jueves, 15 de abril de 2010

Entre dos signos

Jaime Bergamin Leighton (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La tierra se aleja y se desinfla
Tal como tus ojos y tu rostro.
V. Huidobro

La mirada azul resplandeciendo en el rostro moreno. Piernas largas, de potranca. El resultado feliz de quién sabe qué entreveros raciales. Cabello largo, negrísimo, ni liso ni ondulado. Una cicatriz que nace en la comisura en la boca agregaba un algo elusivo a su ya inquietante atractivo… y un perro callejero con arrestos de aristócrata que en su porte altivo inevitablemente recordaba a la dueña.

No podría precisar cuándo apareció, pero se metió en nuestras vidas de tesistas abrumados dejándonos la sensación de haber estado siempre allí. Aparecía siempre con el largo atardecer del verano. El trotecito socarrón del quiltro anunciando su llegada. Esa llegada precedida de una amplia sonrisa de dientes africanos y un deje entre alegre y desenfadado enfundados en unos jeans desteñidos que solo conseguían realzar aun más su porte de reina.

Ya nada era igual entonces. La búsqueda tenaz del rayo verde se dejaba para el otro día mientras alrededor todo se impregnaba de un creciente erotismo que nos dejaba exhaustos.

Primero fue, llamémosle Cris. Un beso fugaz y unos pechos rozados al azar hacen sonar las alarmas del pisciano alerta y mesurado, advierte el peligro y se retira a tiempo. Soberbio ejemplo de voluntad. Con un aire nostálgico vuelve a su novia de siempre sin haberla abandonado nunca.

Luego me tocó a mí, escorpio torrencial que no se detiene ante nada ni advierte las luces rojas hasta que es demasiado tarde. Los juegos cargados de intenciones en ese dentrofuera de la casa a orillas del mar. Los bosques de pinos y sus remedos báquicos, las dunas despeinadas, la ribera metálica alargando pescas vespertinas. Finalmente juntos. Como novia recatada que se oculta en el baño la noche de su boda, demora una eternidad para aparecer segura y desenvuelta, con mi camisa desabotonada que descorre segmentos de piel, asoma ombligos, resalta los muslos, el slip diminuto como inquietante complemento. Comienza entonces un juego enervante donde las caricias se alternan con mohines de rechazo, la ternura con la frialdad, risas y enojos. De pronto se yergue y (no sé en qué momento desaparecieron), ya sin slips, levanta los brazos sobre la cabeza y se libra de la camisa sin notar, al parecer, que está desabrochada. ¿Cómo congelar ese instante fugaz en que, oculto el rostro en el acto de despojarse, se me ofreció la visión de esos muslos sin límites, el pubis pálido contrastado por la diminuta huella del bikini, el vientre adolescente y esos grandes pechos totalmente ajenos a la implacable ley de gravedad? -¡Tómame!- Y obediente la monto. Sin prisas, ahogando el deseo en aras de una conquista aun no resuelta, temiendo ser arrojado violentamente justo en el momento más comprometedor. El bochorno, la abyección. Prolongo el acto más allá de lo que recordaba, intentando postergar el placer en aras de un voyerismo que nunca antes tuvo prioridad frente al acto mismo. Yace inmóvil. Los ojos cerrados y un rictus indiferente en la boca. Como si no fuera con ella. Ni siquiera la dificultad de una penetración trabajosa y con nada de ayuda de su parte, conmovió su rostro ausente. Luego, un sueño sin culpas para ella. El insomnio para mí.
Por último fue El Jardinero. Sátiro errante de la música, leo noble de roja melena, loco lindo del afecto, encantador de gatos y atormentador de vecinos a golpes de clarinete y miopía. Se ensamblan y se complementan. Como la encantadora de serpientes que es, revela un talento innato para la guitarra y una voz desgarrada que barre los enojos. Dulzura distante, efectos inevitables. Revolviéndome en mi propia soledad, los oigo en el cuarto y recreo paso a paso las etapas de la seducción.
Se marchó sin esperar el otoño. Más tarde nos llegó la noticia que se había casado, ¡diez y siete años apenas…! con un muchacho muy serio, de anteojos, ingeniero según parece…
Un día nos pareció ver el trote socarrón del perro, despojado del collar de lana roja, errático, como buscando algo. Lo llamamos y, como la dueña, se detuvo un instante para perderse en la tarde de febrero.
Se llamaba Alejandra y nació justo a la medianoche, entre dos signos.

Jaime Bergamin Leighton. Valparaíso, Chile. Desde hace 34 años vive en Venezuela. Es arquitecto y, como él mismo dice, escribidor. Tiene publicados “El samurái y otros relatos” (cuentos) y “El pasajero” (novela). En este momento es el editor de ENcontrARTE, sección cultural de la página APORREA.

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Dos poesías a la muerte

Luis Viú (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando me llegue la muerte

Cuando me llegue la muerte
vendrá tan lenta
que la sentiré
posarse a mi lado
e ir desgarrando mi vida,
o tan de prisa
que todo pasará
en un solo instante.
Cuando me llegue la muerte
vendrá en un día de invierno,
y será tan fría
que no tendré
más muertes;
o llegará en un día de verano
cuando el horizonte sea todo azul
y los pájaros canten en el cielo:
ese día me moriré con todas las alegrías.
Cuando me llegue la muerte
todo lo que soy vendrá conmigo:
mis sueños, mis trabajos
y un amor que no pasó
de ser un simple sueño.
Cuando me llegue la muerte
todo me será tan vano, ¡tan vano!
que todo lo que hice o no hice
no tendrá importancia.

Cuando me llegue la muerte
me reuniré con todos o con nadie.
Entonces pasaré a hacer
parte del eterno olvido.
Pequeña elegía a la muerte

(Para Jorge Mario, en su ausencia)
Nuestros muertos
no se van solos.
Se llevan,
nos arrebatan
todo lo que nos habían dado:
su tibieza,
su afecto,
su calor
y los momentos compartidos.
Todo,
todo lo envuelven
en su mundo de silencio ausente
dejando un vacío
tan profundo,
¡tan profundo¡
como la profundidad
del abismo eterno
de la muerte misma.
Y entonces en su lugar
sólo queda un silencio eterno,
un silencia hablando en silencio;
un silencio
que es más doloroso
y más amargo
que la muerte misma.

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La vanidad de los pueblos

Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Virtuosos por asociación

El chauvinismo se niega a reconocer que todos los pueblos han engendrado ángeles y demonios, genios y necios.

Durante su larga diáspora y especialmente en el siglo XX, el pueblo judío se ha destacado, entre otras cosas, por sus intelectuales. El comercio y el trabajo intelectual, despreciados en la Europa medieval, eran los dos únicos espacios existenciales permitidos a un pueblo sin derecho a la tierra o a títulos de nobleza.

Hoy en día algunos judíos que debaten sobre los derechos de los palestinos a su tierra y a su libertad, echan mano a argumentos que no tienen nada que ver con los derechos de un pueblo o del otro. Es común leer la mención a genios como Albert Einstein seguidos de la pregunta “¿y los árabes que aportaron?”. Este tipo de preguntas retóricas que llevan la respuesta implícita, también llevan una pesada carga de ignorancia histórica. Increíblemente fue usada también por periodistas como Oriana Fallaci en 2002. (Mi respuesta, para quien le interese, se resume en el breve ensayo El lento suicidio de Occidente.)

No obstante, creo que el problema no radica en una competencia de inventos, de Coeficientes Intelectuales o sobre quien la tiene más grande.

Esta actitud, por lo general, implica que quien habla se siente incluido dentro del grupo de los genios sólo por pertenecer a un determinado pueblo, sin considerar que las mentes más brillantes procedentes de dichos pueblos nunca, o rara vez, usaron semejante silogismo chauvinista. Sin considerar que la sola pretensión (más allá de demostrar que quien habla pertenece al grupo de los tontos que cada etnia se reserva para conservar su condición humana) es simple y nunca inocente racismo.

Este tipo de razonamientos es clásico en la historia y sólo prueba que la pobreza mental es funcional a un poder ya establecido. Cuando en 1550 Ginés de Sepúlveda se enfrentó en debate público ante un probable judío converso, Fray Bartolomé de las Casas, hizo orgulloso recurso del método. Sepúlveda argumentó que era correcto, ante el Rey y ante Dios, esclavizar a los indígenas americanos porque, obviamente, éstos poseían menos inteligencia que los blancos europeos. Todo lo cual, afirmó, estaba escrito en el Libro de Proverbios (11: 29) de la Sagrada Biblia.

Por entonces, también árabes y judíos, que durante buena parte de la Edad Media supieron convivir y mantener la filosofía y las ciencias en Europa, estaban incapacitados para cualquier linaje de nobleza. Cualquier incompetente, como el rey Carlos II, se creía superior por pertenecer a la familia más noble de Europa. La superioridad de este rey con agudo e irreversible retardo mental se demostraba por la extensión de su reino y de su poder.

