viernes, 23 de abril de 2010

La ola de perfume verde

Roberto Arlt

Yo ignoro cuáles son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella noche, dejando los naipes sobre la mesa, exclamó:

-¿Ya apareció el espantoso mal olor?

El olfato del profesor Hagenbuk había siempre funcionado un poco defectuosamente, pero debo convenir que no éramos nosotros solos los que percibíamos ese olor en aquel restaurant de después de medianoche, concurrido por periodistas y gente ocupada en trabajos nocturnos, sino que también otros comensales levantaban intrigados la cabeza y fruncían la nariz, buscando alrededor el origen de esa pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de clavel.

El dueño del restaurant, un hombre impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos conspicuos que toda la noche bebían y discutían de pie frente a él, abandonó su flema, y, dirigiéndose a nosotros -desde el mostrador, naturalmente-, meneó la cabeza para indicarnos lo insólito de semejante perfume.

Luis y yo asomamos, en compañía de otros trasnochadores, a la puerta del restaurant. En la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo. La gente, detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de la calzada, levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes, semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones. El fenómeno en cierto modo resultaba divertido y alarmante, llegando a despertar a los durmientes. En las habitaciones fronteras a la calle, se veían encenderse las lámparas y moverse las siluetas de los recién despiertos, proyectadas en los muros a través de los cristales. Algunas puertas de calle se abrían. Finalmente comenzaron a presentarse vecinos en pijamas, que con alarmante entonación de voz preguntaban:

-¿No serán gases asfixiantes?

A las tres de la madrugada la ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor clavel-petróleo fuera determinada por la emanación de un gas de guerra, se había desvanecido, debido a la creencia general en nuestro público de que los gases de guerra son de efecto inmediato. Lo cual contribuía a desvanecer un pánico que hubiera podido tener tremendas consecuencias.

Los fotógrafos de los periódicos perforaban la media luz nocturna con fogonazos de magnesio, impresionando gestos y posturas de personas que en los zaguanes, balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus salidas de baño o pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.

Lo más curioso del caso es que en este alboroto participaban los gatos y los caballos. "Xenius", el hábil fotógrafo de "El Mundo" nos ha dejado una estupenda colección de caballos aparentemente encabritados de alegría entre las varas de sus coches y levantando los belfos de manera tal, que al dejar descubierto el teclado de la dentadura pareciera que se estuviesen riendo.

Junto a los zócalos de casi todos los edificios se veían gatos maullando de satisfacción encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los flancos contra los muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los perros también participaban de esta orgía, pues saltando a diestra y siniestra o arrimando el hocico al suelo corrían como si persiguieran un rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al suelo, la lengua caída entre los dientes.

A las cuatro de la madrugada no había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera, ni la fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores iluminados. Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos encontrábamos a comienzos del verano. La luna lucía su media hoz de plata amarillenta, y los gorriones y jilgueros aposentados en los árboles de los paseos piaban desesperadamente.

Algunos ciudadanos que habían vivido en Barcelona les referían a otros que aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores, donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas que circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde había loros, éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario taparse los oídos o estrangularles.

-¿Qué sucede? ¿Qué pasa? -era la pregunta suspendida veinte veces, cuarenta veces, cien veces, en la misma boca.

Jamás se registraron tantos llamados telefónicos en las secretarías de los diarios como entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la mañana era imposible obtener una sola comunicación; los hombres, con la camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los auriculares. Las calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos de las comisarías se llenaban de visitantes distinguidos, jefes de comités políticos, militares retirados, y todos formulaban la misma pregunta, que nadie podía responder:

-¿Qué sucede? ¿De dónde sale este perfume?

Se veían viejos comandantes de caballería, el collar de la barba y el bastón de puño de oro, ejerciendo la autoridad de la experiencia, interrogados sobre química de guerra; los hombres hablaban de lo que sabían, y no sabían mucho. Lo único que podían afirmar es que no se estaba en presencia de un fenómeno letal, y ello era bien evidente, pero la gente les agradecía la afirmación. Muchos estaban asustados, y no era para menos.

A las cinco de la mañana se recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe, Paraná y, por el Sur, de Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay dando cuenta de la ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las estaciones hervían de gente que, con la arrugada nariz empinada hacia el cielo, consultaban ávidamente la fragancia del aire.

En los cuarteles se presentaban oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El ministro de Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y cuarto de la mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió a citar a los químicos de todas las reparticiones nacionales, a las seis de la mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me presenté en la redacción del diario; cierto es que estaba con licencia o enfermo, no recuerdo bien, pero en estas circunstancias un periodista prudente se presenta siempre. Y por milésima vez escuché y repetí esta vacua pregunta:

-¿Qué sucede? ¿De dónde viene este perfume?

Imposible transitar frente a la pizarra de los diarios. Las multitudes se apretujaban en las aceras; la gente de primera fila leía el texto de los telegramas y los transmitía a los que estaban mucho más lejos.

"Comunican que la ola de perfume verde ha llegado a San Juan."

"De Goya informan que ha llegado la ola de perfume verde."

"Los químicos e ingenieros militares reunidos en el Ministerio de Guerra dictaminan que, dada la amplitud de la ola de perfume, ésta no tiene su origen en ninguna fábrica de productos tóxicos."

"La Jefatura de Policía se ha comunicado con el Ministerio de Guerra. No se registra ninguna víctima y no existen razones para suponer que el perfume petróleo-clavel sea peligroso."

"El observatorio astronómico de La Plata y el observatorio de Córdoba informan que no se ha registrado ningún fenómeno estelar que pueda hacer suponer que esta ola sea de origen astral. Se cree que se debe a un fenómeno de fermentación o de radioactividad."

"Bariloche informa que ha llegado la ola de perfume."

"Rio Grande do Sul informa que ha llegado la ola de perfume."

"El observatorio astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza a la velocidad de doce kilómetros por minuto."

Nuestro diario instaló un servicio permanente de comunicación con estación de radio; además situó a un hombre frente a las pizarras de su administración; éste comunicaba por un megáfono las últimas novedades, pero recién a las seis y cuarto de la mañana se supo que en reunión de ministros se había resuelto declarar el día feriado. El ministro del Interior, por intermedio de las estaciones de radios y los periódicos, se dirigía a todos los habitantes del país, encareciéndoles:

1° No alarmarse por la persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado, se presume absolutamente inofensivo.

2° Por consejo del Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los trastornos que puede originar la ola de perfume.

Lo que resulta evidente es que el día 15 de septiembre los sentimientos religiosos adormecidos en muchas gentes despertaron con inusitada violencia, pues las iglesias rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los predicadores no era "estamos en las proximidades del fin del mundo", en muchas personas se desperezaba ya esta pregunta.

A las nueve de la mañana, la población fatigada de una noche de insomnio y de emociones se echó a la cama. Inútil intentar dormir. Este perfume penetrante petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias con tal violencia, que terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro cierta ansiedad crispada. Las personas se revolvían en las camas impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante, que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor aromático. Muchos comenzaban a experimentar los primeros ataques de neuralgia, que en algunos se prolongaron durante más de sesenta horas, las farmacias en pocas horas agotaron su stock de productos a base de antitérmicos, a las once de la mañana, hora en que apareció el segundo boletín extraordinario editado por todos los periódicos: el negocio fue un fracaso. En los subsuelos de los periódicos grupos de vendedores yacían extenuados; en las viviendas la gente, tendida en la cama, permanecía amodorrada; en los cuarteles los soldados y oficiales terminaron por seguir el ejemplo de los civiles; a la una de la tarde en toda Sudamérica se habían interrumpido las actividades más vitales a las necesidades de las poblaciones: los trenes permanecían en medios de los campos... con los fuegos apagados; los agentes de policía dormitaban en los umbrales de las casas; se dio el caso de un ladrón que, haciendo un prodigioso esfuerzo de voluntad, se introdujo en una oficina bancaria, despojó al director del establecimiento de sus llaves e intentó abrir la caja de hierro en presencia de los serenos que le miraban actuar sin reaccionar, pero cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se quebró y cayó amodorrado junto a los otros.

En las cárceles el aire confinado determinó más rápidamente la modorra en los presos que en los centinelas que los custodiaban desde lo alto de las murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se les metía en una "especie de aire verde por las narices" y se dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó el perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos la sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero sumamente espeso, de aire verde.

Las únicas que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores, saliendo de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los ratones.

A las tres de la tarde respirábamos con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un sofá de mi escritorio, miraba a través de los cristales al sol envuelto en una atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi sillón, pensaba que millones y millones de hombres íbamos a morir, pues en nuestra total inercia al aire se aprecia cada vez más enrarecido y extraño a los pulmones, que levantaban penosamente la tablilla del pecho; luego perdimos el sentido, y de aquel instante el único recuerdo que conservo es el ojo bizco del profesor Hagenbuk mirando el sol verdoso.

