jueves, 8 de abril de 2010

El gato negro

Edgar Allan Poe
Traducción: Julio Cortázar

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros
una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba,
digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

Edgar Allan Poe: escritor estadounidense, 1809-1849, cuentista de fama internacional.

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Algunas reflexiones en torno a la ancianidad

Rubén Vasconi

He leído con sumo interés la publicación del Centro de Investigaciones en Derecho de la Ancianidad1 (Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario) y quedé gratamente sorprendido. Encuentro allí, claramente enunciados, una gran cantidad de derechos que creía que no existían.

Se nos dice (p. 10) que el anciano puede seguir “siendo un sujeto de derecho y con derechos”. ¿Cuáles son estos derechos? Fundándose casi siempre en declaraciones de organismos internacionales, encontramos la recomendación de que económica, política y social de sus sociedades…” También se habla allí de brindar “oportunidades de desarrollo y realización personal… incluso a una edad avanzada… mediante el acceso al aprendizaje durante toda la vida” lo que le permitirá “continuar siendo productivo y obtener ingresos (P. 39).

Esto va unido al derecho a la integridad física y moral (. 116) que comprende “el mantenimiento de todas las destrezas motoras, intelectuales y emocionales…”. (p.117). Estas ideas se van reiterando y reforzando a lo largo del libro. En las páginas siguientes se nos habla del derecho de las personas de edad al “crecimiento continuo”, a “la expresión personal por medio del arte y la artesanía”, a la participación “como ciudadanos informados, en el proceso político”, etc.

En este punto me siento un tanto confundido. Me parece que si los ancianos seguimos conservando todas nuestras destrezas motoras (jugamos al tenis tres veces por semana) intelectuales (estamos cursando un postgrado en una universidad extranjera) y emocionales (tenemos una nueva novia), si participamos activamente de la vida económica y política, si nos seguimos educando y continuamos creciendo, si seguimos produciendo y nos expresamos mediante el arte y la artesanía, ¿no será porque no somos ancianos?

Tengo la impresión de que en este libro que resume lo que en general hoy se piensa sobre este asunto, se otorgan a los ancianos una gran cantidad de derechos, pero que falta el fundamental: que todo anciano tiene el derecho de ser viejo.

Permítanme explicar lo que quiero decir apoyándome en un autor sensato y siempre moderado en sus opiniones: el viejo Aristóteles. Éste decía que cada ser tiene un bien propio, el que corresponde a su naturaleza. Esto es lo que este ser desea y cuando lo logra alcanza la felicidad.

Dado que la vaca es por naturaleza un animal herbívoro, desea el pasto. Como el león tiene naturaleza de carnívoro, desea la carne. El perro aspira a llevar una vida de perros y el pájaro no será feliz encerrado en una jaula aunque ésta sea de oro. Y si quisiéramos hablar aquí de justicia, podríamos decir que la justicia consiste en permitir que cada ser pueda alcanzar su bien propio, el que corresponde a su naturaleza.

Pero pasemos al mundo humano. Sin duda, son derechos del niño correr, jugar, gritar, divertirse, ensuciarse (“ensuciarse hace bien”, dice una propaganda televisiva, pero sólo refiriéndose a los niños). Este es el comportamiento que corresponde a su naturaleza infantil. Vestirlo como un hombrecito, forzarlo a guardar silencio y compostura es obligarlo a una conducta contraria a su naturaleza. Por eso causa tanta pena ver esas fotos antiguas de niños disfrazados de adultos que, con sus rostros serios, expresan el profundo sufrimiento que se les hace experimentar.

Cuando sean adultos, habrán caducado sus derechos infantiles pero aparecerán otros conforme a su nueva naturaleza: en lugar del triciclo ahora podrán manejar automóviles. Conforme a esta visión de la vida humana, cabría preguntarnos ¿Cuáles son los derechos de los viejos? Naturalmente, aquellos que correspondan a nuestra naturaleza ya que no somos más ni niños ni adultos.

A título de ejemplo, enumeremos al azar, algunos de estos derechos (después los retomaremos más ordenadamente).

A los viejos nos corresponde caminar encorvados y arrastrando los pies. Como todos somos un poco sordos, corresponde a nuestra naturaleza escuchar el televisor a todo volumen. Siendo incapaces de enriquecernos con nuevas experiencias, es natural que repitamos constantemente las mismas historias del pasado. La falta de dientes y las prótesis un poco flojas, tienen como consecuencia natural que la corbata y el pullover estén un poco babeados y chorreados de sopa.

Es preciso que enfrentemos decididamente el mito posmoderno de la “eterna juventud”. Esta fantasía de algunos gerontólogos de añadir “vida a los años” me parece que tiene consecuencias desastrosas. Vivo a media cuadra del parque Independencia y, como corresponde a nuestra edad solemos, mi señora y yo, sentarnos en un banco y tomar plácidamente algunos mates con bizcochitos. Allí vemos, cada tanto, aparecer algún viejito en pantalones cortos, trotando, para tratar de mantener la “eterna juventud”. En el rostro, desencajado por el dolor, se ve el sufrimiento que padece. ¿No es más acorde a nuestra naturaleza sentarnos en un banco y disfrutar mirando las ágiles adolescentes que pasan trotando?

Los que pretenden preocuparse por los viejos atentan contra nuestros derechos y contra el orden natural. Pretender que los viejos seamos jóvenes implica la misma injusticia que se cometía en el pasado con los niños a los que no se les permitía ser niños sino que se los forzaba a ser adultos.

