viernes, 30 de julio de 2010

Dos hermanos

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Con sus 41 años cumplidos, Ovidio había dedicado la mayor parte de su vida a estudiar. Esa era su pasión, y cada vez sentía más intensamente que debía seguir haciéndolo. Al modo socrático se deba cuenta que cuanto más estudiaba, más descubría que sabía muchísimo menos de lo que deseaba. El círculo se cerraba en sí mismo, y la única salida era seguir estudiando.

Así pasaba sus días; estudiando, y dando clases de filosofía.

Su doctorado en Alemania no le había modificado su tradicional humildad. Seguía siendo siempre el mismo muchacho tímido, con aire de asustado, escondido tras los inconmensurables anteojos con marco de carey que, a duras penas, se quitaba sólo para bañarse o para dormir.

Su formación académica realmente era buena: alumno brillante desde la escuela primaria, siempre había sido el estudioso de toda clase donde asistía. Poco hábil para las cosas prácticas, para la vida, para el amor, lo suyo había sido siempre casi con exclusividad esconderse tras un libro. Casi no conocía su ciudad natal, pero hablaba correctamente alemán, inglés, francés e italiano; y de su paso por el seminario (cuatro años, y nunca contó por qué un día decidió no continuar) guardaba el dominio del latín y del griego clásico. Además de experto en filosofía, su formación cultural general era vasta: conocía muy en detalle historia universal, arte, leía con profusión sobre temas variados y, “como pasatiempo” decía él, tocaba más que aceptablemente el violín.

Nunca se le había conocido mujer.

Si algo lo caracterizaba era su meticulosidad, su cuidada prolijidad para todas sus cosas intelectuales (no así para las materiales. Vestía siempre muy desarreglado y su aseo personal dejaba mucho que desear). Remedando a Kant, decía que él era tan puntual como el pensador germano, a cuyo exactísimo y repetitivo paso por la plaza de su Königsberg natal –al menos así contaba la historia– la gente ajustaba sus relojes. De todos modos, “I can’t be Kant” sentenciaba jocoso Ovidio. Eso era el mayor nivel de jocosidad que podía pedírsele, dicho sea de paso. Jamás reía; a lo sumo, una tibia sonrisa por cumplido.

Ricardo, su hermano tres años menor, era todo lo opuesto. Mujeriego como él solo, fanfarrón, bullanguero, nunca había terminado sus estudios universitarios. Ya llevaba tres matrimonios –sólo uno con hijos– y, aunque no estaba claro cómo lo lograba económicamente, siempre se lo veía vestido a la rigurosa moda, con ropa de la más cara, y con frecuencia cambiaba el modelo de automóvil.

Por diversos motivos, y con características diametralmente opuestas, ambos hermanos eran muy conocidos en la universidad. Uno, como profesor de la más alta calificación –y aburrido solterón crónico, además–; el otro, como Secretario de Rectoría, sin un papel académico específico pero con un gran poder de decisión y manejo en lo interno de la institución.

Se comentaba que Ricardo era bisexual.

Entre ellos dos había poca relación. No era precisamente mala; en todo caso, era escasa. Vivían en zonas bastante alejadas de la ciudad, y sin mayor hábito de visitarse, el único lugar donde a veces se veían –casi nunca se hablaban– era la universidad.

La hermana mayor, Sonia, no vivía en Chile. Ella era exiliada política, y desde hacía largos años, cuando había comenzado la dictadura militar, residía en Canadá. Conectada siempre a sus dos hermanos menores, pese al tiempo transcurrido seguía haciendo el papel de hermana mayor/madre que le había tocado jugar años atrás. En alguna medida, era ella la que, un tanto forzada, incluso artificialmente, mantenía la unión entre ambos muchachos. Si de ellos hubiera dependido, en Santiago, probablemente nunca se hubieran continuado dirigiendo la palabra.

Ricardo sentía una cierta envidia de Ovidio. En realidad lo tomaba por un estúpido, por un viejo solterón maniático lleno de problemas psicológicos –su tic en la ceja izquierda era el más evidente por cierto–, pero secretamente le hubiera gustado tener esa formación sólida. En la intimidad, cosa que jamás reconocería con nadie, se sabía un tanto torpe en términos intelectuales. Más que torpe: vago, despreocupado, un haragán absolutamente inconsecuente que nunca había podido terminar sus estudios de derecho. Al lado de su hermano, siempre brillante en el estudio, él se empequeñecía. Era a causa de esa sensación que, cada vez que podía, se burlaba de Ovidio en aquello donde se sentía superior. Eso, por cierto, no era muy difícil de lograr, pues Ovidio resultaba un tonto para todas las cosas prácticas de la vida.

Como Secretario de Rectoría, Ricardo vivía entorpeciéndole el trabajo a su hermano. No le hacía cosas especialmente graves, pero sí suficientes para molestarlo: cambiarle un aula a último momento, demorarle un listado de alumnos, no prepararle lo necesario para un examen. Es decir: pequeñeces de la cotidianeidad que tornaban las cosas más incómodas, más complicadas.

Dado que Ovidio era extremadamente detallista y meticuloso con todo lo de su trabajo, esas pequeñas dificultades lo alteraban sobremanera; se ponía rojo, sudaba, se le elevaba la presión, y a veces, no pudiendo contenerse, gritaba. Tenía algo de tragicómico verlo así, con esa apariencia grotesca, desaforada. De todos modos, no pasaba de allí: gritaba un poco, llamaba a su hermano para que le solucionara el problema –cuando podía encontrarlo– y al rato se olvidada de la cólera. No podía creer que estos inconvenientes fueran hechos intencionadamente. Más bien los atribuía a la torpe y siempre insanamente lenta burocracia. Cuando alguna vez alguien le sugirió que era Ricardo quien movía hilos detrás de todo esto, no lo creyó. Su hermano, a quien no se podría decir que amaba entrañablemente –Ovidio no amaba a nadie–, tenía para él el valor de lo que hubiera querido ser pero veía como imposible: astuto, rápido con las mujeres, resolviendo todo con celeridad. Era su modelo de éxito.

Sin saberlo, ambos se envidiaban mutuamente un poco.

Beatriz tenía 21 años y compartía dos características; sería injusto mencionar una primero que la otra, porque ambas eran igualmente importantes, y por igual las dos la habían hecho famosa en toda la universidad. Era una estudiante de maravillas, con el promedio más alto. Con su corta edad ya conocía en profundidad varios pensadores clásicos, discutiendo sobre ellos con soltura. Por otro lado, su atractivo físico era más propio de una reina de belleza que de una estudiante de filosofía. Si bien rara vez se maquillaba –vestía muy informalmente, siempre en sandalias y blusas sueltas– tenía un toque de encanto que no dejaba de llamar la atención de nadie. Hasta el grupo de lesbianas organizadas que había en la universidad –bastante numeroso en verdad– la tenía como objeto de atracción (por no decir veneración). Beatriz nunca había tenido pareja, ni homo ni heterosexual.

Ovidio la cautivó.

En realidad, el austero profesor no tenía nada de atractivo físico. Enjuto, siempre escondido tras sus lentes, con una imagen más bien asexuada –“herencia del celibato de los años de seminarista”, aclaraba él– y una incipiente calva que lo hacía lucir más viejo de lo que era, para el sentido común Ovidio jamás hubiera podido ser el elegido de Beatriz, esa por la que “hemos llenado botellas y botellas de semen manualmente conseguido”, según decía un graffiti en el baño de varones en la Facultad de Humanidades. El mismo Ovidio no lo creía, pero la realidad es la realidad, cruda y descarnada imponiéndose siempre: fue Beatriz quien tomó la iniciativa terminando en la cama una noche de jueves, luego de una clase.

“De Heidegger al coito anal o del ser-ahí a la sexualidad picaresca”, propuso la avanzada estudiante al timorato profesor como tema para un próximo seminario. Ovidio simplemente transpiraba y tragaba saliva. No estaba acostumbrado a tratar con mujeres en situación de intimidad; no sabía qué decir, qué hacer. “Por suerte”, pensaba, “al menos se me paró”. Sólo envidiaba a su hermano. Incluso pensó en llamarlo al día siguiente para pedirle orientación, aunque rápidamente desechó la idea.

Beatriz, que pese a su envidiable belleza jamás se comportaba como una diva ni como una comehombres, notó que le salía con inusual facilidad su papel de provocadora. La actitud desencajada y distante de su profesor, más que hacerla retroceder, la envalentonaba.

Lo cierto es que, luego de esa explosión de sensualidad donde Ovidio sólo se dejó llevar, comenzó una relación muy particular.

Oficialmente nunca aparecían juntos; es más, se seguían tratando de “usted”. Pero comenzó a ser un secreto a voces que catedrático y alumna estaban pololeando. Tan público fue, que llegó a oídos de Ricardo.