Debimos permanecer en la más completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos la total negrura del cielo estaba rayada por tan terribles relámpagos, que los ojos se entrecerraban medrosos frente al ígneo espectáculo.

El profesor Hagenbuk, de pie junto a la ventana murmuró:

-Lo había previsto; ¡vaya si lo había previsto!

Un estampido de violencia tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa de hendir un rascacielos, y el edificio se desmoronó por la mitad, y al suceder el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior del edificio con los pisos alfombrados colgando en el aire y los muebles tumbados en posiciones inverosímiles.

Fue la última descarga eléctrica.

El profesor Hagenbuk se volvió hacia mí, y mirándome muy grave con su extraordinario ojo bizco, repitió:

-Lo había previsto.

Irritado me volví hacia él.

-¿Qué es lo que había previsto usted, profesor? -grité.

-Todo lo que ha sucedido.

Sonreí incrédulamente. El profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí una libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:

"Descripción de los efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre las poblaciones de la Tierra."

-¿Qué es eso de los hidrocarburos cometarios?

El profesor Hagenbuk sonrió piadosamente y me contestó:

-La substancia dominante que forma la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de un cometa.

-¿Y por qué no lo dijo antes?

-Para no alarmar a la gente. Hace diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno, pero..., a propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome treinta tantos de nuestra partida.

Aunque no lo crean ustedes, yo quedé sin habla frente al profesor. Y estas son las horas en que pienso escribir la historia de su fantástica vida y causas de su no menos fantástico silencio.

Roberto Arlt: escritor y periodista argentino, 1900-1942. Entre sus obras más importantes se encuentran: El juguete rabioso, Los siete locos, El jorobadito, Saverio el cruel.

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Armas y letras

Jorge Majfud (Jacksonville University. Desde Estados Unidos. Especial para Argenpress Cultural)

Quizás América Latina sea la región del mundo donde de forma más recurrente se dio la doble condición de hombres de armas y de letras, tópico de la España de Cervantes.

Incluso el mítico cacique rebelde, Tupac Amaru II, decapitado después del tormento de un descuartizamiento fallido por parte de cuatro caballos, era un indio con una doble educación. Sabía español, había leído al Inca Garcilaso de la Vega y compartía sus lecturas con el grupo cercano de sus seguidores rebeldes (Fox, 16), lo que recuerda a Ernesto Che Guevara leyendo a Neruda, escribiendo diarios, ensayos y poesía o ensañando francés a sus mal armados guerrilleros. Muchos de los intelectuales aquí considerados han derivado de las letras a la militancia, desde Sandino hasta Rodolfo Walsh, pasando por Ernesto Guevara, Francisco Urondo y Roque Dalton. Dalton confiesa haber derivado a la militancia desde la poesía. Guevara, el médico, tenía a la escritura como una profesión sagrada y así lo reconoce, por ejemplo, en una carta enviada a Ernesto Sábato luego del triunfo de la Revolución cubana. Su padre, Ernesto Guevara Lynch, reconoció que Ernesto leyó desde niño El Quijote pero “los poemas de Neruda le causaron una especial admiración. Esta referencia hispánica al Quijote se repite muchas veces. En su primer viaje, Granados y Guevara sobre su moto reproducen la imagen errante de Quijote y Sancho panza. Muchos años después, cuando parte a su última aventura revolucionaria, les escribe a sus padres reconociendo que “otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”. (Epistolario, 29). Pero este paralelo válido debe entenderse por una cultura dominante que retiene la imagen del Hidalgo de la Mancha antes que la vaga y casi inexistente imagen de una serpiente emplumada. Si bien don Quijote es un justiciero solitario, es el antihéroe, ridículo del que no se esperan lectores convencidos en la validez de sus hazañas, más allá de la aventura literaria, sino todo lo contrario: es el ejemplo de los ridículo, no del hombre-dios arribando a una tierra para imponer el orden justo que devuelva la armonía al Cosmos. El mismo viaje que realizan Guevara y Granados lo hicieron dos siglos antes Concolorcorvo y don Alonso, otra imagen del héroe quijotezco.

No tanto el Neruda de los 20 Poemas de Amor, sino el Neruda vibrante y audaz del Canto General y las Residencias” (Gonzáles, 70). El mismo Guevara fue autor de algunos poemas que dio a conocer. En sus discursos públicos, como en el que dio en la ONU se puede apreciar el ritmo poético de Neruda y se sabe que en medio de sus campañas de guerrillero llevaba libros del chileno. Quienes no dieron este paso radical de compromiso, lo sustituyeron por la militancia política, como Mario Benedetti o le cantaron a esta dualidad común: “a la luz de una fogata Sandino leyendo El Quijote” (Cardenal, Canto, 47). Cardenal insistirá luego con la misma idea: “Sandino no tenía cara de soldado, / Sino de poeta convertido en soldado por necesidad” (Cardenal, Antología, 13). Más tarde, en “Netzahualcoyotl”, el poeta católico les canta a los dioses americanos y revela ese origen ancestral, mito del poeta justiciero. “El Rey dice: ‘y / soy un cantor…’ / El Rey-poeta, el Rey-filósofo (antes Rey-guerrillero) / cambió su nombre ‘León-Fuerte’ por ‘Coyote-Hambriento”. […] “derrocó tiranos y juntas militares” (Antología, 180). Más adelante poetiza el paso de “un Estadista-poeta, cuando había democracia en Texcoco”, caminando bajo los aguacates; va con Moctezuma I y otros poetas […]

Oh, Moctezuma
solo entre las pinturas de tus libros
perdurará la ciudad de Tenotchitlán
el poder decir unas palabras verdaderas
en medio de las cosas que perecen. (181)

Cien años antes de Don Quijote, el conquistador y aventurero Hernán Cortés se embriagaba de literatura en la Universidad de Salamanca, donde no fue un buen estudiante. Como el justiciero reparador de La Mancha, Cortés leyó novelas de caballería y fabulosos relatos del descubrimiento de América. No lo llamaba la justicia ni el compromiso, sino la aventura y la ambición. Conquistó una civilización infinitamente superior a sus fuerzas y se convirtió en uno de los best-sellers literarios de la Europa de su época.

Esta antigua condición del hombre de “armas y letras” que se reproduce en América Latina, en casi todos los casos las letras precede a las armas o al compromiso. Pero el escritor comprometido contemporáneo está definitivamente marcado por el humanismo prometeico —libertad, igualdad, progresión— y el paradigma prehispánico: sacrificio y recreación de la humanidad.

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27 de febrero: Un hito en la historia actual

Margarita Schultz (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lo que debía proteger
Desampara
Lo que debía asegurar
Provoca dudas
Lo que debía soportar
Flaquea
Lo que debía exponerse
Llegó oculto
Lo que debía anticiparse
Sorprende
Lo que debía continuar
Se interrumpe
Y de pronto
En un despreciable fragmento de tiempo
La vida cambia de signo

El 27 de febrero a las 3:34 de la madrugada, fue el sismo en Chile.

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José Ernesto Schulman, Argentina en la memoria

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Por suerte alcanzan los asombros. Por suerte, siempre hay palabras y gentes que se salvan, y nos salvan. Por suerte, en estos tiempos de virtualidades llegan palabras que eclipsan las cotidianidades y entonces, aparecen las posibilidades del encuentro.

Precisamente por esas casualidades de la web llegué hasta algunos textos de José Ernesto Schulman, su nombre me liga a mis propios recuerdos y a las conversas en el patio de la casa de mi padre, en las que la memoria siempre se vuelve bandera y ritual de presente.

Las crónicas, cuentos, ensayos y poemas recrean la juventud de aquellos que fueron y son, voces imprescindibles, de aquellos jóvenes que se sembraron y que hoy siguen diciendo el necesario futuro que debe nacernos.

El tema de la memoria como reivindicación histórica de los vencidos viene una y otra vez, porque no es posible la libertad sin justicia, porque es imposible el futuro sin saldar las cuentas con el pasado, porque para que haya mañana es necesaria la solidaridad y el recuerdo.

Por eso y más, estas Voces del Sur dicen también los versos de José Ernesto Schulman, que pueden leerse en su blog titulado Las crónicas del nuevo siglo (http://cronicasdelnuevosiglo.wordpress.com).

Secretario nacional de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, entidad fundada en 1937, José Ernesto Schulman, aborda en su poética la canta necesaria del pueblo argentino, de los pueblos latinoamericanos. Sus palabras saben a las noches de los bastones largos y a la noche de los lápices que vino después, tienen sus versos el tacto del agua que no quiso tragarse los cuerpos de una de las dictaduras más cruentas del sur de Nuestra América. Saben sus palabras del dolor irrevocable de los desaparecidos, de la sombra que habitan los padres y los hijos que lloran las ausencias sin tumbas, pero mecidas por la gloria de saberse vivos en la historia.