Piensen, por ejemplo, en estos productos a los que el lenguaje popular llama comúnmente Viagra. Allí están nuestros hijos y nietos como testimonio de que hemos sido sensibles al encanto de las mujeres y hemos cumplido con Dios y la Patria contribuyendo a la propagación de la especie. ¿No es, ahora, un derecho poder ir tranquilamente a la cama a descansar, acompañados en invierno de una bolsita de agua caliente? Pero no se nos permite seguir el curso natural de las cosas. Leí, no hace mucho, en las frases destacadas que trae en la 2da. página el diario La Capital, la opinión de una Profesora de la Facultad de Medicina que decía: “la tercera edad es la época del erotismo”. ¡Vaya a saber lo que habrán pensado los viejitos que leyeron el diario! -Qué sé yo, si la Dra. lo dice …Me han comentado que un tecito de cola 'e quirquincho ayuda …

Los viejos medianamente inteligentes ya hemos sido niños y jóvenes y no deseamos volver a serlo. Lo que le pedimos a la medicina no son ilusorios rejuvenecedores sino eficaces analgésicos para el dolor de las articulaciones. Con eso sólo estaremos plenamente satisfechos.

Resumiendo: los viejos tenemos derecho a ser viejos. Pretender que seamos limpios, ágiles, curiosos, actualizados, es prohibirnos ser lo que somos, pretender que seamos jóvenes. Esto, lo repetimos por última vez, es tan injusto como prohibir a los niños que sean niños y obligarlos a ser adultos.

Estas consideraciones me llevaron a la idea de redactar, siguiendo el ejemplo del viejo Moisés, un Decálogo que consignara los derechos de los viejos. Desgraciadamente no llegué hasta diez, ya que la irrigación cerebral no me permitió un esfuerzo tan grande, de manera que como sólo alcancé a siete, tendremos que conformarnos con un Heptálogo. Lo primero que sostengo es que todo viejo tiene derecho a ser viejo. De este axioma indubitable e irrefutable porque se trata de una mera tautología, se deducen algunas consecuencias.

Por ejemplo, en segundo lugar, que todo viejo tiene derecho a caminar arrastrando los pies y tan encorvado como le de la gana y se sienta cómodo.

Siguiendo esta enumeración podríamos consignar, en tercer lugar, el derecho a contar, por lo menos siete veces por semana las peripecias vividas durante el servicio militar y las picardías de los festejos del día de la primavera. Los jóvenes tendrán, correlativamente, el deber de escucharlos con la mayor atención, pedirles más detalles o que repitan la historia y festejar ruidosamente todos los chistes.

Para aquellos jóvenes que viven en la casa que, dicho sea de paso en la mayor parte de los casos pertenece a los viejos, y que se sientan molestos por tener que escuchar reiteradamente las mismas historias, proponemos la siguiente solución.

En lugar de los tradicionales geriátricos, como depósito de los ancianos molestos, sugerimos la creación de otras instituciones para las cuales proponemos también un nombre griego. Dado que joven, muchacho, se dice en griego neanías, sería razonable fundar un número suficiente de neaniátricos, destinados a depositar estos jóvenes insoportables.

Será, en cuarto lugar, un derecho de los viejos, mantener el televisor en un nivel tan alto como para poder escuchar con comodidad, dado que hipoacusia es un característica natural de la edad avanzada Sólo que esta hipoacusia no debe ser considerada una enfermedad sino una mutación adaptativa darwiniana favorable que nos defiende a los viejos de tener que escuchar la inmensa cantidad de pavadas que dice la gente. Son, más bien los jóvenes hiperacúsicos que están desadaptados.

Enumeremos, en quinto lugar, el derecho a estar arrugados, ser cada vez más feos, tener el cabello escaso y canoso, pelos en las orejas y, con frecuencia, alguna gotita en el pantalón que revela la hiperplasia benigna de próstata, acompañante infaltable de la vejez. Todos estos rasgos se deben ostentar con verdadero orgullo ya que muestran que constituimos una especie realmente privilegiada. Hemos podido sortear con éxito los peligros de las enfermedades, de la delincuencia, de los accidentes de tránsito y de los espantosos gobiernos y temibles ministros de economía. Las canas y la hipertrofia de próstata deben ser lucidas como las medallas con que nos ha premiado la vida.

La búsqueda de la “eterna juventud”, tan promocionada en este mundo posmoderno y que incluye este horror senectutis (horror a la vejez) encubre un temor más profundo, el horror mortis, horror que trae como consecuencia la negación de la muerte, ya sea en la forma norteamericana en que, mediante la tanatopraxia, el muerto parece más vivo de lo que estaba antes de fallecer o mediante el estilo escandinavo; de la terapia intensiva al crematorio y la dispersión de las cenizas. Pero, esta negación y encubrimiento de la vejez y la muerte, esta sustitución de la realidad por la ilusión y el simulacro, ¿no será, en el fondo, una negación de la vida real, un horror vitae? Los viejos somos como carteles móviles que van anunciando a todos la inexorable inminencia de la decadencia y la muerte.

Podríamos, en sexto lugar, enumerar algunos derechos menores pero cuyo reconocimiento es importante para la vida doméstica. Pienso, por ejemplo, en el derecho a dejar abierta la canilla del lavamanos, de olvidarse de apretar el botón del inodoro o dejar la llave puesta en la puerta de calle o encendida la hornalla de la cocina. Me limito a enumerar estos ejemplos a los que cada uno podrá agregar algunos más según su experiencia personal.

Y, cerrando este Heptálogo, no quiero dejar de enumerar el derecho de los viejos a ser poseedores de una sabiduría serena, distante, objetiva y descomprometida que sólo se va gestando cuando uno se va desprendiendo de los intereses mezquinos de la vida.

Vayamos concluyendo nuestra reflexión. Hemos hablado de los derechos de los niños, de los adultos y de los ancianos y, naturalmente pensamos que respetar estos derechos es un acto de verdadera justicia.