Para él eso fue un golpe bajo. Beatriz hacía tiempo, ya más de un año, que era el foco de sus atenciones. Desde que la vio por primera vez quedó deslumbrado, pero cuando supo de su gran rendimiento académico, eso lo deslumbró más. Las insinuaciones y flirteos que Ricardo le comenzó a hacer, no hicieron la más mínima mella en ella. Al contrario: más bien alimentaron su rechazo hacia él.

Una mañana, deliberadamente, Ricardo llamó por teléfono a su hermano con cualquier excusa. En el medio de la conversación sobre algún anodino aspecto administrativo, fue buscando acercarse al tema que le interesaba: “la preocupación de las autoridades de la universidad a partir de la conducta que se observaba en ciertos profesores quienes, violando normas éticas elementales, se propasaban con sus alumnas”. Ovidio, inmediatamente se dio por aludido.

De ningún modo pensó que eso podía ser una estrategia perversa de su hermano –una más, entre tantas que siempre utilizaba contra él–. Por el contrario, se sintió tocado, descubierto en su travesura. De inmediato comenzó a pensar en el mundo de complicaciones que todo esto le podría traer. De ningún modo se le ocurrió qué deseaba con Beatriz, qué pasaba con sus propios sentimientos, qué querría ella si se enterara de esa preocupación de las autoridades. La sensación de miedo, de terror paralizante fue inmediata. Ya se veía detenido, conducido con esposas por la policía y acusado de violador. “¿Y qué voy a leer si caigo preso?”. Lo único que pensó fue en cómo su carrera docente se podía venir abajo en un santiamén. Lo demás, no contaba.

Decidió que lo mejor sería alejarse radicalmente de Beatriz. De inmediato comenzó a maquinar cómo lo haría: quizá una simple esquela a mano, o tal vez un correo electrónico. Lo importante era dejar claro que la relación no podía continuar.

Ese mediodía –inusualmente se había puesto minifalda, y estaba más provocativa que nunca– la joven lo buscó en su cubículo, como ya estaba empezando a ser costumbre, para ir a almorzar juntos. Ovidio fue terminante, incluso descortés. Trató de ser deliberadamente rudo, frío y distante. Beatriz no entendía.

El profesor prefirió no dar mayores detalles; se enfrascó en que la relación era una locura, que no tenía futuro y que mejor terminar todo. La joven no salía de su asombro. Ni siquiera pudo llorar. Era tal la sorpresa que no podía creer que lo que escuchaba de boca de Ovidio fuera cierto. Llegó a pensar que se trataba de una broma.

Pero no lo era. Definitivamente el profesor estaba resuelto en su determinación: el miedo que le había infundido su hermano en la conversación le había cambiado su ánimo en forma radical. No podía ni quería reflexionar al respecto. Los ruegos de Beatriz no lograron nada. Finalmente la muchacha optó por irse.

Dos días después de esta primera llamada, Ricardo insistió. Con sutileza, casi como al pasar, volvió a mencionar el tema. Ahora fue más duro; dijo que el Rector en persona, luego de una reunión de Consejo Universitario, lo había llamado para decirle que no se tolerarían esas “asquerosidades” de relaciones entre docentes y alumnas, que eso manchaba el buen nombre de la institución y que si se sabía de algún catedrático que incurriera en tamaño desliz, se procedería judicialmente. Ricardo lo dijo impersonalmente, hablando en general como si se tratara de una resolución administrativa, sin ponerle pasión. Pero sabía que eso estaría desesperando a su hermano. Sin dudas, no se equivocaba.

Ovidio llegó a decir, no sin incoherencia, algo que intentaba ser una excusa; algo así como que él no había hecho nada por el estilo, que no era culpable de nada. Acucioso, viendo que trastabillaba, Ricardo lo provocó.

–Hermanito, ¡pero tú no harías nada así!, ¿verdad?–

Ovidio comenzó a transpirar.

–¿Cómo se te ocurre?–, respondió tartamudeando.

–No, no, claro… Simplemente te preguntaba. Estoy seguro que tú no te meterías en algo así. Un profesor de tu categoría no haría una cosa tan baja, por supuesto.–

Algo en la actitud de su hermano alertó a Ovidio; intuyó que había una exageración inusual, sobreactuada quizá. ¿Por qué esa insistencia hacia él? ¿Por qué tantas indirectas? Algo andaba mal.

Por su parte, Beatriz seguía desconcertada. Esa misma incertidumbre la llevó a tomar una decisión: ir donde Ovidio para pedir explicaciones. Esta súbita reacción de su pareja, inexplicable por cierto, debería tener una causa. Y eso era lo que ella quería saber. No sólo lo quería: iría a exigir las respuestas del caso.

Prácticamente obligó a Ovidio a que se vieran, pese a la resistencia de éste. La llamada telefónica fue terminante: amorosa y al mismo tiempo perentoria. Beatriz no estaba dispuesta a renunciar de ese modo incomprensible a una relación que comenzaba a llenarla cada día más. Estaba profundamente enamorada, y eso ya es mucho; pero ahora lo que se atacaba era su racionalidad. Eso no tenía nombre, no lo podía dejar pasar.

Se vieron en un bar fuera de la universidad. Ovidio tenía una actitud de derrotado. Accedió a ir, pero en el momento del encuentro se lamentaba de haber aceptado.

–No nos vamos a andar con engaños, Ovidio. Aquí no necesitamos disimular nada, porque nadie nos conoce. No puedo creer que de buenas a primeras hayas cambiado así. ¿Qué está pasando?–

Ovidio permanecía mudo, mirando el techo.

La joven insistió varias veces, con ternura al principio, enérgica luego, para terminar enojándose.

–Mira, huevón –y sabes que te digo “huevón” con ternura–: yo sé que tú no eres así, que jamás hubieras tomado esta decisión de buenas a primeras. Aquí algo está pasando. Y perdona que te lo diga de este modo, pero estoy segura que no se trata de otra mujer. ¿Qué pasó, Platoncito?–, así lo había bautizado simpáticamente ella. –¿Qué está pasando? Dime, con confianza–.

Fueron necesarios muchos ruegos de Beatriz para que Ovidio se atreviera a hablar. Siempre esquivando la mirada, entrecortadamente pudo decir:

–Mi hermano me lo dijo…–.

–¿Te dijo qué?–.

–Que me van a meter preso–.

–¡Estás loco, mi amor! ¿De dónde sacaste eso?–.

Ovidio estaba por llorar. Sintió que las palpitaciones le aumentaban peligrosamente.

–¡Pero no, mi Platoncito!– agregó Beatriz tratando de calmarlo tomándole maternalmente una mano. –Nadie te va a meter preso por estar de novio, por amar a alguien–.

La conversación se prolongó por más de una hora. El profesor fue saliendo de su estado de estupor con la ayuda de su alumna/novia, y de pronto sintió entender todo.

–Cuando me decían que era él quien orquestaba esos supuestos errores que tanto me molestaban, no lo podía creer. Pero ahora veo que era cierto. Me odia, siempre me ha odiado y trata de destruirme…–.

La cólera acumulada fue saliendo cada vez con mayor fuerza. Los ojos le brillaban. Beatriz nunca lo había visto así, y llegó a sentir miedo.

–Yo nunca había querido a nadie, lo sabes… Hasta que apareciste tú. Todo lo que siento por ti no lo voy a dejar porque a este cabrón se le ocurra. ¡No, eso ni pensarlo!–.

Beatriz lo escuchaba entre anonadada y temerosa.

–Se me está ocurriendo algo: ¿te casarías conmigo?– propuso resuelto Ovidio.

La sorpresa fue grande, pero no lo suficiente como para que Beatriz dejara de reaccionar con cordura.

–¡Claro que sí, mi Platoncito! ¿Cuándo?–.

–Mmmm… ¡ahora mismo!–.

–Sí, claro… pero ¿y la clase que tú me das? No creo que se vea bien que el esposo tenga de alumna a su esposa. ¿Qué tal si lo dejamos para cuando haya aprobado Metafísica?–.

–Casémonos y lo mantenemos en secreto entonces–.

–Pienso que puede ser peligroso. Finalmente se van a enterar, y si tu hermano quiere tomar eso para joderte, lo va a hacer–.

Elucubraron largamente cómo proceder entonces. Después de más de dos horas sentados, varios cafés y casi un paquete de cigarrillos, salieron resueltos. Ambos llevaban una sonrisa de satisfacción; era evidente que algo habían tramado secretamente, algo que les daba energía, que los alegraba hondamente. Si hasta ese momento se sentían unidos, a partir de lo que en esa mesa de bar hablaron, se sintieron mucho más.