“Cada globo rojo con cartitas de alumnos de tu escuela dice que cuando nadie se acuerde de los represores, cuando nadie sepa ya el nombre del General de la Nación Santiago Omar Riveros ni tampoco el del otro General Fernando Verplaetsen, cuando ni polvo quede del hueso de tus míseros asesinos, todavía en la Argentina se acordarán de vos, el Negrito Avellaneda, y habrá plazas y habrá escuelas con tu nombre. / Y por las calles polvorientas de algún barrio pobre de la zona norte del Gran Buenos Aires, un niño correrá con un globo rojo en la mano y una remera que diga tu nombre en el pecho, que viene ser el lugar del corazón. / O sea, el Negrito Vive”.

(Un cielo para el Negrito Avellaneda, fragmento)

Son las imágenes que quedaron, las que se salvaron de la hecatombe, las que perviven como trinchera de lucha, como fuego capaz de incendiar e incendiarnos. Son los ojos, los labios, las manos, el sueño de esos que viven en cada gesto, en el tiempo de la resistencia y de la muerte que se niega a morir. Son sus ecos, sus gritos, su tiempo habitando las cotidianidades y los pasos de éstos que somos hoy.

“Será entonces / que no les duele / tu ausencia / sino la dura / presencia / de tu ausencia / Porque hay / presencias vacías / y hay ausencias / que acusan / con más fuerza / que un grito. / Y eso eres, / ahora comprendo, / el grito / indómito / de aquellos / que creyeron borrar / y los hicieron / sueños / de esos que nunca morirán”.

(Quién le teme a Alicia López, fragmento)

Estas ausencias no tienen olvido, porque viven en la exacta dimensión del hombre. No hay tregua ni resquicio, porque queda la memoria iluminando los pasos, los abrazos, la caricia y el tiempo. Y este es tiempo de memoria infinita.

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Aceptar la estupidez o profundizar en el sencillo acto de vivir para observar y preguntar (Parte I)

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

(Texto de la conferencia ¿Por qué quieren matar a Gutenberg? que el autor pronunció el 19 de abril en el Ateneo Jovellanos de Gijón. España).

Introducción.

Mucho más del 50% de las actividades que realizo depende de la Madre Red, es decir, Internet. Es más, todas mis actividades económicas actuales, son obtenidas gracias a trabajos que concreto a través de Internet. Sin embargo, hay un pequeñísimo porcentaje que, aún siendo pequeñísimo, representa el tiempo que dedico a la más importante de todas mis actividades: Pensar.
Y créanme señoras y señores que podrán inventar un móvil cada día, dos nuevos ordenadores por hora y tres programas informáticos por segundo, pero no pienso disminuir ese pequeño e importantísimo porcentaje por nada en el mundo. En esa trinchera, la del pensamiento, me resistiré hasta el final de mis días. E incluso, más allá, sobre todo, si logro compartir tal importancia con algún niño.

Dice Umberto Eco lo siguiente: “Podemos insistir en los progresos de la cultura, que son manifiestos y tocan a categorías sociales que antes estaban excluidas. Pero, al mismo tiempo, hay cada vez más estupidez. Los campesinos de antaño no eran tontos por el hecho de que estuvieran callados. Ser cultos no significa necesariamente ser inteligentes. No. Pero hoy todas esas personas quieren hacerse oír y, por desgracia, en algunos casos, sólo nos hacen sentir su imbecilidad. Por lo cual podemos decir que la imbecilidad de un tiempo no se exponía, no se dejaba reconocer, mientras que la de ahora ofende nuestros días.”
Eso dice Umberto Eco en el libro que realizó con el escritor francés Jean-Claude Carrière: Nadie acabará con los libros. Umberto Eco y Jean-Claude Carrière forman parte del alimento que, desde niño, le entrego a ese pequeño y determinante porcentaje que, para mí, representa el pensamiento. Yo necesito aprender de estos señores, y de muchos otros. Vivos y muertos, pues el conocimiento, cuando se interpreta, nunca muere. Yo no creo en la uniformidad del pensamiento, tampoco en la uniformidad de la interpretación. O, mejor dicho, no creo en ninguna clase de uniformidad. No obstante, paradójicamente, un ejemplo que involucra a Umberto Eco, me hizo reflexionar sobre la uniformidad planetaria a la que, quizá, nos esté llevando la pasividad con la que nos acercamos a Internet. También es cierto que pienso que el problema lo representa la pasividad, mas no Internet.

El ejemplo en cuestión es el siguiente: Descubro en Internet un foro que está discutiendo (bueno, virtualmente discutiendo) una opinión de Umberto Eco que asegura que “Internet es uno de los grandes peligros del futuro”. Como ocurre con todos los foros, cada quien opina no necesariamente luego de pensar. Mayor sorpresa cuando me enfrento al siguiente comentario de un opinador: “Umberto Eco es un dinosaurio y no hay que prestarle atención, porque pronto, como dinosaurio al fin, desaparecerá.”

Primer acto: Apuntes sobre una batalla milenaria.

Tanto en la dominación como en la liberación de los pueblos, la cultura tiene una función más determinante de lo que se suele destacar. Desde las distintas formas de poder, casi se nos hace creer que poco o nada se le presta atención a la cultura. Pero nada más lejos de esa idea. La cultura –y la memoria como vía de interpretación- representa el más estratégico medio de poder para cualquier ejército invasor. Haya sido por las armas o por la paz maquillada de tecnología, todo conquistador ha necesitado destruir la cultura del vencido para imponer la suya, o lo que sería lo mismo: aplastar una realidad para imponer otra. La batalla milenaria entre los fuertes y los débiles se libra en la construcción de realidades. Y tal lucha se gana, bien que lo sabe hoy la industria cultural estadounidense, imponiendo –tanto en guerra como en paz- una cultura. Ya lo afirmó muy bien el investigador venezolano Fernando Báez, autoridad mundial en el campo de la historia de las bibliotecas e integrante de las comisiones que investigan el saqueo cultural en Irak. “Sin destruir libros no se gana la guerra.”
A simple vista podría pensarse que la enemiga del libro es la ignorancia. Pues, si bien es cierto que mucha gente ha comprado la estúpida idea de que el libro es un objeto secreto y peligroso, es importante reafirmar una y otra vez que, en cada periodo histórico, el principal enemigo del libro ha sido una ambición consciente, arrogante y totalizadora (por lo demás proveniente de élites dominantes o que pretenden dominar). Y me refiero al libro como el mejor testimonio interpretativo de la memoria, porque, en el fondo, a lo que apunta el conquistador es a la aniquilación de la memoria.
De su primer viaje a México, el escritor francés Jean-Claude Carrière dice lo siguiente: “Cuando llegué a México la primera vez, en 1964, me dijeron que las pirámides censadas eran varios centenares de miles, pero que sólo trescientas habían sido sacadas a la luz por las excavaciones arqueológicas. Años después le pregunté a un arqueólogo que trabajaba en Palenque cuánto tiempo durarían todavía las excavaciones en ese lugar. Y me contestó: <>. Sin duda – sigue diciendo Carrière-, el mundo precolombino nos ofrece el ejemplo más extremo de un intento de destrucción total de un <>, de cualquier rastro de lenguaje, de expresión, de literatura, es decir, de pensamiento, como si los pueblos vencidos no se merecieran memoria alguna. Montañas de códices se quemaron en Yucatán, siguiendo las órdenes de algún talibán cristiano. Sobrevivieron sólo pocos ejemplares, y lo mismo vale para los Aztecas y los Mayas, a veces en circunstancias extrañas, un códice Maya lo descubrió en París un ojo ejercitado, en el siglo XIX, junto a una chimenea en la que iban a quemarlo. Dicho esto, las lenguas antiguas de América no han muerto. El Náhualt, la lengua de los aztecas, aspira al título de lengua nacional mexicana. Acaba de traducirse a Náhualt Esperando a Godot.
El testimonio de Carrière reafirma que lo importante es lo que pensamos y sentimos. No obstante, quién puede negar que, entre todos los símbolos, la palabra expuesta en papel representa el mejor juego interpretativo entre el pensamiento y los sentidos. Eso lo sabía el poder en los tiempos de Johannes Gutenberg, cuando en 1452 éste da comienzo a la edición de La Biblia de 42 líneas (también conocida como La Biblia de Gutenberg).
Si bien es cierto que la imprenta ya existía en China en el siglo X y llega a Europa en el siglo XV, en el tiempo de Gutenberg (1450), cada impresor fabricaba su papel dejando su marca de agua como firma personal, lo que equivalía a la realización de una impresión única, específica y dificultosa. Ante esta realidad, Gutenberg se lanzó a la elaboración de varias copias, al mismo tiempo, de La Biblia. El resultado fue que el objetivo de Gutenberg se cumplió en menos de la mitad del tiempo de lo que empleaba en copiar una sola de sus copias el más veloz de los monjes del mundo cristiano. Como era de esperarse, estos cambios no fueron del agrado del gobierno ni del clero religioso. Y es que con la imprenta moderna de Gutenberg se le abría las puertas a otras realidades opuestas a las que escribían, en exclusividad, los monjes.
Antes y después de Gutenberg, el mundo ha sido administrado a través de la imposición de una cultura sobre las otras. Hay investigadores que afirman que una de las formas para entender la historia del hombre es a través de la historia de la destrucción de los libros. La biblioclasia, u odio destructivo por los libros, es una acción violenta que ha acompañado al ser humano desde el inicio de la historia, mucho antes de que se conociera el libro impreso que tenemos hoy. De las fuentes recopiladas por el peruano Víctor Coral destaco las siguientes:

• Hacia el año 3000 a.c., en Ebla, una antigua ciudad Siria, existió una biblioteca con alrededor de 15.000 tablillas. Los acadios, bajo la égida del rey Narasim, la destruyeron y prendieron fuego. Paradójicamente fue un asirio, Asurbanipal, el primer gran coleccionista de libros del mundo antiguo. Los asirios probaron hacia el año 612 a.c. su propia medicina: los feroces medos destruyeron la ciudad de Nínive y arrasaron la biblioteca de Asurbanipal.
• La destrucción de la biblioteca de Alejandría, pretensión de aniquilar tanto el pensamiento platónico como el aristotélico; el objetivo de la fiera, probablemente era asesinar todo el mundo griego.
• Por tierras americanas (como ya mencioné antes), la intención de destruir la idea, como símbolo, también hizo estragos. En 1530, el obispo de México, Fray Juan de Zumárraga (1468- 1548), hizo una enorme pira con los códices mayas que pudo requisar, con la idea peregrina de borrar todo el pasado indígena.
• Los siglos que siguieron a la conquista de América no fueron distintos. Durante la Guerra del Pacífico el ejército chileno saqueó e incendió la para entonces –como la define Víctor Coral- nuestra rebosante Biblioteca Nacional.
• La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos también fue víctima de las tropas inglesas, que la quemaron en 1812, según refiere Fernando Báez en su publicación: Historia universal de la destrucción de los libros.
• Durante la Guerra Civil Española, sólo en 1934 las tropas de Franco quemaron más de 25 bibliotecas populares. La casa y la biblioteca particular del poeta Vicente Aleixandre (Nóbel 1977) también fue pasto de la irracionalidad franquista. Joseph Goebbels fue el principal promotor de la quema de libros por parte de las juventudes nazis alemanas. Durante la Revolución Cultural china, la biblioteca de la Universidad de Pekín fue saqueada y conservados únicamente los textos que no se oponían a la ideología maoísta.
• La última destrucción de libros importante, que de manera pública conocemos, fue en las tierras donde se inició esta pretensión de aniquilar la idea, la memoria. En la lejana Sumeria, hoy Irak. Según Fernando Báez, integrante de las comisiones que investigan el saqueo cultural en Irak, “durante el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad, en 2003, se perdieron 15.000 objetos que siguen desaparecidos. Se quemaron aproximadamente un millón de libros y diez millones de documentos en la Biblioteca Nacional. Como si fuera poco, sobrevino el pillaje de los asentamientos arqueológicos, lo que se mantiene todavía. Más de 150 mil objetos se sustrajeron de los asentamientos sólo en 2004. lo peor es que en este robo participaron soldados estadounidenses, británicos e italianos. Y los polacos devastaron las ruinas de Babilonia.” El objetivo de George Bush, como lo ha sido el de todos los conquistadores, fue transculturizar todo el Medio Oriente.

Pero, ¿qué hay detrás de esta fuerza destructiva que pretende borrar el libro, o la idea de evolución humana, de la faz de la tierra?

Fernando Báez dice que “los biblioclastas saben que, sin la destrucción de los libros y documentos, la guerra está incompleta, porque no basta con la muerte física del adversario. También hay que desmoralizarlo. Sin destruir los libros no se termina de ganar la guerra. Y una táctica frecuente consiste en suprimir los principales elementos de identidad cultural, que suelen ser los que más valor proporcionarían para asumir la resistencia o la defensa… Loa asesinos de la memoria parecen tener claro que, como lo advierte George Orwell, quien controla el pasado, controla las opciones futuras.”

Ante este balance que ubica al hombre como fiera que destroza libros, tengo la impresión de que a ninguna forma de poder le conviene la ficción. Cualquier posibilidad de ficción, como la ciencia misma, es una puerta hacia otra realidad, por su parte, toda forma de poder conocida hasta ahora, pretende imponer su visión absolutista de la realidad. Es evidente que el absolutismo del poder niega la multiplicación de la realidad que le propone el arte.

Pero, ¿a qué viene todo este resumen brevísimo sobre la historia de la destrucción de la idea, de la imprenta, del libro? ¿Acaso suponen las llamadas nuevas tecnologías un nuevo saqueo cultural? Y, si es así, ¿a qué cultura se pretende saquear? ¿Quién y por qué quiere matar a Gutenberg?

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La ‘fragmentación’ frenó un documento entre la iglesia y varios dirigentes

Eduardo Pérsico (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace un par de semanas miembros de la iglesia católica en Argentina redactaron un documento para denunciar los altos índices de pobreza en nuestro país. Una calamidad innegable que suscribiría también varias entidades sectoriales: la CGT y la CTA de los trabajadores, las cámaras empresarias Unión Industrial, su similar Asociación Empresaria y de los grupos financieros, la Asociación de Bancos del país.

Esta iniciativa, lamentablemente para su responsable obispo Jorge Casaretto, no se consolidó a pesar de los publicitados anuncios previos por el ‘alto porcentaje de fragmentación que hay en el país’. Así dijo el obispo al cargar educadamente contra ‘las cámaras empresariales que impidieron avanzar en ciertos acuerdos que ya habían sido consensuados’, acuñando una opinión algo demagógica al no mencionar entre los disidentes a firmar, también a las representantes obreros previamente retirados. Pero bué, él será también perdonado por confesar ‘cierta ingenuidad de la iglesia’ al pensar en erradicar el drama de la pobreza, ‘una emergencia nacional’. Algo que pareciera recién descubierta por esta jerarquía y no demasiado preocupante para las entidades empresarias que no firmaron, según alguno de ellos, por estimar al documento contrario al gobierno actual del país. Que bien entendido, ha sido para ellos un gobierno que les permitió ganancias sustanciosas durante su gestión, resultado favorable para cualquier empresario de servicios, la producción industrial y agroexportadoras; igual vertientes de opinión que por naturaleza reclaman por la presión tributaria, la inseguridad jurídica y demás quejas de la conocida agenda empresarial.

Pero igualmente no firmaron, y para algunos resultó sugestiva la reiteración del obispo Casaretto al hablar de ‘fragmentación de la sociedad’, un calificativo de por sí ambiguo: Fragmentar en principio implica dividir, Fragmentario es cualquier cuerpo compuesto por fragmentos y sin complicar más la cosa, cualquier grupo humano es un perpetuo exponente de lo fragmentario en tanto lo integren personas, instituciones, etnias, grupos de interés, pobres, ricos, multimillonarios y muertos de hambre. A quienes, ¿con ‘cierta ingenuidad’? en un papel escrito con frases muy dolientes les prometen cambiarle la situación de pobreza con un escrito que no iría más allá del anhelo y el buen deseo. Para el pobrerío, otro papel cargado de palabras y acaso para el sector de la ‘fragmentación’ más alta de la sociedad, saber algo de la miseria que pontificar siempre a favor de los pobres. Rezos y homilías no sirven en esta época de enterarnos que el asunto de la miseria se regenera con decisiones concretas y factibles, y es inservible cualquier vulgar enunciado que publicarán los diarios del domingo, y el lunes a otra cosa.
Para entrarle en serio y de lleno a la miseria y la desigualdad hay que olvidar el miedo a palabras por años malditas y despreciadas; los realistas ejecutores de las medidas elegirán los términos que ellos prefieran pero sin una redistribución de la riqueza incautando las fortunas desmesuradas, y la reeducación de los sistemas de uso y propiedad de la tierra, reforma agraria o como se llame, no hay arreglo. Sobra comida en la tierra para que coman todos sus habitantes y eso no es un hallazgo, pero sin una forzada repartija de los bienes la inequidad y la hambruna seguirán creciendo. Y más aún con dirigentes que pretenden jugarla de justicieros y se ocupan de la pobreza redactando una carilla crítica de la realidad que nadie niega, todo suena a broma televisiva o desconocimiento de lo verdadero. Escritos como estos bien pueden firmarse por millones y destinarlos a las corporaciones mediáticas más que al imaginario colectivo que pronto lo olvidaría, a no ser que este abortado o postergado manifiesto fuera pensado para retomar el ‘gracias que la iglesia se preocupa por nosotros’. Un ademán no infrecuente entre las agrupaciones políticas tributarias del privilegio en la Argentina, que si las cosas no culminan según ellos disponen se encabritan y destruyen la negociación. En esa pertinaz obstinación clasista en romper además las instituciones, según nuestra historia lejana, reciente y siempre próxima, algo que no fue el caso de este documento sobre la pobreza. Eso está descontado, apenas fue un frustrado apriete político donde el mayor exabrupto fue decir ‘sociedad fragmentada’ cuando algunos señores se negaron suscribir un documento que no compartían. Un exceso verbal que manifiesta cierta actitud ante los demás mortales, sin suponer que el obispo participante creyera de verdad que esa ‘fragmentación’ de los firmantes fuera un rechazo a la voluntad de dios.