Pero mucho más elevado que la justicia y mucho más perfecto que ella es el amor.

Y así como un corazón sensible no podrá dejar de experimentar, ante una criatura pequeña, un amor tierno que saluda la maravilla de la vida que nace, ese mismo corazón sensible no podrá menos que experimentar, ante un anciano, un amor lleno de piedad que venera la vida que se desvanece.

Y gozar de este amor piadoso es lo único que nosotros, los abuelos, realmente deseamos.

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Cine: Krzysztof Kieślowski: del documental a la ficción


Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A mi amigo Simón Brainsky, el que primero me habló de Kieślowski

Sin duda, fue su conjunto tricolor Azul, Blanco y Rojo la obra de este cineasta que lo consagraría como un maestro del cine mundial, con su incesante búsqueda del amor y la libertad, algo así como una especie de legado final del director polaco, quien en breve tiempo dejaría este mundo tras la realización de la famosa trilogía, sin poder disfrutar demasiado del cine de ficción que había substituido aquella filmografía saturada de excelentes documentales rodados en la Polonia de Chopin, Madame Curie, Walesa y su maestro en la escuela de cinematografía de Lódz, Kazmierz Karabasz, ese mago del cine-ojo, quien hacía de la cinematografía y de la vida dos sinónimos,

Era la Polonia de la postguerra.

En 1948, el régimen soviético se había instalado entonces pero para 1950 se empezaba a dar el deshielo de destalinización, gracias a voces rebeldes que empezaban a levantarse, ecos que llegaban a la escuela cinematográfica de Lódz, la cual se constituía en una especie de islote de libertad, de apertura y de diálogo, que se escapaba a los cánones del realismo socialista, para hacer un cine más crítico, donde Andrzej Munk hacia documentales y cine de ficción, como La cruz azul , que trataban de escapar al positivismo soviético.

Corría el año 1955, cuando empezaron a crearse ciertas unidades de cine independiente, las cuales tendrían su época dorada con Andrzej Wajda y películas como las de su trilogía bélica Generación, Kanal o Cenizas y Diamantes.

En 1964, Kieślowski ingresaría a la escuela de Lódz, cuando contaba con veintitrés años, donde haría su primer documental mudo, en blanco y negro, Tranvía, que habla del conocimiento entre un chico y una chica pero que ya incluye una de las temáticas constantes del director, la de las barreras en la comunicación humana y La Oficina que muestra el absurdo del mundo burocrático.

Tranvía tenía alguna influencia de los cánones de la Nueva Ola Francesa para mostrarnos la soledad de un hombre en una festividad, de tal forma que el hombre no encontraba su lugar en el mundo colectivo, lo que lo llevaría a huir del festejo para tomar el vehículo en el que inicia la seducción de una muchacha.

La oficina será otra ficción rodada en interiores en la que el director nos ofrece una mirada crítica sobre la Administración que obliga a acallarse a la gente del pueblo.

Con Kieślowski podemos estar seguros de encontrarnos con una propuesta cinematográfica responsable y honesta, producto de una vocación profundamente arraigada, siempre muy respetuoso de los otros, como bien lo testimoniaría la protagonista de La doble vida de Verónica, Irèna Jacob cuando expresaba, que el hombre escuchaba a cada uno de sus colaboradores, con el fin de poder organizar y orquestar sus diferentes propuestas, como voces que se levantan en un excelente equipo de trabajo, como si cada uno fueran notas de una agraciada partitura, con lo cual se lograba dar una gran particularidad a cada escena, mediante acciones precisas, como la de
mirar una luz, a un reflejo de ella en algún espejo o a esas cosas a las que, en la vida cotidiana, no les damos importancia ni les prestamos atención pero ante las que, en realidad, de verdad, deberíamos ser muy receptivos, por minúsculas que éstas sean.

Kieślowski amaba que sus actores improvisaran para él pero, en el rodaje, se improvisaba poco, ya que el director, para ese momento, lo tenía ya todo encuadrado y no pretendía que los actores llevaran a cabo histriónicas actuaciones, pues su ojo estaba puesto en otra cosa, en minucias gestuales, como en el acto de que la protagonista se mordiera un labio, en ediciones en primeros y primerísimos planos, que se hacían a lo sumo en una o dos tomas, que es lo que hace a este director tan sutil y delicado, siempre presente, ahí en la cinta, como si fuese un actor que actuara en la trasescena, que interviniera creativamente con su compañía o con la finura de un titiritero que nos muestra el mundo bajo el prisma de su cámara, proponiendo cambios que pueden ponernos el mundo al revés, para ubicarnos en un punto de vista diferente sin violencia alguna, labor que culminaba en sus largas horas de montaje, que le permitían de una sola película hacer hasta quince versiones distintas.

Nueve años después de Los músicos de Karabasz, Kieślowski entrega su primer trabajo profesional, el documental La fábrica, el cual trata sobre una discusión en el interior de una planta industrial, la cual se realiza con la magia del primer plano de su maestro, para, en el trasfondo, hacernos partícipes de una crítica severa a una burocracia que pretendía convertir en cerrajeros a ingenieros auténticos, un filme que fue poco exhibido por razones políticas, ya que en su acercamiento realista y humilde al mundo, en sus primeras cintas, el nuevo director hablaba sin censura de las dificultades de la clase obrera, a la cual no veía como un todo general, sino que le interesaba la singularidad de cada sujeto, de cada individuo del conjunto, ya que para el artista, la palabra clase empezaba a perder su sentido homogenizador y le permitiría avanzar hacia el conocimiento del alma, de la libertad y del dolor humanos, en el contexto de un mundo en sí mismo injusto, en el que todos intentamos de alguna manera poder sobrevivir, lo que podemos entrever en ese universo lleno de ausencias en el que se pierde la protagonista de Azul o en esa espiritualidad que se percibe en La doble vida de Verónica, en un director, quien desde un comienzo, mostró su gran predilección por adentrarse en la interioridad de sus personajes, en sus entresijos más profundos, en todos los momentos, como aquellos de la duda, en los más banales y en los más trascendentales, para dar cuenta de lo infinito del alma humana, lo que él denominaba la verdad de la vida, a la que se acerca a través de esos pequeños dramas que se dan en la cotidianidad, como una especie de dramaturgia de la existencia.

