relincho de un caballo, que quiere recordarte mi presencia de semanas atrás.

Yon estaba parado cerca del kiosco de diarios, donde el personaje propietario transitorio de la palabra escrita, se calienta por el destino de LA UNION, mirando fijamente la calesita sin sortija, que giraba a favor de los diez chicos que peleaban el espacio de la limosna.

El calesitero, suele ser el vendedor de pasajes que grita, ruega y expulsa, detrás del vidrio y el basural que tapiza la playa pisada por estoicos compradores; es un mudo testigo de la barbaridad.

Las estacas de metal para acceder a los andenes, desnudan hostilidad de trenes que vimos en la lista de Schindler y por eso nos traga, para digerirnos y devolvernos en cualquier lugar del trayecto.

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Volví a mirar el kiosco fascinado por el almacén de palabras. Pensé en mí. El hombre nunca careció de palabras, me dije. La joda es cuando el hombre obliga a las palabras a hacer su voluntad. Yon siempre fue un apóstol. Miraba, comprendía y hasta, a veces, perdonaba. Casi sin mirarme, cuando estuve a su lado, me interrogó quedo...

-¿Qué ves?-, yo repasé la lista y el colorido de los chicos. Estaban los gitanos, los balcanizados de uno y otro bando, los de piel oscura que había que mirar con atención para achinar las diferencias. El tomó, como siempre, mi silencio con perplejidad.

-Siempre vas a ser un espejo plano-, rezongó por lo bajo. Se acercó a una de las nenas, que todavía guardaba algo de asombro, piel atezada, grandes ojos oscuros y las manitas apretando alguna moneda apurada. Ella se quedó quieta con la sabiduría de tiempos instintivos.

-¿Cómo te llamás?-, fue lacónico él...

-Farah...- silabeo grave, la niña. Yon la alzó, sin resistencias, para naufragar en aquella mirada donde se alojaba la desesperanza del mundo.

-¿Hace poco que estás acá?- ... murmuró y estuve seguro que ese acá jugaba en primera con el país y su pasado palestino. Ella afirmó, pero esta vez con la cabeza que descendió como un telón sobre la vida y la muerte.

La deslizó de sus brazos, juntó las monedas curiosas y la vio marchar para arrinconarse contra la pared debajo del inútil cartel donde deberían estar los horarios.

Los otros chicos, los balcánicos, los gitanos y los nuestros, ya la habían hecho a un lado, sospechándola. La historia de las diferencias llegó a la base de la pirámide y de las torres.

-Las sombras gemelas soplan los vientos del odio-, me dijo Yon, que de esto sabe por sobreviviente de todos los frentes.

-Ah... ya saqué pasajes... -, me vomitó dándome la espalda. Entramos por el túnel del tiempo regresivo rumbo a la plataforma, donde el ganado humano espera ser llevado. Las luces en el arco de la curva de Loria querían tranquilizarnos.

Subimos a la soledad de vagones mutilados, desbordados de pasajeros de la vida derrumbados. Los dos sabíamos que la nave espacial de la justicia, otra vez, no llegaría a tiempo para asustar a la locura y devolver la inteligencia perdida en las urgencias.

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Lo miré. El candor celeste tenía fríos de cumbres nevadas. Cuando la primera nena, con estampita en mano, se nos venía encima recitó...

No te mates… esto ya no es blues... tal vez un tango... porque la historia... vuelve a repetirse...

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