Al día siguiente Beatriz solicitó una entrevista formal con Ricardo, para el caso: con el Licenciado Ricardo Sagastume Valdivia. Tenía que exponerle un problema administrativo, argumentó a la secretaria cuando pedía la audiencia. Le dijeron que en unos días le podían confirmar la fecha de la cita, pero esa misma tarde el hermano de Ovidio ya estaba llamándola a su teléfono móvil para confirmarle el encuentro. Con una cortesía exagerada le propuso que fuera a la mañana siguiente.

Dado que Beatriz tenía clases por la mañana, trasladaron la reunión para la tarde. “Mejor aún”, pensó Ricardo, porque a la tarde solía haber menos gente, “así sería más fácil”.

La joven fue con falda; no una minifalda escandalosa, pero sí lo suficientemente provocativa como para encender pasiones. Y como cosa curiosa: se maquilló y llevaba tacones.

Sin lugar a dudas, estaba muy atractiva. Ricardo se salía de sus casillas (“los bajos instintos”, como gustaba decir, lo invadían). Dijo dos o tres formalidades tratando de ser amable, pero no podía disimular que se derretía por la muchacha. Sus ojos no se retiraban de su provocador escote. Beatriz, a propósito, dejó caer un papel para buscar que se tocaran, casualmente en apariencia. Eso encendió más aún a Ricardo.

No estaba claro si era o no bisexual, pero lo cierto es que con las mujeres funcionaba muy bien. En unos instantes se ponía al rojo vivo, “listo para golpear” según su machista metáfora militarista. “Inadvertidamente” rozó los pechos de Beatriz cuando se agachó para recoger el papel caído. De ahí en más, cualquier escena de película pornográfica empequeñecía ante lo que sucedió esa tarde en la oficina del Señor Secretario de Rectoría. La seducción había sido casi instantánea, y quien viera lo ocurrido no podía distinguir entre provocación o abuso deshonesto. Era de todo un poco.

Al principio Beatriz se había resistido, pero luego accedió al ataque de Ricardo. Sin dudas había mucho de histriónico en lo sucedido; o más aún: en la forma en que sucedió. Eso mismo –el histrionismo exagerado, lo peliculesco de toda la escena– llamó un poco la atención a Ricardo, pero el calor del momento no le permitió considerarlo con la cabeza fría. Las hormonas pudieron más, y todo concluyó con una estruendosa eyaculación de él dentro de Beatriz, quien llegó a un orgasmo mucho más estruendoso aún, con gritos que podrían haber alertado a secretarias a más de cinco oficinas a la redonda. Pero como era la tarde –hora de menos movimiento… y de mayor permisividad para estas travesuras –nadie se enteró de nada. O, por lo menos, nadie contó nada. Terminado el coito, la muchacha reaccionó con una airada protesta alegando violación, quizá desproporcionada para el placer que parecía haber estado experimentando un momento antes. Tomó la ropa que se había dejado sacar a manotazos y, siempre maldiciendo a su atacante, salió dando un portazo.

El plan salió tal como estaba pensado, salvo ese pequeño detalle de la eyaculación. No debía ser adentro; eso estaba fuera de lo planificado. Beatriz estaba un poco preocupada porque era la primera vez en su vida que estaba usando pastillas anticonceptivas. Hasta ahora, en la relativamente activa vida sexual que había llevado, siempre se había manejado con condones. No conocía bien esto de las pastillas, y en verdad le resultaba muy engorroso, lo sentía pesado.

La filmadora del celular funcionó a la perfección. El lugar donde “casualmente” lo dejó cuando entró a la oficina fue el indicado: se captó toda la escena con lujo de detalles. Sus negativas antes sus insinuaciones perfectamente podían dejar ver que lo actuado por Ricardo era violación sexual.

Así fue como se caratuló el caso.

El escándalo fue mayúsculo; dado que no era personaje muy querido por el estudiantado, la ocasión sirvió para desatar una ola de repudio en su contra que facilitó su inmediata defenestración de la universidad. Cuando era inminente su apresamiento por parte de los carabineros, huyó. Nadie supo dónde marchó; lo cierto es que jamás se volvió a ver en la ciudad.

La conmoción que creó todo el hecho no fue poca; incluso se le dio bastante cobertura en los medios locales. Dado que era Santiago, la capital, la noticia adquirió necesariamente ribetes nacionales. Por supuesto sirvió para que más de alguien hiciera leña del árbol caído, mostrando que en las instancias públicas “pueden suceder estas barbaridades”, mientras que en las casas de estudio privadas “los estudiantes están mucho mejor”.

Pasado el incidente, y seguramente motivados por ello, Ovidio y Beatriz decidieron hacer público su amorío, proyectando ir a vivir juntos en un corto plazo. Esperaron que Beatriz aprobara la asignatura para consumar la decisión, y a poco de hacerlo informaron también a todo el mundo del niño en camino. Beatriz estaba embarazada de cuatro meses cuando aprobó Metafísica –con la mejor calificación, valga decir– y la alegría le salía por los poros. Otro tanto pasaba con Ovidio, que secretamente pensaba que nunca iba a lograr tener una pareja, y mucho menos, concebir un hijo.

Nació el vástago finalmente, y le pusieron Trasímaco de nombre, en memoria del sofista de Calcedonia que los tenía fascinados con su profunda visión de la estructura humana: “la ley es lo que conviene al más fuerte”. Ambos eran hiper críticos de todo, de sí mismos ante nada. Su hijo, según decidieron, se debería criar según esa matriz de espíritu libertario, nunca conformista, siempre en búsqueda de la verdad.

Así lo hicieron. Trasímaco, a sus cuatro años, era un niño con un sentido de independencia que llamaba la atención. Sus padres, por supuesto, estaban especialmente orgullosos de eso, y a diario lo alentaban viendo en su hijo un prospecto de filósofo. Siguiendo a Ovidio, ya arrancaba algunos sonidos al violín.

Cuando aparecieron los problemas respiratorios, los dos se sintieron morir. Trasímaco era lo máximo en sus vidas y no escatimaban esfuerzo alguno para atenderlo. Fue así que, referidos por su pediatra, consultaron con un neumonólogo de lo más reputado en toda la ciudad, que hizo valer su fama con el más que generoso valor de la visita. Incluso la cobró en dólares. De hecho, le quitó gravedad al asunto, pero ante todo prefirió hacer una prueba de ADN y comparar los resultados con los de sus padres para pesquisar algún trastorno genético a la base de la sintomatología.

Para el especialista fue difícil encarar la situación: según el estudio realizado, el padre biológico de la criatura no era Ovidio. Era alguien muy cercano en términos genéticos, pero no era él. Pese a toda su experiencia profesional, no le fue fácil abordar a la pareja; era hacer patente una situación “rara” que, inexorablemente, llevaba a considerar que quien había embarazado a Beatriz no era su compañero de vida. Aunque quien había pasado ese material genético –ahí estaba lo trágico de la situación– era alguien muy parecido a Ovidio, no era él. Era difícil decir eso. Con la neutralidad y respeto que pueden conferir el delantal blanco, luego de pensar la mejor estrategia para comunicarlo el médico se limitó a informar los resultados del examen. Cómo se procesara eso después por el matrimonio, no le concernía. Con esos resultados en la mano se pudo establecer un tratamiento puntual que en pocos meses restableció totalmente la salud de Trasímaco. Del problema respiratorio no quedó ni señal. Pero las cosas ya
no pudieron ser las mismas entre sus padres.

Derritiéndose en llanto, de rodillas, pidiéndole perdón como jamás se imaginó que pudiera hacerlo en su vida –menos ante un varón– Beatriz se deshizo en súplicas para que Ovidio tratara de entenderla. En la fingida actuación en la Rectoría de años atrás para conseguir inculpar a Ricardo, las cosas se habían ido un poquito de las manos. Lo que no tenía que suceder, sucedió. Ricardo había eyaculado dentro de ella.

Como esos días Beatriz y Ovidio tenían una intensa vida sexual, y ella, confiada en las pastillas que estaba tomando nunca le pidió a él que no eyaculara dentro, cuando resultó embarazada pensó –“¡convencidísima!”, según juró y perjuró mil veces– que el hijo era de Ovidio. Si en algún momento dudó y pudo pensar que tenía que ver con el error de la actuación y que podría ser de Ricardo, maníacamente lo borró. No quiso ni imaginarlo, no se lo permitió dudar, no compartió la inquietud con Ovidio; simplemente lo borró, lo anuló de una vez para siempre. Al menos, eso pensaba.

La noticia comunicada por el neumonólogo trajo a escena nuevamente una pesadilla que ella creía olvidada en forma permanente. Evidentemente, no lo estaba tanto.

Después de dos días sin hablarle, desoyendo los ruegos más inimaginables que le hacía Beatriz postrada de rodillas y bañada en lágrimas, con una frialdad imperturbable que a él mismo le sorprendía, Ovidio mató de seis puñaladas a su ex alumna.