La fábrica resultaba una película subversiva, en tanto y en cuanto, ponía a prueba la ideología del partido comunista polaco, que hacía a un lado a los sujetos en su singularidad al revelar distintas sensibilidades en los obreros; de ahí su afán de captar lo intangible.

Sin embargo, era un momento en el que la vida política en Polonia empezaba a cambiar y los sujetos podían comenzar a intentar mirar las cosas desde vértices y puntos de vista diferentes, algo que en la escuela de cine habían aprendido Krzysztof Zanussi, Andrzej Wajda y todo ese conjunto de cineastas jóvenes que hacían un grupo muy unido, que pretendía cuestionar lo antiguo para introducirse en mundos nuevos, aunque sabían que no había que empezar de cero, que no se trataba de aniquilarlo todo ni de hacer una revolución sino permitir que las cosas evolucionaran un poco, con criterios pragmáticos, de tal forma que pudieran aprovecharse las experiencias para intercambiarlas, lo que les permitiría hacer un cine de calidad, lo cuál se constituía en la misión de esa agrupación de artistas recientes.

Pero Kieślowski volverá en 1976 al tema de clases trabajadoras en El Hospital, cinta en la que nos lleva de la mano a una guardia de muchas horas de un equipo de ortopedistas, en la que los médicos luchan contra la fatiga, al que asistimos a pequeños reportes que se nos entregan hora por hora, en un universo subdesarrollado, muy distinto al de las grandes series televisivas estadounidenses que van del Doctor Kildare a House, dadas las prácticas distintas que se dan en un mundo y el otro.

Después de El aficionado de 1979, el director volverá al documental en 1980, con La estación y Cabezas parlantes, otro documental con varios protagonistas que interpretan escenas fragmentarias de la vida.

El aficionado sería una especie de autorretrato, que describe la transformación de un obrero en cineasta enfermizo y obsesivo, quien va alejándose de la colectividad para desarrollar su pasión por el cine.

La estación será un filme centrado en el presente, en la que se registra el ajetreo cotidiano de los lugares a donde llegan los trenes, donde asistimos al inexorable paso del tiempo. Allí se reúne un político con las delegadas de un movimiento femenino, con el fin de ver como se puede mejorar la economía y la producción alimenticia del país, al concebir que la prosperidad depende de una mayor exportación y de una gestión adecuada y racional, valores que adquieren la connotación de deberes patrióticos, en una nación que contaba, en aquel entonces, con cerca de un millón de personas con títulos universitarios, lo cual es, sin lugar a dudas, una buena carta de presentación, en una patria en la que se requería reactivar la construcción y repartir mejor la vivienda, de acuerdo con las necesidades de las familias más jóvenes, a la par que se daban otros muchos problemas que habría que intentar solucionar desde una mirada crítica, como la del propio Kieślowski, como es el mismo que ocurre ese día en la estación, a la que un tren de Cracovia llega con retardo y en la que se han cancelado otros por falta de uso.

El director siempre se consideró un realizador de películas provincianas, que no salían del ámbito nacional, pero consideraba que no podía ignorarse ese valor universal de lo local, del que en Colombia nos hablara Jorge Alberto Naranjo; ese valor, precisamente, era el que hacía que sus cintas pudieran ser comprendidas por el público extranjero, el cual bien podía identificarse con eso que ocurre allá, en el otro lado del mundo, ya que hay emociones que son comunes a todos los individuos del género humano, lo cual sería el boleto de ingreso al mundo exterior de Polonia, que le permitiría a Kieślowski rodar en el extranjero, independiente del lugar donde filmase la película.

Para lograrlo, el director consideraba que el guión había de construirse a la manera de un drama bien definido, que le sirviera de tema al filme, con unos protagonistas implicados en el conflicto, para dar cuenta de sus inquietudes de una manera independiente de los espacios geográficos, de los sistemas políticos o de las ideologías religiosas imperantes.

De pronto, el realizador da un cambio de perspectiva, al dedicarse de lleno al cine de ficción, el cual le permitía aún hacer un cine más subjetivo, más lírico, al desengañarse del ideal de hacer un cine transformador del mundo y de la sociedad, en un momento en el que la propia Polonia atravesaba por toda una situación crítica, allá por el año de 1980, una época de huelgas masivas, de desempleo, de inflación de los productos alimenticios, en la que saltaría a la palestra un líder de la categoría de Lech Walesa, para reclamar el derecho a la huelga y a la creación de sindicatos libres; era el momento en que empezaba a gestarse Solidaridad, en un contexto en el que se hacen películas emblemáticas del cine polaco como El hombre de hierro de Andrzej Wajda, una cinta que narra las jornadas revolucionarias en los astilleros de Gdnask, protagonizadas por los obreros militantes del sindicato Solidaridad, en el verano de 1980, quienes luchaban contra la burocracia estalinista, mediante la huelga general, dentro de un Estado proletario, en un retrato bastante preciso de momentos históricos en los que, sin violencia, se lograban avances sociales increíbles, en un país que padecía de una terrible cerrazón política.

