jueves, 1 de julio de 2010

El barco naufragado

Guy de Maupassant

Esto ocurrió ayer, treinta y uno de diciembre.

Acababa yo de almorzar con mi entrañable amigo Jorge Garín. El criado Le entregó una carta, cuyo sobre iba cubierto de membretes y sellos extranjeros.

-¿Me permites?

-Por supuesto.

Y comenzó a leer ocho páginas de magnífica letra inglesa, cruzadas en todas direcciones. Leía despacio, con atención profunda, con interés verdadero, ese interés que sólo se manifiesta en los afectos del alma.

Luego dejó la carta sobre la chimenea, y dijo:

-Ahí tienes una historia muy extraña, que nunca te conté; una sentimental aventura que me ocurrió en un día treinta y uno de diciembre, hace veinte años. Entonces tenía yo treinta.

Verás. Desempeñaba el cargo de inspector de la Compañía marítima que ahora dirijo. Me disponía a pasar en París la fiesta de Año Nuevo, cuando recibí una carta del director encargándome que marchara inmediatamente a la isla de Re, donde acababa de naufragar un navío asegurado por nosotros.

Al momento fui a las oficinas para recibir instrucciones, y por la tarde salí en el expreso, que al día siguiente me dejó en La Rochela. Era el treinta y uno de diciembre.

Me sobraban dos horas hasta la salida del vapor Juan Guiton, que había de llevarme a la isla de Re. Di un paseo por la ciudad. Verdaderamente, La Rochela es una ciudad curiosa, con las calles laberínticas y las aceras a la sombra de galerías prolongadas; galerías con arcos, parecidas a las de la calle de Rívoli, pero más bajas; todo aplastado, confuso, misterioso, como si todo aquello fuera construido y conservado para servir a eternos conspiradores, recordando las antiguas luchas, las heroicas y bárbaras luchas religiosas. Aparece aún con todo el carácter de una ciudad hugonote, grave, discreta, prudente y humilde, sin monumentos magníficos y soberbios, como los que se hacen admirar en Ruán; pero interesante por su fisonomía severa y también algo solapada, la patria de combatientes obstinados, en la cual deben florecer los fanatismos, el rincón donde se exaltaba la fe de los calvinistas y donde nació la cábala de los cuatro sargentos.

Después de vagar por las calles bastante rato, me embarqué en el vaporcito negro y panzudo que debía conducirme a la isla de Re. Salió silbando, como si estuviera lleno de ira, pasó entre los dos torreones antiguos que cierran el puerto, atravesó la rada y, dejando atrás el dique mandado construir por Richelieu, cuyas enormes piedras aparecen a flor de agua rodeando la ciudad como un collar inmenso, torció hacia la derecha.

Era uno de esos días tristes que oprimen, que aplastan el pensamiento, que hielan el corazón, que inutilizan toda fuerza y toda energía espiritual; un día gris, frío, encapotado en una bruma pesada, húmeda y desapacible.

Bajo esa techumbre plomiza y siniestra, el mar amarillento, el mar poco profundo y arenoso de aquellas playas interminables mostraba la superficie lisa y quieta, sin una ola, sin un movimiento, sin un ruido; ninguna señal de vida; un mar de agua turbia, gruesa; un estanque.

Rompía el Juan Guiton aquella sábana oscura, produciendo espuma y agitándola con sus ruedas, y dejaba tras de sí ondulaciones que se calmaban al instante.

Hablé con el capitán, un hombre bajo, de piernas muy cortas y panzudo como su barco. Le pedí detalles del siniestro que necesitaba yo comprobar. Un navío de tres palos había sido arrastrado por el huracán a las playas de la isla de Re, donde quedó encallado.

El impulso fue tan violento -según escribía el armador, que, siendo imposible poner el casco a flote, recogieron apresuradamente cuanto pudo salvarse. Yo debía estudiar las condiciones en que se hallaba la embarcación y deducir su estado al naufragar, juzgando al mismo tiempo si habían empleado todos los recursos para poner el navío a flote. Si la indemnización ocasionaba un pleito, en mis informes había de fundar la Compañía su defensa.

El capitán del Juan Guiton conocía el asunto perfectamente, habiendo tomado parte con su vapor en las tentativas de salvamento.

Me refirió el desastre, muy sencillo por cierto. El navío, empujado por el huracán, perdido en la noche, navegando sin rumbo en un mar espumoso, "un mar de sopas de leche" -decía el capitán-, había encallado en los inmensos bancos de arena que al bajar la marea se ofrecen como inacabables desiertos.

Mientras hablábamos, yo miraba en torno mío y hacia delante. Me parecía distinguir entre las brumas del cielo y las aguas del mar una franja de tierra.

-¿Es la isla de Re?

-Sí, caballero.

Y al poco rato el capitán me indicó un objeto apenas perceptible que se alzaba sobre la superficie del mar.

-Allí está el navío náufrago.

-¿El María José?

-Justo, el mismo.

Me dejó atónito; aquel punto negro se ofrecía entre las aguas a tres kilómetros de la costa.

-Pero ¿habrá cien brazas de profundidad en el sitio que usted indica?

El capitán sonrió.

-¿Cien brazas? Acaso no haya dos, puedo asegurarlo. Llegaremos con marea alta a las nueve y cuarenta. Después de almorzar en el hotel Delfín tranquilamente, puede usted irse andando por la playa, despacio y con las manos en los bolsillos; a las dos cincuenta, o lo más tarde a las tres, podrá usted entrar en el navío sin haberse mojado siquiera los pies, y podrá usted permanecer allí reconociéndolo una hora y media aproximadamente mientras dure la marea baja; pero no se retrase usted mucho, porque se vería de pronto cercado por el agua. Cuanto más el mar se retira, con más presteza vuelve. Es llana como un plato esta costa. Regrese usted un poco antes de las cuatro y cincuenta y véngase al vapor que, saliendo a las siete, le dejará en La Rochela esta misma noche.

Agradecí al capitán sus consejos, y me senté junto a la proa, contemplando el pueblecito de San Martín, al cual nos aproximábamos rápidamente.

Se parecía a todos los puertos en miniatura que sirven de capitales a las pobres islas diseminadas a lo largo de los continentes. Era un pueblo de pescadores, con un pie metido en el agua y otro apoyado en la tierra de labor, alimentándose con pescados y aves, legumbres y mariscos.

La isla me pareció muy baja, de cultivo escaso y poca población; pero a punto fijo no puedo precisarlo, porque no me interné en ella.

Después de almorzar subí despacio la cuesta de un pequeño promontorio y descendí por la otra parte, dirigiéndome a la playa. Como el mar se iba retirando rápidamente, avancé, caminando en dirección de un objeto negro que se alzaba sobre la superficie azul, allá, lejos, lejos.

Avancé sobre aquella extensión arenosa, elástica como la carne y que parecía sudar al sentir la presión de mis pies. El mar se alejaba, huía, perdiéndose de vista, y era difícil distinguir la línea que separaba el arenal y el agua. Aquel espectáculo me pareció una magia sobrenatural y gigantesca. El océano estuvo a mis pies minutos antes y desaparecía de pronto dejando arenas desnudas, como desaparece una decoración en los telares de un escenario. Yo caminaba por un desierto. Solamente la sensación del aire impregnado con los perfumes y sabores del agua salada persistía en mí. El penetrante olor de las algas, la humedad marítima, llenaban mi olfato y mis pulmones. Yo, avanzando rápidamente, no sentía frío, miraba el buque náufrago, que me parecía cada vez más grande y fue tomando a mi vista el aspecto de una enorme ballena.

Se destacaba más con el sol, y en la inmensa llanura solitaria y amarillenta adquiría proporciones colosales. Al fin llegué a tocar el casco del buque hundido, roto, mostrando su armazón como las costillas de un cadáver; su esqueleto de madera embreada y hendida por gruesos clavos. La arena lo cegaba, oprimiéndolo, poseyéndolo, sujetándolo, entrando en él por todas las rendijas. Era la dueña, la señora de aquel despojo. El navío tenía hundida profundamente su proa en la playa dulce y pérfida, y con la popa levantada parecía lamentarse de aquella opresión, mostrando al cielo con actitud suplicante y desesperada los dos nombres puestos allí con letras blancas: María José.

Subí al navío por la parte que había quedado al ras del suelo, y llegando al puente, bajé al interior. Entraba claridad por las compuertas y también por las rendijas de los costados, alumbrando tristemente aquella especie de cueva larga y sombría.