Lo hizo todo calculadamente. Avisó a los padres de Beatriz que ella estaba de viaje fuera de la ciudad por unos días, se encargó de descuartizar prolijamente el cadáver que fue arrojando por trozos en distintos tarros de basura en puntos distantes de Santiago, y se las arregló para que Trasímaco no se diera cuenta de nada.

Una semana después del asesinato, igual que había sucedido con su hermano, desapareció de la ciudad sin dejar el más mínimo rastro, llevándose consigo al hijo.

Según nos contó vez pasada un estudiante de quinto año de Filosofía, de quien por razones obvias no vamos a dar su nombre y al que sólo designaremos como “Anaximandro” –se entiende que es un subterfugio, ¿no?– por circunstancias increíbles de la vida parece ser que vieron juntos a Ovidio y a Ricardo en la ciudad alemana de Leipzig. Nuestra fuente, que tiene un íntimo amigo becado estudiando en esa germánica urbe y es quien le pasó el dato, nos informó que, según le transmitieron, viven en la misma casa, el uno trabajando de docente dando clases de Lógica en varias escuelas medias, ganándose así pobremente la vida, y el otro es parte de un colectivo de homosexuales extranjeros que lucha por sus derechos (sexuales y de ciudadanía, ambos…), trabajando de cajero en un supermercado; y entre ambos siguen criando a Trasímaco, que hoy ya es un adolescente y forma parte de un grupo de hip hop latino.

Marcelo Colussi es argentino y radica actualmente en Guatemala. Escribe relatos de ficción y ensayos de filosofía política.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Antonio Berni: 33 años después

Ernesto Martinchuk (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para Argenpress Cultural)

La pintura ha vivido siempre emparentada con la poesía y Antonio Berni, ha estampado en sus cuadros todas estas vivencias que los poetas, en la palabra escrita pretenden describir y registrar. Su experiencia personal vive en su obra y como pocos pintores argentinos ha cubierto con total libertad tantas etapas creativas. Las formas nuevas, el material y el color que utiliza nos han de obligar a buscar otros planteos y otras ubicaciones de su arte. Él hace de su arte una lucha revolucionaria, orientada a conseguir la transformación del mundo. Su interior vive una realidad histórica y la pinta en obras que partiendo de sus manos han recorrido el mundo. Antonio Berni ha reconocido en su arte la realidad social dando a su obra un genial impulso creativo y nos va descubriendo la vida preocupada de ese pintor argentino ubicado entre los mejores del mundo. En sus espacios han tomado premeditada sabiduría personajes como “Juanito Laguna” o “Ramona Montiel”, que nos rodean con imploraciones materiales y espirituales. El presente, es un trabajo realizado en base al reencuentro con una grabación perdida, de una charla que mantuvo el autor de esta nota con el Maestro Antonio Berni el 10 de julio de 1977, en su atelier de la calle Lezica 4199 en la ciudad de Buenos Aires.

Algunos datos sobre la vida del gran maestro

Delesio Antonio Berni nació en la ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, el 14 de mayo de 1905.

Su padre, Napoleón Berni, italiano de origen y sastre de profesión, fue uno de los tantos inmigrantes europeos que se instalaron en esa populosa e importante ciudad.

Su madre se llamaba Margarita Picco, argentina de origen pero hija de italianos radicados en Roldán, un pueblo de la Provincia de Santa Fe que tendrá gran importancia en la vida de Berni, mientras nos comenta sus experiencias en 1912:

“Recuerdo que entonces vi por primera vez un avión que paso a muy poca altura. Eran a hélice. La velocidad comenzaba a desarrollarse, planeaba este aparato y era justamente 7 años después mi primer vuelo a Francia. Vi al Cometa Halley que impresionó a muchos porque creían en el fin de la tierra. Yo lo vivía como un niño y con la expectativa de un niño”.*

“Mi padre se había instalado con una sastrería en 1912 en la esquina de Catamarca y España pensando en el gran desarrollo cerca de la Estación Central. Pero en lugar de esa se desarrollaría la otra zona. El había alquilado un local a un italiano y este señor instalo una librería y una agencia de lotería. Los clientes eran muy pocos. Se la pasaba todo el día dibujando y yo curioso, después de jugar con mis compañeritos a las bolitas, las figuritas de cartón… tenía la curiosidad por ver, después que venía de la escuela particular, donde el maestro tenía un puntero y al que no sabía la lección le hacía juntar los dedos y se los golpeaba con el puntero… Nosotros ya le habíamos tomado el tiempo y sabíamos cuando debíamos bajar la mano para no recibir el golpe…”

“Yo veía dibujar a este hombre y comencé a imitarlo. El hacía sus cuadros y los colgaba en la pared. Hacía una exhibición para el mismo. Copiaba viejas láminas y yo comencé por espíritu de imitación por esa curiosidad de hacer dibujos. El Sr. Encontró que yo tenía condiciones y le dijo a mi padre que me mandará a estudiar. En ese momento yo tendría unos 12 años más o menos. Estaba al final de la primaria. Mi padre consideró el concejo de ese compatriota, que yo entendía que era un hombre culto, de hecho tenía una librería… A este hombre no le fue muy bien y clausuró el negocio y se volvió a Italia. Me acuerdo que recibimos una carta postal escrita con una caligrafía que no era común, como perfecta y le recordaba como andaban mis estudios. Yo ya no recuerdo su nombre En ese tiempo no había escuela de Bellas Artes, entonces me presentaron a un taller de vitrales. Ese taller de vitrales funcionaba no muy lejos de donde vivíamos. Acá empecé a pasar trabajos a mayor esquema. De hecho mi padrino también trabajaba en la parte de esmerilado… así que mi iniciación, mis estudios fueron dentro de un ambiente artesanal que siempre he considerado muy positivo. No era el aprendizaje teórico, conceptual, que pienso fue muy útil en el trabajo artístico”.

No sería el único adolescente que se iniciase en un taller de vitrales como el que le abrió sus puertas bajo la batuta de los catalanes Fornels o el taller de letreros de Munné, pero en el caso de Berni ello marcaba ya un destino del que no habría de apartarse jamás.

Esmerilar vidrios, filetear vitrales, realizar moldes con betún de judea, hacer dibujos que una mano amiga colgaría en una agencia de lotería son en verdad los modestos comienzos que marcan el rumbo del incipiente artista.

Berni fue un niño prodigio que a los catorce años presentó su primera exposición. Dedicado a pintar paisajes y retratos, realiza tres exposiciones consecutivas y la crítica escribe con entusiasmo sobre sus trabajos. En 1923 expone por primera vez en Buenos Aires y en 1924 comienza sus envíos de obras al Salón Nacional de Bellas Artes que era entonces el concurso público más importante que había en el país para pintores y escultores. Para los artistas argentinos, desde fines del siglo XIX, era fundamental, después de estudiar en la Argentina, perfeccionar el oficio viviendo durante algún tiempo en París o Roma. Se trataba de completar lo aprendido en nuestro país y establecer contacto con lo que pasaba en otras partes del mundo.
En 1925, el Jockey Club de Rosario le otorgó al joven Berni una beca para estudiar en Europa. Se instaló en París y algunos viajes por España, Italia, Holanda y Bélgica le permitieron conocer museos, artistas y obras de la historia del arte que van influenciando sus trabajos. Por ejemplo, en Italia estudia a los maestros del Renacimiento del siglo XV y viaja por ciudades como Florencia visitando sus iglesias, palacios y museos.
“En Madrid estuve pintando también. Me acuerdo que hice un paisaje de Madrid, era la toma de un lugar a puerta cerrada que existe todavía. Ha cambiado totalmente de lo que era entonces. Había una cruz que separaba el Barrio de la Escudería, bario cristiano. Ahora se han hecho edificios nuevos por todos lados y justamente a esa ciudad nunca la habían pintado. Mandé esa obra al Salón de artistas Españoles que hacían una Bienal –que ya no existe- y esa obra llamó mucho la atención, tal es así que la revista “Ecerre”, publicación muy importante en España, especie de publicación tipo ilustración francesa, con buenas reproducciones en colores, publica la fotografía y además un elogio. Al llegar la noticia a Rosario se sintieron complacidos de haberme becado”.

Berni es inquieto va encontrando constantemente estímulos para sus propias obras. Durante los cinco años que vive en París frecuenta la bohemia intelectual de la ciudad y conoce escritores, poetas, cineastas, políticos, filósofos y artistas de diferentes países que coinciden en la capital francesa. Eran años de fuertes transformaciones culturales después de la Primera Guerra Mundial; de la Revolución Rusa, de la difusión del socialismo; había aparecido el psicoanálisis y en el campo de la ciencia se presentaban nuevas teorías. Los artistas desde la primera década del siglo, habían revolucionado el campo del arte con propuestas que se alejaban de la pintura tradicional preocupada por representar la realidad tal cual la vemos con nuestros ojos. Nuevos grupos y movimientos que reciben el nombre de vanguardias, proponen lenguajes diferentes. El mundo cambia y la función y los problemas del arte también. Berni asistía a todo aquello atento, junto con otros artistas argentinos que vivían entonces en Europa como Raquel Fomer, Alfredo Bigatti, Horacio Butler y Lino Enea Spilimbergo, uno de sus amigos más cercanos.