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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La economía es una ciencia inexacta

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Acumulación y fuerzas productivas, hoy

Como hemos visto, el modelo de acumulación ha variado a través de los tiempos, aunque sin perder su esencia. También lo han hecho las fuerzas productivas, con la ciencia aplicada como uno de sus componentes más notorios, y con ello, también, el desplazamiento del centro de acumulación de capitales hacia el este y, especialmente, la profundización de la crisis cíclica y general en el mundo desarrollado. Naturalmente que la gran burguesía internacional nos dice -refiriéndose a dicha crisis- que ya se superó e infla con entusiasmo su nuevo gran globo y de paso, nos provee de globitos multicolores.

Para entender qué es lo que está pasando, veamos, en primer término, la categoría excedente de producción. La categoría excedente de producción fue muy estudiada por los clásicos, denominándola net produce o surplus of produce, diferenciando así entre el producto bruto y las necesidades de vida de todos aquellos que se encuentran relacionados con la producción, según escribía, por ejemplo, John Stuart Mill en sus Principles (1).

Cuando Carlos Marx logró desentrañar lo misterioso de esta categoría, derivando de la misma el concepto de índice de explotación de la clase obrera, los economistas burgueses –en primer lugar el propio Stuart Mill- la dejaron de lado y haciéndose los distraídos, hablaron entonces del producto social como costo de factores, y consideraron que el ahorro que implica no es consecuencia de la plusvalía sino de una loable acción de abstinencia de la burguesía.

Es más que notorio: la acumulación resulta de la explotación de los trabajadores –y del pobrerío en general- y no de la moral circunspecta de los patrones. Cualquier sistema productivo viable se halla en condiciones de proporcionar un excedente, es decir, un producto mayor del que resulta necesario para mantener a la totalidad de la población. Es también notorio que el excedente de producción implica excedente de población, pues el uno no podría darse sin el otro.

En casi todas las sociedades divididas en clases han existido grupos sociales minoritarios que, astutamente, se las ingeniaron para apropiarse del excedente de producción. Recordemos aquel grito desgarrado de Túpac Amaru: “campesino, el patrón no comerá más de tu sudor” Creo que nadie puede negar este hecho que si es moralmente detestable, es también necesario para que pueda darse la acumulación y el avance de las fuerzas productivas capitalistas.

Michel Aglietta (2), en su teoría de la regulación, puso el acento en el proceso de valorización que trascendía las formas mercantiles de apropiación del plusvalor (absoluto y relativo), formas que se ampliaban con las modalidades de organización de la fuerza de trabajo, las cuales posibilitaban intensificar su uso en el proceso productivo mediante mecanismos de reducción de tiempos muertos.

El tema planteado por éste -en cuanto a que el salario o valor mercantil del trabajo no depende sólo de la forma institucional en que ha sido pactado- estaba ya previsto por Marx. Aglietta señalaba que dicho salario se hallaba supeditado a lo que ocurría en la esfera de la circulación, con la baja del salario real debido a la inflación, pero ya el marxismo había formulado innumerables veces la tesis de que el salario depende de muchas variables y no equivale al valor de la fuerza de trabajo. La inflación logra una redistribución a favor de los capitalistas, pero –obviamente- no crea nuevo valor. El poder adquisitivo real de los asalariados dependía y depende, entre otras cosas, de los precios de mercado y de la capacidad de negociación de las asociaciones de trabajadores.

El regulacionismo, pues, entendía al Estado según su forma de intervención, bajo las particulares instituciones que surgían en cada régimen de acumulación y por su relación con cada momento específico de un determinado tipo de regulación social. Ejemplificaba, por ejemplo, que en el caso del fordismo, la forma de intervención estatal era la de proveer a su estado de bienestar o welfare state de mecanismos reguladores propios. Esta corriente consideraba las crisis como etapas superables, negando la crisis final, por lo que proclamaba rearticular la relación capital-trabajo para cada momento concreto en las distintas fases de la acumulación, tarea que correspondía al Estado capitalista, utilizando métodos sutiles como la “inflación controlada”, los mecanismos supranacionales e inclusive, el discurso legitimador. Este detalle fue el que no vio, lamentablemente, nuestro querido Antonio Gramsci cuando pregonaba las bondades del fordismo como modelo para armar.

En una entrevista realizada en el 2007 Aglietta –sin renunciar a su prédica a favor de las regulaciones- admitía que, ahora, se pasa de burbuja en burbuja porque el sistema carece de cualquier freno interno.

El sistema de acumulación ha cambiado y así declaraba que China es el pivote de la integración asiática y Asia el lugar adonde se trasladan los fenómenos más significativos. China es el taller industrial del mundo que recibe las materias primas de Australia, los bienes de equipo de Corea, de Taiwán y de Japón y los servicios financieros de Hongkong y de Singapur. Diez años después de sus crisis, Asia se ha convertido en un polo ineludible de la acumulación capitalista. El mundo se ha polarizado por la relación entre los EEUU y el grupo de países emergentes, entre ellos China. Esa relación es de colusión tácita y de rivalidad latente a causa de la inversión de los movimientos de capitales y de la deuda norteamericana.

Aglietta proponía la necesidad de un equilibrio ordenado en EEUU, restableciendo la tasa de ahorro. En Asia, un reajuste de las tasas de cambio y el crecimiento de las demandas internas. Europa, -decía- a falta de una política monetaria exterior, se verá muy perjudicada si el reequilibrio se traduce sólo en una presión sobre el euro, ya sobrevaluado. Son las monedas asiáticas las que tienen que revaluarse. Por consiguiente –continuaba Aglietta- el error en Europa es separar las políticas macro de las políticas micro. Urge su conexión para definir dinamismos industriales y sostener las innovaciones con políticas de crecimiento.

En estas fechas China acaba de declarar que no devaluará pese a los sueños de Aglietta y por otra parte, pensamos nosotros, la crisis no se superará con piruetas monetaristas porque ése no es el fondo de la cuestión. Por caso, la economía de la eurozona se mantuvo en los mismos niveles en el cuarto trimestre de 2009 en comparación con los tres meses anteriores, según informó la oficina estadística de la Unión Europea (UE), Eurostat, publicando que en toda la Unión Europea (27 países), el PBI experimentó un crecimiento trimestral de 0,1 por ciento. Pero, medido en términos interanuales, se contrajo 2,3 por ciento. Según Eurostat, el mayor crecimiento trimestral del PBI se produjo en Eslovaquia, con un 2 por ciento, seguido por Malta (0,9 por ciento) y Francia (0,6 por ciento). En cambio, las mayores contracciones del PBI se registraron en Irlanda (2,3%), Grecia (0,8%) e Italia (0,3%).

Estas mediciones resultan engañosas porque en el mejor de los casos se trata de rebotes momentáneos. Y a más, como hemos sostenido, las mediciones tomando en cuenta el PBI son falaces, porque la que debería estimarse es la renta nacional, para con ello obtener datos más precisos. El PBI engloba cifras comerciales, industriales y de servicios y de esa manera infla la cifra real, que es la que, en cambio, muestra la renta nacional basada solamente en la producción del capital genuino. La recuperación de la economía mundial se ralentizará durante el primer semestre de 2010, según adelantó la OCDE en un informe publicado en París.

En Estados Unidos la recuperación seguirá siendo, igual que en Japón y en los países de la zona del euro, un sueño, y su ritmo será menos vigoroso en los dos primeros que el registrado a finales de 2009. Dice que el aumento del PBI estadounidense será "más sostenido" que el de los países de la zona euro, donde se detectan aún "importantes desequilibrios externos", indicó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). "Los países de la OCDE se beneficiarán en los primeros seis meses de 2010 del empuje de las economías emergentes", destacó el economista jefe de la Organización, Pier Carlo Padoan. "Los países de la OCDE se han beneficiado, por medio de los intercambios comerciales, de la viva expansión de la actividad en las grandes economías emergentes, especialmente China, India y Brasil", precisó en su informe la Organización.

En realidad, se trata de un espejismo porque los problemas centrales no sólo no se han resuelto, sino que se han profundizado, y nuevamente se infla la burbuja financiera con récords en las cotizaciones ocurridas en las Bolsas del mundo, pero que, como suele repetirse en esas mismas Bolsas, los árboles no crecen hasta el cielo. La emisión desenfrenada de dólares y bonos del tesoro, cuya paridad es sostenida por el mundo, tarde o temprano terminará por sincerarse.