Sentado sobre una cuba reventada, comencé a tomar notas acerca del estado lastimoso del buque. A través de una hendidura recibía luz bastante para escribir y veía la extensión arenosa, desierta y sin límites. Una sensación de frío y de soledad se apoderaba poco a poco de mí. A veces interrumpía mis apuntes para escuchar los ruidos misteriosos que resonaban en el vientre del náufrago; los cangrejos y otros pequeños habitantes del mar se habían instalado ya entre aquellas paredes, que varios moluscos taladraban y carcomían sin cesar con su rechinamiento de barrena.

De pronto sonaron cerca de mí voces humanas. Di un brinco, sorprendido como ante una sobrenatural aparición. Creí un momento que se alzaba del fondo la sombra de algún ahogado refiriéndome los martirios de su muerte. Rápido, a saltos, llegué al puente, ayudándome con los puños, y vi en pie, junto al navío, a un caballero de buena estatura con tres muchachas; o más bien, un inglés con tres inglesitas. Seguramente sintieron más terror del que yo había sentido al ver surgir con rápido movimiento una figura humana sobre aquel navío abandonado. La menor de las niñas huyó, las otras dos se agarraron a una manga del caballero, el cual había entreabierto la boca, único signo visible de su emoción.

Luego habló:

-¡Ah señor! ¿Será usted el propietario del buque?

-Sí, caballero.

-¿Nos permitiría visitarlo?

-Sí, caballero.

Entonces endilgó una larga frase inglesa, y creí que me daba las gracias con extremosa cortesía.

Comprendiendo que buscaban por dónde encaramarse, y mostrándoles el mejor sitio, les ofrecí la mano. Subió el caballero, y entre los dos ayudamos a las niñas. Eran encantadoras, la mayor sobre todo: una rubia de dieciocho años, lozana como un capullo, ¡tan esbelta y tan bonita! Ciertamente, las inglesas bonitas me parecen tiernos frutos del mar. Parecía que aquéllas acababan de brotar en la húmeda y suave arena. Sus colores, rosados y finos, recordaban los de las conchas nacaradas, las madreperlas misteriosas ocultas en las profundidades incógnitas de los océanos.

Hablaba mejor que su padre y me servía de intérprete. Fue necesario explicar el naufragio con minuciosos detalles, que yo inventé, como si hubiese presenciado la catástrofe. Luego toda la familia bajó a las bodegas. Cuando entraban en la medrosa galería lanzaron gritos de sorpresa y admiración, y al punto el padre y las tres hijas empuñaron sus álbumes, que llevaban sin duda en los bolsillos de sus impermeables, y empezaron a trazar croquis y bosquejos, cada uno a su manera, del triste y singular aspecto de aquella ruina.

Se habían sentado juntos en el extremo saliente de una viga, y los cuatro álbumes sobre las ocho rodillas se cubrían de pequeños trazos negros que debían representar el vientre abierto del María José.

Sin desatender su dibujo, la mayor de las muchachas hablaba conmigo mientras yo seguía inspeccionando el esqueleto del buque.

Supe que pasaban el invierno en Biarritz y que habían ido a la isla de Re con el objeto único de contemplar el navío embarrancado. Aquella familia, exenta en absoluto de la tiesura inglesa, ofrecía el simpático aspecto de sencillez y chifladura que distingue a los curiosos vagabundos que salen de Inglaterra para derramarse por el universo. El padre, alto, enjuto, con los carrillos muy rojos y las patillas muy blancas, era una especie de sándwich viviente: su cabeza parecía, en realidad, una loncha de jamón cortado en forma de rostro humano y oprimido entre dos rebanadas de pan. Las niñas eran también larguiruchas y delgadas, así como zancudas, pequeñas de cría, exceptuando a la mayor, que tenía formas correctas. Las tres eran bonitas; pero la mayor sobre todo.

Hablaba, sonreía, escuchaba, interrogaba con sus ojos azules, de manera muy graciosa; y atendiéndome y dibujando, lo hacía todo con tanta gracia, tenía tal atractivo para mí, que hubiera estado junto a ella oyéndola y contemplándola eternamente.

De pronto me dijo:

-El buque se mueve.

Fijando mi atención, oí un ligero murmullo extraño, continuo. ¿Qué sucedía? Me levanté para ir a mirar por una hendidura, y lancé un grito violento. El mar nos rodeaba. En un instante subimos todos al puente. Se nos había hecho tarde. El agua corría con prodigiosa velocidad, invadiendo la costa. Se deslizaba, extendiéndose y agrandándose como una mancha infinita. Cubría ligeramente la arena; pero la cubría en una extensión tan considerable, que no era posible distinguir su límite lejano.

El inglés quiso lanzarse a la playa; lo detuve; la huida era, más que arriesgada, imposible, a causa de los hoyos profundos que pudimos bordear estando la playa en seco y donde caeríamos inevitablemente.

Sentimos un momento de angustia cruel. Luego la inglesita sonrió, diciéndome:

-¡Ahora somos los náufragos!

Quise reírle la gracia, pero el miedo no me lo consintió; un miedo estúpido, vergonzoso y ruin. Todos los peligros que podían sobrevenir se me ofrecieron juntos en la imaginación. Estuve a punto de gritar: "¡Socorro! ¡Socorro!" Pero ¿a quién dirigirme?

Las dos inglesitas menores habíanse arrimado a su padre, y éste miraba consternado el mar inmenso que nos rodeaba.

Y la noche iba cerrando con tanta prisa como el agua iba subiendo; una noche pesada, húmeda, fría como el hielo.

Entonces dije:

-No hay más remedio que aguardar aquí.

El inglés murmuró:

-¡No hay más remedio!

Y allí estuvimos media hora, una hora; en verdad, no sé cuánto tiempo, mirando en torno el agua que subía, giraba, hinchándose, haciendo espuma, como si jugueteara sobre aquel inmenso arenal reconquistado.

Una de las niñas se quejó de frío, y quisimos bajar al interior del buque para ponernos a cubierto de la brisa ligera y helada que nos hería con sutiles alfilerazos.

Pero el agua lo había invadido todo y tuvimos que recogernos contra la borda, que nos resguardaba un poco.

La oscuridad era cada vez mayor, y allí estábamos los cinco apiñados entre las negruras del cielo y los murmullos del mar. Yo sentía estremecerse contra mi pecho la espalda de la inglesita, cuyos dientes rechinaban a cada punto; a través de las ropas también sentía el calor agradable de su cuerpo, que me resultaba delicioso como una caricia. No hablábamos, permaneciendo inmóviles, mudos, acurrucados como bestias en un hoyo para guarecerse del huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de la noche, a pesar del peligro que aumentaba por momentos, empecé a sentir la dicha de hallarme allí, gozando con el frío y el riesgo de aquellas horas eternas de oscuridad y angustia, cerca de aquella deliciosa muchacha.

Reflexionando, no sabía yo mismo a qué atribuir la extraña sensación de bienestar y de alegría que me penetraba.

¿Por qué? ¿Alguien lo sabe? ¿Porque la tenía junto a mí? ¿A quién? ¿A ella? ¿Y quién era ella? Una inglesita desconocida. No me sentía enamorado ni apasionado, y me inspiraba una ternura muy grande, un encanto, una irresistible atracción. Hubiera querido a toda costa salvarla, consagrarme a ella, realizar locuras por ella. ¡Cosa extraña! ¿Es posible que la presencia de una mujer nos trastorne de tal modo? ¿Es ese poder de su gracia lo que nos envuelve? ¿Es la seducción de la hermosura y de la juventud, que nos embriagan como el vino?

Será tal vez una especie de contacto amoroso, afinidad, misterio de amor que procura sin descanso unir a los seres, que pone sus artes en juego desde que se miran un hombre y una mujer por vez primera, y que los hiere con una emoción difusa, una emoción secreta, diseminada en todo el ser, como se humedece la tierra para que germinen las flores.

Pero el silencio de la oscuridad causaba espanto; el silencio del cielo, porque las aguas, removiéndose constantemente con un murmullo vago, ligero, infinito, con el rumor de un mar que sube tranquilamente, nos amenazaban.

Oí sollozos: la menor de las niñas lloraba. Su padre, queriendo consolarla, le explicaba no sé cuántas cosas en su idioma. Comprendí que su largo discurso tenía por objeto distraerla de los temores que la inquietaban.

Pregunté a la que se hacía dueña de mí con la dulce presión de su cuerpo:

-¿Tiene usted frío, señorita?