Es ahí, en ese tiempo, cuando Kieślowski hace su tercer largometraje Azar, en el que hace todo un experimento narrativo, al estudiar tres destinos posibles para su protagonista, en relación con que tome o no un tren.

En la primera historia conoce a un comunista y se une a su partido; en la segunda, se afilia a Solidaridad y en la tercera se hace un médico apolítico, para dar un testimonio de lo que ocurría en su país.

Con esta cinta cambia radicalmente la estructura narrativa de los filmes de Kieślowski, que lo lleva a espacios más abiertos, a un mundo más profundo, menos unidimensional, ante la perspectiva de nuevos horizontes tanto para los individuos como para la nación misma, en la que empezaban a soplar vientos de libertad, que daban lugar a elecciones distintas, aunque a la vez se cernían negros nubarrones, por el endurecimiento del Partido Comunista, ante nuevos gritos de rebeldía, que traerían una nueva crisis para el cine polaco, al detenerse su producción.

Tras este tiempo yermo, vendrá una nueva cinta de Kieślowski: Sin final, la cual describe un tiempo de duelos, de aflicciones, de oscurantismo, tan sombríos como los mismos créditos de esta película, un tanto fantasmagórica sobre un hombre, quien ha muerto de un infarto de miocardio y sólo puede ver a su mujer y a su hijo a distancia, al sobrevivir como una especie de zombi como todo un símbolo de Solidaridad.

Asistimos entonces a reuniones clandestinas en las que los propios polacos son representados como figuras espectrales, sin mayores opciones de comunicación, en un momento de ruptura de los vínculos sociales, que plantearían al director el enigma de la comunicación humana, más allá de lo racional.

Aparecerá entonces Decálogo, un conjunto fílmico con personajes encerrados en situaciones enmarañadas en el marco de una ciudad corrupta, entre las que se destaca No matarás, una muestra de crímenes salvajes y espontáneos y otros planeados desde la Administración, unos al margen del mundo supuestamente civilizado, en un hobbesiano Estado de Naturaleza y otros urbanos, planificados, con una programación fríamente tecnificada, que no producen sino asco y repugnancia, mientras transmiten una visión obscura y pesimista, como la que se daba en su Polonia misma, un país que empezaba a tornarse asfixiante para el director, quien decidiría abrirse paso en el mundo y marcharse, en los prolegómenos de la caída del Muro de Berlín y de la Cortina de Hierro, que traerían la posibilidad de un gobierno democrático, que le permitirá la realización de un cine más lírico e intimista, que apuntara a la sensación y a la vibración emocional, para acercarse a lo innombrable, a aquello a lo que si se le da nombre puede devenir banal y estúpido, pero que adquiere todo su valor si se lo muestra a través de las imágenes, que es lo que podemos captar en su filme La doble vida de Verónica.

Pero lo que pretende no es transmitir sensibleras corazonadas sino llegar a una zona, a una esfera muy delicada de la naturaleza humana, en esos momentos cuando la tensión emana de los protagonistas con sus presentimientos y sus perturbaciones del estado del ánimo, en contextos con tonos muy justos.

Ahí, Kieślowski tolera escindirse para proporcionarnos en sus cintas una parte de sí como algo muy individual y personal, que aporta originalidad a la vida y transmitir a su vez lo universal, sin caer en acartonamientos ni formas clichés, para no tornarse reduccionista ni esquemático, para no repetirse y adentrarnos casi silenciosamente por los entresijos y profundidades del alma.

Kieślowski se agazapa detrás de sus historias, para cuya narración se basa en la anécdota, los actores y los diálogos y llevarnos allá a lo profundo, donde está el núcleo de nuestro mundo interno en interjuego con un mundo exterior, que el director conoce desde la infancia desde sus continuos viajes por los caminos de su país o en el universo de los libros y de la literatura, que siempre le han permitido tener perspectivas muy diferentes, que no le permiten nunca perder de vista al objeto de sus preocupaciones: el ser humano.

El género documental le encantaba, le fascinaba, ya que le permitía adentrarse en ámbitos no permitidos a las personas corrientes, para descubrir la intimidad de esos entornos, y encontrarse con realidades vírgenes de testigos, lo que en realidad, no dejaba de ser una vana ilusión, ya que al acercar el ojo de la cámara se introducía un elemento que entraba en el campo relacional con los objetos fílmicos y terminaba por transformarlos, algo que también habían descubierto en Francia, Morin y Rouge al preguntarse si podía hacerse un cinema-verité puro y duro, sin artificios, sin puestas en escena, cuando los recortes y montajes dan cuenta de algo subjetivo, que corresponde al creador del filme, que aleja al artista de la objetividad absoluta a la que se pretendiera llegar, ya que la misma selección de los objetos sesga la mirada.

Kieślowski descubre que si va a filmar como documentalista a una pareja que hace el amor, su ojo cinematográfico termina por perturbarla, ya que saben que no están solos y eso altera la esencia misma de una díada amorosa, debido a la inclusión de un tercero y así como en este ejemplo, son muchas las escenas de la vida cotidiana que podrían verse perturbadas por la presencia de un ojo observador.

Ese descubrimiento del director polaco le haría desviarse de su camino habitual para aventurarse en el cine de ficción, más allá de la verdad del cine sociopolítico a secas, más ajustado al género documental, ya que lo que empieza a interesarle es el espacio de la subjetividad individual o vincular, lo que ocurre en el interior del sujeto humano y sus relaciones, para lo cual requería ahora de actores profesionales, de lágrimas y de glicerina, de artificios que semejan la realidad a la que se da vida en esa otro entorno que se refleja en la pantalla.