El principal descubrimiento para Berni en esos años fue la relación entre el arte y la política, el rol del artista como hombre de su tiempo y como actor social. Berni se acerca al comunismo y desde su interés por la política asume el compromiso de reflejar en sus cuadros la realidad del mundo que le toca vivir. Desde entonces, para él, la pintura será su manera de reflexionar sobre la realidad y de intentar transformar el mundo marginal de los trabajadores.


Al mismo tiempo, conoce una de las vanguardias artísticas más importantes de aquel momento: el surrealismo, y adhiere durante algunos años a sus postulados. Los surrealistas buscan liberar la imaginación y las fuerzas del inconsciente como en los sueños; tratan de expresar la vida interior del artista sin que intervenga la razón y sus imágenes, en lugar de ser similares a la realidad, son lo más inconexas posibles entre sí. Ellos reúnen imágenes imposibles de ver juntas en la realidad y alteran los tamaños de los objetos y los ponen en escenarios en los que nosotros, espectadores, no podemos encontrar explicaciones racionales. Por ejemplo, en el óleo de Berni "La puerta abierta", el muro, la puerta, la llave y el alfiler de ganchos gigantescos, los cubos de colores, la cerradura fuera de lugar, el timbre y la letra "T", todas son piezas de un rompecabezas misterioso para inventar historias.
“Encontré -nos decía el Maestro- que había cosas nuevas, situaciones de pensamiento y libertad que correspondía otra etapa de la evolución del arte. Es así que yo entonces pensaba haciendo mis experiencias con esos estudios por lo que hacía en el taller. Tal es así que en los años 26, 28 ya estaba totalmente identificado con todo esté fenómeno asimilado. Estaba en una práctica cotidiana pero siempre dentro de la influencia. El grupo de París que se formó viajó en el año 28 a Buenos Aires en coincidencia con los Amigos del Arte de la calle Florida, donde actualmente es “Barrial” se hizo toda la muestra en la sala que significó para Buenos Aires un shock, por lo menos para la gente que estaba acostumbrada al salón y a las exposiciones… Esa exposición generó, creo, un nuevo problema sobre todo en los artistas de Buenos Aires, y se puede decir que a partir de esa exposición comienza una renovación de la pintura argentina… Había una coincidencia, toda la experiencia europea se manifestó acá, pero siempre, repito como algo que se aprendió y todavía no tenía su perfil definido, como una expresión ni de expresión ni de corriente… tenían su calidad pero todavía faltaba, ese era otro elemento, eso lo creo yo, que lo identificara que era ese sello creativo que todavía no tenía”.
En 1930, Berni regresa a Rosario, junto con su mujer, la artista francesa Paule Cazenave y su hija Lilí. Sigue pintando, exponiendo y participando de los salones de bellas artes y trabaja como empleado en la municipalidad.
Son años muy difíciles en el mundo después de la caída del sistema financiero, conocido como la crack de 1929, y en la Argentina el golpe militar de 1930 había derrocado el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Las huelgas, la creación de la Central Obrera, la desocupación, el fraude electoral, el avance del fascismo y las persecuciones políticas marcaron el contexto en el que la pintura de Berni se transforma. Su imagen surrealista cambia en cuadros de grandes dimensiones con multitudes de obreros y campesinos, extremadamente realistas en sus descripciones. Berni está utilizando la fotografía como documento para tomar las poses y los retratos de sus personajes. Berni escribe sobre el Nuevo Realismo, una pintura que debe reinterpretar la realidad social, política y económica de nuestro tiempo. En 1934 pinta sobre arpillera y con témpera "Desocupación" y "Manifestación".

Esta responsabilidad del artista como protagonista de su época es una posición que Berni comparte con otros artistas de Latinoamérica, especialmente con los famosos muralistas mexicanos. Precisamente, en 1933 llega de visita a la Argentina uno de ellos, David Alfaro Siqueiros, con quien Berni trabaja y discute sobre la función del arte en la revolución de las clases populares.

Desde 1936, el artista vive en Buenos Aires y, en los próximos años, obtiene algunos de los principales premios de su carrera, como el Premio Adquisición en el Salón Nacional de Bellas Artes de 1943. Al mismo tiempo está dando clases en la Escuela Preparatoria de Bellas Artes, realiza exposiciones, participa de muestras argentinas en el exterior, da conferencias y escribe artículos, recorre el país y viaja por América latina, pinta murales en el Teatro del Pueblo, la Sociedad Hebraica Argentina y la conocida cúpula de las Galerías Pacífico.
En esos años trabaja con temas populares como el "Mercado de Jujuy", el equipo de fútbol del barrio en el "Club Atlético Nueva Chicago" y la orquesta de tango en "Orquesta típica". Berni construye escenas características de las diferentes regiones y culturas de la Argentina. La vida en las ciudades y la vida en el campo, los barrios de Buenos Aires y la realidad de las provincias. Su compromiso político se manifiesta también en las pinturas realizadas en Santiago del Estero y el Chaco, sobre los obrajes, los peones industriales y los cosecheros golondrinas. En 1950, Berni se separa de Paule y se casa con Nélida Gerino y en 1952 nace su segundo hijo José Antonio.
Desde principios de los años sesenta, Antonio Berni trabaja en una serie nueva. Las obras dedicadas a Juanito Laguna y Ramona Montiel, dos personajes inventados por él para utilizarlos como símbolos de la niñez explotada en América latina, especial-mente en las grandes ciudades como Buenos Aires, Lima, Río de Janeiro y México.

Se trata de dos habitantes de las villas miserias, esos asentamientos suburbanos surgidos alrededor de los centros industriales en los países en desarrollo, con sus casas precarias y sus habitantes sumergidos en la pobreza y el desamparo.

Juanito Laguna es un niño que vive en una de esas villas miserias y Berni pinta su vida cotidiana, sus juegos, su familia: Juanito mirando la televisión, Juanito remontando su barrilete, Juanito en la laguna, Juanito en navidad, Juanito yendo a la ciudad, Juanito llevándole la comida a su padre obrero metalúrgico. Ramona Montiel es la chica de la villa miseria convertida en prostituta para poder sobrevivir; Ramona aparece rodeada de los hombres que la explotan, Ramona como costurera, Ramona trabajando en el cabaret, Ramona y la adivina, Ramona y su casamiento. Ramona esperando en la ruta Panamericana donde ejercería la “profesión más vieja del mundo”.

El collage

Para estas obras Berni utiliza una técnica inventada a principios de siglo: el collage, el agregado a la pintura de materiales reales que son pegados sobre el cuadro. El artista utiliza un abundante collage transformando sus imágenes en superficies cargadas de elementos como latas, plásticos, hierros, maderas, telas, zapatos, juguetes, papeles, señales de tránsito, etc. La idea es incorporar los desechos que el artista recolecta en los barrios marginales de Buenos Aires donde podrían vivir Juanito y Ramona.
El collage opera dentro de la problemática de la modernidad pictórica, dramatizando el soporte literal mientras preserva la representación, pero ésta es una solución descubierta en un mundo secretamente codificado, pero descriptible por medio de esas superficies literales. El collage hace pedazos las falsas armonías de la pintura al oleo, fue incorporado como una fuente de sensaciones y simplificaciones frescas a un modernismo oficial implacable, aunque siempre habrá una elite de individuos que darán la bienvenida a nuevos valores y técnicas de la sensibilidad.
Los cuadros y sus personajes están construidos con los mismos materiales reales que se encuentran en las villas. Para Berni la pintura al óleo no es suficiente para expresar su crítica frente a la sociedad de consumo, es necesario utilizar los objetos reales de la vida de Juanito y de Ramona, llevándolos al ámbito del arte y transformando lo culto y exclusivo del arte en algo cotidiano y popular.

“Yo tengo un ciclo de Juanito Laguna y Ramona Montiel, -decía Antonio Berni- dos personajes distintos. A Juanito Laguna lo trate con collage y también utilizando los materiales que se condicionaban a una expresión, la de este cirujita. Para Ramona yo utilizo otros materiales que corresponden a otra realidad. Entonces entran elementos que no aparecen en Juanito Laguna. Cuando yo presente a Juanito Laguna en el año 1961, en la galería Witcomb, en la calle Florida, sorprendió. Como es posible de que esos elementos, esos rezagos quisieran dar la expresión de una obra de arte. De allí que la muestra en un momento dado chocó con mucha gente que acostumbraba a ver sólo manifestación estética de una manera, es decir, un cuadro debía ser pintado. Lo que pasa es que si yo utilice los elementos, ese pegado en el cuadro es porque ese elemento tenía para mí volumen, la materia tenia brillo distinto al de la pintura. No porque negara la pintura, de ninguna manera, simplemente yo recurría a otros medios, sin negar los anteriores, es más, seguía pintando sin negar al dibujo. Y también he hecho, por ejemplo, estos sillones de cosas ambientadas, exposhow, la caverna de Ramona que son ambientes donde entra la tercera dimensión y hasta entran el sonido y las luces… ¿Por qué lo hice? Porque yo tenía la necesidad de explorar, más allá de lo que tenía en mano y disponible, convencional, para lograr una expresión que me interesaba a mí y que de esa manera podía hacerlo nada más. Constantemente investigando”.