Aun luego, en el apogeo de la cultura centroeuropea, era común entender que los judíos no eran capaces de finezas espirituales como la música sinfónica o la filosofía racional. Y todo esto era funcional no solo al antisemitismo sino al nacionalismo de turno, que pocos se atreven a cuestionar.

Porque todos tienen la mente muy abierta cuando las críticas apuntan a otros pueblos, pero se les cierra con sereno fanatismo apenas sobrevuelan su propio territorio.

Los pueblos que colaboraron con la historia

También podríamos decir que el mayor aporte de un pueblo no necesariamente radica en los inventos que dio a la humanidad. Bastaría con que haya sabido vivir en paz con sus vecinos y consigo mismo.

Aun dejando de lado esta virtud de la modestia, no recuerdo pueblo en la historia que no haya aportado algo en filosofía, arte, pensamiento, ciencias o tecnología. Desde el humilde cero de los hindúes, sin el cual la ciencia moderna de los últimos siglos y la informática de los últimos años serían impensables hasta el álgebra de Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi, los números arábigos y los innumerables aportes en ciencias y medicina.

Al decir de Eduardo Subirats, Averroes, un árabe, fue el primer filósofo ilustrado de Europa. Pensamiento sin el cual sería imposible la filosofía y la política moderna.

Recientemente otros genios han aportado ideas novedosas, como que toda la ciencia y el pensamiento que nos rodea hoy surgieron por generación espontánea a principios del siglo XX, en Europa o en Estados Unidos. Patrón de pensamiento que se asemeja a la idea de que el mundo nació hace algo menos de diez mil años y que todo lo que lo contradiga son solo teorías y retórica, no hechos.

Cada pueblo dejó algo en un momento determinado de la historia que lo encontró como protagonista. Es inútil hablar de las religiones, porque es allí, en nombre del amor, la justicia y la paz, donde radican los principales odios de la historia y de los tiempos actuales. No por culpa de las religiones y mucho menos de Dios, sino por la soberbia de Sus ministros, la avaricia de Sus administradores y la hipocresía de Sus voceros.

El racismo siempre está vivo y es una misión humanista resistirlo. Superarlo es una utopía, pero quizás la mejor de todas las utopías que ha creado la humanidad, porque de ella derivan otras virtudes, como la igualdad de derechos y, de ésta, deriva una de las más recientes virtudes morales y culturales que, no por casualidad, también están en concordancia con la vital dinámica de la biología: la diversidad.

La historia, entonces, registra innumerables pueblos con sus innumerables aportes. No registra, en cambio, cual fue el primer pueblo que no se consideró elegido por sus propios dioses y procedió como tal. Es curioso, porque solo ese descubrimiento ha sido uno de los aportes más importantes a la historia de la humanidad.

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El suicidio de la hormiga (microrelato)

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La hormiga no durmió su última noche. Permaneció, como era habitual desde que se fugó del reino, entre los cabellos de Josep. En lugar de reposar, mantuvo los ojos muy abiertos en dirección a la ventana, como si aguardara el segundo preciso para cumplir su misión. Se disponía a repetir la ruta del descuido que veinticuatro horas antes hizo su compañero. Sólo que no lo haría por sueño sino por convicción.

A las seis de la mañana Josep se levantó de la cama. No hubo bostezo ni lavado bucal en el intermedio de la segunda tragedia. La tierra (¡¿dónde estás tierra?!) se redujo a los pasos de un hombre hambriento rumbo a la cocina. Durante cinco minutos, el sujeto calentó la última parte de una vieja comida. A veces el alimento de unos es la muerte de otros; la intención, más que el ingrediente, marca la diferencia.

Con la saliva impaciente, Josep se detuvo ante la mesa y, desde una prudencial distancia, dejó caer el plato. Luego tomó asiento y sonrió complacido. De pronto hubo calma donde poco antes imperó desesperación. Quizá sólo pretendió desafiar el hambre. O la vida ajena, pensó la hormiga mientras saltaba directo a la cuchara oxidada que repleta de lentejas se aproximaba a la boca.

Edgar Borges es venezolano residente en España.

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“Esto es sólo para quienes les interese la farándula…”

Zita Pessagno (Desde Valparaíso, Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Desde hace unos años en Chile se ha venido sucediendo un fenómeno en la prensa que se creyó poco probable de darse en este país: que el periodismo se farandulizara... ¿por qué? Porque siempre se ha considerado a los chilenos como individuos muy preocupados por evitar el escándalo, tremendamente cuidadosos del qué dirán, socialmente correctos y compuestos, incapaces de tratar públicamente temas relacionados a la vida privada ni menos íntima, sin embargo... existe algo, casi una enfermedad diría yo, denominada “farandulismo”, no, no dije sonambulismo, leyó bien, dije farandulismo... ¿qué es eso? Es una rara enfermedad que proviene de nuestros hermanos estadounidenses y que data de principios del siglo pasado cuando los medios de comunicación empezaban a tomar las bases de lo que hoy conocemos como el cuarto poder. Era la época en que el cine norteamericano empezaba a descubrir el interesante mercado que lograba constituir con sus auditores y la muy particular atracción que dicho medio ejercía sobre los mismos, atracción que ya William Randolph Hearts logró visualizar cuando empezó a construir su imperio monopolizando los medios impresos de USA, transformándose en el primer magnate mediático de la historia. Pero, ¿a qué vino mencionar a Hearts, que monopolizó la prensa escrita, asociándolo con el cine y la farándula? ¿Por qué Orson Welles lo escogió como el protagonista de su película “El Ciudadano Kane”, el film considerada una de las obras maestras de la historia del cine?... en un momento me explico.
Corría el año 1927 y Hearts, casado aún con una aristócrata, tenía de amante a una mediocre y bellísima actriz llamada Marion Davis de quien Hearts sospechaba lo engañaba nada menos que con el extraordinario actor Charles Chaplin. Para salir de sus dudas Hearts invitó a su yate a su amante Marion Davis, al supuesto amante de ella, Charles Chaplin, y entre varios estaba Thomas Harper Ince, un brillante productor de cine, y Louella Parsons columnista de uno de los diarios de Hearts. El final es el bueno: se dice que Hearts pilló a Marion su amante con Chaplin y que mientras este huía le disparó erróneamente en la cabeza a Thomas Ince quien dos días después fue encontrado muerto y cuyo certificado de defunción lo firmó el Doctor Ida Glasgow, médico personal de Hearts, afirmando como causa de la muerte un ataque cardiaco, para luego ser cremado y sus cenizas esparcidas mientras su viuda era fletada raudamente, con un fondo fiduciario “donado” por Hearts, a Europa. En tanto Louella Parsons se dedicó, a través de artículos periodísticos, a borrar todas las huellas y lazos que unían a Hearts con la muerte de Ince y en agradecimiento Hearts le dio un contrato vitalicio y extendió la cobertura de sus colaboraciones a todo su monopolio impreso transformándola en la periodista con mayor influencia en todo USA. Si bien es cierto fue el periodista Walter Winchel quien comentó por primera vez los chismes de Hollywood, Louella se encargó en transformarse en la columnista más ácida, lapidaria y emblemática dándole el tono de lo que hoy entendemos como farándula dura a este nuevo tipo de periodismo. El poder que Louella Parsons ejerció a través de los medios de comunicación sobre Hollywood durante más de 40 años logró enaltecer y/o destruir a quien ella le pareció sin ningún miramiento y ante la indolente y atemorizada mirada de actores, directores y productores quienes se referían a ella como “Louella He-Visto-Lo-Que-Has-Hecho-Parsons”, evidenciando la imagen persecutoria, temible y sancionadora que esta omnipotente periodista logró ejercer hasta que murió sola en un hospicio.

El primer indicio del término farándula se origina por el año 1603 otorgándole el significado de: “'pandilla y/o cuadrilla de comediantes vagabundos”, mientras que en 1732 se le atribuía al término farándula el significado de: “profesión de farsantes”. Es curioso se halla escogido justamente ese término para etiquetar a un tipo de periodismo como el que actualmente se realiza que se preocupa por develar públicamente muchos aspecto de la vida privada e íntima de los protagonistas del mundo del espectáculo.

Los primeros vestigios asociados a la crítica de espectáculo en Chile datan del año 1925 cuando la película “El Húsar de la muerte”, del multifacético director y actor chileno Pedro Sienna, fue evaluada periodísticamente llevándose los laureles de la crítica por la labor cinematográfica total del film. De ahí en adelante podemos observar que el periodismo de espectáculos se centró en el análisis y evaluación inicialmente de las obras culturalmente elitistas del teatro, ballet y ópera montados en Chile, tanto nacionales como extranjeros, para lentamente empezar a darle espacio a la crítica de films más masivos y de programas de la televisión de turno. Periodistas como Yolanda Montecinos e Italo Passalacqua, empezaron a combinar la crítica seria con matices que incluían comentarios referentes a la imagen proyectada o la personalidad de los miembros de los espectáculos, obviamente nada comparable con la ya reconocida y agresiva “prensa rosa” que existía en países como España, Gran Bretaña, Italia, USA o la muy cercana Argentina.