-¡Oh, sí! ¡Tengo mucho frío!

Quise darle mi abrigo, pero lo rechazó. Ya me lo había quitado y la envolví, a su pesar. En la breve lucha que sostuvimos, tropezando su mano con la mía, un latigazo de placer estremeció toda mi carne.

Pasados algunos minutos, arreció el aire y el mar chocaba con más fuerza en las maderas del buque. Me incorporé; una ráfaga me azotó el rostro. Se había levantado el viento.

Advirtiéndolo también el inglés, dijo sencillamente:

-Malo; esto es malo para nosotros...

Era la muerte segura si el menor oleaje azotaba y sacudía el deshecho casco.

Crecía nuestra angustia de segundo en segundo; el viento era cada vez más fuerte. Poco a poco aparecían en la oscuridad movedizas rayas blancas; el mar se agitaba, y el María José, balanceándose, nos hacía estremecer.

La inglesa temblaba; sintiéndola vibrar sobre mí, me costaba trabajo contenerme y no estrecharla entre mis brazos.

A lo lejos, detrás de nosotros, al frente, a derecha y a izquierda, brillaban los faros de las costas: luces blancas, amarillas, rojas; unas girando como gigantescos ojos, otras fijas como estrellas del cielo; todas parecían contemplarnos aguardando la hora en que nos hundiríamos para siempre. Sobre todo una de aquellas luces me irritaba, encendiéndose y apagándose de medio en medio minuto; aquello era una mirada viva, de fuego, a intervalos cubierta, en regular y desesperante parpadeo.

De cuando en cuando el inglés encendía un fósforo para ver la hora; luego se guardaba el reloj en el bolsillo. Al fin, una de las veces, con el reloj en la mano y alzando la cabeza sobre las de sus hijas, me dijo con soberana gravedad:

-Le deseo a usted un feliz Año Nuevo.

Eran las doce. Le ofrecí una mano y la oprimió; luego pronunció una frase inglesa y de pronto sus hijas entonaron el himno Dios Salve a la Reina, que se alzó en la oscuridad, perdiéndose a través del espacio.

La primera impresión que aquello me produjo fue de risa; luego me sentí profunda y extrañamente conmovido.

Era imponente y siniestro aquel himno de náufragos, de condenados, algo como una plegaria; más grande aún; algo comparable al antiguo y sublime Ave, Cesar, moriture te salutant.

Cuando acabaron supliqué a mi vecina que me cantase una balada, una leyenda, lo que fuese más de su agrado, para distraer nuestras angustias. Accedió, y su voz clara y juvenil revoloteaba entre las negruras de la noche cantando una canción, triste sin duda, porque las notas lentas se arrastraban como pájaros heridos rozando las crestas de las olas.

El mar, enardecido, sacudía el casco del buque. Yo sólo pensaba en aquella voz, que me hacía recordar el canto de la sirena. Si una barca de pescadores hubiese cruzado cerca de nosotros, ¿qué hubieran dicho los tripulantes? Mi espíritu, atormentado, se desvanecía en ensueños. ¡Una sirena! En verdad, ¿no era una sirena, una hija del mar aquella criatura que me había retenido en el buque abandonado y que muy pronto se hundiría conmigo entre las olas?

Bruscamente rodamos todos. Había mudado el María José de postura, echándose de pronto hacia el costado derecho. La inglesa cayó sobre mí; la estreché entre mis brazos, y, sin darme cuenta de lo que hacía, sin atender a nada, sin meditar nada, creyendo llegado el último instante de mi existencia, la besé como un loco en el pelo, en la frente y en las mejillas. El buque ya no se movía, estaba quieto; nosotros también.

El padre dijo:

-¡Kate!

La que oprimía yo entre mis brazos respondió:

-¡Sí!

Y procuraba desasirse.

Hubiera yo querido en aquel momento que se partiera en pedazos el buque y que ella cayese conmigo al agua.

El padre añadió:

-Una pequeña sacudida, nada. Conservo a mis tres hijas.

Al caer, no viéndola junto a las otras, la creyó perdida.

Me levanté y vi una luz en el mar, cerca de nosotros. Era una barca. Grité; me contestaron; iban a buscarnos, porque había supuesto nuestra imprudencia el dueño del hotel.

¡Salvados al fin! ¡Esto me contristaba! Nos recogieron y nos llevaron a San Martín.

El inglés murmuraba, frotándose las manos:

-¡Buena cena! ¡Buena cena!

Cenamos juntos; pero yo estaba triste, sentía la nostalgia de aquellas horas de peligro y ternura en el María José.

Al día siguiente nos despedimos. Ella me prometió escribirme. Se fueron a Biarritz. Estuve a punto de ir tras ella.

Me había impresionado profundamente; si aquello dura siquiera una semana, me caso con la inglesita. ¡Cuántas veces el hombre se muestra débil, incomprensible!

Durante dos años no tuve noticias. Luego recibí una carta de Nueva York. Se había casado y me lo participaba.

Desde entonces nos escribimos todos los años a primeros de enero. Ella me refiere su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, ¡jamás de su marido! ¿Por qué? ¡Ah! ¿Por qué? Yo le recuerdo solamente aquellas horas pasadas en el buque abandonado. Es la única mujer que me ha enamorado; es decir, que me hubiera enamorado si... ¿quién sabe? Las circunstancias nos conducen... Y luego... Todo pasa... Debe ya ser vieja... No la reconocería... ¡Oh, la de mi juventud, la de aquel día!... ¡Encantadora! En sus cartas me dice que ya tiene blanco el pelo... ¡Dios mío! Saberlo me angustia. ¡Su cabello rubio..., tan rubio!... No, la que yo conocí no existe!... No es la misma... ¡Qué tristeza!

Guy de Maupassant (1850 - 1893), célebre escritor francés, autor principalmente de cuentos.

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Mirando a Sudáfrica: Goles y premios Nobel

Alfredo Herrera Flores (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mientras el mundo ve rodar el balón en el mundial de fútbol que ha organizado Sudáfrica, este país se ha convertido en una nueva ventana para ver no solo su dramática historia y su ancestral cultura, sino la de su continente, África, donde según todas las teorías el hombre ha dado sus primeros pasos rumbo a la civilización. Sudáfrica, ubicada en el extremo sur del continente, tiene una larga historia y algunos datos que reflejan una economía que recién está tomando la ruta de un desarrollo sostenido.

Conocida porque en los últimos años del siglo pasado protagonizó una de las experiencias racistas más extremas del mundo y regímenes gubernamentales represivos y sangrientos, este país de casi 50 millones de habitantes es una mezcla de culturas y naciones que ahora, con las nuevas políticas y procesos de libertad y convivencia pacífica, está demostrando que los cambios en la vida social son posibles gracias a leyes coherentes y conciencia de social para cumplirlas.

Tal vez el personaje internacional más conocido de Sudáfrica sea Nelson Mandela, prisionero por más de veinticinco años por luchar a favor de la igualdad y libertad de los sudafricanos frente a Inglaterra, que sigue dominando el país a pesar de ser independiente, luego presidente de su país y gran promotor de la eliminación del apartheid. Hoy, ya nonagenario, sigue siendo un símbolo de la unidad sudafricana y genera en la población actitudes de admiración pocas veces vista en líderes contemporáneos. La inauguración del mundial de fútbol se vio incompleta por su ausencia, debido a la muerte de una de sus nietas luego de asistir al concierto de inauguración, celebrado en la víspera.

Sin embargo Sudáfrica tiene otros motivos para sentirse un país orgulloso de varios de sus ciudadanos, a pesar de tener una historia relativamente reciente. Recordemos, por ejemplo, que el médico sudafricano Christian Barnard fue el primero en realizar una operación de trasplante de corazón, que revolucionó el mundo de la medicina, en diciembre de 1967. Luego Barnard hizo varios otros experimentos y dejó algunos textos que promovían las actitudes positivas para enfrentar la vida. Él es autor de esa frase famosa de que “si piensas que están vencido, vencido estás; si piensas que no te atreves, no lo harás…”

Pero varios años antes que Barnard, otro médico sudafricano hacía historia. El doctor Max Theiler (1899 – 1972) era galardonado con el Premio Nobel de Medicina de 1951 en mérito a su descubrimiento de una vacuna contra la fiebre amarilla, enfermedad que en muchas partes del mundo, en especial en África, provocaba miles de muertes. Luego, en 1979, otro médico sudafricano, Allan MacLeod Cormack (1924 – 1988) recibió también el Premio Nobel de Medicina por sus trabajos en tomografía asistida por equipos computarizados.