Pero lo que más dificultad le costaba al realizador era alcanzar una simplicidad narrativa, de ahí que diera a los actores una gran libertad y confianza, para que cada uno de ellos diera lo mejor y más esencial de su naturaleza, aquello que la gente usualmente esconde, aún a sí misma, detrás de una máscara de buena apariencia para ocultar su debilidad, su vulnerabilidad, así este mecanismo de defensa la llevara a la más absoluta de las soledades, al avergonzarse de contar sus problemas a los demás, barrera que Kieślowski estaría dispuesto a demoler.

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Miguel Hernández, poeta y pueblo

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Lleva en su muerte el número mil nueve y sigue vivo en las palabras. Poeta español, voz de pueblo, Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942) es hombre de versos imprescindibles.

Tiene casi una centuria diciendo su tierra, diciéndonos las necesarias libertades de las gentes. Cabalga a lomo de la historia para soñar y soñarnos fundidos en la siembra, en las banderas y en los buenos amores, para vivir, vivir amando lo más libre y lo más hondo, lo más alto, lo más tierno. Quisieron encerrarlo, pero cayeron los barrotes y los altos muros. Quisieron acallarlo, pero su voz sonó más fuerte y hoy es eco, es presente.

“Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo / desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte”.
(Sentado sobre los muertos, fragmento)

Poeta de la República, de la España libre, Miguel Hernández le canta a lo humano en medio del incendio del miedo. Ni el tiempo pudo con él, ni el tiempo ni la muerte, porque no es posible asesinar lo imprescindible. Vuelan en su voz las miradas y los fusiles, caminan sus pasos los tiempos que vienen, los días que serán sin pausa y sin verdugos.

“No soy de un pueblo de bueyes, / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas / y cordilleras de toros / con el orgullo en el asta. / Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España. / ¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula?”
(Vientos del pueblo me llevan, fragmento)

Otros amores habitan también los versos del hombre, del poeta. La mujer se desnuda en la blancura del papel, se transforma en lienzo donde pintar las sombras de sus concavidades. La piel deja de ser metáfora y se convierte en turgente tibieza. Abandonado del fragor de las batallas el poeta respira la humedad sedienta de roces y se alza sobre la inmensidad que lo nombra.

“Menos tu vientre, / todo es confuso. / Menos tu vientre, / todo es futuro, / fugaz, pasado, / baldío, turbio. / Menos tu vientre, / todo es oculto. / Menos tu vientre, / todo inseguro, / todo postrero, / polvo sin mundo. / Menos tu vientre / todo es oscuro. / Menos tu vientre / claro y profundo”.
(Poema 39 de Cancionero y de ausencias)

Fecunda la palabra y la vida, Miguel Hernández sigue palpitando en el poema. Susurra los amores que hacen de la vida, la vida. Las batallas que libró, las muertes que vivió, el sudor que lo hizo hombre en la más humana dimensión del abrazo existe en el poema capaz de trascender el tiempo, capaz de resucitar sus ganas y sus sueños.

Aquí vive el poeta y no en el número que visitan los turistas, el mil nueve es para la congelada postal de una España que se olvida de sus guerras y sus cadenas, en cambio la vida es esta que se siente en cada herida y en cada certeza con que amanece el día.

“Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío: / claridad absoluta, transparencia redonda. / Limpidez cuya extraña, como el fondo del río, / con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda. / ¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho, / corazón de alborada, carnación matutina? / Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho. / Tu sangre es la mañana que jamás se termina”.
(Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío, fragmento)

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Recordando a Malvinas

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

__ No se saben las bajas totales producidas en el día de hoy, 28 de mayo, pero sí hay noticias que hubieron combates y los muertos son de ambos bandos-dice el locutor.

__ Mamá, apagá por favor, es peor escuchar-pide Celia

__ Si, tenés razón, así no me voy a enterar. No dan los nombres de los soldados heridos o muertos.

Entra un señor y se abraza a ella llorando.

__ ¡Daniel! ¿Qué pasa? ¿Tenés noticias?

__ No, pero no puedo estar en casa, Florencia llora todo el día.

__ Si, no es justo- contesta Ladi se han llevado a los más jóvenes, a nuestros muchachos por la vanidad de jugar a la guerra.

__ ¡Son unos asesinos! Mandan a la muerte a sus propios compatriotas. ¡Canallas! ¡Hijo de mil puta, si le pasa algo a mi hijo te juro que lo mato a ése borracho!

Cuando llegué a esta parte y leí lo que había escrito el doctor Alejandro con su letra clara y personal, creí que yo dejaba de respirar. Sentí como un golpe en medio de los ojos, tuve que cerrarlos y no recuerdo que tiempo pasó hasta que los abrí.

Volví a leer y, efectivamente:

¡Alejandro escribió lo que mi padre Daniel Gudman, tío de Ladi, había gritado entre sollozos un día de mayo del año 1982!

Mi hermano Benjamín, soldadito conscripto argentino estaba combatiendo en las islas Malvinas.

Por suerte mi padre ignoraba, en ese momento, que pasaba hambre y frío, porque el Comando Argentino ni siquiera los había provisto de ropa adecuada para soportar el cruel invierno en zonas tan australes.

Sólo diré que un día de mayo de 1982, mi hermano moría en Malvinas.
Descansa en paz hermanito.

¿Te acordás, cuando me fuiste a ver a la escuela, con mamá y papá?

Yo teatralizaba con otra alumna la poesía “Hermanita Perdida”, y mi doble orgullo era porque me llamo Malvina.

Vos me ayudaste a memorizarla y, al final, la aprendimos los dos.

Yo tenía siete años y vos dieciséis.