¿Cuándo podemos empezar a hablar de este tipo de periodismo farandulero en Chile?... curiosamente a partir de un hecho banal y poco trascendente que plasma el enfrentamiento entre dos bellas mujeres, por allá en el año 1999, una Daniella Campos novia en ese entonces del ídolo del fútbol chileno Iván “Bam Bam” Zamorano, y la otra Titti Aubert, supuesta amante de Zamorano, quienes se agarraron literalmente de los pelos en una conocida discoteca capitalina luchando por el amor del ídolo futbolero. Por primera vez se tocó en los medios chilenos un tema de esta índole con protagonistas nacionales que jamás hubieran imaginado lo que podría significar formar parte de los comentarios de profesionales dedicados hasta ese momento a la objetiva profesión del periodismo. Esta novedosa propuesta llamaría la atención de los medios, y se incorporaría a su agenda temática, debido a la interesante creciente audiencia que se lograría captar a través del programa pionero de televisión “SQP” (2001) que fue el que por primera vez se dedicó exclusivamente a la temática farandulera. Ellos fueron los propiciadores de la formación del llamado mundillo de la farándula o jet-set criollo, donde sus protagonistas son personajes que pertenecen o están relacionados al mundo del espectáculo, las artes, el deporte, la belleza o simplemente logran captar su atención gracias a los consabidos escándalos que son el caldo de cultivo que alimenta la propuesta de este tipo de programas. Interesante es rescatar que la prensa de espectáculo es además la creadora de un nuevo tipo de comentarista, que sin ser necesariamente profesionales del periodismo, y pudiendo incluso no ser profesionales en nada, se han transformado en parte también del espectáculo, ellos son los denominados opinólogos... personajes que no sólo hablan de farándula sino que a su vez son la farándula misma.
En fin, hablar de farándula hoy en día implica a periodistas, opinólogos, modelos, comentaristas, animadores, actores, deportistas, políticos, la lista es larga y extensa, basta simplemente con ser sujetos dispuestos a transformar su vida en un objeto público que genere controversia para ser parte de esta larga, atractiva y muy remunerable cofradía de personajes que protagonizan el espectáculo requerido para mantener una hora de programación televisiva, radial o una portada de un diario y que sean capaces de hacer que el espectáculo continúe para que el periodismo de farándula decida cuánto vale el show y los públicos los elijan como tema de interés de primer plano.

Zita Pessagno Barrella es doctorante de la Universidad Arcis, Valparaíso, en Chile.

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Revolución informática y contrarrevolución financiera

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El presente no es más que el futuro del pasado

Suele decirse que el siglo XX fue el siglo de las previsiones arrogantes, casi siempre desmentidas luego. El campo socialista desmoronado, junto con el muro de Berlín, haría pensar que el capitalismo, libres sus manos, tendría un desarrollo impetuoso, pero no ha sido así. Las terceras vías ofrecidas por los partidos políticos socialdemócratas o por el viejo peronismo en nuestro país, asimismo, han fracasado. La OTAN bombardeó Yugoslavia y sus aviones carretearon en las tierras gobernadas por los socialdemócratas y los socialcristianos. D’Alema, primer ministro de Italia y ex comunista, bendecía ese aparataje de muerte. Estados Unidos invadía Iraq y luego Afganistán y desparramaba bases en torno a la ex URSS. Se producía el dudoso atentado a las torres gemelas. Explotaba, casi al mismo tiempo, la burbuja financiera en el mundo desarrollado.

Por otro lado, en América Latina triunfaban, siguiendo el caso de Cuba, gobiernos populares como el de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador.

En el caso de Argentina, donde se han alternado los gobiernos autoritarios con el bipartidismo, el fracaso había sido estrepitoso. Vimos a conservadores como los Alsogaray cantar aquello de combatiendo al capital de la marcha peronista. Hubo corralitos, conocimos que cinco presidentes se alternaron en una semana. Finalmente hemos visto abrirse paso a los Kirchner, encabezando un gobierno que se apartó del FMI y comenzó a trabajar para lograr un desarrollo capitalista independiente.

La afirmación en cuanto a que no se puede mejorar el sistema capitalista por medio de su propio aparato estatal no tiene base en la realidad porque es en el seno de esta sociedad donde deben prepararse los medios, es decir, que los cambios deben realizarse desde el seno de la sociedad misma, pero en lo posible con nuevas herramientas, contribuyendo a que el principio de legitimidad imperante sea destruido y reemplazado por otro que corresponda plenamente a los requerimientos de una nueva situación sistémica.

Ya hemos dicho que el surgimiento de nuevos dirigentes y nuevas estructuras políticas, como necesidad de muchos países y especialmente de Argentina, dentro del mismo marco actual no acabaría con el lodazal, es decir, que sin la destrucción revolucionaria del sistema caduco es imposible construir una sociedad que responda a un nuevo principio de legitimidad. Pero no se trata de ir a por todo, ya que la historia nos demostró que ir a por todo es ir a por nada y que habría que detenerse a leer, por ejemplo, el artículo de Lenin “acerca de los compromisos” (1) y dicho autor decía que no sufrimos tanto del capitalismo sino de la falta de desarrollo de éste. Y si nos remitimos al orden local, Jorge Torres Roggero (2) transcribía un párrafo de Megafón y la Guerra, de Leopoldo Marechal: “La acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”.

Ya, ahora, el elemento legítimo integrante del sistema capitalista está dejando de ser el tiempo de trabajo como valor de cambio. El nuevo principio de legitimidad, es evidente, se halla relacionado con al encuentro del hombre consigo mismo, con la posibilidad de incorporar su entorno interno a su ser esencial y esto se corresponde con una nueva ley, la ley de la información que suplantará a la ley del valor, reguladora de la producción capitalista.

Pues, entonces, ayudemos desde nosotros a que el sistema social deje de ser alienador y a partir de un nuevo principio de legitimidad podamos ser realmente humanos. Esto, por cierto, no se va a conseguir graciosamente, pues el viejo sistema posee su estrategia de supervivencia y es más, la naturaleza se toma su tiempo.

Marx afirmó que la historia es una historia de la lucha de clases y que ella determina, en lo esencial, el tipo de estructura. Algunos dicen que hoy ha desaparecido la lucha de clases, porque ésta es una sociedad policlasista o porque ha desaparecido el sujeto histórico. Slavoj Zizek (3) escribía que cuando las filosofías posestructuralistas, frente a la problemática que la crisis del stalinismo provocó en el pensamiento emancipatorio, proponen una serie de salidas que significan el asesinato del sujeto moderno, es probable que estén otorgando carácter metafísico al pluralismo liberal. Y luego se preguntaba si detrás de todo esto no estarán ontologizando el viejo y clásico rechazo liberal a las amenazas totalizantes del leviatán estatal.

Como hemos visto, quien dice querer liquidar al Estado es el mismo pícaro que lo fortalece constantemente, y mientras aborrece de los controles estatales propugna por los más inhumanos, siempre en su beneficio. Pero ¿a qué tipo de Estado nos referimos? En varios de los países latinoamericanos el Estado puede, transitoriamente –y de hecho lo está haciendo- jugar un papel emancipador y sería una locura tratar de liquidarlo mientras exista la agresión imperialista.

Sin duda que el Estado como herramienta coercitiva de una clase social, deberá desaparecer tarde o temprano y será reemplazado por un organismo autogestionario. Rudolf Bahro (4) apuntaba que no solamente hay que evaluar las posibilidades de una alternativa comunista de carácter autogestionario, sino, lo que es más sustancial, hallar el sujeto histórico y social que cargue en sus espaldas con el proyecto de una sociedad verdaderamente comunista. La representación de ese sujeto histórico y social no quedaría librada a la responsabilidad de una clase o grupo particular –aunque sí establezca determinadas jerarquizaciones- sino que por el contrario, la inscribiría en la totalidad del cuerpo social poscapitalista. Bahro habla de la existencia de un inmenso potencial revolucionario en los intereses emancipatorios de la conciencia excedente de los hombres y finalmente propone el surgimiento de una liga de los comunistas capaz de homogeneizar los dispares intereses emancipatorios de la totalidad social, con el fin de plantear una revolución cultural que oriente a los hombres a desarrollar su capacidad de autogobierno.

No hay que afanarse tanto en hurguetear dentro de la sociedad para ver dónde está ese sujeto, ni andar con un farol como Diógenes. Si se observa con detenimiento, no sólo que no desapareció el sujeto histórico, sino que su base se ha ampliado hasta tal punto que la proletarización del mundo es un hecho, más allá de si la mayoría es desocupada o excluida. Pronto el sujeto histórico será casi toda la humanidad. Mientras aumenta el número de pobres de toda pobreza, decrece el número de granburgueses, y aquella imagen de quien con un habano y una gruesa cadena de oro cruzando su panza era el dueño del poder, ya no existe. La globalización y la crisis actual aúpan a unos cuantos ungidos y arrasan con todos los aspirantes. Como dijo Fidel Castro en aquel su discurso del primero de mayo del 2002, el fracaso argentino constituía el canto del cisne de la globalización.