Pero eso no es todo. El año 2002 el Premio Nobel de Medicina recae una vez más en un sudafricano, esta vez en el biólogo Sydney Brenner (1927) quien luego de desarrollar una larga carrera científica y docente en Estados Unidos comparte el premio con otros dos científicos por sus trabajos sobre la regulación genética del desarrollo y muerte celular.

La compleja y dramática historia sudafricana, especialmente en la segunda mitad del siglo pasado, no solo captó la atención mundial, sino que generó corrientes de opinión, solidaridad y análisis en todo el mundo. La invasión inglesa, los conflictos internos entre las tribus y naciones sudafricanas y la corriente racista que se instaló en ese país, instaurándose el régimen del apartheid, promovió la aparición de importantes líderes políticos.

El primer personaje que recibiera un reconocimiento internacional por su lucha contra el apartheid, régimen extremo que dividía a los blancos y negros hasta en el uso de los baños, fue Albert John Lutuli (1898 – 1967), un profesor zulú hijo de misionero que hizo una importante carrera al interior del Congreso Nacional Africano, partido político que se enfrentaba al Partido Nacionalista, que gobernaba entonces y legitimaba el dominio blanco con leyes segregacionistas que se fueron dando desde 1911, Lutuli recibió el Premio Nobel de la Paz en 1960.

Veinticuatro años después, el sacerdote anglicano Desmond Tutu (1931) recibió también el Premio Nobel de la Paz en 1984, por su permanente lucha pacifista en contra del apartheid. Tutu es un carismático religioso que ha ido ocupando importantes cargos dentro de su iglesia y expresando con la misma franqueza y seguridad sus opiniones tanto en contra de los promotores de la discriminación racista como de sus opositores, cuando también recurrían a la violencia para defender sus libertades y derechos de igualdad. Cuando Nelson Mandela asumió el poder, encargó a Tutu la dirección de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que vería los efectos de las décadas de dominación blanca y violación de derechos humanos en Sudáfrica.

En 1990 en presidente sudafricano Fredrik De Klerk, del aún dominante Partido Nacionalista, determina el fin del apartheid y dispone la liberación de Nelson Mandela, preso desde 1964. La mayoría blanca apoya las nuevas leyes y ambos personajes firman en 1993 acuerdos para la distribución de poderes a favor de un proceso de convivencia sin discriminación. Por esta actitud, celebrada por todo el mundo, De Klerk y Mandela reciben el Premio Nobel de la Paz ese mismo año.

Pero esta apretada historia de Sudáfrica, hoy celebrando al ritmo de vuvucelas el mundial de fútbol, es recogida por sus artistas, principalmente por sus escritores, que son, en cualquier parte del mundo, la voz de una realidad que se debe cuestionar, interpretar, recrear, y manifestarla al mundo.

Nadine Gordiner (1923), de ascendencia judía, se inició escribiendo historias cortas, pero en su segunda obra, La suave voz de la serpiente, aborda ya el problema racial que vive su país, y el tema no dejará de serle ajeno a lo largo de sus más de veinte títulos publicados y sus numerosas conferencias. En 1991 la escritora sudafricana es galardonada con el Premio Nobel de Literatura.

Relativamente poco tiempo después, teniendo en cuenta que este premio suele darse rara vez a un escritor de un mismo país que no fuera Europa o Estados Unidos, el sudafricano John Maxwell Coetzee recibió el año 2002 el Premio Nobel de Literatura. Aunque Coetzee se licenció en matemáticas y luego se dedicó a la informática, se doctoró en lingüística computacional, lo que le permitió enseñar literatura en Estados Unidos y Sudáfrica, para luego dedicarse por entero a la literatura. En sus obras Coetzee también cuestiona el apartheid y asume una posición firme a favor de los derechos humanos de las mayorías negras. Actualmente reside en Australia, donde le han dado también esa nacionalidad, sin que eso lo aleje de la realidad y compromisos con su país de origen.

Este rápido y apretado resumen sobre algunos de los personajes de transcendencia mundial de Sudáfrica, país ahora en la retina del mundo a través del fútbol, solo intenta ser un ejemplo de cómo otras naciones, con muchas situaciones políticas y condiciones desfavorables, puede generar protagonistas que influyen en su vida política, social y cultural, y que a su vez la transmiten al mundo. La obtención de Premios Nobel, es una referencia, una muestra. Esta vez se hacen goles en Sudáfrica, pero este país ha hecho ya golazos con su aporte a la cultura mundial, y así hay que mirarla, más allá de las insoportables vuvuzelas.

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Música: Las marchas fúnebres

ARGENPRESS CULTURAL

La muerte ha inspirado a los artistas desde siempre. Son diversas las expresiones humanas que la representan desde tiempos inmemoriales; en esa representación encontramos, en general, un actitud de solemnidad, de respeto antes los límites, ante lo infinito y la eternidad, de actitud reverencial. Pero no faltan, sin embargo, otras posiciones ante la muerte, yendo del temor patológico a la solfa burlesca. Y en más de un caso encontramos también su apología, su entronización.

En la música, a través de las diversas culturas donde ella aparece, la muerte está representada básicamente por medio de los cantos que la evocan con reverencia solemne, utilizados en general en los procesos velatorios, en el momento mismo del entierro del fallecido. A esas composiciones las llamamos habitualmente “marchas fúnebres”.

Una marcha fúnebre, como cualquier marcha, es una composición musical donde el elemento principal que la define es el aspecto rítmico. La diferencia básica con otro tipo de marchas (militar, nupcial, circense) es el aire reverencial que la inspira, el motivo al que se le canta, que por supuesto es trágico. De ahí que cualquier marcha fúnebre tenga un carácter lúgubre, sombrío, profundo. Son siempre lentas, con cierto aire pomposo, en tonalidad menor, que a diferencia de la tonalidad mayor evoca un clima más dramático, más patético y conmovedor. ¿Qué otra cosa conmueve más en la vida que la muerte? Este tipo de cantos lo pinta emotivamente.

Son variadas y numerosas las expresiones de marchas fúnebres en la música occidental. En el ámbito académico, los más grandes compositores le dedicaron páginas memorables. Surge entonces lo que conocemos como réquiem, o misa de muertos: complejas y solemnes composiciones que se dedican para las exequias de alguien; de hecho, los hay famosos, en sí mismos tan bellos, tan bien trabajados, que puede considerárselos más por su calidad estética que por la evocación misma al respeto a la muerte o al muerto para quien se lo compuso. Pensemos, por ejemplo, en el famoso Réquiem de Wolfang Mozart, o en la Missa in angustiis del pater synphoniae, Joseph Haydn, más conocida como Misa Nelson.

Sólo para ejemplificar esa producción presentamos aquí algunas obras clásicas en la materia: la “Marcha fúnebre” del polaco Frederick Chopin, a veces considerada por antonomasia “la” marcha fúnebre, que en realidad es el segundo movimiento de su sonata N° 2 en si bemol menor, Opus 35, para piano solista, adoptada muchas veces como “música oficial para los funerales” (en general en su versión orquestal).

Igualmente presentamos la marcha fúnebre de la “Música para los funerales de la Reina María”, del inglés Henry Purcell.


Como otro monumental ejemplo de marcha fúnebre podemos escuchar el segundo movimiento de la Sinfonía N° 3 en mi bemol mayor Opus 55 “Heroica”, del alemán Ludwig van Beethoven.


Fuera de la música académica, en lo que se llama canto popular, encontramos igualmente numerosos ejemplos de evocaciones a la muerte. Como muestra ofrecemos aquí dos ejemplos:

Canción popular mexicana “Tres Marías” (canción para los muertos).


Y las marchas fúnebres que acompañan las procesiones de Semana Santa en la centroamericana nación de Guatemala, que está considerado hoy uno de los focos de producción mundial más importante de música fúnebre, la cual puede escucharse aquí: http://marchasselectas2.s5.com/

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¿Para cuándo un Mundial de Humanismo?