La hermanita perdida

De la mañana a la noche,
de la noche a la mañana,
en grandes olas azules
y encajes de espuma blanca,
te va llegando el saludo
permanente de la Patria.

Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.
Amarillentos papeles
te pintan con otra laya.
Pero son veinte millones
que te llamamos: hermana...
Sobre las aguas australes
planean gaviotas blancas.
Dura piedra enternecida
por la sagrada esperanza.
Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.
Malvinas, tierra cautiva,
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero queremos ver una
sobre tus piedras, clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria.
Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.

La hermanita perdida
Letra de Atahualpa Yupanqui

Ahora una cruz blanca te señala con otros soldaditos y, yo, hermano todavía no he podido llevarte unas flores y nunca volverás a casa. Pienso en tus jóvenes dieciocho años, ahora tendrías cuarenta y dos.

No te dejaron vivir, te mató una guerra injusta por la vanidad de unos salvadores sicópatas.

Cierro los ojos y te mando un beso grande, grande, que vuela, vuela y llega hasta la cruz blanca de tu tumba.

Te recordaré siempre y te llevo anudado a mi nombre, Malvina.

Páginas del Capítulo. III de la novela “De Úbeda a Santa Fe”.

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“La contemplación” de Edgar Borges. El complot de los contemplativos

Roberto Hernaiz (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

En plena publicación de su nueva novela, La contemplación (Grup Lobher Editorial), Edgar Borges invita a “dar un alto para observar la forma tan acelerada como estamos cambiando la esencia humana por el uniforme talla única made in estupidez”. El escritor considera que, de la cosa seguir así, “por un asunto de sobrevivencia pronto todos los artistas tendremos como tema exclusivo de trabajo la parodia a la estupidez. Sin embargo, es posible-aclara el venezolano-, que las múltiples fases de la estupidez sea el único tema que ha tratado el arte. En ese sentido, la vida no sería una mierda, como piensan muchos, sino una estupidez por descifrar”.

Edgar Borges (Caracas, 1966) les advierte a los seres de su nueva novela, La contemplación (Grup Lobher Editorial 2010) que “Es posible que desde la observación no se pueda mover nada que no forme parte del universo personal, mínimo, individual”. Y, con esa idea, levanta la mirada para decirles a los lectores que “Sin embargo, quizá sólo luego de ese descubrimiento, el observador comprenda que todo aquello que oculta en los sótanos de su existencia es una pequeña representación del mundo exterior”.

Enrique Vila-Matas, subversivo literario confeso, dice que “Edgar Borges entiende la literatura como un complot contra la realidad”. Ante esto, el autor de La contemplación asegura que “los personajes de la novela conspiran contra una realidad que se ha vuelto loca. Como la voz (la narradora) que viaja rumbo a la calle 11 para encontrar a su pareja pero antes tendrá que enfrentar un viaje contemplativo para resolver el conflicto femenino-masculino que sacude su existencia. O el caso del Señor anónimo, el personaje que organiza un complot virtual desde la calle 11. O Marcelo Colussi, el detective que decide enfrentar los chantajes de su jefe, el inspector Chapman. O Susana, la niña gitana que decidió no hacer más nada sino observar el mundo a través de una ventana. O Pedro el hostelero, el hombre que invita a su pueblo a detenerse para enfrentar la arrolladora carrera del desarrollismo con el simple acto contemplativo. Esos son algunos de los universos mínimos y conspirativos que habitan La contemplación”.

Dos personas divididas por los paradigmas: masculino o femenino; tren o calle; pintura o fotografía; observación o movimiento; carta o e-mail; McCartney o Lennon; nacional o extranjero. Y por el medio una existencia implosiona. Ella podría ser él y viceversa. Esto es parte de lo que cuenta La contemplación, la obra con la que el escritor venezolano obtuvo el I Premio Internacional de Novela “Albert Camus”.

Edgar Borges escribe sobre el encierro verbal. El espacio de su ficción puede ser una calle, un apartamento o una existencia. Si en la novela ¿Quién mató a mi madre? (2008) indaga sobre el crimen de la madre biológica, y en ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe? (2009) dirige la pregunta hacia el homicidio del padre literario, en La contemplación (2010) centra su objetivo en el asesinato de una identidad en proyecto a manos de un colectivo dirigido por una moral impuesta.

La novela La contemplación se estará presentando, en abril, en las siguientes ciudades de España: 13 en El Corte Inglés de Barcelona la periodista digital y escritora María Ripio conversará con Edgar Borges; el 27 en Espacio Fuentetaja, Madrid, el encargado de la charla será el escritor Antonio Gómez Rufo, mientras al día siguiente, el escritor Ignacio del Valle presentará al autor venezolano en la Librería Bertrand de Alcalá de Henares, Madrid. Para el mes de mayo, están pautadas dos presentaciones en Andalucía (una el 10 y otra el 11 en los Ateneos de Málaga y de Fuengirola, respectivamente) con el escritor y periodista (quien además dibujó la portada de la novela) Salvador MorenoValencia, y una en Asturias. Gracias a un acuerdo entre Grup Lobher Editorial y Analecta Literaria, La contemplación llega a los países de América Latina que integran el MERCOSUR.

Roberto Hernaiz es editor de La contemplación.

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Viaje a las Estrellas

Eduardo Pérsico (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A fines de marzo se cumplió otro aniversario del histórico anuncio que hiciera el entonces presidente de Argentina, Carlos Saúl Menem, a los alumnos primarios de la puna jujeña; tal vez entonces la más desamparada del país; prometiéndoles futuros viajes interestelares con naves que despegarían 'de Córdoba, cruzarían la atmósfera y una vez en la estratósfera llegarían a Japón o China en una hora, antes de ir a otros planetas'.