Luego del derrumbe del capitalismo fordista y a medida que la globalización tiranizaba a los pueblos, un clima de indignación creció en el mundo, la lucha por la liberación nacional y social, pese a su apariencia en contrario, se está desarrollando ahora, cubierta y encubierta, con enorme dureza.

La ofensiva militar que con el pretexto de combatir al terrorismo, desata Estados Unidos en casi todos los continentes, si bien es funcional a sus intereses armamentistas y políticos, también resulta de un ataque cardíaco debido a la resistencia de los pueblos por el mantenimiento de sus bienes, de su identidad, de su cultura y en suma, por su liberación.

La actual ofensiva globalizadora contra las conquistas democráticas y sociales, logradas durante los últimos cien años, halla cada vez una mayor resistencia. Protagonista y jefe de esta agresión no es ya una clase capitalista, sino un sector muy pequeño, una fracción de la clase en descomposición, ligada al régimen anacrónico y a la especulación ociosa, maestra del cinismo y de la crueldad. Pese a toda su ostentación es una clase en retirada.

Globalización y exclusión

Se recuerda el probable origen de la palabra globalización en un texto trascripto por Ismael Llona M. texto que dataría de 1596 (5), donde se decía a fines del siglo XVI, que no más de cuatro compañías transocéanicas...manejaremos la industria de las comunicaciones...El mundo hablará en tres o cuatro idiomas, y América prácticamente en uno...el mercado domina el mundo...La economía del planeta se ha abierto, internacionalizado y globalizado...La economía se ha integrado...las comunicaciones globalizado. El pensamiento, uniformado. La religión, monoteizado.

Sorprende tanto el lenguaje como la visión del mundo, pero así son las cosas, no hay nada nuevo bajo el sol. Pero hoy, no solamente que las sociedades-marco no saben hacia dónde van, y por ello no toman camino alguno, sino que esta sociedad jurídicamente organizada, el Estado burgués, comienza a sentir el peso de una debilidad permanente: Ya no puede tomar decisiones de un modo autónomo. El Estado-nación hace ya tiempo que comenzó a diluirse en beneficio del gran capital y sólo puede colocar parches que realimentan la crisis. Al perder aquél la iniciativa, debería aparecer el pueblo –y de hecho lo hace, en forma incipiente- pues la anomia de la que hablaban Emile Durkheim, Robert Merton y otros se puede, en cierto sentido, interpretar como esta bisagra histórica en la que las masas desposeídas, aún inconscientemente, luchan por lo suyo.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía 200l, escribía en Clarín que Estados Unidos está en recesión y el mundo está entrando en la primera gran desaceleración global de la nueva era de la globalización. Estas palabras pueden corresponder a descripciones pero no a categorías que definan nada. Pero ¿qué es la recesión? ¿Qué quería significar Stiglitz cuando hablaba de la primera gran desaceleración global de la nueva era de la globalización?

Ya en 1998, Stiglitz escribía que tenía dudas acerca de la estabilidad macroeconómica y la liberalización –dos aspectos tratados en el Consenso de Washington- así como de la reforma del sistema financiero, el papel del gobierno como complementador del sector privado y la mejora de la efectividad estatal –aspectos no tratados en el archimentado Consenso: Argumentaré que las propuestas del Consenso de Washington –decía Stiglitz- en estas áreas centrales son, en el mejor de los casos, incompletas, y lo que es peor, erróneas. Aunque la estabilidad macroeconómica es siempre importante, la inflación, por ejemplo, no siempre es su componente esencial. La liberalización comercial y la privatización son dos aspectos claves de toda política macroeconómica sana, pero no son fines en sí mismos. Sólo son medios para alcanzar un mercado menos distorsionado, más competitivo y más eficiente, y deben ser complementados por regulaciones efectivas y por políticas de competencia. ¿Serán estas palabras las que le habrán valido, tres años después, el Premio Nobel de Economía?

Para el FMI y el Banco Mundial parece que nada hubiese pasado y sus políticas siguen siendo exactamente igual, veinte años después del Consenso de Washington, en el que se aplicó una feroz política económica sobre miles de millones de personas, miles de millones de nuevos pobres y de niños muertos por desnutrición, que han quedado en el camino merced a las decisiones de estos genios. Han llegado a una hipocresía tan grande que conforman un doble discurso hacia adentro y hacia fuera de los Estados Unidos, salvando a los bancos responsables del actual estado de cosas y sumergiendo aún más en la pobreza y la guerra a medio planeta.

Paul Blaustein escribía en The Washington Post del 27 de setiembre de 2002 que gracias a su crecimiento anémico, crisis económicas y porcentajes de pobreza obstinadamente elevados en varios países que siguieron los programas apoyados por el FMI y el Banco Mundial, lo que se expande es un sentimiento de desilusión respecto del denominado consenso de Washington. Y Ricardo Hausmann, un economista de Harvard, que como asesor del Banco Interamericano de Desarrollo ayudó a convencer a varios gobiernos latinoamericanos sobre las delicias privatizadoras, declaraba que “yo participé activamente de esa esperanza, por ello es que ahora comparto tanto la desilusión”.
Esta situación recuerda la de Freeman Dyson, importante físico consejero del Pentágono, constructor de nuevas armas nucleares, que todos los domingos concurría a la iglesia presbiteriana a rezar por el desarme nuclear.

Pero más allá de su subordinación o no a los intereses de los países centrales, los economistas formados en Harvard y otras universidades norteamericanas estudiaban y estudian fundamentalmente la teoría de los precios, que ha sido por décadas el cuerpo central de su ciencia, y tangencialmente la teoría de la inversión formulada por Keynes (6), maltratada esta última luego que se repusieran las viejas recetas del liberalismo.

Aquella “ley sicológica básica”, formulada por él, señalaba que a medida que crecen los ingresos va disminuyendo la propensión consumista. La mayor propensión al consumo la conservan los desheredados. La redistribución del ingreso en beneficio de ellos conduce a elevar la demanda conjunta, que estimula el crecimiento de la producción y la acumulación del capital.

Keynes sometió a dura crítica la teoría del salario formulada por el economista Arthur Cecil Pigou, quien afirmaba que la reducción del monto de los salarios podía asegurar el aumento de la ocupación. Keynes demostró que el aumento de la desocupación está condicionado por regularidades macroeconómicas y vinculadas, especialmente, con la falta de inversión y con la caída de la demanda conjunta. Además consideraba peligrosa en el aspecto social una reducción de los salarios, cuestión que inmediatamente chocaría con la resistencia de la clase obrera. En lugar de ello, proponía aplicar el método de disminuir los sueldos de un modo disimulado, inadvertido por los asalariados, mediante la “inflación regulada”. En realidad, el keynesianismo, como ya hemos dicho, no hizo sino acumular más material explosivo.

Por supuesto, los genios de Harvard ignoran el marxismo, lo soslayan o no lo entienden con detenimiento, ni menos entienden, por ejemplo, que la economía así mutilada es una ciencia inexacta y que en el mejor de los casos resulta una disciplina histórica que desaparecerá con la desaparición del capital.

Keynes, del mismo modo que Wicksell, había percibido que el elemento motor de la actividad económica capitalista se hallaba ubicada del lado de las inversiones y se las arregló, mejorando a Schumpeter, para formular una teoría de la inversión, pero olvidó o ignoró un pequeño detalle: cómo se forma realmente el capital necesario para esa inversión.

El estudio de la estructura real de la sociedad

En general casi todos los economistas de la ortodoxia capitalista dejan de lado el estudio de la estructura real de la sociedad, y su preocupación está dirigida hacia el análisis de las relaciones básicas de la actividad económica y a la descripción de las instituciones, como si éstas resultaran eternas y ahistóricas. Para ellos la economía no pasa por las necesidades del hombre sino que se reduce a lograr la mayor ganancia. Toda iniciativa hacia el análisis con criterios más amplios es desalentada y quien esto escribe lo pudo comprobar incluso en algunas universidades, en donde no sólo faltaba la mitad de la biblioteca sino que se estudiaban los fenómenos y la estructura de la sociedad sin la profundidad ni las herramientas necesarias.

No en vano los estudiantes de la Escuela Normal Superior francesa exigieron, allá por 1998 un mayor pluralismo en la enseñanza de la economía porque la impartida hasta ese momento se basaba en las teorías de las escuelas neoclásicas. Esta situación llevaba a creer –según dijeron- que solamente existía una sola corriente del pensamiento económico y que por lo tanto los alumnos podían llegar a pensar que la teoría neoclásica era la única corriente científica y que también, su carácter científico se explicaba por su planteo axiomático, aseverando que tal politización servía a los intereses de una clase social.