María Luisa Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los “idiotisaurios”, felices de ser entretenidos por un mes y no tener que pensar en las tremendas realidades que aquejan a nuestra madre tierra y sus habitantes. Los “promotores” babeándose pensando en las ganacias que este torneo aportará a sus nunca satisfechos bolsillos.Los “relatores” (especie que debería estar en extinción a partir de la televisión que nos permite ver los partidos y usar nuestro criterio para calificar, si queremos, cada jugada sin necesidad de que nos las cuenten). Me resulta tan ridículo ver a tremendos muchachotes y señores mirando embelesados las gigantescas pantallas de plasma y soportando, sin que les moleste, las voces estentóreas de individuos que sólo son espectadores, no partícipes de los encuentros, explicando lo que la pantalla refleja.

No puedo menos de imaginarme viendo una película de suspenso y teniendo que oìr una voz en off que me la vaya relatando:” ¡Ahí entra el asesino, pero la señora no lo ve porque está mirando en otra dirección.

Allá, en la reja que da al jardín se ve una mano que hace girar la perilla. ¿Quién será?”... y así durante toda la película. Bueno, el relato deportivo es exactamente lo mismo: redundante, innecesario y un modo de anular el razonamiento personal. ¿Oyeron, “idiotisaurios”?

Y, calando más hondo en el tema, las sumas astronómicas que se gastaron en construir estadios, en un país donde impera la miseria en grandes sectores de la población, es una bofetada a la humanidad toda.

¿Qué uso productivo tendrán esas gigantescas moles de cemento a partir de que termine el Mundial? Salvo que surgiera un nuevo Pinochet que los usara para tener prisioneros y eliminar gente que piense “distinto”, lo previsible es que pueden llegar a tener algunas horas de uso cada tanto, mientras que si esos materiales se hubieran usado para construir escuelas, hospitales, viviendas para los que no las tienen, estaríamos ante un ejemplo de humanismo, aunque lamentablemente no parece ser de interés para los que tienen el dinero suficiente para trasladarse desde distintas partes del mundo en cómodos aviones, pasarse un mes en lujosos hoteles, ataviados con ropajes extravagantes y mostrando una alegría que resulta chocante, aunque sea en parte fingida.

Ni que hablar de las “marcas”, esa extraña especie que ha convencido a los que las usan que deben portar su logo gratuitamente, hacerles la propoganda como verdaderos hombres-sandwich, y hasta mostrarse orgullosos de ser usados comercialmente por los grandes empresarios, a los que ya les aportaron el dinero que a veces no tienen, sino que cargan a sus tarjetas que con dificultad pagarán, el privilegio de comprar un producto “de marca”.

Cualquiera que haya visto la película “El Gladiador” podrá sacar sus propias deducciones comparativas y aceptar, tristemente, que con distintos elementos tecnológicos y escenarios, no hemos progresado demasiado y que el slogan “pan y circo” sigue tan vigente en el actual imperio como lo era en el bárbaro imperio romano.

Lo único que nos puede salvar como especie es que abramos nuestra inteligencia y la usemos para detectar todo lo que no sirve, todo lo que es mentira, todo lo que es destructivo. Vivimos y permitimos vivir a nuestros descendientes en una ciénaga de mentiras y el precio a pagar será cada vez más terrible, más esclavizante, más sin esperanzas.

Mientras, el petróleo sigue manando, silencioso, en el Golfo de México. Y uno se pregunta, cómo las potencias que se muestran siempre omnipotentes, que viajan a la luna (para bombardearla buscando si contiene agua, no para admirarla), que mandan ejércitos a enseñar a otros pueblos cómo se debe vivir, en qué hay que creer, qué sistema deben inorporar a sus vidas, cómo han pasado dos meses mostrando en vivo su impotencia para obturar un agujero creado por su codicia y sed eterna de petróleoy seguramente dedicando toda la energía para ver a quién culparán, cuánto dinero están perdiendo, cuánto tendrán que invertir, y otros pensamientos monetarios que parecen ocupar gran parte de su cerebro reptil.

Mientras, la voz de la Pachamama que hce lo imposible por hacerse escuchar, que cada día nos envía un alerta sobre las consecuencias de nuestras acciones depredadoras, y que sin embargo sigue brotando en verdor cada vez que le dan un respiro, acariciándonos con sus flores, mariposas y pájaros, la voz de Nuestra Madre es sistemáticamente ahogada por las siniestras voces de los “idiotisaurios” y de los miembros de la sub-especie rapaz.

Y los millones de seres anónimos que sí la escuchamos, que en nuestro diario accionar tratamos de remendar lo que otros torpe e ignorantemente destruyen, los que trabajamos y sentimos como propio el dolor ajeno, tapándonos los oídos para no escuchar a tanto “relator” y “especialista”, pensando en el futuro de los que están llegando al mundo, no podemos evitar que se nos “piante un lagrimón”.

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Novedades editoriales (comentadas)

Pablo E. Chacón (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La cuestión social no ha desaparecido de la Argentina y para saberlo no hay más que consultar a las comunidades de base (algunas animadas por la iglesia, sin demasiado entusiasmo). Pero como el tema de los curas villeros no es nuevo, conviene recordar que uno de sus impulsores en estas tierras fue el asesinado padre Carlos Mugica, de quien la periodista María Sucarrat acaba de publicar su biografía, “El inocente. Vida, pasión y muerte de Carlos Mugica” (Grupo editorial Norma). Dice la autora en la contratapa que “nunca nadie sabrá si cuando Carlos Mugica vio los ojos de su asesino, aquella noche del 11 de mayo de 1974, entendió que estaba allí debido a su inocencia. El cura de los pobres, nacido en aristocrática cuna, fue creyente fervoroso y a la vez, crédulo compulsivo. Descubrió al peronismo proscripto en las barriadas populares, abrazó la insurgencia juvenil, fundó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, fue confesor y amigo de los jóvenes Abal Medina, Ramus y Firmenich, entre tantos otros alumnos del Nacional Buenos Aires, cuando Montoneros no era ni siquiera el sueño de la organización armada que ajusticiaría a Aramburu y con la que terminaría enfrentado”.

Y como de fútbol también se trata estos días en Sudáfrica, “El legado de Mandela. 15 enseñanzas sobre la vida, el amor y el valor”, de Richard Stengel (Temas de Hoy), el periodista recuerda que se convirtió en la sombra del líder africano para ayudarlo a escribir su autobiografía. Stengel llegó a conocer los diferentes aspectos de este ser humano, y registró toda esa sabiduría en quince lecciones de vida: por qué debemos mantener cerca a los enemigos, por qué el coraje es algo más que la ausencia de miedo. Y entretejidas con esas lecciones, la infancia de Mandela como protegido de un rey tribal, sus años como luchador por la libertad, los veintisiete años de prisión que no lograron quebrarlo y su nuevo matrimonio a los ochenta abriles.

El devastador terremoto que en enero pasado destruyó a Haití no es excusa (al contrario) para recorrer su historia, su colonización y precarización. Y para entender, como lo hace el sociólogo Eduardo Gruner en “La oscuridad y las luces. Capitalismo, cultura y revolución” (Edhasa) por qué ese país resultó una pieza clave en el desarrollo del sistema social contemporáneo. Es imposible pensar la expansión del capitalismo sin analizar la esclavitud, una institución decisiva en su andadura, una red de compraventa de seres humanos que intensificó la relación entre tres continentes: Europa, América y África. Al amparo de esta explotación, creció la industria textil, la naviera, el comercio internacional de manufacturas. Es decir, vio la luz, entre violencia y riqueza, una protoglobalización. Pero mientras esta circulación de capital y trabajo se extendía, en 1791 estalla la primera revolución en América Latina (en 1804 declaran la Independencia). Además de ser la primera, fue también la revolución más original y radical, y acaso por esas razones, la más reprimida.

Con un prólogo de Eva Giberti, el especialista Luis G. Blanco publica “Prostitución infantil, tráfico de menores y turismo sexual. Ensayo sociojurídico acerca de la explotación comercial infantil” (Ad Hoc), donde el abogado pasa revista a la situación internacional -y local- del comercio sexual, el reclutamiento y el tráfico de niños para la prostitución infantil y el turismo sexual. Además, repasa la legislación vigente. Y la compara con la de otros países. La conclusión espontánea es que este negocio mueve millones de dólares y explica cantidad de desapariciones de personas, sobre todo de origen humilde.