Me permito molestarlo mi buen amigo José,
pues quiero invitarlo a usté a compartir la emoción
de ir a conocer Plutón en una nave de aquellas,
que atraviesa las estrellas, la atmósfera y el Japón.

Yo ya elegí ventanilla en sector de no fumar,
total, ¿qué puede pasar si en una horita llegamos?
Desde Córdoba zarpamos y ahí nomás, a disfrutar.

Por un asunto de anillos a Saturno hay que ir casados;
a Mercurio los pesados; a Venus van sólo minas.
¿Quiere bajarse en la esquina? Toca un timbre y lo dejamos.

A la Luna es sin escalas, en Marte amartizan todos.
no olvide su sobretodo porque puede refrescar,
y si piensa caminar lleve zancos para el lodo.

En Neptuno hay buen rebusque para bañarse barato;
si quiere pasar buen rato, Júpiter nos queda al toque:
¡ no sabe qué despelote, todas las minas son 'gato'!

Si hay fin de semana largo viajaremos hasta Urano.
Es un sitio muy lejano, debemos hacernos cargo;
ya podemos visitarlo, fleta un charter “El Riojano”.

Hay otra excursión más breve que pronto saldrá del Bajo,
desviando por atajos cruzará Constitución,
Vieytes, Moyano y el Borda: nos iremos al carajo...

Eduardo Pérsico, pasajero condicional en zona de embarque, en un marzo de los años '90, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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Música: el Himno a la Alegría, de van Beethoven

ARGENPRESS CULTURAL

El mundialmente famoso “Himno a la Alegría” es la musicalización que hiciera el compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827) del poema homónimo del bardo, también alemán, Friedrich von Schiller.

Compuesto durante un largo período que va de 1814 a 1824, constituye el cuarto y último movimiento de su Sinfonía N° 9, en re menor, habitualmente conocida como “Coral” (por la inclusión de coros que realiza, inédita para ese momento), llevando por número de catalogación el Opus 125.

El Himno a la Alegría es, por lejos, la creación musical que más reacciones ha tenido en el campo del arte, dedicándosele obras de plástica, de teatro, así como piezas literarias. Sin ningún lugar a dudas, la maravilla creativa que constituye, ha movido a la admiración a músicos y público en general desde generaciones. Y seguramente así seguirá siendo. La riqueza de su creación, aunque no se conozca nada de música en términos técnicos, no deja de estremecer a quien la escuche.

La textura del texto musical es muy diversa. Sorprende el solo de bajo a modo de recitativo apenas sin acompañamiento instrumental. El tema primero es presentado como melodía acompañada también por el bajo. Al intervenir el coro generalmente lo hace de manera homofónica. Constituye una grandiosa arquitectura musical con diversas texturas que van desde el recitativo a la doble fuga pasando por solistas, coro, etc. La letra, en alemán, está muy bien acompasada con la música, utilizando los unísonos del coro y metales para enfatizar un mensaje. Dentro del movimiento hay diversos ritmos. Binarios y ternarios. La melodía sigue teniendo unas proporciones clásicas de 8 compases. La armonía es tonal pero ya muy desarrollada acercándose al romanticismo. Los matices de intensidad quedan repartidos en el largo movimiento, desde el pianissimo al fortísimo pasando por las intensidades intermedias. Sin embargo predominan los forte, expresando con vehemencia el texto en los coros. Predomina el tempo allegro. Sólo hay un adagio y un andante; hay varios presto, y un prestissimo al final.

Interpretada en innumerables versiones, escuchada en los más diversos ambientes, conocida como pocas obras musicales, el Himno a la Alegría constituye una de las obras de la mal llamada “música clásica” (en realidad: música académica europea) más célebre, quizá la más célebre entre todas. En 1985 fue adoptado como Himno de la Unión Europea, siendo interpretado por primera vez de manera oficial el 29 de mayo de ese mismo año. Y el 12 de enero de 2003 la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad.

La letra del movimiento es una adaptación no literal que el mismo van Beethoven hizo sobre el poema de Schiller, adecuándolo debidamente a las necesidades métricas. La versión en español es la siguiente:

¡Oh amigos, cesad esos ásperos cantos!
¡Entonemos otros más agradables y
llenos de alegría!
Alegría, alegría!

¡Alegría, bella chispa divina,
hija del Elíseo!
¡Penetramos ardientes de embriaguez,
¡Oh celeste, en tu santuario!
Tus encantos atan los lazos
que la rígida moda rompiera;
y todos los hombres serán hermanos
bajo tus alas bienhechoras.

Quien logró el golpe de suerte,
de ser el amigo de un amigo.
Quien ha conquistado una noble mujer
¡Que una su júbilo al nuestro!
¡Sí! que venga aquel que en la Tierra
pueda llamar suya siquiera un alma.
Pero quien jamás lo ha podido,
¡que se aparte llorando de nuestro grupo!

Se derrama la alegría para los seres
por todos los senos de la Naturaleza.
todos los buenos, todos los malos,
siguen su camino de rosas.

Ella nos dio los besos y la vid,
y un amigo probado hasta la muerte;
Al gusanillo fue dada la Voluptuosidad
y el querubín está ante Dios.

Alegres como vuelan sus soles,
A través de la espléndida bóveda celeste,
Corred, hermanos, seguid vuestra ruta
Alegres, como el héroe hacia la victoria.

¡Abrazaos Millones de seres!
¡Este beso al mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
Debe habitar un Padre amante.

¿Os prosternáis, Millones de seres?
¿Mundo presientes al Creador?
Búscalo por encima de las estrellas!
¡Allí debe estar su morada!

Ofrecemos aquí una versión ya legendaria, de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la dirección del maestro Herbert von Karajan.


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