Es preciso comprender que más que analizar la ciencia económica desde una perspectiva fiscalista, distribucionista, monetarista y de escamoteos contables, se hace necesario enfocarla como estudio multidisciplinario de un sistema muy complejo cuyo principal objeto no es el logro de un equilibrio de los saldos sino fundamentalmente la producción y reproducción de la humanidad. Como escribía Jacob Goransky, a esta altura de la historia se impone una revisión de la ciencia económica que debe abandonar aquello de "ciencia que se ocupa de la asignación de recursos escasos", para pasar a investigar la utilización eficiente, ética y eficaz de los recursos que nos ofrece la revolución informacional, que supera la imaginación más febril del científico mejor dotado. Retomar la denominación de economía política, abandonando la de ciencia económica a secas, y retornar a la concepción de Aristóteles como ciencia que se ocupa no ya del pequeño hogar, sino del hogar planetario.

Las causas y el mecanismo de aumento permanente de la productividad y sus repercusiones en la organización de la producción y en el sistema de la sociedad, en la distribución y utilización del producto social, están ligadas a las actividades de vivencia y supervivencia del ser humano. Esto que parece una verdad de Perogrullo es parcial o totalmente ignorada. No se puede desconocer la irreversibilidad de los procesos económicos, históricos, que son sistémicos y que objetivamente, en el mediano y largo plazo apuntan a la inclusión y no a la exclusión del hombre.

Es cierto que los países desarrollados han logrado y logran un dominio, una mayor succión de plusvalía, ganancias extraordinarias y -sobre todo- botín de guerra, debido a varios arbitrios. Pero eso, aunque no lo parezca, está cambiando.

En nuestros países han pesado las rentas precapitalistas, pues esa especie de subsidio que en los países avanzados recibían las industrias de punta, aquí fue a parar a los latifundistas y oligarquías aborígenes, licuando de esa forma la posibilidad de una mayor acumulación y permitiendo luego que el capital imperialista entrara a saco.

Después, el deterioro de los términos del intercambio y la acción del capital financiero, los organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, completaron la tarea.

No es que los economistas ignoren totalmente estas y otras cosas, sino que se trata de la orientación dada por los centros de investigación y de poder. La formación de los economistas y de todas aquellas personas destinadas a tareas políticas o sociales no debería soslayar ciertas verdades por más que lesionen los intereses de las cabezas del sistema. No se puede permitir que la vida y el futuro de la humanidad entera queden en las manos de un puñado de forajidos, aventureros y advenedizos, o cuanto más, de ignorantes con doctorados y masters.

El sistema social, la participación del hombre en la transformación del medio y de sí mismo es un proceso complejo, formando parte del más complejo de todos los movimientos de la materia. Como hemos visto, es preciso abordar sus leyes con criterio sistémico, de irregularidad, fragmentación e irreversibilidad, de dimensión fraccionaria. Ya estamos operando con modelos matemáticos de nuevo tipo, y aún así existen zonas cuyas trayectorias son difíciles de prever, pues los procesos irrumpen con toda su riqueza. El caos es funcional y en él actúan atractores extraños subyacentes al sistema capitalista, con su carácter de no equilibrio. Es preciso establecer el sentido de las discrepancias entre lo que predicen los gurúes de la economía y lo que sucede en la realidad.

En el sistema, entre el caos no lineal y su tema conexo, la autoorganización, ambos reconocen que cuando se trabaja con semejante complejidad, hasta el más pequeño acontecimiento tiene un significado intrínseco profundo.

La intuición que tenemos acerca del infinito y de lo ilimitado deviene gracias al concepto tradicional del tiempo y de la división de las magnitudes, pero ya Mandelbrot (7) abordó este tema desde un punto de vista complejo creando como resultado una nueva geometría, a la que llamó fractal y con la que pretendió explicar el caos en el sistema, obteniendo como conclusión que el caos mantiene una estructura ordenada dentro de sí mismo y que además se comporta de acuerdo a la globalidad estructural.

El concepto de atractor extraño actúa como órgano de la denominada contradicción fundamental del sistema capitalista. Ya hemos dicho que el saqueo a través de los organismos financieros internacionales, el lavado de dinero procedente del narcotráfico, el tráfico de armas, la guerra y otros arbitrios, aparentemente, no forman parte del texto canónico de la economía capitalista, pero que se han agregado desde siempre a los mecanismos clásicos de acumulación, obtención de plusvalía y superganancias y son funcionales al sistema. El comienzo de esta metodología –si así se la puede llamar- se remonta al descubrimiento de América y a la expropiación que sufrieron los campesinos en los albores del capitalismo.

Lo fractal y la alienación son manifestaciones del no-equilibrio inherente al propio sistema, y la teoría del valor-trabajo, aún sin los elementos actuales reflejaba ya en tiempos de Marx esa modalidad estructural y funcional. Pese a los deseos del premio Nobel de economía Stiglitz, las recomendaciones del “gran intelecto-estadista” internacional que fue lord Keynes, ya no pueden aplicarse porque –entre otros motivos- ha finalizado la era del capitalismo de Estado, y la actual etapa de la globalidad ha incorporado al sistema nuevos atractores extraños que profundizan la contradicción fundamental capitalista. El afán de lograr una mayor concentración de capital frente al notorio descenso de la cuota y masa de plusvalía mundiales los lleva a saquear inmisericordemente a los países más débiles y a las capas más desposeídas de sus propios países, a inflar burbujas financieras cada vez mayores, pero a su vez esto produce en el sistema un enorme desequilibrio que se traduce en una clarísima contradicción entre la función de ordenar la sociedad a partir del discurso legitimador del sistema, y la realidad caótica, que marcha hacia el reemplazo del principio de legitimidad por otro acorde con la nueva situación. El conocimiento y la ciencia en general avanzan a pasos agigantados, se está produciendo una revolución informática sin precedentes, pero al mismo tiempo hay una contrarrevolución financiera.

Los dirigentes políticos burgueses a veces ganan elecciones pero casi de inmediato caen en un descrédito sin precedentes –ver, sin ir más lejos, el caso Sarkozy- y el ingenio popular ha acuñado muchas expresiones en ese sentido. Hay una que dice que la política burguesa es como el vidrio de una ventana. Por más que lo limpies, siempre la basura está del otro lado. Juan Domingo Perón, en su Manual de conducción política(8) decía que ya no existe el óleo sagrado de Samuel –aquel por el cual los reyes del antiguo Israel eran ungidos como tales- sino que hay que estudiar para ejercer la función pública, y principalmente estudiar economía. Salvo el caso de los Kirchner, este consejo fue desoído por algunos de los seguidores de Perón, que solamente aspiraron al poder por el poder mismo. Nos asombra escuchar, por ejemplo, de la boca de Duhalde, decir que no entiende nada de economía y otros que ni siquiera se confiesan. Pero me ha asombrado que, un filósofo en general bien ubicado políticamente, como Ricardo Foster, diga que no entiende nada de este tema. Solía decir Lenin que la política es la economía concentrada ¡a meterse de cabeza en la economía política, muchacho!

El sistema y su legitimización

El discurso legitimador constituye la forma en que se expresa, en la superestructura, el principio de legitimidad, principio que constituye el contenido y se asienta en la base del sistema, en su estructura productiva. A medida que la base objetiva, dadora del principio de legitimidad del sistema, se divorcia del discurso legitimador, subjetivo, entra en crisis la propia gobernabilidad estatal del sistema dado. Pero es sabido que la forma es más conservadora que el contenido, por lo que si bien el principio de legitimidad no tiene ya sustento en la actual estructura, el discurso de legitimación trata de mantenerlo en vigencia.

El discurso legitimador como relación social es parte de la ideología, un proceso complejo que moldea y determina la estructura de la opinión pública, y ésta, como retorno o feed back, demanda los contenidos de esos mismos medios, produciéndose así un perverso proceso de involución y de degradación en la conformación de la opinión pública, por el cual el pensamiento racional es sustituido por un individualismo extremo y un pensamiento grosero, frívolo e imbécil, que hace humor de cuarta, cree que todo lo bueno proviene desde afuera, que la felicidad reside en Disneylandia. A esta tendencia, en Argentina se la ha denominado tinelización, en homenaje al programa de Tinelli, Videomatch.

El principio de legitimidad que han ostentado dirigentes como Alfonsín, Menem, Duhalde o de la Rúa, se ha basado en la retroactividad de aquel equilibrio pendular que lograba Perón y que no puede ejercitarse más y es una de los efectos de la actual lucha que se está dando hacia el interior del bloque dominante argentino.

La antigua teoría del equilibrio -como es sabido, la teoría del equilibrio general había sido formulada por León Walras- ya había sucumbido antes de la aparición de Keynes, y como admite el mencionado Stiglitz, sólo la guerra había sacado al mundo de la calamidad económica.