Puede usted querer ahondar más en la obra del filósofo italiano Giorgio Agamben, y puede hacerlo entonces en “Signatura rerum. Sobre el método” (Adriana Hidalgo), tres estudios sobre el concepto de paradigma, la teoría de las signaturas y la relación entre historia y arqueología. Y si prefiere al francés Jean-Claude Milner, no dude en elegir “La arrogancia del presente. Miradas sobre una década, 1965-1975” (Manantial): “Hoy, el presente está humillado. No hace mucho, fue arrogante. Lo suficiente como para convocar a la Historia y a la Revolución, como si acabaran de nacer. Yo participé en esa arrogancia. Aún me sostengo sobre ella para interrogarme al respecto. Del izquierdismo, de mayo del 68, del maoísmo, ¿qué puedo decir hoy que esté a la altura de lo que sé?”.

Los versos de Jorge Aulicino que las Ediciones del Dock publican bajo el título de “Máquina de faro”, acaso puedan acercar alguna respuesta: La casa en aquella vuelta del camino,/ las paredes ahumadas aunque no había/hogar ni estufa a leña, y aquel/gorgoteo que escuchamos toda la noche/pese a que el depósito del baño,/cuya tapa yacía en el suelo polvoriento,/estaba seco y vacío, atravesado/por telarañas, y la bomba de agua/a motor estaba demasiado lejos/y el motor estaba oxidado (Nota: casas de verano).

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Gente normal

Jon Juanma (Desde España. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Planeta Tierra visto desde el espacio es sorprendente. Esa forma esférica cuasi perfecta, su mayoritario azul intenso moteado de tierra siena, y el contraste con la oscuridad del cosmos, le confieren una apariencia absolutamente intrigante y mágica. Pero si nos acercamos más, si en el interior de la atmósfera cruzamos la estratosfera hasta llegar a la troposfera, lo que veremos será cada vez más fascinante: montañas rocosas contorneadas por ríos que caen formando saltos o trazan sinuosas curvas sobre su superficie añeja, praderas engalanadas de intenso verde, bosques llenos de innumerable fauna y flora, mares inmensos de enérgicas y majestuosas olas, insólitos paisajes de… y así podríamos seguir infinitamente.

En las zonas más urbanizadas de nuestro mundo se contempla una gran masa compuesta de diminutos puntos, esparcidos por diferentes pueblos. De diferentes formas y colores, de movimientos pausados o más o menos veloces, son los principales actores del escenario global. En los libros suelen llamarlos seres humanos u homo sapiens, pero sin duda, si acercamos el objetivo de nuestra cámara logrando imágenes más próximas de los mismos, comprobaremos que se trata de otra especie más específica: “la gente normal”.

La podemos encontrar en los mercados, las calles, el metro, los colegios o haciendo cola en los hospitales públicos. Si seguimos acercándonos más, incluso podremos distinguir sus rostros, sus nombres, sus vidas...

La gente normal suele despertarse bien temprano, con o sin el murmullo de los niños. Algunos lo hacen acompañados, otros anhelando compañía. Algunos se levantan antes de lo normal porque deben soportar largas colas de tráfico antes de llegar a la oficina, otros tienen el trabajo tan cerca de casa que éste no les abandona ni, cuando agotados, vuelven a la cama. Algunos viajan con otra gente normal, en autobuses repletos, mientras divisan la fábrica, la mina, el centro comercial o el astillero, lugares donde seguro pasarán la mayor parte del día (o su noche). Otros rodeados de moscas, y sin trabajo remunerado, intentan cada día construir embarcaciones imposibles para alcanzar otras tierras donde, sobreexplotándolos, no les nieguen el sustento.

A veces la gente normal se enamora. A veces, le rompen el corazón. Algunos de ellos se vuelven a enamorar, otros dejan de creer en las hadas para siempre. En ocasiones, también sucede que el revoloteo de las mismas les vuelve a brotar desde el estómago, quieran o no. En la retaguardia, Cupido espera con desigual puntería dispuesto a atravesar gargantas, mentes, piernas, brazos y a veces incluso corazones. También hay gente normal que se acostumbra a vivir sola y cuando está acompañada sólo sabe causar daño. Unos pocos (los más valientes, locos o soñadores), siguen amando contra viento y marea, pese a naufragios e inundaciones, incluso a antiguos amores, bajo la grácil e indestructible sábana del hechizo o la condena. A veces, tanto enamorados como solitarios enferman, y deben aprender a hacer frente a las adversidades. Todos tienen amigos, mejores y peores, con ellos comparten un té, un mate o unas cuantas cervezas. Los hay que prefieren agua mineral con un poco de limón. Todos adoran la música, disfrutando de su compañía mientras se confiesan desdichas, sueños y esperanzas, entre miradas, llantos y sonrisas. Hay reuniones con amigos y hermanos, padres e hijos, abuelos y nietos, también algunas donde se reúnen la mayoría de ellos. En ocasiones se besan, se abrazan, se escuchan, se ayudan, se entienden...incluso consiguen ser felices.

Pero a veces la gente normal tiene miedo...

a perder el trabajo y no poder mantener a los suyos; a conservarlo, y no tener tiempo ni de verlos. Frecuentemente, para retenerlo, se estorban, se mienten, se dañan. Mientras tanto, muchas hijas e hijos de la gente normal estudian y trabajan duro toda la semana. Y algunos, bastantes que son ya muchos, cuando llega el sábado noche en los alienantes oligopolios del ocio de cualquier urbe se meten cocaína, toman pastillas, se evaden con la marihuana o se emborrachan con esa otra droga tan aceptada por nuestras sociedades llamada alcohol. Intentan olvidar el olvido y los encadena la soledad, corren más deprisa huyendo de la duda del no saber (se), porque nadie les dio un nombre, ni sueño, ni certeza, ni sentido y sólo logran arribar una y otra vez al mismo punto de partida. La cultura del capital los dejó desmemoriados, asustadizos, perdidos en el laberinto. A veces, les sangra la nariz y otras, no recuerdan nada de lo que hicieron la noche anterior. Otras se marchan de casa con un “hasta luego mamá”, o “mañana hablaremos papá” pero ya no vuelven jamás. Entonces llegan las oraciones a la Virgen o a los Santos, a Jesús o Alá… “¿Jehová me oyes?” Incluso los hay que no ruegan porque desconfían de lo intangible, pero todos lloran. Todos.

A veces, hay a gente normal a la que de repente se le abre la tierra bajo sus pies y se pregunta el porqué mientras se precipita por el despeñadero. Otras, le llueve plomo extranjero, desde el cielo, de frente o por abajo. Las balas de la codicia perforan su cuerpo o el de sus amigos y familiares, mientras las bombas de la ambición borran cualquier paisaje anteriormente conocido, querido, añorado. La sangre brota y las lágrimas se entrecortan, pero siempre continúan tras un coro de quebrados sollozos. Los más desdichados de esas guerras, los vivos, continuarán inmunes en su pena a los psicólogos de Oxfam, los bienintencionados informes de la ONU y los moralismos de los sacerdotes de la Iglesia. Las lágrimas no entienden ni entenderán nunca de “inteligencia emocional”. Como el río que debe llegar al mar, en cuanto tenga un poco de agua brotará de nuevo, con más fuerza si cabe, hasta descansar en paz. Porque cuando a la gente normal le roban la vida, dinamitando presente y futuro, sólo le queda la terca esperanza del descanso, el reencuentro, la unión con la infinitud y la calma del silencio.

Llegan momentos en que la gente normal, cansada de tanta anormalidad, no puede más, y se vuela la tapa de los sesos.

Pero... ¿por qué si hay tanta gente normal, el mundo va tan (anor)mal? Puede que sea porque la gente normal, en realidad, pinta una puta mierda.

