viernes, 4 de marzo de 2011

“Biutiful”: los tragos amargos de la vida, según González Iñárritu

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La carrera del mexicano Alejandro González Iñárritu está signada por películas que narran historias trágicas, oscuras, abyectas, cuyos personajes tocan los fondos más graves y tensos de la perdición. Ocurría así en su primera cinta, la muy apreciada y popular “Amores perros”, en la que planteaba un melodramático tríptico, quizá basándose en el modelo tarantiniano de “Pulp Fiction”. En “21 gramos”, el título aludía a la levedad del ser cuando deja este mundo, y la acción de dicho filme se iba entrecortando a causa de un montaje que imponía su propio sello a la narración. En “Babel”, nuevamente las “vidas cruzadas” de irredentos personajes nos ponían a tono con un mundo globalizado, posmoderno, y acaso más ajeno y aséptico que nunca.


Aquellas tres películas, pues, han registrado un estilo, una manera de hacer cine que revelan en González Iñárritu a un amante de las formas clásicas y a un nada cauto, más bien arriesgado innovador. A este cineasta le preocupa cómo marcha el mundo, aquí y ahora, y las imágenes de sus películas son como los latidos de este planeta que, entre la globalización y el neoliberalismo, sigue perdido en su laberinto. Entonces, Gonzáles Iñárritu, y su espíritu de narrador visual, nos lleva a las verdaderas honduras de lo que significa (sobre) vivir hoy en día, a una década de haber comenzado el siglo 21, aparentemente dominados por la cultura de la alta tecnología pero en el fondo soportando los abusos del gran capital y soñando, tal vez como siempre, posibles formas de consenso.


En “Biutiful”, cuya grafía en el título ya marca una distinción respecto a la palabra inglesa original como síntoma de una equivocación en el sendero que ha tomado el mundo poscapitalista, la historia de Uxbal (Javier Bardem) nos llevará, quizá más dramática, conflictiva y peligrosamente que en las tres películas anteriores de González Iñárritu, por caminos sin salida, giros y vueltas por un mundo que se pierde en su confusión y su infinito, horizontes que nunca llegan a serlo, amaneceres que no existen.

Uxbal es un hombre que carga en su conciencia incongruentes dilemas, trafica con inmigrantes chinos y africanos, negocia sobornos con la policía, tiene dos hijos que siempre lo extrañan, una esposa con un desorden bipolar que aparenta ser “masajista” cuando en verdad este oficio es un correlato de su inestabilidad emocional… y Uxbal se está muriendo de cáncer.

El universo más abyecto y sobrecogedor abre el telón para que nos enteremos de todo lo que la técnica y el discurso audiovisual del director de “Amores perros” nos tienen preparado esta vez. El escenario es una muy actual Barcelona, en la que situamos sus vecindades más marginales, o esos depósitos que fingen ser tales y que albergan, entre la mugre y la miseria, a los inmigrantes que, por obligación y necesidad, llegan a Europa, a buscarse la vida, siempre viviendo al borde, en una permanente inseguridad.


Uxbal actúa como ángel y demonio, quiere quedar bien con todos y al mismo tiempo manifiesta su lado más ladino: quiere que los inmigrantes chinos que trabajan para una constructora sientan menos frío y les compra unos calentadores de mala calidad. La tragedia a la que lleva este acto se sella con aquellas imágenes de los cuerpos de los hombres y mujeres orientales varados por el mar. Es el infierno tan temido, desnudo, sin apariencias, sin adornos.

La migración ilegal y la forma cómo la policía la reprime, representando a un estado todopoderoso y abusivo, es un tema que ya estaba presente en “Babel”. Ahora, en “Biutiful”, González Iñárritu filma con nervio y fuerza la persecución a los migrantes africanos por las calles de Barcelona, el alboroto y la desesperación, los rostros confundidos, las figuras y cuerpos que no alcanzan a huir porque el “gran hermano” del presente es demasiado poderoso.

“Biutiful” es una película vigorosa, de enorme dramatismo, que quizá no deje ver muy bien su propia fuerza poética porque esta se opaca ante lo doloroso de los hechos. El registro realista no apunta ni persigue la sensiblería, aquí estamos ante una toma de posición, la opción del artista que crea y recrea. Y ese mundo recreado, transfigurado, no es el que cada día nos pintan los estudios de Hollywood, este es un universo elaborado por un cineasta consciente de su entorno, un cineasta “global” y trasnacional, que ha hecho de las miserias del mundo contemporáneo la materia prima de sus imágenes.

Por esta razón es que nos quedamos con el lado más desencantado y gris de Barcelona, de sus calles tristes, sus prostitutas, sus multitudes anónimas, sus anocheres y despertares que manifiestan sensaciones de desasosiego y hartazgo. Del entorno latinoamericano de “Amores perros”, González Iñárritu pasó en “Babel” a situarse en el nuevo orden mundial y ahora, desde una ciudad europea, más conocida por sus valores culturales e históricos, nos muestra que no son ciertos tantos relatos sobre el bienestar de las naciones.

Porque en “Biutiful”, donde reconocemos ecos lejanos del neorrealismo italiano, contemporizados por los colores que parecen salidos de la paleta de un artista plástico, y del cine de autores como Arturo Ripstein, se cuestiona el momento preciso y las razones por las que el planeta colapsa. La tragedia personal de Uxbal y su “modus vivendi” de hipocresía y perdición, prolongan el metraje por más de dos horas, pero son varios los personajes que asimismo manifiestan su malestar e inconformidad. Apenas esbozada, la pareja homosexual de chinos que negocia con Uxbal, protagoniza uno de los microrelatos más turbios de esta obra. Y en medio de esta muestra del apocalipsis en directo, Gonzáles Iñárritu, incorpora el escenario de una discoteca, como hacía en “Babel”, y valiéndose de filtros y fondos desenfocados filma este espacio colmado de striptiseras, consumidores de drogas y música a todo volumen, un metafórico antro del placer con el que el director desea significar el “entretenimiento” artificial que el capitalismo en su etapa más avanzada nos brinda como alternativa de evasión. Casi sin saber por qué, Uxbal termina en este recinto, abrumado por el propio dolor de su enfermedad, ignorado por su hermano, seducido por las mujeres de ocasión.


Javier Bardem, en el rol más intenso de su carrera, se ha convertido, él también, en un artista “global”, protagonista de esta reflexión sobre lo transnacional y la relación local-internacional, el confuso mundo de conexiones y contactos, que es “Biutiful”, un lienzo donde a cada momento aparecen retratados ángeles, demonios, fantasmas, donde la muerte siempre está a un paso, donde el desengaño y la frustración son moneda corriente. La cuarta película de Alejandro González Iñárritu, que este dedica simbólicamente a su padre, es una reflexión muy dolorosa pero necesaria, un producto artístico que celebramos muy a pesar de los límites que constantemente sobrepasa y que constituyen el sostén de su argumento, cada tenso minuto que transcurre.

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