En estos momentos se repite un tipo de problema que preocupó a Keynes y otros economistas hace más de sesenta años: una insuficiencia global de demanda agregada o crisis de superproducción.

Unos pocos países –entre los que se destaca China, como hemos dicho- poseen excedentes masivos de capital genuino y en la práctica, tienen superávit y colocan la diferencia en reservas internacionales. Los chinos han pasado a ser el taller del mundo y ello implica que sean generadores de capital genuino, pues éste sólo puede ser creado a través del trabajo. Los Estados Unidos, ya hace ocho años, según el Wall Street Journal del 6 de junio del 2002, empleaban el 84 % de la producción económica del país en el sector servicios, sector que sólo redistribuye el nuevo capital creado, pero no tiene la capacidad de reproducirlo y ampliarlo.

Keynes había pretendido, con medidas políticas y escamoteos monetaristas –a través de un capitalismo de Estado que luego se respaldaría en el FMI y el Banco Mundial, organismos que el propio Keynes fundó- conjurar las crisis de superproducción y aun la crisis general del capitalismo, intentando terminar con los procesos cíclicos. Vano intento, pues la política anticíclica keynesiana consiguió prolongar el fenómeno de aparente equilibrio en la superficie, pero finalmente los atractores extraños siguieron actuando y se acentuó la no linealidad y el caos.

La creación de moneda y medios de pago -sin respaldo en la creación de valor, es decir, sin respaldo suficiente en la capacidad productiva, ausente la creación de mayor valor y por ende mayor capital genuino- sumada a la contradicción entre producción social y apropiación privada, ahora desemboca en un caos con acumulación de elementos combustibles a gran escala.

Recordemos que el mundo se ha fogoneado con la sangre y los huesos de miles de millones de sometidos. El enfrentamiento violento entre sus ideales –recogidos sobre todo a partir del cristianismo, del renacentismo, del socialismo utópico, del comunismo- y el propio sistema socioeconómico con su urdimbre de irracionalidad, impulsaba a que la capacidad creadora del hombre soñara con otras metas, ayudaba a que los economistas se acercaran no sólo a los números sino también a los grandes problemas sociales de la época.

Entre las denominadas grandes "leyes" de la economía burguesa clásica se hallaban las de la libre competencia, la del libre cambio, la libertad de comercio. Eran constructos mentales basados en los deseos y vulgarizaciones de los capitalistas y a fuerza de ser proclamadas se convirtieron en verdades reveladas. Gunnar Myrdal escribía que en el siglo XIX, al hablar en nombre de su ciencia, los economistas estaban ventilando puntos de vista de lo que consideraban socialmente imperativo. Basándose en sus descubrimientos científicos -agregaba- trataban de determinar el sentido de aquello que resultaba económicamente una aspiración justiciera, de la misma forma en que se oponían a ciertas políticas con la afirmación de que su realización disminuiría el bienestar general o implicaría descuidar (o hasta infringir) leyes económicas.

Aun cuando no sea expresado taxativamente, sus conclusiones aparecían como queriendo dictar leyes a la naturaleza, pero en realidad se trataba de la elaboración del discurso legitimador del sistema, discurso que, de entrada, mantenía una contradicción con el propio principio de legitimidad.

De todas maneras, los economistas clásicos tenían cierta noción de la filosofía de la historia pero no vieron o no quisieron ver la posibilidad de utilizar el análisis económico científico como herramienta fundamental en cuanto a entender la producción y reproducción del propio ser humano.

Ninguno de ellos avanzó más allá de ciertas constataciones y correspondió a Carlos Marx ubicar, por primera vez, el sistema de contradicciones que impulsaba las leyes del desarrollo y posterior defunción del capitalismo.
El trabajo abstracto y la ley del valor

El ser humano, homo creator, responsable de su propia formación, resultaba producto de su trabajo y de su realización, y a través de ésta devenía en ser social. El hombre, hacedor de su historia y único capaz de cambiarse a sí mismo y cambiar la sociedad, cambiaba al mismo tiempo las relaciones de producción. La fuerza de trabajo era una mercancía que se vendía y se compraba en el mercado y que tenía el don de llevar implícito el trabajo abstracto. Marx utilizaba aquella categorización hecha por Aristóteles entre praxis y poiesis, agregándole la distinción de Adam Smith, entre valor de uso y valor de cambio.

A esta caracterización del hombre se la denominó homo faber, y en ella según Max Scheler estribaba la antropología naturalista y la positivista o pragmatista, por la que el ser humano no diferiría del animal y habría sólo una diferencia de grado, no de esencia. El ser humano sería solamente un animal evolucionado, y las relaciones económicas serían su sustento, por lo cual constituiría un ser económico, un fabricador de objetos.

Ya en su tiempo, a raíz de las acusaciones de economicismo, Engels (9) escribió que “según la concepción materialista de la historia el factor que en ultima instancia determina la historia es la producción y reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda”.

La teoría de Marx constituyó en su momento la única ciencia social que alcanzara rigurosidad metodológica y por lo mismo poseyó una fuerza de penetración sin precedentes. La ley del valor o la teoría del valor trabajo ya había sido enunciada con antelación, pues de ella se partía para sentar la doctrina del derecho natural en el que la propiedad privada se legitimaba mediante el trabajo. La famosa ley del valor que en una economía de reproducción simple podía considerarse como un punto de partida para una teoría de los precios relativos, pasó, en el pensamiento marxista y en el desarrollo capitalista del sistema, a ser considerada la piedra de toque de la historia.

Marx comenzó por definir al trabajo como el conjunto de la capacidad de producción y reproducción de una sociedad. El valor de cada bien constituía la materialización de una porción de trabajo abstracto. Al margen del precio que ese bien pudiese tener en el mercado, para la comunidad su valor era otorgado por esa porción de trabajo abstracto.

La dicotomía entre valor de uso y valor de cambio explicaba este fenómeno. El valor de uso del trabajo se hallaba constituido por la capacidad creadora de valor del trabajo abstracto, en tanto que su valor de cambio era el precio de venta de la fuerza de trabajo, es decir, el salario que percibía el obrero.

El significado de tal diferencia es grande. El trabajo constituye la única actividad humana capaz de crear valor, y así, siendo su precio el salario, puede entenderse que el valor de los bienes está dado por lo que ellos significan en remuneraciones salariales. Queda claro que el valor es creado por aquella porción de trabajo socialmente necesario que se incorpora al bien, porción que no equivale a la cantidad de fuerza de trabajo que el trabajador vende a su patrón, siempre mayor, y no remunerada sino en parte.

El trabajo es la única fuente del producto social, es decir, corresponde a la cantidad de valor que la sociedad crea en determinado período. Considerada una cantidad de recursos naturales y de equipos correspondientes para producir, el trabajo pasa a ser el único factor de producción, constatándose que el nivel de producción estará determinado por la cantidad de trabajo realizado.

El trabajador individual vende su fuerza de trabajo, fuerza que constituye la fuente de toda aquella masa de trabajo social. Es decir que sólo existe una fuente de trabajo socialmente útil, que es la fuerza de trabajo del asalariado. La capacidad productiva de una sociedad es la de la fuerza de trabajo individual de miles de obreros, que luego se hace trabajo social. De esa forma, basta con comparar el producto líquido social con la masa de salarios pagados, para definir la cantidad de plusvalía que corresponde por el fruto del trabajo no pagado a los obreros.

La transición efectuada por Marx desde el plano general (masa del trabajo social) hacia el plano individual (fuerza de trabajo de cada obrero) ha sido señalada por muchos autores como un error lógico o un recurso que permitiera justificar cierto razonamiento, a partir del concepto que manejaban los economistas clásicos, quienes definían a la productividad social como el producto total por unidad de tiempo de ocupación de la fuerza de trabajo de la sociedad dada.

Pero precisamente el meollo –no siempre suficientemente entendido- de la teoría marxista estriba en descartar la unidad convencional o cronológica de tiempo a los fines de calcular la productividad, reemplazándola por el concepto de tiempo de trabajo necesario y plustrabajo.

La reposición de la fuerza de trabajo que ello implica se realiza, sólo en apariencia, en forma individual o singular, medida en días y horas. En realidad, la fuerza de trabajo como categoría no se expresa en el esfuerzo personal de cada trabajador, ni es la sumatoria de muchas fuercitas individuales. Debe considerarse como una sola fuerza social compleja, que el sistema temporiza en cada elemento, temporiza en la energía creativa de cada obrero a través de las generaciones y de los cambios sistémicos, y que una vez concretizada constituye el nexo fundamental entre cada uno de los elementos y de estos con el sistema y el entorno o naturaleza, y por lo cual las relaciones de producción no son divisibles individualmente. El tiempo de trabajo es una categoría importantísima, pues por ella el tiempo penetra el sistema social, por ella el sistema reduce su creciente complejidad, y fundamentalmente, por ella se sostiene.