Llevamos muchos siglos en los que la gente normal no ha tenido derecho a tener una vida normal, probablemente porque vivimos bajo el azote del más anormal de los sistemas posibles. Aquél que lo supedita todo (y a todos) a la lógica del máximo beneficio de una minoría. Cuando el interés privado se convierte en el omnipotente cacique de la tribu, y su continua reproducción en el príncipe más querido del imperio, lo público queda relegado como perpetuo forajido. El interés privado manda y permite que la gente, empeñada en que tengamos una vida normal, acabe en la cárcel acusada de peligrosa terrorista o bien marginada en las amplias prisiones de la libertad de prensa por anarquista, socialista, comunista o cualquier otro -ista menos fascista, chovinista, racista, derechista, etc.; frecuente relleno de costosos trajes y corbatas de italianas marcas.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos que, si la gente normal vive en un sistema tan poco normal, ¿dónde están los anormales que lo sustentan? Quizás no haya que buscarlos en las colas de los supermercados, en los atascos, en las escuelas del barrio o frente a la consulta del doctor, quizás y sólo quizás, haya que mirar bien hacia arriba para poder localizarlos. Y ver tan alto es complicado, con la luz apuntándonos de frente, cegándonos. Pero nos es posible intuirlos viajando en aviones privados, sentados junto al borde de una gran piscina en sus enormes mansiones o a bordo de lujosos yates varados en algún glamuroso puerto del Mediterráneo. También podríamos volar con la imaginación a uno de esos oasis de lujo y ostentación de alguna teocracia árabe productora de petróleo o quizás a un inmenso rancho texano, o viajar hacia algún paraíso fiscal de fronteras garantizadas por todas las potencias expropiadoras del “Primer Mundo”, o a un edénico paisaje de alguna diminuta isla caribeña cercada por un disciplinado séquito de mercenarios privados. Por supuesto, es seguro que los encontraremos en amplios áticos de rascacielos con helipuerto y salones con decenas de monitores encendidos en Nueva York, Berlín, Shanghai, Hong Kong, São Paulo, Moscú, Mumbai o Tokio. Los más poderosos de ellos con los teléfonos en sus agendas de algunos de los más importantes primeros ministros, banqueros, especuladores, directivos de empresas farmacéuticas, magnates de conglomerados mediáticos, rectores de universidades privadas (y públicas), monarcas, vendedores de armas, obispos, directores de servicios secretos, propietarios de grandes buffets de abogados, industriales culturales, narcotraficantes, altos militares y demás polimórfica casta “realmente existente” y dirigente. Destaquemos que no conocemos a ninguna gente normal a la que inviten a sus reuniones o fiestas de cumpleaños, si descontamos al personal del servicio.

Mientras dejemos que esta gente tan poco normal nos alimente con pienso transgénico y nos entretenga en sus corrales privados con juguetes ajenos, la gente normal seguirá volviéndose loca y muriendo en el matadero. Y mientras ellos gobiernen, la normalidad no podrá vestir más que con los santos harapos de la Utopía y las distintas Revoluciones que anhelan su nacencia. Mientras los de siempre firmen decretos e implementen sus políticas de muerte, la gente de a pie continuará haciendo ese tipo de cosas tan anormales que nunca desearon hacer como despedir del trabajo a una madre soltera embarazada porque le era más rentable a la empresa, venderle un coche de lujo a un narcotraficante o crack al hijo del vecino de la esquina, endorsarle un plan de pensiones a un viejito senil o reventarle la cabeza a un muchacho iraquí porque algunos que no conoce (y pintan mucho) lo tildaron de peligroso terrorista.

Mientras el mundo arda de esta manera no habrá normalidad para nadie. Por muy lejos que la gente normal se crea de la hoguera, las llamas la alcanzarán de un modo u otro, inexorables, implacables. Y los que crean vivir una vida normal o aspirar a tenerla ante semejante escenario deliran y la falsa normalidad se les verá truncada un mal día, tras los ojos de un joven violento, asustado, resguardado y azuzado por el cobijo de una mara, que les disparará en la sien por la más variopinta de las sinrazones, o despertarán con el frío de una navaja hundiéndose en su vientre atravesado por la urgencia monetaria que dicta la dosis de un moribundo drogadicto, que antes fue hijo, quizás también padre. Los cimientos de barro de la normalidad seguirán desmoronándose con la deslocalización de una fábrica y la pérdida de empleo, con la bajada de las pensiones, el aumento de la jornada laboral y la edad de jubilación, con el fin de la cobertura social para millones de campesinos firmada con la ejecutora mano de un anónimo burócrata del Partido Único, ahora amante de la economía de mercado, o con la no renovación del contrato de trabajo por aferrarse a no vender mentiras tras las siglas de un “respetable” medio de comunicación o cualquier otra sacrosanta institución de nuestra ingesta sociedad de la mentira permanente.

Y ante tanta impostura y el tamaño de la tragedia, algunos prefieren, cual bálsamo de penas y conciencias, repetir que no hay nada que hacer, que todas estas calamidades ocurrieron siempre, ocurren y ocurrirán, por lo siglos de los siglos...

¿Amén?

“La gente normal”, tanto de cerca como de lejos, son en realidad… personas. Los otros, pese a sus esfuerzos, también. No lo olvide nunca.

Nosotros somos más.

Jon Juanma es el seudónimo de Jon E. Illescas Martínez, artista plástico y teórico del socialismo, investigador y creador del Sociorreproduccionismo Prepictórico.

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Cuba pinta a Guayasamín

Marcos Alfonso (Desde Cuba. Servicio especial de la AIN para ARGENPRESS CULTURAL)

Dos docenas más dos: 26 artistas cubanos de la plástica integran la muestra Cuba pinta a Guayasamín.
La exposición será abierta el cercano seis de julio en la Casa Museo Oswaldo Guayasamín. “Muestra palpable de la impronta del quiteño en nuestro entorno –como afirmara Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad – cuya reconstrucción desde las ruinas de la antigua mansión fue uno de sus empeños materiales y artísticos, iniciado cuando pocos creían en la gesta rehabilitadora del Centro Histórico”.
La idea del proyecto y su curaduría corren a cargo del documentalista Roberto Chile y la coordinación general descansa sobre los hombros del veterano y avezado periodista Pedro Martínez Pírez.
“Guayasamín le debe a Cuba todo el amor que cabe en la conciencia humana, porque la isla revolucionaria, al mando del hombre que más admiró, Fidel, le dio múltiples oportunidades de ver sus sueños e ideales realizados y, encima, lo cobijó como uno de sus hijos”, ha escrito la Fundación que lleva el nombre del inmortal artista ecuatoriano.
A cargo de los pintores Enrique Báster, Agustín Bejarano, Vicente R. Bonachea, Kamyl Bullaudy, Luis E. Camejo, Nelson Domínguez, Roberto Fabelo, Francis Fernández, Marlys Fuego, José Fúster, Ernesto García Peña, Osvaldo García, Javier Guerra, corren los lienzos y trazos para este homenaje.
Suman sus obras al empeño Verónica Guerra, José Antonio Hechavarría, Dagoberto Jaquinet, Jesús Lara, Lorenzo Linares, Kelvin López, William Pérez, Mabel Poblet, Angel Ramírez, Ernesto Rancaño, Eduardo Roca (Choco), Adrián Rumbaut y Dausell Valdés.
Este año Oswaldo cumpliría 91 años de abrir sus ojos al mundo, fecha escogida para el tributo al Pintor de Iberoamérica por medio de lo que fuera la pasión de su vida: las artes plásticas. El sitio: la casa que lleva su nombre en La Habana Vieja y más nos acerca a su memoria.
No puede soslayarse que el artista ecuatoriano: pintor de la América profunda, precursor de la denominada Escuela Indigenista y de los más relevantes exponentes del impresionismo, fue fervoroso amigo de Cuba.
La Fundación ha sentenciado: “Ni con todo ese conocido sentimiento de amor que apasionaba a Guayasamín, podría decir suficientes gracias a los cubanos gestores de este homenaje y a los pintores que con tanta calidad humana representan a su indomable y fraternal pueblo”.
Oswaldo se autodefinía así: “Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente”. Nació en Quito, Ecuador, el seis de julio de 1916. Es el creador, afianzado en su origen indio-mestizo, del retrato de la realidad social y humana actual, latente denuncia del presente en que vivimos.
La injusticia social, los conflictos bélicos y la depresión política en la década de los años 60 del pasado siglo lo condujeron a crear lo que denominó “La Edad de la Ira”, conjunto de exposiciones que recorrieron Europa y América y estremecieron las mentes y conciencias de las personas asistentes a los sitios en los cuales se exhibió.
Se identificaba, en cada pincelazo, con la protesta y la denuncia social para retratarlas con rabia. Para llamar, desde sus trazos, a la sociedad más justa y a vida mejor para los desposeídos. Guayasamín marcó con su obra la tendencia del realismo social.
El quiteño es referente y maestro de talla mundial de la pintura ecuatoriana. Artista que causaba y promovía la polémica desde sus paletadas.

Oswaldo Guayasamín murió en Baltimore, Estados Unidos, el 10 de marzo de 1999. No pudo concluir su más grande y ambicioso proyecto: La capilla del Hombre. Para él, más que obra artística, era forma de mantener viva la imagen de Latinoamérica a través del tiempo: espejo donde la humanidad pudiese mirarse.
Aunque el maestro no pudo verlo realizado, la Fundación Guayasamín, artistas y personalidades de toda América hicieron realidad su sueño: esa monumental obra quedó abierta en su primera fase el 29 de noviembre de 2002, declarado por la UNESCO como proyecto prioritario de la cultura mundial y patrimonio del estado ecuatoriano.