Las obras dedicadas a Juanito Laguna y Ramona Montiel, representan dos personajes inventados por él para utilizarlos como símbolos de la niñez explotada en América latina, especialmente en las grandes ciudades como Buenos Aires, Lima, Río de Janeiro y México.

Se trata de dos habitantes de las villas miserias, esos asentamientos suburbanos surgidos alrededor de los centros industriales en los países en desarrollo, con sus casas precarias y sus habitantes sumergidos en la pobreza y el desamparo.

Juanito Laguna es un niño que vive en una de esas villas miserias y Berni pinta su vida cotidiana, sus juegos, su familia: Juanito mirando la televisión, Juanito remontando su barrilete, Juanito en la laguna, Juanito en navidad, Juanito yendo a la ciudad, Juanito llevándole la comida a su padre obrero metalúrgico. Ramona Montiel es la chica de la villa miseria convertida en prostituta para poder sobrevivir; Ramona aparece rodeada de los hombres que la explotan, Ramona como costurera, Ramona trabajando en el cabaret, Ramona y la adivina, Ramona y su casamiento. Ramona esperando en la Panamericana.

Para estas obras Berni utiliza una técnica inventada a principios de siglo: el collage, el agregado a la pintura de materiales reales que son pegados sobre el cuadro. El artista utiliza un abundante collage transformando sus imágenes en superficies cargadas de elementos como latas, plásticos, hierros, maderas, telas, zapatos, juguetes, papeles, señales de tránsito, etc. La idea es incorporar los desechos que el artista recolecta en los barrios marginales de Buenos Aires donde podrían vivir Juanito y Ramona. Los cuadros y sus personajes están construidos con los mismos materiales reales que se encuentran en las villas. Para Berni la pintura al óleo no es suficiente para expresar su crítica frente a la sociedad de consumo, es necesario utilizar los objetos reales de la vida de Juanito y de Ramona, llevándolos al ámbito del arte y transformando lo culto y exclusivo del arte en algo cotidiano y popular.
El grabado

Los personajes de Berni adquieren la magnitud del símbolo no porque el artista haya pretendido darles esa particular dignidad sino porque la misma emana de la calidad autónoma de las obras. Símbolos del dolor humano inherente a la condición vital del hombre, símbolos de una lucha que forma parte indisoluble de nuestro destino renovados día a día como la luz y la sombra que se disputan en el devenir cotidiano, Berni tiene un instinto especial para vibrar al mismo ritmo de sus materiales. Cada criatura ha sido rescatada en su propia esencia y la intensidad con que el artista volcó sus sentimientos los ha colocado en un presente eterno.
Los Juanitos y las Ramonas se siguen comunicando en un documento permanente que revela las condiciones de vida de los marginados en la Argentina del siglo XX, documento que se hizo color y forma, dando vida a una materia que de otro modo hubiese permanecido inerte y muda.

Antonio Berni se consagra mundialmente en la Bienal de Venecia de 1962, donde le otorgan el Gran Premio de Grabado y Dibujo.
El grabado alude a la producción gráfica impresa a través de diversos recursos. Si bien la incisión no condicionaría la apreciación final de la obra, le otorga la cualidad de grabado, dando una denominación unificadora a las diversas posibilidades de reproducción.
Existen algunas características técnicas y simbólicas que se ha sostenido con fuerza desde el campo específico de la gráfica y que ejemplifican las ambigüedades que operan en el abordaje de esta producción, suerte de obra bisagra entre la creación única y prestigiada desde el circuito tradicional y el arte reducible por medios industriales y de consumo masivo. Obra impresa manualmente, numerada y firmada que difunde una imagen original, a pesar de ser reimpresa muchas veces pero acotada a una tirada limitada. Esta producción múltiple bajo la denominación de grabado original se remite a un término que realizada con matices originales es realizada por el grabador. Esta característica de grabado original surgió para diferenciarlo del grabado de reproducción.
Raymond Williams plantea que con la aparición de las tecnologías de reproducción gráfica, su diversidad, distribución ampliada y movilidad, “lo que se había logrado técnica y socialmente no sólo era la ampliación de la distribución, sino también la movilidad inherente de los objetos culturales, de importancia crucial para las relaciones regulares de mercados”.
A pesar de basarse en una misma técnica, la heterogeneidad de objetivos y alcances de esos proyectos, así como las diferencias entre sus propios discursos ideológicos, les confirieron su marca diferencial y Nestor García Canclini dice: “si bien no creemos que haya técnicas ideológicamente neutras, es cierto que su empleo puede adquirir significados muy diversos. Este es uno de los campos en que mejor puede verse la dialecticidad entre práctica artística y contexto”.
Los medios de comunicación masiva, radial y sobre todo semanarios y mensuarios (Primera Plana, Confirmado, Análisis), se convierten en intermediarios, difusores y formadores del gusto y opinión. En 1962 Marshall McLuhan publicó el famoso libro “La Galaxia Gutemnberg” donde desarrolla su hipótesis de que la evolución en la comunicación constituye la clave del progreso humano, y se convierte en poderosa influencia de la interpretación de los mass-media, especialmente en el campo artístico.
De 1964 en adelante Berni recorrerá importantes museos de América Latina, Estados Unidos y Europa y vuelca buena parte de su energía creadora al mundo del grabado. En la serie de Juanito introdujo el collage en algunos de los enormes tacos de madera, sobriamente policromados. Berni acepta y viola todas las reglas tradicionales y reflexionando acerca de su propia temática en un catálogo de una muestra realizada en Rosario en 1974 dice:
“En lo referente al estilo en las artes plásticas muchos son los que siguen entendiendo como el resultado exclusivo de la elaboración manual, privativa y particular de las formas y los colores con los cuales cada artista se distingue de los otros. Este concepto del estilo, que fuera definitorio de la personalidad en el pasado clásico y artesanal, está siendo sustituido por otro más amplio y de mayor alcance y libertad en el lenguaje de las formas.

El nuevo estilo se define antes que nada por el pensamiento que lo anima y por la nueva manera de expresar ideas y realidades: enlazando y combinando imágenes, objetos o signos, elaborados con las propias manos o hechos mecánicamente por otros, todo esto puesto en vigencia no como demostración de la propia habilidad artesanal, sino como manifestación de un mensaje, una propuesta o algo nuevo que importa decir.

El clásico artesano con su milenaria herramienta ya no puede elaborar las nuevas materias inventadas por la química, imitar el complejo mecanismo creado por la ciencia, ni competir con la riqueza de formas surgidas de la industria y la técnica contemporánea. La sensibilidad se renueva constantemente, la vida actúa sobre los sentidos y los hechos animan al espíritu, causa por la cual en arte aparecen expresiones logradas con materiales, formas y colores antes rechazados como negativos y antiestéticos. Este nuevo fenómeno no es de absoluta oposición a la vieja disciplina académica cuando se la encara en su seria tradición y buen linaje del dibujo y el color, principalmente en sus leyes fundamentales tan bien aplicadas por los grandes maestros del arte moderno.