El elemento es sólo un punto de intersección o de interferencia, y la masa del trabajo social sólo se materializa en forma macroeconómica, en el proceso de creación de valor social.

Hay una diferencia entre el producto resultante del trabajo y el que deriva del aumento de la productividad. El primero constituye una fuente de valor, y el segundo no. El trabajo no solamente es la única fuente de valor sino que también tiene la capacidad de trasmitir a su producto el valor de los medios de producción incorporados al mismo.

Si bien la misma cantidad de trabajo agrega a su producto solamente la misma suma de valor nuevo, el valor del capital preexistente, trasmitido por el trabajo a los productos, aumenta con la creciente del trabajo. El adelanto de la técnica permite al trabajador controlar mayor cantidad de equipos, materias primas, innovaciones, y producir más por unidad de recursos utilizados. Aumenta asimismo el producto real por unidad de trabajo. Por consiguiente, el valor creado por el trabajo, directamente, no puede aumentar. Es que como consecuencia del avance de la técnica, el valor de la unidad física de producción tiende a declinar en la medida en que aumenta la productividad del trabajo.

La diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y la capacidad de la misma para crear valor, es lo que define la magnitud de la plusvalía. Ahora bien, el valor de la fuerza de trabajo está dado por su precio de producción, esto es, por el precio de los bienes necesarios para mantener y reproducir a la clase obrera.

De acuerdo a esta teoría de los precios, estos, una vez en el mercado, no tienden a fijarse en torno al valor sino al precio de producción. En el primer caso, se computa la tasa de plusvalía, mientras que en el segundo, el cómputo es realizado sobre la base de la tasa media de ganancia. A pesar de todo, el precio de producción es solamente el precio de la oferta. Los factores que actúan del lado de la demanda pueden hacerlo subir o bajar según pinte la situación en el mercado del trabajo, en donde el precio de la fuerza de trabajo puede ser más alto o más bajo y, por consiguiente, la masa de plusvalía podrá ser menor o mayor.

Dentro de una sociedad determinada, es posible establecer el máximo de la plusvalía que los capitalistas puedan lograr en un período de tiempo dado. Ese máximo depende del salario de subsistencia fisiológica, y Marx admite que en condiciones corrientes, los salarios están por encima de ese nivel, ya que en los mismos existe un componente histórico que integra el mínimo psicológico.

Mediante esta teoría de la plusvalía, Marx –hasta donde le era posible, dado el nivel alcanzado por la ciencia y por el propio desarrollo de la sociedad- dio fundamento científico a su doctrina de la lucha de clases. Al constatar que la producción tiene carácter social, ya que la única fuente creadora de valor es el trabajo aplicado en cada actividad de acuerdo a la técnica predominante, y que la apropiación tiene carácter privado, ya que la fuerza de trabajo es vendida como mercadería a los propietarios de los medios de producción, identificó la relación de producción del sistema capitalista.

Así, los que producen se ven impedidos de apropiarse del fruto completo de su trabajo, debiendo conformarse con negociar su fuerza de trabajo con quienes poseen el monopolio de los instrumentos de producción. De este modo, los dos grupos sociales se encuentran en un irreconciliable antagonismo, y el choque entre estos intereses encontrados o los atractores extraños que actúan en el sistema, constituyen la fuerza motriz y dirección principal.

Notas:
1) Lenin V.I., Obras Esc., T 2 , ed. Progreso, Moscú, 1982
2) Torres Roggero Jorge, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Silabario, Córdoba (Argentina), 2002
3) Zizek Slavoj, El espinoso sujeto, Paidos, Bs.As., 2001
4) Bahro Rudolf, La alternativa, Alianza, Madrid, 1980
5) Llona M. Ismael, La Nación (Chile) Opinión / Martes 30 de Noviembre del año 2004
6) John Maynard Keynes: The Economist as Saviour 1920-1937, Robert Skidelsky, Papermac.
7) Benoit Mandelbrot: The Euclid of Fractal Geometry: The Euclid of Fractal Geometry. Mathematics teacher, ISSN 0025-5769, Vol. 93, Nº 8, 2000
8) Perón Juan D., "Conducción Política", Ediciones Freeland, Buenos Aires, 1974.
9) Marx Carlos y Engels, Federico, Obras Escogidas en dos tomos, ed. Progreso, Moscú, 1955

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Música. Desde Santiago del Estero, Argentina: La chacarera

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La chacarera es un baile popular del noroeste argentino, tanto cantado (en español y/o en quechua) como instrumental. Pertenece al grupo de danzas picarescas, de ritmo ágil y carácter muy alegre y festivo, ejecutado habitualmente con guitarra, bombo legüero y violín.

Gozó de la aceptación del ambiente rural y también de los salones cultos del interior hasta fines del siglo XIX, abarcando todo el país excepto el litoral y la Patagonia. Es uno de los pocos bailes vigentes, es decir, que aun se baila especialmente en la provincia de Santiago del Estero -donde se arraigó con gran fuerza- y en las de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja y Córdoba; su difusión abarca por lo tanto, los ámbitos del noroeste de Argentina, parte del Chaco y casi toda la región central.

Se baila por parejas que danzan libremente (pero en grupo) con rondas y vueltas.

Pocos testimonios escritos nos documentan los orígenes de la chacarera, pero se cree que se bailó después de 1850 en las provincias del norte, centro y oeste de Argentina. Según la tradición oral nace en Santiago del Estero; además, el hecho de existir en esta provincia chacareras en verso quechua establece un factor más que acentúa esta visión. La primera versión musical la dio el compositor Andrés Chazarreta en 1911.

Musicalmente consta de cuatro frases en las cuales se cantan las coplas y un interludio que es solamente instrumental, intercalado después de la primera y segunda copla, y que también sirve de introducción Este interludio presenta una característica coreográfica, ya que puede durar seis u ocho compases, y como corresponde a la figura de vuelta entera, varía de la misma forma la duración de ésta.

En la coreografía se introduce una figura especial que es el avance y retroceso, que consta de cuatro compases. Al igual que en casi todas las danzas populares del interior de Argentina, la chacarera consta de dos partes: la segunda se baila idéntica a la primera, pero invirtiendo como es característico, la posición inicial.

A título de ejemplo, aquí presentamos distintas versiones de chacareras.



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Cuatro cuentos cortos

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

1. Crisis: ¿apocalipsis orita?

Apocalipsis ahora es el título de una película protagonizada por Marlon Brando. Como el lector recordará, se trata del anuncio bíblico del fin del mundo, tal el Apocalipsis, y el filme traslada el escenario a la guerra de Vietnam. Y resulta que, si bien ese anuncio no suena hoy tan lejano dada la crisis mundial, el napalm ha sido remplazado por el juego de la oferta y la demanda, atentos a Wall Street. Pues ¿qué otra cosa es la cotización en bolsa sino el valor de las acciones en juego, que a su vez debieran representar el valor actual de las empresas? Muy bien. Dejo el campo de la Economía para evitar riesgos mayores, es decir, que me manden a estudiar Economía.

Otro escenario, que la humanidad pagó bien caro, fue la Alemania de los años treinta. Entrabas a tomarte una cerveza en una cantina y pagabas tan pronto te era servida ¿por qué? Porque al salir de la cantina el precio iba a ser mayor, tal el ritmo inflacionario. De modo que, llegada la crisis, el dinero o las acciones en bolsa valieron tan poco como aquella cerveza. ¿Qué valía entonces? Algo que por los años treinta estaba en franca alza en Europa y se llamaba nazismo, y se llamaba Adolf Hitler. Así, hemos pasado de la Biblia a la Economía y de ésta a la Política. Y la conclusión es obvia: No queremos se repita, no queremos que se vuelvan a crear condiciones favorables a la extrema derecha. Es suficiente con que el Apocalipsis quede anunciado de vez en cuando como fue la guerra de Vietnam allá por los años sesenta y setenta, o como amenaza de guerra nuclear cuando la llamada Crisis de los Misiles en 1962 cuando se enfrentaron las dos superpotencias a las costas de Cuba, o como guerras mundiales en 1914 y en 1939, o como fin del mundo donde cada uno pagará por sus pecados mientras los cuatro jinetes del Apocalipsis asolan el planeta. Es suficiente, no queremos más. Ninguno de esos anuncios se cumplió en el siglo XX pero nos dejó uno nuevo para el siglo XX1 y se llama crisis general del capitalismo, aunque todavía no se le dé esa amplitud. Por ahora, sobrevive el mercado donde la oferta no se pone de acuerdo con la demanda, el productor con el consumidor.

De ponerse de acuerdo ya no sería capitalismo pues éste, si no juega a la competencia, de nada sirve y a nadie sirve. Con poco disimulo, el Estado se asocia a los bancos, al capital financiero. Ahora tiene que salvar a quienes, caídos en el desempleo, compraron casas y no tienen con qué pagarlas. Con una mano el banco presta el dinero, con la otra extiende el recibo. Y por el momento se pospone el Apocalipsis now, esto es, el Apocalipsis orita.