El caso argentino

En Argentina, a partir del primer peronismo hubo salarios de nivel más alto pero también una inflación importante y fue inútil el llamado de Perón para controlarla. Con la caída del peronismo y la subsiguiente adhesión del gobierno militar al FMI y al Banco Mundial se aplicó un modelo que llevaba a equiparar aquel nivel salarial con el más bajo del continente, aún por debajo del mínimo psicológico.

Esta rebaja salarial fue parte de un paquete encaminado a redefinir la estructura productiva de la Argentina de acuerdo a la división internacional del trabajo, y el resultado quedó a la vista pues hubo una acelerada desinversión y con ello, pues, un retroceso hacia la etapa pastoril con un adicional en el sector servicios. La clase obrera junto con el aparataje industrial habría de ser prácticamente demolida, y el campo, despoblado de arrendatarios y obreros rurales, reprodujo la gran extensión latifundista y la agricultura extensiva.

No se puede borrar impunemente la estructura socioeconómica de un país, so pena de incurrir en el peligro de su desintegración y la Argentina estuvo muy cerca, sobre todo cuando culminó este proceso de desmantelamiento, en el año 2001, proceso que al bloque dominante le había tomado cincuenta años realizarlo.

Leyendo esto, uno recuerda aquella expresión de Juan Carlos Pugliese, Ministro de Economía de Raúl Alfonsín, cuando exclamó: yo les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo.

Cuando el desarrollo de los sectores productivos I y II no guardan una determinada sincronía y ocurre una deliberada desintegración productiva, los desequilibrios resultan nefastos, máxime si ha existido una destrucción casi total del sector I (medios de producción de la industria de punta).

Sabido es que en la economía capitalista clásica se verificaban dos tendencias. Por un lado, una creciente demanda de mano de obra especializada, y por el otro, un ejército de reserva de trabajadores, conformado este último –en general- por la gente de menor calificación.

La introducción de la técnica en la agricultura, el régimen de tenencia de la tierra y las crisis agrícolas desalojaron hacia las ciudades a una parte creciente de la población que se sumó al remanente ya instalado –sobre todo- en los barrios marginales, fruto del cierre masivo de empresas industriales. Como ya dijimos, durante la cruel y estúpida dictadura de Onganía se produjeron centenares de miles de desalojos rurales, la destrucción de las cooperativas y de las Juntas nacionales de granos y de carnes.

No se dio, como en la época de los clásicos, una disgregación de la economía precapitalista sino una destrucción masiva de fuerzas productivas (más allá de un nivel de destrucción que es normal en todo avance tecnológico capitalista). Con ello se fortaleció la estructura atrasada. Indudablemente, se trató de una desacumulación, de una colosal descapitalización nacional, del saqueo y desguace.

La ley de flexibilización laboral aprobada en la época del gobierno de De la Rúa, en realidad constituía una de las exigencias del bloque dominante, quizá para incrementar su masa de ganancias y comenzar a invertir en algunas ramas menores de la economía. La persistente fuga de capitales, por parte de la gran burguesía argentina e internacional, guardaba relación con la zozobra que se fue dando a nivel sistémico, y por la que los capitales de la pequeña, media y gran burguesía buscaron refugio en la moneda más fuerte y en los paraísos fiscales, capitales que, obviamente, no fueron reinvertidos en la producción.

A ello se sumó –en nuestro caso- la particular crisis de estructura, la supervivencia de rasgos precapitalistas en el campo, rasgos que la burguesía nacional con Perón a la cabeza no quiso o no pudo liquidar y menos aún lo hicieron regímenes posteriores.

La desocupación, el ejército industrial de reserva y la exclusión

La desocupación, en tiempos de los clásicos, resultaba principalmente –como ya hemos visto- de la disgregación de la economía precapitalista. El ejército industrial de reserva surgió en Europa como un elemento exógeno, con el aporte de millones de campesinos expropiados y de artesanos medievales.

Ya habíamos visto que algunos economistas -Celso Furtado, entre otros- creen refutar a Marx acusándolo de introducir en el modelo este elemento externo, señalando dichos economistas que el ejército industrial de reserva no era inherente al propio régimen capitalista ni fruto de sus contradicciones internas. Decían y dicen que el ejército de reserva surgió como un elemento externo, y que Marx lo introdujo en el modelo para que le fuese posible explicar que, con la acumulación y el adelanto de la técnica, aumentaría la presión para reducir los salarios.

Si bien el ejército de reserva provenía de la disgregación precapitalista, en dicha disgregación ya estaban actuando los atractores extraños que, como dijimos, llevaban al sistema hacia la futura formación económico-social. ¿A cuento de qué se disgregaba, sino, la sociedad feudal? En ese sentido, también habría que pensar en que la acumulación temprana, sobre todo en metálico, también constituyó un elemento externo al sistema, sobre todo por el aporte de los grandes tesoros habidos en América y que constituyeron el botín más fabuloso en la historia de la humanidad.

Como hemos señalado, los principios de legitimidad no coexisten sino que se suceden en el tiempo. Los principios de legitimidad del sistema social feudal –en realidad, la forma y el tiempo de trabajo- no poseían el mismo contenido que los del sistema capitalista, sistema éste en el que el hombre es jurídicamente libre y vende su fuerza de trabajo, y donde aquel principio de legitimidad no podría constituir el elemento fundamental del sistema capitalista si previamente no desintegraba al principio anterior, principio que se basaba en la relación de señorío y servidumbre.

En el sistema feudal, el tiempo se medía por cosechas o por pariciones. Por eso en el capitalismo la categoría de tiempo de trabajo posee otro contenido, pues el trabajador, contrariamente a lo que realizaba el siervo de la gleba, ya no entregaba su fuerza de trabajo y la de su familia para laborar las tierras de su señor -a cambio del usufructo de una parcela- sino que vendía esa fuerza de trabajo durante un período limitado de horas y de años. Y esa venta de una parte de sí mismo, era realizada en el mercado y cobrada por ello en moneda de curso legal. Es más, el tiempo de trabajo se abstraía del obrero para transformarse en elemento del sistema, en tanto que el resto del ser humano se transformaba en parte del entorno interno.

No hay bien más valioso ni más escaso para el ser humano que el tiempo, y por lo tanto, cuando ese tiempo debe ser enajenado para subsistir, se produce un desgarramiento de su ser. Para mayor claridad, digamos que el obrero posee la fuerza de trabajo como un valor de uso, valor de uso que debe poner en venta para poder sobrevivir. En tanto esa fuerza de trabajo no sea vendida y luego se transforme en tiempo de trabajo, no se constituye en elemento del sistema capitalista, porque el proceso legitimador pasa por la temporización del trabajo a partir de su venta, a partir de la venta de una parte de sus facultades creativas y laborales, que es lo que el obrero realiza en el mercado.

La relación entre aquel principio del pasado que constituyó la base del sistema feudal, la existente en la actualidad y la que vendrá no desaparece. Los principios de legitimidad del pasado y del futuro acechan constantemente para disputar el principio de legitimidad al actual elemento del sistema. Los resabios atrasados, en un país como la Argentina, siguen actuando subsumidos en el sistema capitalista, al cual en cierta medida traban o frenan. Tal es el caso del régimen de tenencia de la tierra, porque la renta absoluta precapitalista sustrae y licúa una parte del ingreso, una parte del capital social y de esa manera, en lugar de subsidiar a la gran industria se subsidia al terrateniente o al oligarca parasitario. Por ello, a la crisis del sistema capitalista se suma otra, que es la de estructura, y cuya expresión más notoria es la inflación en los precios de los productos básicos de la canasta familiar y la menos notoria, pero más dañina, es la fuga de capitales convertidos así, en dinero de humo.

El pato de la boda

Y los principios de legitimidad del futuro también traban o frenan a las fuerzas productivas y así aparecen las grandes masas desposeídas que cuestionan, aún inconscientemente, el principio de legitimidad del régimen y plantean que así no podemos seguir. En efecto, la desocupación y la exclusión, la desaparición de una parte sustancial de la clase obrera y de la burguesía industrial implican la desaparición, en esa misma medida, del principio legitimador del sistema capitalista, que no es otro que el de la comercialización de la fuerza de trabajo medida en tiempo.

Actualmente los aspectos psíquico y físico del ser humano, que son parte del entorno, en realidad ya están pugnando para legalizarse como nuevas partes del elemento, ya están participando de un caos altamente estructurado y que proviene de cómo el sistema social actual se prepara para sucederse a sí mismo. Los atractores extraños trabajan en ese sentido.

En otros tiempos, como hemos dicho, la acumulación tuvo su aceleración a partir de la desintegración feudal y de la ascensión del nuevo principio de legitimidad, que por cierto tiene poco y nada que ver con la legalidad jurídica burguesa, pues en la acumulación capitalista no intervinieron, ni menos intervienen actualmente, mecanismos puramente lícitos o que puedan registrarse en las teorías de los clásicos o en las del ampuloso Harvard.

