jueves, 2 de diciembre de 2010

Unidad básica y jefes de manzana

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando mis padres se separaron, yo iba sólo de vez en cuando al chalet de los abuelos porque papá trabajaba en Rosario y venía una vez al mes a Santa Fe.
A veces les decía a mis primas que le pidiéramos todas juntas a la abuela Cristine el permiso para bajar y jugar en el sótano. Pero ellas me dijeron que ya la abuela les había dicho que eso se había acabado, el sótano estaba prohibido para siempre.
Después mi padre se fue a vivir de Rosario a Córdoba y mis visitas de espaciadas pasaron a ser inexistentes.
También cambiamos de casa y nos mudamos al sur de la ciudad.
Me iba caminando a la escuela Normal.
Recuerdo que… a mis quince años, cuando vivíamos sólo del sueldo de mi vieja y tenía que alcanzar para los tres: ella, mi hermana y yo.
El invierno era cruel para mis pulmones asmáticos, pero estufas no teníamos, en aquella época no se distribuía el gas por las cañerías domiciliarias, sólo contábamos con una garrafa de gas para la cocina, y, tener calefacción eléctrica era impensable. Recuerdo que una noche fría y muy tarde tocaron el timbre en mi casa. Era una tía solterona, la catolicona le decíamos con mi hermana por su fanatismo (al final terminó siendo monja).
Yo le abrí la puerta y la hice pasar. Tenía todo el susto reflejado en sus ojos que, ya de por sí, eran saltones.
Temblaba tanto que su boca abierta no articulaba palabra alguna.
Mi madre, la tomó de una mano, la guió hasta la cocina y la hizo sentar.
Con la reacción rápida y justa que siempre solucionaba ante un imprevisto, mamá le dijo a mi hermana:
_ Querida, dale un vaso de agua.
Mi tía tomó el vaso con las dos manos, temblaba tanto que, al beber se salpicaba la cara y la ropa.
_ ¡Nos persiguen! ¡Me quieren matar!

Categórica, mi hermana le preguntó:
_ ¿Podés decirnos que te pasó?
_ Iba…yo iba en el ómnibus y una de la Unidad Básica subió y me miró y cuando me vio la insignia de la Acción Católica me gritó: ¡Ya se les va a acabar a ustedes los Contreras, los católicos, al paredón!
Se entrecortaba, balbuceaba, lloraba y, a medida que ella iba hablando mi madre palidecía.
En un momento de la frase le puso una mano en la boca y con la otra señalaba la pared de la cocina que daba al norte.
Las cuatro nos dimos cuenta: esa pared era la medianera que daba al vecino: el informante del Partido, don Abel (Caín le decía mi hermana) el jubilado municipal que se había tomado con mucha responsabilidad ser el espía de nuestra cuadra, mejor dicho de las cuatro cuadras que formaban la manzana y que tenía un original cargo: Jefe de Manzana.
Digamos que lo que le gritó la de la Unidad Básica a mi tía, fue después del discurso de Perón cuando dijo que por cada peronista había que matar a cinco contreras. Fue el famoso discurso del “cinco por uno”.
Después vino la afiliación obligatoria, de la cual nadie nos salvamos, aunque ahora, algunos, digan lo contrario.
Y de la radio uruguaya que mi hermana, mamá y yo, escuchábamos con el volumen muy bajo para que Caín, perdón don Abel, no nos denunciara. Porque era la única forma de saber lo que pasaba en el país en que vivíamos.
Y del velatorio con sucursales.
Y del luto obligatorio en la solapa del saco, el vestido o el guardapolvo.
Y del discurso partidario todas las mañanas en las escuelas, después de izada la bandera
¿Y de qué me acuerdo ahora, en este momento?
De mi primer reemplazo como maestra en una escuelita de barrio.
Resulta que el director era radical y juró que la insignia de su partido no se la sacaría nunca. Todas las mañanas aparecía con su símbolo en la solapa, del luto minga.
Pero, además, cada día uno del personal tenía que decir su discurso político frente a los alumnos y la enseña Patria.
¿Cómo se solucionaba el problema?
Se solucionaba con la vicedirectora. La seño Susana, democrática y auténtica persona. Ella era peronista, militaba en una Unidad Básica, el director era radical y no abjuraría en su determinación. Que además tenía cinco hijos y su esposa padecía de un cáncer terminal y que si los de la C.G.T. se enteraban, no se irían con chiquitas.
Entonces, la seño Susana leía el discurso el día que le correspondía a ella y, cuando le tocaba al director, lo escribía y leía también ella.
Todos queríamos a la seño Susana.
Sonrío. Parece una redacción de quinto grado, pero fue real.

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