¿A poco no?

2. “Adiós, Nonino”

Se lo vio comer con tantas ganas, con tan buen apetito. Sentado en la cama del hospital, las almohadas sosteniendo su espalda. Inclinó la cabeza. Vomitó todo. Su estómago, a pesar del lavado, seguía siendo suicida.

3. Ayer como hoy, estamos de exámenes. Comer y dormir, filosofía de mi abuelita

Mi abuelita, bueno, mi abuela, no toleraba que se le aplicara un diminutivo, bueno, mi abuela tenía su propia filosofía crudamente materialista. En la vida, decía, hay dos cosas: comer y dormir, lo demás son tonterías de los jóvenes de hoy. Uno de aquellos jóvenes era yo, que ahora voy frisando los 75. Y en aquel entonces, rodeando a nuestra querida abuela, los nietos, sentados en el suelo. Ocurría tal como si la escena fuera copiada de un grabado de época, al centro la sabiduría de cabellos blancos, rodeada de nuestra ligera irreverencia juvenil.

Y no faltaba quien tentara con otro argumento. ¿Y el amor, abuela, el amor no es tan necesario como el pan? Las carcajadas de ella se oían entonces hasta la calle, la gente volvía la cabeza hacia nuestra casa. En aquel entonces, sexo era una palabra grosera, nadie la usaba. Se decía amor, se decía hacer el amor en lugar del hoy tener sexo. Y de amor se podía morir, insistía el nieto que había provocado la hilaridad de abue. ¿Abue, dije? ¡Cuidado! Si el diminutivo la molestaba, la abreviación no les cuento. Y en este tema del amor, mi abuela pasaba a la ofensiva con la experiencia propia, nada menos. ¿Saben cómo y cuándo conocí el amor? Todos aguzábamos el oído. Les digo: cuando me casé. Mejor dicho, dijo abuela, cuando mi padre resolvió que era hora de casarme y con quién. El día de la boda conocí a mi esposo… y ustedes me vienen con el amor, me da una risa. Y mi abuela volvía a las obscenas carcajadas y se le movía la panza al compás. Les voy a explicar, dijo finalmente.

Entre las solteras, había dos tipos de mujeres. Las vírgenes y las putas. Nada de categorías intermedias. Y eso se sabía la noche de la boda: si salía sangre que manchaba las sábanas o no. Si sí, el marido se cubría de gloria. Si no, mejor no hablemos. Muchos años después, continuó abue ante el creciente interés del auditorio, mi esposo me confesó que, por si las moscas, tenía su coartada escondida: un frasquito lleno de sangre del cochinillo que habían sacrificado para la boda. Pero, lo juro, no tuvo necesidad de usarlo. Por lo demás, vuestro abuelo me cayó bien desde el primer día, ojalá viviera…

En dos palabras, no quedaban en pie más que el comer y el dormir. Y tal vez sería cosa de incluir en segundo plano ese vergonzante amor de abue por su esposo. Y cerrando la discusión, abue se metía un platazo de borsh entre pecho y espalda, para luego quedarse dormida en la silla.

4. Porque lo digo yo

“Dios confunde a quienes quiere perder”, reza un dicho conocido. ¿De qué manera? Puede que haga ver visiones, los ejércitos del enemigo a la derecha cuando en realidad están desplegados a la izquierda, el bosque que se pone en movimiento para acabar con Macbeth. Es otra sin embargo la manera más frecuente a que Dios echa mano. Dejar que los hombres se crean más de lo que son, mucho más, para lo cual un empujoncito es suficiente, luego ellos solitos se encargarán de perderse.

La soberbia, uno de los siete pecados capitales. Quien se siente ser más, mucho más de lo que es, superior al resto, se come su propio fracaso. Es Goliat frente a David. ¿Qué puede este insecto ante el gigante mil veces más poderoso que él? Otro dicho popular viene a cuento. “Más vale maña que fuerza”. Y mientras Goliat ríe, David usa las armas que posee: la sorpresa, la honda y su excelente puntería. Y ha detectado el talón de Aquiles de Goliat: un gigante ciego vale cero.

La soberbia tiene que ver con la política donde es también pecado capital y se llama: sobrevalorar las propias fuerzas. Y puede aquejar a organizaciones enteras. Pablo Giussani, el periodista argentino, publicó un libro cuyo título es por demás sugerente: “Montoneros, la soberbia armada”. Se refiere a los jóvenes peronistas que en la Argentina de los años setenta hicieron una disidencia dentro de su partido y luego, al sobrevenir el golpe de estado, enfrentaron a la dictadura militar. Gente de izquierda, los montoneros eligieron el camino de las armas y cayeron en el pecado de la soberbia: subestimaron la capacidad de fuego del enemigo y de su manejo de los medios para desacreditarlos políticamente. Y sobre todo, subestimaron las posibilidades y el valor de la sociedad civil, con la cual fueron perdiendo vínculos que, como peronistas, habían llegado a tener al seno del pueblo. Aislados, quedaron fuera de combate.

Es un ejemplo entre tantos. Las organizaciones políticas, estén en el poder o en la oposición, practiquen la lucha armada o las vías electorales, tengan o no un programa avanzado, corren el riesgo de caer en la soberbia, en ocasiones derivada de una excesiva confianza en sí mismos. Creerse depositarios de la verdad. Creerse protagonistas de un proceso irreversible conducido por líderes infalibles, son también buenas maneras de dirigirse al mismo puerto. Creerse a salvo de caer en la soberbia es ya signo de soberbia.

En fin, mucho más podría escribirse pero estas líneas no son el desarrollo del tema, sino algunas referencias que incluyen la experiencia soviética. Nos interesa saber si los cuadros del PCUS habían caído en la soberbia, ceguera moral que Lenin llegó a darle la mayor importancia. Hablaba de “partidos que se han hundido” por ese motivo y prevenía al respecto.

Creo que el estilo Stalin de culto a la personalidad y el abuso del poder, fueron un alto grado de soberbia. Trae aparejado el autoritarismo en este sentido: yo resuelvo porque yo tengo razón. Y si consulto antes de tomar decisiones, es para que ratifiquen mi punto de vista. Ése fue el estilo, incluso bajo Gorby, bien que atenuado. Que tal vez tuviera su antecedente remoto en el zarismo. Al calor de la polémica de los años sesenta, el PCCh acusó a la URSS de practicar el “chauvinismo de gran potencia”. Como era la voz de Mao, el planteo carecía de autoridad pues éste veía “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio”. Pero el PCCh tenía su parte de razón y las rebeliones contra la URSS de la misma China, y en el Este europeo el derribamiento del muro de Berlín y finalmente la desintegración de la propia URSS, son más que elocuentes.

Aquí es preciso citar prácticas a las cuales no se da importancia a pesar del rol que juegan en la coyuntura. Por ejemplo. La modestia en el trato, la consulta permanente al termómetro de los pueblos gobernados, la apertura a lo contingente que rectifica los mejores planes, el respeto a la opinión ajena y al debate, fueron virtudes de los bolcheviques. Se cuenta que Lenin, de regreso en 1917 a Rusia después de años de ausencia en el exilio, tan pronto bajó del tren fue abordado por los camaradas. ¿Debemos lanzarnos a la conquista del poder? Y si así fuera ¿bajo la consigna del socialismo? Y Lenin contestó: No lo sé, aún no he hablado con ningún obrero. Los camaradas rompieron a reír. Pero Lenin se ocupó de aclararles que estaba hablando muy en serio.

Ese espíritu se perdió y en alguna medida la soberbia jugó un rol “auxiliar” en la caída de la URSS. Como falta de democracia, y discurso uniformado en reuniones y congresos. Como “sugerencias” a otras naciones y nacionalidades. Y dando vuelta al guante, como inseguridad y titubeos cuando la correlación internacional de fuerzas se fue inclinando a favor de Estados Unidos. Es clásico en los tocados por la soberbia. Cuando los hechos los contradicen, quedan como desnudos en medio de la calle. Es invierno y no saben qué hacer, han perdido la ropa y todos los miran con sonrisitas hasta que viene la patrulla y se los lleva.

En el caso de la URSS, al volante de la patrulla iba el Presidente Reagan. De copiloto, Juan Pablo II. Supieron cómo hacer las cosas, lo cual significa: se habían creado condiciones para el regreso a los tiempos anteriores a la Revolución rusa, y había quienes hicieran la lectura de esas condiciones. Los resultados fueron tan favorables que los mismos señores de la patrulla quedaron sorprendidos al punto que Reagan comentó refiriéndose a Gorby: “Yo no lo habría hecho mejor.”

En fin, la historia de la soberbia en política da para mucho, impone una tranquila reflexión de quien no busca tener razón a toda costa, sino dar vías al conocimiento, una tranquila reflexión todavía por hacerse.

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