Con la disciplina se manifiesta al mismo tiempo un arte que trastorna los sentidos y el espíritu, a veces proclive a la pereza y la calma, pero de manera positiva abriéndole las compuertas, que los mantiene en balsa, para inundar toda la fertilidad adormecida por falta del gran riego fecundante de las tácitas creaciones”
El Juanito Laguna, chico habitante de esas barriadas miserables o la Ramona Montiel, la costurerita que dio el mal paso, proveen a Berni de elementos desatadores de escenas de la vida cotidiana donde descargará un temperamento sediento de hambre y sed de Justicia.
“El nivel de Argentina es muy bueno, -nos comentaba el genial Maestro- la pintura, la gente, lo que pasa es que en este momento nosotros estamos muy alejados de los centros de divulgación, como puede ser en estos momentos Nueva York, que después de la guerra tomo gran importancia a la par de París. París ya viene de gran importancia desde el siglo pasado. Nosotros estamos en ese sentido alejados todavía. Todo lo que acontece en el país no pasa de la frontera. Hay artistas que van a exponer, el caso mío, como tantos otros, pero en realidad esa valorización se hace al plano de los individuos. Hay pintores que son conocidos pero no los identifican como de la escuela de Argentina. Por ejemplo México y por hablar de algo que está en el plano latinoamericano. México tiene cantidad de monografías publicadas con todo lujo, volúmenes sobre la pintura mexicana. Nosotros no tenemos eso. Tenemos libros que se van publicando. Nuestros mismos diarios en general… salvo algunos, otros a la pintura argentina la tratan como a pintores aislados, en un momento escriben un artículo, un estudio pero nada más. No hay una promoción. Algo para dar una fuerza que viene de un concepto ya total de lo que en el país se está haciendo. Ese es nuestro costado débil. Hay que ver la importancia que se les da a los Centros Culturales en todo el mundo, Estados Unidos, Caracas, San Pablo… realmente se hace toda una promoción a través de museos, exposiciones, publicaciones… Por ejemplo, ahora tienen el Mundial del 78, magnífico para hacer todo pero la parte cultural ha sido descuidada, se harán exposiciones circunstanciales, pero sería importante que se destinara de los 500 millones de dólares que se van a gastar 50 millones para el Museo de la Plata, reacondicionarlo para el turista que va a venir y ofrecer otra faceta de la cultura argentina. En Francia cuidan mucho al turismo, porque el turismo deja muchas divisas. Entonces vamos a poner, a falta de muestras de arte, están otros tipos de manifestaciones que van al más diversificado público. Se pone un jardín de plantas, un zoológico, donde están las especies clasificadas… Esas cosas van en el plano científico, en el plano artístico y en el de los espectáculos, tratando de que la imagen sea total… Hay un error de concepto. Se considera a la cultura como un lujo o algo suntuoso que es gastar dinero, no se cree que una necesidad y la cultura puede redituarle al país muchísimo a la larga. México tiene por oportunismo, tanto europeo como norteamericano una entrada líquida de 2.000 millones de dólares anuales. No hablemos de España, de Francia y de Italia. En esos casos a la gente de afuera le atrae la naturaleza, pero también le atraen muchas cosas. Naturaleza bella hay en todas partes del mundo… Acá todo el mundo con el futbol, macanudo, el futbol es de gran interés pero detrás de eso hay una batería de cosas que también hay que contemplarlas, más en estas circunstancias que no se dan todos los años… En Europa se hacían con construcciones precarias exposiciones temporarias, pero ahora se piensa en la construcción, lugar nuevo y que esas construcciones van a quedar y van a servir para cualquier cosas, Centros Culturales o Escuelas o lo que sea pero van a funcionar. En París, en los alrededores han construido teatros y la gente de París va a esos teatros o va a los acontecimientos culturales que pueda haber, aún de carácter científico. Tienen los medios de comunicación, comodidades y otros medios para poder presentarlos al público. Aquí la capacidad del individuo es grande pero lo que falta es la organización para poner en valor a esos individuos que dan una vigencia de carácter no solo nacional, sino internacional… Yo creo que lo nacional es más bien un y tipo de propuesta. Ya no podemos ir hacia atrás y decir, bueno lo nacional es una imagen estereotipada que está ahí vigente constantemente como modelo, no… Nosotros tenemos que dar a nuestros modelos, los que vienen tienen que dar su modelo. Ese modelo es una propuesta que viene de la situación misma…”
El 13 de octubre de 1981, Antonio Berni dejaba este mundo. Unos días antes de su muerte, Berni en una entrevista decía: "El arte es una respuesta a la vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones. En cuanto a la pintura es una forma de amor, de transmitir los años en arte..."

Ernesto Martinchuk es periodista, docente, investigador y documentalista.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Crisis (III)

Jorge Majfud (Desde Estados Unidos. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Martes 23 de diciembre. Dow Jones: 8.419
Primos, Pennsylvania. 6:15 PM

Guadalupe nunca había conocido un frío como aquel de Filadelfia. En la parada del bus se acurrucaba tratando de cubrir con su escaso cuerpo el cuerpito de su hijo. Pero el refugio apenas era como un trozo de cáscara de huevo transparente y el viento se metía por debajo y remolineaba en lo alto. El bus no había pasado aún y probablemente no pasaría. O Guadalupe no sabía que después de las seis no pasaba nunca o pensaba que se había descompuesto en el camino. No había imaginado que a esa hora ya estaría oscuro, si no, habría traído el abrigo de pieles que le regaló José el día de su último cumpleaños en Arizona.

Cuando ya oscurecía pasó una SUV negra y se detuvo. Una voz desde el interior le gritó por el nombre pero Guadalupe no contestó. Volvió a gritarle que subiese al carro de una vez pero Guadalupe no contestó. Así que el carro sonó las ruedas en el asfalto y se fue con prisa.

—No te asustes, bebé —dijo despacio Guadalupe— no se sobresalte chiquito mío.

El niño volvió a dormirse.

Los dedos morados de la madre acariciaron el pelito castaño del niño.

Guerito, había dicho José, cómo es posible que el niño sea guerito si no hay rubios en la familia. No seas bruto, le había dicho Nacho, todos los niños nacen con los ojos así de claritos. Tú eres un chamaquito sin hijos que no sabe nada de eso, le gritó José. Faltaba más que me vengas a educar. No seas loco, José, que no por ser padre vas a hacerte más sabio. Dicen que uno no es pianista por tener un piano. Eso todavía está por verse, así que cállate y termina de una vez con esa masa o el patrón nos corre a los dos. Así me vas a pagar el haberte conseguido la chamba.

A poco que me van a educar a mí estos recién llegados. Los padres latinos y el hijo rubio como un yanqui. Y si es cierto que el pelito y los ojitos del Machito se pusieron más oscuros con el tiempo, sigue siendo güerito. El pelo es como el de la Sofía, la argentinita aquella que nos tenía locos en el Taco Bell. Pelo finito y rubio. ¿Qué tiene el Machito de los Reyes? Nada. Lupe se defiende con que una abuela de ella era rubia. Pero la vieja se murió antes de que Lupe se diera cuenta que tenía una abuela rubia y de ojos celestes. ¿Qué casualidad, no? Si no es mentira de Lupe es mentira de la madre, famosa en San Salvador por inventar cosas. Tal vez la india rubia existió, pero justo me vino a reventar la vida a mí. Le tuve que pedir al Chapo que sabe computación que me retoque unas fotos del Machito, que las ponga más oscura o no sé, que las corrija para mandárselas a la familia. A ver si así me dejan en paz. Ya bastante tienen con los pesos que les mando, no sé qué más quieren.

José Reyes dobló a la derecha y volvió hacia la parada donde estaba Guadalupe.

—La tonta no sabe que no hay buses a esta hora.

Pero antes de llagar supo que Guadalupe no aceptaría subirse al carro. Frenó, apagó la radio, estuvo un momento pensativo y finalmente decidió no pasar por allí. No soportaría otro desplante de Lupe. A ver si así aprende a no hacerse rogar.

Tomó la autopista que va a Camdem. Mientras cruzaba el puente de Nueva Jersey comenzó a nevar. Durante los dos años que estuvieron en Arizona, Guadalupe había esperado que nevara. Nunca había visto nevar en su vida. En Arizona no hay nieve, Guadalupe, por algo tiene ese nombre, Arizona y no Nevada. Pero Guadalupe había visto postales del Gran Canyon en invierno. Eso queda lejos de aquí, Guadalupe, tal vez podemos ir el año que viene. No pudimos ir porque nunca había tiempo, ella fregando los pisos del Radison y yo meta hacer tacos y pizza. Y cuando yo me quedé sin chamba en una redada nos rajamos para el norte. En el Greyhound me decía que iba a ver la nieve. Y tenía razón, de esa no nos escapábamos.

José puso el limpiaparabrisas al máximo. La nieve a sesenta millas por hora es como un viaje a las estrellas en una de aquellas películas ridículas en que las estrellas pasaban al lado de la nave. Más bien como entrar en un tubo, o como nadar entre un cardumen en el Caribe.

Pero más frío, mucho más frío, pensó José. Todo es más frío aquí. Frío como los rubios fríos del norte.

Tomado de la novela Crisis.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Un libro de lecturas vienesas

Francisco Vélez Nieto (Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Joseph Roth: “Primavera de café”
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado

Cuando una editorial decide jugar fuerte, apostar, no por dominar el mercado del libro, sino ofreciendo autores sólidos, desprovistos de dudosa fama prefabricada. Sin prisas pero sin pausa de tiempo., los factores y resultados positivos suelen ser buenos: Uno, que, frente a la vertiginosa carrera de publicar cualquier obra buscando el betseller, elevando el chisme a través de los medios de “contaminación” y de “distracción”, optan por verdaderos valores. Otro, por consiguiente, pese a la manipulación mediática que soportamos colando lata por cobre, que el riesgo por esta buena literatura siempre será hoja perenne, rentable económicamente y con garantía de “goteo” continuo.