Como ya señaláramos, además de la obtención de plusvalía que constituye la esencia del régimen, la piratería, el saqueo, la acción mafiosa y otras lindezas constituyeron y constituyen elementos funcionales a la acumulación capitalista. Don Carlo Gambino (don Corleone) hace mucho tiempo que tiene butaca en todos los grandes directorios. Baste observar, en las revistas del corazón, la vida novelesca de ciertos ejecutivos vicunlados con las celebrities como el jefe del banco Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Los medios han registrado la conducta de este filántropo que además de dar dinero –ajeno- a las instituciones de caridad, tenía un harén propio, mixto.

Gran ejecutivo que guió a Goldman Sachs a través de la crisis financiera, casi sin perjuicios y recibió un suculento bonus de cien millones de dólares por ello. Su nombre no está incluido en la demanda, sólo la del gerente responsable de la transacción, Fabrice Tourre, que resulta así un perejil.

En tanto, "Whitehall Street International", el fondo inmobiliario de Goldman Sachs, registró una fuerte caída de su patrimonio, de los antiguos 1.800 millones a apenas 30 millones de dólares, según el último informe anual del banco. Una portavoz del banco se negó hoy a comentar las cifras del informe enviado a los accionistas ya el pasado mes. Goldman Sachs presentará en pocos días su actual balance. El propio banco es uno de los más grandes inversores del fondo. Recientemente el "Whitehall Street International" registró fuertes pérdidas con sus propiedades inmobiliarias en Estados Unidos y en Japón. El hecho de que el fondo haya comprado muchas de sus propiedades con dinero ajeno dificulta aún más la situación. El "Whitehall Street International" debe afrontar así deudas gigantescas en medio de la crisis que afecta a todo el sector.

Otro que bien baila es el competidor directo del fondo de Goldman Sachs que también hace frente a fuertes pérdidas: el valor del Morgan Stanley Real Estate Fund VI podría retroceder de 8.800 millones a 3.400 millones de dólares. Varios expertos temen que la situación pueda desatar una segunda crisis financiera. Según estimaciones del Congreso estadounidense, casi la tercera parte de los más o menos 8.100 bancos del país podría verse afectada por impagos en el sector inmobiliario. En realidad, el pato de la boda es, como siempre, el deudor hipotecario más pobre, que es despojado de la vivienda familiar adquirida con enormes sacrificios.

Ley general absoluta de acumulación capitalista

Volviendo al tema de la acumulación, Marx señalaba que cuanto mayor es la riqueza social, tanto mayor es el ejército industrial de reserva. Constituía parte del razonamiento conducente a verificar el funcionamiento de la ley general absoluta de acumulación capitalista y también, de la anexa ley de población.

De esa manera se llegaba a la conclusión de que el hecho más importante de la dinámica del capitalismo se hallaba en el aumento de la riqueza, que implicaba necesariamente el aumento de los desocupados, de la cantidad de quienes no podían acceder a puestos de trabajo.

Por consiguiente, las causas de la lucha de clases se incrementaban con el aumento de la riqueza social. Podríase deducir, de esa circunstancia, que la situación de la clase capitalista sería cada vez mejor, como consecuencia de la presión sobre los salarios ejercida por la oferta de mano de obra, pero en realidad no ha sido ni es exactamente así.

En la economía clásica se afirmaba que la tasa de ganancia tendía a declinar, a largo plazo. Remitámonos a las conclusiones a que llegaba J.S.Mills, deduciéndolas del reaccionario principio de población de Malthus, así como también de la ley de la renta diferencial descubierta por Ricardo; de ahí partía para tratar de demostrar que toda tentativa de elevación arbitraria de los salarios reales carecería de alcances prácticos.

Marx percibió el meollo del asunto para demostrar la temporalidad del capitalismo. De esta manera, si el índice de ganancia tiende a descender -siendo su límite cero- está claro que no solamente la clase obrera sino también la burguesía, como clase, tiende a desaparecer, habida cuenta que las inversiones aumentativas de la productividad del capital son aquellas que reducen, en forma relativa y absoluta, el incremento del mismo. Veamos cómo es esto. En su lucha por impedir el descenso del mentado índice de ganancias, los capitalistas echan mano a todos los arbitrios, particularmente a los siguientes: a) explotación más intensa de la fuerza de trabajo, b) exportación de capitales, especialmente hacia las colonias y países dependientes (idea que V.I. Lenin desarrollaría en su teoría sobre el imperialismo, y que tenía como uno de sus elementos la mención de la realidad argentina) y c) intensificación de la acción de acumulación con el objetivo de aumentar la cantidad absoluta de la masa de ganancias. Este tercer argumento es destacado especialmente por Marx, aunque nosotros debemos prestar atención a una nueva modalidad en la exportación de capitales, llevándose capital genuino e importando “dinero de humo”, especulativo.

Constituye característica general de las economías subdesarrolladas la existencia de un grado elevado de asincronía en cuanto a la formación del capital, y en su correspondencia entre los sectores I y II. No solamente existe dependencia en lo que respecta al aporte neto de capitales productivos y a la formación del ahorro nacional, sino sobre todo en lo que hace a la transformación de dicho ahorro en inversión real. Un hecho llamativo –y que ya hemos apuntado- es la fenomenal fuga de capitales, más allá del envío de remesas de las filiales hacia sus casas centrales, y además, la licuación del capital productivo debido a las rentas parasitarias. Por otra parte, los fondos buitres y toda una caterva de truhanes importan dinero de humo, especulativo, sin base en la producción industrial y luego, sacan del país capital genuino.

De manera que aumentando la explotación de la masa de obreros empleados y de todo el país, concentrándose los capitales en manos cada vez más reducidas, en los países periféricos, un índice declinante de la tasa de ganancias podría coincidir con el crecimiento de la ganancia absoluta, sobre todo ligándolo a procedimientos non sanctos, especulativos, lavado de dinero y tráficos diversos.

Pero no es menos cierto que por la declinación permanente del índice de ganancias, llega el momento en que el sistema global tiende a traumatizarse, enfilando hacia el colapso total. Marx vio en las crisis cíclicas una anticipación de los hechos que ahora se manifiestan crudamente en los países centrales.

Al incrementarse la desocupación e imponer ésta el descenso salarial –eliminando, por otro lado, a la pequeña y media burguesía, facilitando una acelerada concentración- dichas crisis permiten el saneamiento y recuperación del sistema, pero acentúan las tendencias catastróficas de largo plazo. Una sucesión de crisis conduce ineludiblemente a la quiebra final del sistema con la eliminación de la clase capitalista, ya por entonces simple factor de entorpecimiento para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Marx percibió que el adelanto de la técnica constituía un elemento de acción más profunda que la mera acumulación. Y de allí dedujo que, por intensa que resultase la acumulación, la oferta de mano de obra sería cada vez más elástica hasta transformarse en una creciente desocupación tecnológica.

Como ya dijimos, los profundos cambios socioeconómicos y la crisis doméstica dentro de lo que se llamó el campo socialista hicieron que muchos intelectuales decretaran la muerte del marxismo, y entre ellos Ludolfo Paramio (3), quien hizo un vibrante llamamiento a repensar la sociedad descartando el análisis de clase. Confundía los cambios habidos en la manifestaciones del sistema, su comouflage, sus estrategias de supervivencia, con el despliegue de las distintas fases de la acumulación del capital, que respondía a situaciones históricas concretas, pero en ningún momento suponían el cambio de esencia del capitalismo, el reemplazo de su principio de legitimidad.

Las corrientes regulacionistas decían que las crisis se encuadraban en la caída de la tasa de ganancia (1873 y 1973) o de realización (1930) y de esta manera entendían que sólo se trataba de redifiniciones del régimen de acumulación, sin atender o negando la acción de los atractores extraños, o la existencia de la contradicción fundamental del capitalismo.

Ricardo Romero (4) comunicaba, glosando a Ernest Mandel, que el aspecto central residía ahora en la modificación de los procesos de extracción de plusvalor, proceso provocado por los cambios en la tercera revolución industrial, donde la innovación tecnológica se convertía en parte esencial de los mecanismos de explotación. Esto estaría combinado con la reducción de la rotación del capital fijo y la concentración y centralización internacional del capital que trasmutaba el ciclo largo tradicional, debido a que así se evitaba la caída de la tasa de ganancia por el aumento de la composición orgánica del capital. A su vez el Estado, con su gasto público, que no disminuía siquiera en la era neoliberal, garantizaría el proceso de valorización y por último, la intensificación del comercio internacional contribuiría a evitar la crisis de realización.

Los hechos que se están viviendo en el mundo contradicen o desmienten estas afirmaciones, en particular porque el principal arbitrio para aumentar la masa de ganancia no es solamente una modificación tecnológica sino las nuevas –y viejas- relaciones de sujeción que implican el saqueo liso y llano, en una economía de guerra desatada sobre los países más débiles y sobre las poblaciones desposeídas de los propios países centrales.