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Los Altos y Bajos de Bariloche

Miguel Longarini (Desde Buenos Aires. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando El Alto baja Al Bajo
cansado de mirar de arriba,
El Bajo, rico y ostentoso,
por esas diferencias teme.
Temeroso y ruin ataca y mata
por saberse una miserable rata.
El Alto, pobre y esclavo
con la nieve y miseria lucha.
Mientras, abajo,
el paisaje se altera
entre el chocolate caliente
que se paga en dólares,
y el alcalde Bajo que ordena
limpiar de Altos las calles.

Temblando de frío y hambre
El Alto
ha venido a pedir
Al Bajo
cuando la bala mandada,
deseada; justificada…
le parte el lomo.

Cae El Alto tiñendo de rojo la nieve.
Los Bajos vivan por un Alto menos,
mientras el perro de la foto lame
las botas manchadas por tanta sangre.

No hay Alto que aguante en Bariloche
Si El Bajo sigue siendo gobernante…

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Un espejo para Mercedes

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando Manuel Antonio Noriega, entonces presidente panameño, blandía su machete, tal vez nunca pensó que a estas alturas del transcurso del tiempo él habría de ser el espejo de Su Merced Álvaro Uribe, a su vez Presidente de esa otra parte de Panamá, denominada Colombia.

Es entendible que el orden es la antítesis del caos, es que Panamá fue de Colombia y ahora Colombia es de Panamá, a la vez que ésta es de USA, lamentablemente.

No por azar la sede del Comando Sur de los Estados Unidos del Norte, es decir, el comando de guerra que se supone defiende a esa nación de la supuesta agresión suramericana, estuvo formalmente en Panamá y sigue estando, de otra manera. Es por lo que hay que voltear los ojos hacia Panamá -más que Colombia- verdadero enclave colonial.

Hoy, Su Merced Santos está de moda porque la otra cayó en desuso, la implacable lógica imperial es un trapiche que no para de moler desechos, así, una tras otra, cada Merced ha de verse en su propio espejo -Noriega- y, hoy le toca a Su Merced Uribe pero mañana le va a tocar a Su Merced Juan Manuel Santos.

Pero, vayamos adentro. Murió el General Omar Torrijos. Un fatal accidente de aviación le costó la vida al hombre que estuvo durante largo tiempo tratando de devolverle a Panamá, la soberanía del Canal.

Cuando en 1904 la Casa Blanca emprendió la construcción del canal en territorio panameño, ya la hoy Caza de Nariño estaba cazada, era un trofeo de caza de la Casa Blanca, la oligarquía colombiana se había bajado las pantaletas y permitido un descarado despojo de su propio territorio; El gringo necesitaba esa porción de territorio colombiano, que era Panamá, para sus intereses y, en menos de un año, ya estaban materializando sus planes, con la construcción del referido canal interoceánico.

Hasta llegar al General Torrijos, nadie había peleado tan denodadamente por la recuperación de esa franja del territorio panameño, Torrijos logró un acuerdo que devolvería parte de la soberanía a Panamá, por eso la ultraderecha gringa decidió dar marcha atrás a esos tratados firmados por Torrijos y Carter. De ahí que asesinaron al Presidente Torrijos, provocando el accidente aéreo, por intermedio de la Agencia Central de Inteligencia -CIA-.

De no haber ocurrido ese desprendimiento del territorio colombiano para fundar a Panamá como república y, consecuencialmente, el canal, por parte del gringo, otro habría sido el actual panorama de toda la América Central, posiblemente.

Antes lo hicieron con México, el gringo se anexó gran parte de ese país. En Honduras tuvieron a Goriletti como acá en Venezuela, a Manuel Rosales para tratar de anexarse el Estado Zulia y, naturalmente, en Colombia tuvieron a Uribe Veliz hasta que les sirvió de mampara, para darle paso a Santos y así, sucesivamente, el trapiche gira y gira, es que la estrategia de la Casa Blanca, de merodear con su bocota abierta, amenazadora, no es nueva ni podrá amedrentarnos.

Pero, volviendo a lo de Panamá, luego del magnicidio contra Torrijos, se realizaron elecciones que fueron anuladas por el Tribunal Electoral porque no fueron del agrado de la Casa Blanca, es así como surge Noriega.

Noriega era compinche de los norteamericanos, lo fue por mucho tiempo, pero cuando el Presidente Reagan le pidió colaboración a Noriega, para invadir a Nicaragua, vía Panamá, Noriega se negó.

Considero que nosotros debemos voltear nuestros ojos hacia Panamá porque ese es un importantísimo centro geográfico, geopolítico y geoestratégico en cuanto a la supuesta defensa del sur de Estados Unidos, por una parte, y por otro lado, es un centro de ataque imperialista contra toda nuestra región.

Y, por añadidura, desde Panamá funcionan las conexiones del Vaticano para atacar a los pueblos de todo el Sur. Si se le sigue la pista al Cardenal Jacinto Berloco, puede observarse la jugada del Vaticano, para desestabilizar a la región, en conchupancia con la Casa Blanca y hasta con la Caza de Nariño -ésta, Casa cazada- cómplice.

En Panamá, en la zona del canal, tuvo su asiento la sede del Comando Sur de la Armada de los Estados Unidos, con todo su poderío militar aéreo, terrestre, naval y de los comandos especiales. Allí se instalaron centros de entrenamiento para la agresión y el crimen contra nuestros pueblos.

Para entonces, Noriega podía jubilarse porque así lo contemplaba y lo contempla el Reglamento Militar panameño pero, como quiera que era un hecho la violación de los Tratados Torrijos-Carter, por parte de los Estados Unidos, él prefirió no acogerse a la jubilación sino que prefirió participar activamente en contra de las pretensiones del imperio y, para más, le manifestó a una comisión de la OEA, que no habría solución al conflicto panameño hasta que los Estados Unidos dejaran de intervenir en los asuntos internos de Panamá.

A partir de ese momento, la versión de los grandes diarios del mundo fue que Noriega estaba implicado en narcotráfico. Él esgrimió que esas acusaciones eran falsas y que por lo demás, nunca habían sido comprobadas; no obstante, en caso de que fuese cierto, el gobierno norteamericano era cómplice.

Se trata de un modus faciendi gringólico. Sí Uribe es o no el Nº 82 en la lista de imputados que el gringo tiene como socios, lo saben ellos pero es evidente que, al igual que el tal Micheletti, No es casual que por ahí surjan las extorsiones, y si algún Presidente no se deja chantajear, entonces, sin prueba alguna, es acusado de tal narcotraficante; en cambio, el que se deja, es porque ají come.

Por re o por fa, lo del narcotráfico es un floreciente negocio para los gringos; el partido socialcristiano de Panamá es una fuerza fascista a través de la cual engatusaron a Noriega para que se asilara en la Nunciatura Vaticana, que posteriormente lo entregó al gringo y por supuesto, para cobrar en verdes, Allí estaba el Cardenal Berloco moviendo los hilos.

Pretende el enemigo, engullirnos de a poquito, debilitar uno a uno los poderes del Estado Venezolano antes de intentar un gran zarpazo contra Chávez pero, Venezuela es y será invencible.

Cada uno de los poderes debe saber la ubicación de la parte respecto al todo, además, cada poder del Estado debe saber que el orden se opone al caos, pero ese orden al que me refiero no es el orden tradicional sino el orden que nuestro poder constituyente ha conferido al Estado, me refiero al orden bolivariano. No obstante, desde Panamá vía Colombia la andanza imperial pretende neutralizar nuestra determinación de ser libres.

Parte de la estrategia imperial consiste en echar mano a la truculencia del periodismo sedicente, para desmoralizar a la opinión pública pero sí seguimos de pie, nunca podrán doblegar nuestra voluntad de ser nosotros mismos.

La Unidad del Estado venezolano está siendo blanco de la cizaña imperialista, por tanto, debemos responder con contundencia porque, sí no lo hacemos, el enemigo hará mella en la conciencia popular.

Uribe fue usado por Obama, para alimentar los odios guerreristas entre Colombia y Venezuela.

Respecto a la decisión de Sus Mercedes-Uribe y Santos-de hipotecar a Colombia, al gringo, hay que recordar que no hay “Mal que dure cien años de soledad”.

Uno y otro han de verse en Noriega.

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