Un ejemplo claro y por tanto palpable, es el proceso de edición que las obras de Joseph Roth por la editorial Acantilado con dieciséis títulos publicados sumando esta “Primavera de café”, (Libro de lecturas vienesas) con las que el más joven Roth se inició en el oficio de escribir crónicas-relatos para los periódicos. Que con el andar del tiempo acompañaría el éxodo de su vida, fuente nostálgica de lo vivido, venero de su obra.

Todo mundo pequeño puede ser filón floreciente para el buen escritor. Diría más, gracias a la observación de los pequeños universos, no pocos escritores han llegado a ser enormes y póstumos narradores. Roth es uno de ellos. Honestas estas semblanzas de su siempre nostálgica Viena escritas cuando contaba veinticinco años. Entonces ya se descubrieron sus dotes de narrador, la maestría de reportero sobre la condición del ser humano, perdedor consciente, errante bien en su propia patria o lejos de ella. Exiliado con la amargura y la tristeza en sus interiores y juicios que se adelantaban a los acontecimientos históricos.

Corre y malvive la vida de muchos seres por la Viena de 1919 y su posguerra, la decadencia de todo un imperio cuando el joven Roth escribe: “Mirando estas terrazas abandonadas de la mano de Dios, a uno le viene casi involuntariamente a la memoria la comparación con unos sueños de paz jamás cumplidos, unas expectativas pasadas por agua y una situación internacional resfriada”.

En cualquiera de sus relatos la figura de certero observador ya anuncia al lector que por muy pequeña, simple y aparentemente intranscendencia de cualquier historia, existirá el palpitar humano – generalmente de perdedor-, donde se pueden percibir circunstancias ocultas del desvivir. Así lo refleja ese Café Popular, que no es un local de aquellos famosos que han quedado en la historia literaria de Viena. Es un café “angosto y estrecho” donde las mesitas están apelotonadas de curiosos personajes, que va mostrando con una maestría y solidaridad tierna y encantadora, el Roth que ya se considera sólido narrador de futuro.

Ese pequeño Sacher con su carrito por las calles de la gran metrópoli. Vendedor de salchichas, distinto a los demás vendedores, que no mira desafiante al futuro comprador, lo hace de reojo, con alma profunda, humana rica, orgullosa de su modestia. El bar del pueblo, relato donde las pequeñas cosas y sentimientos de los clientes, adquieren la inmensidad de los de abajo, sus maneras y palpitaciones. Y siempre, esa bondad de los que no tiene nada, pero que todavía son capaces de ofrecer algo sin exigir un pago.

Francisco Vélez Nieto es poeta, crítico y traductor.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Noticia: 3º Congreso Latinoamericano de Psicoterapia Existencial en Buenos Aires

Susana Signorelli (Desde Buenos Aires. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Buenos Aires ha sido elegida como sede del 3º Congreso Latinoamericano de Psicoterapia Existencial y enfoques afines: Conciencia y compromiso humano en psicología. Hacia una ampliación de la conciencia. Tal tarea fue encomendada a la Fundación CAPAC (Centro de Actividades Psicológicas Asistenciales Comunitarias) presidida por la Lic. Susana Signorelli.

Tal evento se llevará a cabo los días 21, 22 y 23 de octubre de 2010 en el salón Dorado del Hotel Castelar, sito en Av. de Mayo 1152. C.A.B.A.

Al mismo concurrirán destacados profesionales de Argentina, Brasil, Colombia, México, Venezuela y Uruguay.

Es de destacar que en Argentina otras corrientes psicológicas son dominantes, en cambio, el enfoque existencial y otros afines, tienen muy poca cabida en los claustros universitarios, por motivos poco claros y así los estudiantes siguen formándose con una sola línea de pensamiento, generalmente el psicoanálisis, no permitiendo la apertura del conocimiento. Sin embargo, el movimiento existencial tiene presencia y actualidad en todo el mundo, de oriente a occidente y de norte a sur, por lo cual este Congreso nos posibilita la inserción en el mundo, como país, en esta línea de pensamiento y de acción y a su vez permite a nuestros ciudadanos, este acercamiento a un modelo humanístico de encarar la psicoterapia.

Habitualmente, los psicoterapeutas viven encerrados en sus propias teorías y en las cuatro paredes de sus consultorios, tratando que el paciente encaje en la teoría; la propuesta existencial es abrir los muros, poner entre paréntesis las teorías y estar abierto a lo que el paciente expresa, desde su humanidad a mi humanidad y así, juntos encontrar la senda que alguna vez se perdió. De lo expresado se desprende el nombre de este Congreso, ampliar la conciencia de los pacientes y fundamentalmente de los terapeutas, es este nuestro compromiso.

Las temáticas a tratar están todas relacionadas a este eje central: la conciencia, Conciencia y sociedad, Conciencia y corporalidad, Conciencia y comunidad, Conciencia en los diferentes enfoques terapéuticos, Conciencia del terapeuta y del paciente, incluyendo aspectos tan importantes como la angustia, la finitud, la libertad, la relación terapéutica, la soledad, el compromiso con el otro. También contaremos con el aporte de ONGs que explicitarán su contribución a brindar soluciones a las problemáticas actuales.

En homenaje al Dr. Pablo Rispo, pionero de este enfoque en Argentina, se ha instituido el premio que lleva su nombre, al mejor trabajo libre presentado, las bases constan en la página de la Fundación www.funcapac.org.ar

Asimismo y como broche final haremos un sorteo de libros entre los presentes.

Cualquier lector que se sienta interesado en las temáticas del Congreso, sea o no profesional de la salud, puede concurrir. Los esperamos.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

A dilema político, solución política

Víctor Ramírez (Desde Canarias. Colaboración para ARGENPRESS CULTURA)

Me enteré de que la Asociación de Agricultores y Comerciantes de Gran Canaria anda advirtiendo sobre el peligro que se cierne en bastantes zonas agrarias de Gran Canaria, donde se están realizando compras masivas de fincas por parte de gente fuereña.

Los agricultores terminan aburridos de tanto sacrificio y desistiendo de trabajar "su" tierra: principalmente por el problema del agua y por las inclementes contribuciones y demás gastos burocráticos. De esa tragedia tan "folclóricamente" nuestra se aprovechan especuladores financieros sin escrúpulos y compinchados con blanqueadores de dinero.

Y continuando con la llantina -sólo saben llorar mimosamente los "rebeldes" canarios- el presidente de la Asociación señala que se está cambiando todo "en el campo para peor" (Y puso como ejemplo el entubamiento del Barranco de la Mina sin miramientos con el entorno biológico del mismo).

¿Cuándo empezarán nuestros compatriotas a admitir que todo colonialismo es degenerativo, que con él nunca mejora el colonizado, que éste más empeora cuando la Patria colonizada más enriquece a la insaciable metrópoli?

Aprovecho para recordarte que lo tradicional canario es lo actual canario: sometimiento acobardado al poderío metropolitano español e incapacidad castrante para solucionar los problemas que, como colectivo diferenciado y habitante de islas atlánticas saharianas tan alejadas del continente europeo, nos acucien.

También se quejaba él (individualistamente, corporativistamente, sin parecer darse cuenta de que "el problema" es estructural –colonialismo- y no coyuntural -avatares comerciales) de que los productos extranjeros compiten abusivamente con los canarios: cuando, precisamente, la esencia del sistema colonial es desproteger -desarmándole, empobreciéndolo- al colonizado.

*

El francés Jean Paul Sartre, enfrentado al imperialismo de su Patria, escribió que la argumentación de los "sanos" compatriotas suyos cuando la Guerra de Argelia se resumía así:

(1º) El problema argelino -diremos "canario"- es primeramente económico; demos de comer al colonizado;

(2º) a continuación hay que atender socialmente al argelino -diremos "canario"-: proporcionémosle escuela y médico;

(y 3º) por último es psicológico, con su complejo de inferioridad: permitámosle participar de algún modo -siempre bajo nuestro mando, claro- en el gobierno de su país.

Mas estas "filantrópicas" soluciones no resuelven el problema, sino lo enturbian y enconan. Por eso los dirigentes del Frente de Liberación Nacional argelino contestaron como responden los colonizados que se resisten a perder la dignidad: "aun siendo dichosos bajo las bayonetas francesas -diremos españolas- nos batiríamos".

*

El asunto colonial no se arregla endurmiéndosenos el alma con embaucadoras felicidades, sino alertando de honestidad nuestros espíritus. Y esa alerta nos obliga a anhelar la independencia.

El dilema es político: colonialismo o soberanía. Por eso la elección inexorablemente sólo será correcta si, asimismo, es política: para que luego pueda solucionarse lo económico, lo social y -por ende- lo psicológico.

5-abril-1999

*) Publicado en el periódico LA TRIBUNA, pertenece al libro EL PARAÍSO PODRIDO

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.