Entendía que la forma adoptada por la mercancía en la era del capital tecnológico trasmutaba las leyes generales del capital. Las determinaciones específicamente históricas de la mercancía y, por tanto, del capital, fueron analizadas por Marx sólo en el ámbito del capital no-diferenciado, predominante en el siglo XIX. Pero la nueva fase del capitalismo nos muestra un capital diferenciado, potenciado por el cambio tecnológico, y que domina la sociedad capitalista actual.

Algunos regulacionistas establecían la diferenciación del capital en diversos planos, a partir de las formas empíricas: industrial, bancario y comercial, donde el capital real es la unidad de estas tres formas y el capital formal pertenece a los capitales comerciales y financieros; el desarrollo del capital no-diferenciado, está caracterizado por la preponderancia del capital real. Con la diferenciación del capital, se observará una preeminencia del capital formal sobre el Capital genuino.

Pero la diferenciación del capital es, en gran parte, sólo formal; se torna real en cuanto la innovación tecnológica pasa a ser parte inseparable de la relación capitalista, y no se ve trabada, como lo señala Mandel, mediante los procesos que pudieran contrarrestar las baja tendencial de la tasa de ganancia.

Esta innovación constituye un dinero diferenciado que genera ganancias extraordinarias y tiende a evitar la igualación de dichas tasas de ganancia, lo cual propicia crisis sustancialmente diferentes. Por otra parte, subordina al subsistema del capital no-diferenciado, con sus leyes clásicas. Recordemos lo que anteriormente decíamos, en el sentido de que puede aumentar la tasa de ganancia pero disminuir, como acontece, la cuota de plusvalía e inclusive aumentar la masa de ganancia pero disminuir la masa del capital genuino.

Ricardo había percibido ya que la técnica debe ser económica para lograr aprovecharla. En otras palabras, las máquinas nuevas son adquiridas cuando su precio, en comparación con el de la mano de obra ahorrada, resulta compensatorio. De este modo, existe una interdependencia entre la asimilación de nuevas técnicas y el precio de dicha mano de obra. El propio Marx nos da un ejemplo de esta interdependencia cuando pasa a analizar el caso de la agricultura inglesa entre 1849 y 1859. En sólo diez años se había producido una suba de los salarios reales correspondientes a los obreros rurales, y como consecuencia fueron introducidas máquinas mejores y más modernas y así, el precio de la mano de obra volvió a bajar.

Esta también –junto a otras causas- ha sido una constante en la agricultura argentina. Otra de las causas, y que agrava la crisis de estructura, consiste en que la tierra y las máquinas se separan. El terrateniente hace trabajar sus campos desde afuera, en base a contratistas rurales que son quienes aportan el capital genuino, en tanto la mano de obra empleada es mínima e inclusive, en la mayoría de los casos, no registrada o en negro.

Es preciso recordar que tanto la acumulación como la asimilación de nuevas técnicas eran, en tiempos de Marx, iniciativas del capitalista individual, y la variable independiente resultaba el índice de acumulación. Hoy en día, no es tan así porque el sistema hace que las empresas se vean masivamente compelidas a tecnificarse so pena de sucumbir, y la mayoría de ellas, tecnificándose también sucumben. Por eso en la actualidad numerosas empresas que no han podido amortizar sus inversiones en nuevas tecnologías debido al constante decrecimiento de la tasa y la masa de plusvalía, o a que la velocidad del cambio tecnológico las deja out, han pasado a manos del sector financiero, que a veces no saben qué hacer con ellas.

Solamente debe considerarse ganancia extraordinaria aquella que es lograda por el capitalista individual adelantándose a sus competidores en la innovación tecnológica; pero cuando ésta ya se ha generalizado deja de existir dicha ganancia extraordinaria y sólo rige la tasa media.

Hablar de un capital diferenciado en estas circunstancias induce a engaño, por cuanto lo que en realidad aparece, junto al capital genuino, es dinero de humo, sin respaldo en el trabajo.

De todas maneras, el sistema siempre ha tenido necesidad de mantener desocupada a una parte de la fuerza de trabajo, que se constituye así en el ejército de reserva. La contradicción consiste en que los capitalistas consiguen pagar salarios bajos, pero como contrapartida dejan de beneficiarse con una mayor masa de valor, que podría ser creado por los ahora desocupados. Como el gran problema es invertir su nuevo capital, tanto más si es aceptada la tesis de que el índice de ganancias del capital ya invertido tiende permanente a declinar, cabría preguntarse cómo es posible que la desocupación tecnológica aumente constantemente. No es difícil conciliar esa desocupación con la existencia de capitales ociosos que dejan de serlo y derivan luego en las burbujas financieras, crisis inmobiliarias y deudas tóxicas..

El capital tecnológico

El capital tecnológico al que se refería Mandel, que encuentra ganancias extraordinarias por el uso de fuerza de trabajo con capacidad productiva extraordinaria, se diferenciaría así del trabajo social Pero está claro que con la disminución del capital variable y la ampliación del capital constante, que es una ley del capitalismo, las ganancias extraordinarias pueden producirse sólo cuando una innovación es singular, patrimonio de algún capitalista, y no cuando se han generalizado. Recordemos que la innovación tecnológica puede incrementar la plusvalía solamente en el caso de que las nuevas máquinas trasmitan al capital lo que se llamó trabajo muerto, trabajo que anteriormente fuera realizado por obreros y no por robots.

En crisis anteriores, escribe Romero, donde primaba el capital no diferenciado, el conflicto entre el capital-trabajo se expresaba en la política, en cada crisis económica, y por ende se manifestaba en una crisis del Estado. En la era del capital tecnológico -continuaba Romero- tenemos una exclusión que condena a los individuos al calvario de la marginación o a la subsistencia individual o familiar, con lo cual la identificación inmediata en la política, como sujeto colectivo, se torna remota, debido a que el conflicto no se plantea en primera instancia contra la explotación, sino por su búsqueda. Se retorna así, a la premodernidad del Estado, donde el individuo encontrará su ración de subsistencia a través de un renovado clientelismo tradicional. Y luego de varias consideraciones, escribe que de esa manera el ser humano debe vender su ciudadanía formal que ahora se encuentra así mercantilizada. De esta forma se resignará a no votar, a despolitizarse. Desde lo económico se llega así a lo no-político en esta nueva relación que impone el capital diferenciado. Estos son algunos problemas a los que la Economía Política debe dar respuesta para no perder sus objetivos de contribuir al bienestar general.

Primeramente, en estos asertos se infringe una ley de la lógica, que es la de la recta consecuencia en el razonamiento, ley que exige mantener el mismo nivel de análisis en el curso de la exposición o silogismo. Romero aquí mezcla elementos que corresponderían al principio legitimador del sistema con otros que serían propios del discurso. Y una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Por otra parte, ya Carlos Marx escribió acerca del capital diferenciado, al establecer los sectores I y II de la producción industrial (simplificando: sector I, industria pesada, tecnología de punta y sector II, industria liviana y media). Y es más, explicó cómo ambos sectores se interconectan y retroalimentan.

Lo cierto es que la desocupación tecnológica avanza más rápidamente que la acumulación, lo que produce un fuerte aumento de la productividad sin contrapartida en el aumento salarial o de puestos de trabajo, y consiguientemente en la capacidad de consumo de grandes sectores sociales.

Esto permite creer que los mayores interesados en destruir al sistema son los propios capitalistas que, aumentando el capital constante con mayor rapidez que la población –lo que constituye un hecho de observación diaria- dejan afuera del mercado a una masa creciente de consumidores. Pero, como la acumulación resulta inseparable del adelanto de la técnica, y la orientación de la tecnología es dada por los capitalistas, estos tratan de corregir dicha tendencia. Cuando ello no se consigue, las oportunidades para lograr nuevas inversiones productivas disminuyen, y la disminución en el índice de acumulación frena el alza de los salarios reales y produce más desocupación. Ahí, pues, con la enorme masa de dinero excedente –que ya dejó de ser capital y yira que te yira por el mundo- se inflan las burbujas financieras y entra a tallar con más fuerza la venta del ocio y producción espiritual mediática, es decir, el discurso legitimador del capitalismo, que encubre la realidad con sus cuentitos de hadas.

Notas:
1) Ver: The Influence of Mary Bentham on John Stuart Mills. By Catherine Pease-Watkin. Journal of Bentham Studies, London, 2006. Ver, asimismo, Principios de economía política; con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social y “A brief discussion of the life and works of John Stuart Mill, ... Mill's greatest contribution to political theory occurs in On Liberty (1859)”, London, 2005
2) Aglietta Michel, A Theory of Capitalist Regulation: The US Experience, N.Y., 2005. Ver, asimismo, entrevista a Michel Aglietta, IADE, 19/10/2007
3) Paramio Ludolfo. Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo, Madrid: Siglo XXI, 1988
4) Romero Ricardo, Democracia Participativa, Una Economía en Marcha, EC Red Argentina de Ciencia Política, Buenos Aires, 2002 Fundamento de ingreso al Doctorado. Una historia, una vida en Argentina.

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