miércoles, 23 de marzo de 2011

Breve: Manifiesto anacolútico

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La historia del hombre -hasta ahora- se puede dividir en el predominio de tres retóricas diferentes.

Primero, la Metáfora. Son los libros sagrados, las biblias, los mitos que intentan la certeza del origen. De como fue que de la Nada apareció Algo. Y también, con tranquilizador optimismo, que la Nada no es tan nada como parece, sino una forma de eterno Algo que, en algún momento, puede volver a ser.

Así, la dureza, metáfora de la flacidez, y la flacidez, metáfora de la dureza. Del Ser a la Nada, y de la Nada al Ser. Porque si bien la erección no es eterna, gracias a Dios puede haber resurrección.

Segundo, la Metonimia. Son los textos que descubren que todo está relacionado con todo, que lo pequeño es parte de lo grande. Que todo tiene su explicación. Nada es casual, compañero. Así la anécdota, el pequeño detalle, lo grotesco, la caricatura, lo imprevisto, la irrupción, no alteran la planificadas – y protocolizadas – intenciones de algunos, o las condiciones objetivas y subjetivas ya determinadas por la Historia. Como máximo, son proteiformes manifestaciones de La Idea que, llena de sentido, se realiza en infinitas – y previsibles – variaciones.

Tercero –ahora- el Anacoluto, que Helena Beristáin en su Diccionario de Retórica y Poética define como ruptura del discurso(…)produce la impresión de que se abandona inconclusa una construcción gramatical y se sustituye por otra, debido a la irrupción violenta de los pensamientos en el emisor, por causa de la emoción y la prisa, es causa y efecto del fin de la Modernidad, que no fue la máquina, ni los rascacielos, ni las grandes avenidas – simplista concepción técnica y arquitectónica – sino la fe en el Progreso (de la Ciencia, de la Razón, del Espíritu, de la Bondad, del Bien) hacia un happy-end de cada vez mas perfecta perfección. Paradisíaca totalidad posible de nuestra subjetiva autoconciencia que ahí nos estaba esperando gracias a Descartes, Hegel y Comte.

No se trata tampoco de lo llamado “Pos”- Moderno, cómica o aburrida manera (según el estado de ánimo de cada uno) de nombrar el anacolútico fin de la modernidad, ya que ese “Pos” intenta la resurrección de la modernidad, como moda de más perfecta vanguardia. El mismo perro moderno, ahora con el pos-collar.

Así, desamparados de las certezas optimistas de la modernidad, nos encontramos estúpidamente estupefactos en la anacolutización.

Cabe enunciar que decir el anacolutismo no es proponer una forma de vida, ni ser vanguardia combativa que provoca para subvertir. No se trata, en fin, de la incitación a una militancia ética. Este Manifiesto es solo la denominación de una alternativa estética. No más – necesariamente – una estética ética. Una estética de lo bello, bueno, armonioso, universal, saludable, ecológico. El anacolutismo es la posibilidad de una estética del goce, siempre irruptivo, desproporcionado, máximo o mínimo, tenue o caótico. Ni militancia dionisíaca, ni diacrónica vanguardia optimista, el anacolutismo es una alternativa estética más en la sincronía simbólica que nos balancea. La ética de lo bello, al que le guste. La estética del goce al que además (o solamente) le guste. Goce tanto del que encuentra el Anacoluto como del que lo produce. O hasta de quien - ónticamente – es anacolútico.

Así, de la misma forma en que las alas de una mariposa volando en la bahía de Sidney pueden provocar un huracán en Londres, el cigarro en la concha de Mónica Lewinski determina el bombardeo de Bagdad. Una Guernica cómica. El Caos Anacolútico.

Cosas que ahora se saben porque el anacolutismo -salvo algunas fláticas excepciones-casi no se encuentra en libros (el dadaísmo y el surrealismo fueron tal vez sus precursores) ni en retoricas anteriores, sino en la televisión, la radio, los diarios, el comprostutizador.

Tal vez así se hubiera sabido – entre tantas otras cosas – que la 2da. Guerra Mundial fue causada por la menstruación de Eva Braun, y que Truman decidió Hiroshima y Nagasaki porque se le rompió una tacita de porcelana. O Bush decidió la masacre de Irak porque la noche anterior se emborrachó y vomitó algo más que de costumbre.

Sin embargo, ello no implica que la contingencia exabrúptica del imprevisible anacoluto sea momento de libertad que hiere la certeza del determinismo. Como dice el joven Aristóteles, la accidental contingencia (manera en que se presenta el anacoluto) excluye la elección.

Anacoluto, entonces, que además de poder ser leído en la actual vida cotidiana es una figura retórica que algunos -como yo- pueden permitir aparecer en una poesía. En la sonoridad de un significante. En el descubrimiento de un significado. En el reverberar de una sintaxis. Para gozarla sintiéndola en la boca, acariciándola con la lengua. O metiéndolo en una pérgola dorada, como un pirulito-ploki.

Anacoluto que, así, es el goce de exabruptizar neológicamente los arteros tendones, teniendo siempre la precaución de recordar que no hay nada más antiestético que un serio neologismo cacofónico.

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