viernes, 4 de marzo de 2011

Carta contra el olvido en clave de Paganini

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Querido Marcelo Colussi.

Recibe mis saludos. Te escribo mi carta contra el olvido de la semana sobre la barra de una vinatería llamada “Entre amigos”. Sí, has leído bien: carta. Ocurre que decidí romper con aquello de “email contra el olvido”. Durante un tiempo necesito que las vivencias semanales que recordemos lleven el nombre de carta en lugar de email. Espero estés de acuerdo. Es un intento por reivindicar el juego lento de los sentidos, ya sabes, me refiero a la apreciación de los detalles. La vista apuntando hacia el bosque de donde venimos. Quizá se trate de un acto absurdo de negación a la cultura de la prisa, pero necesito ralentizarlo todo: sólo así podré saber por qué y para qué te escribo. Nada mejor que una carta escrita en hoja de papel y a lápiz para descongelar la memoria. Y si la descongelamos, mí estimado Marcelo, más que escribir-en mi caso-y leer-en el tuyo-estaremos volviendo a vivir sucesos importantes. Espero que cuando me envíes tu respuesta lo hagas desde una opción equivalente (se aceptan señales de humo o mensajes telepáticos).

Desde la mañana estuve recorriendo las calles de Avilés, de un lado a otro, con mi cuaderno de apuntes en mano. Unas veces me detenía y otras avanzaba. Es posible que más de un observador pensara que andaba perdido, pero no, por lo menos no del todo. Mis pasos recorrían sin rumbo fijo la avenida San Agustín, pero mi memoria se abría a un espacio-tiempo definido: Caracas, abril de 2006. Bulevar de Sabana Grande. El Gran Café. Dos amigos debaten sobre la necesidad de impulsar un cambio sociocultural en América Latina. Nunca olvido tus palabras: “Bien Edgar, acepto que hay que impulsar ese cambio en nuestros países porque nos corresponde como nacionales de aquí, pero no olvidemos que el cambio de fondo lo necesita el mundo en general. El modelo se agotó amigo, se agotó en todas partes”. Entonces yo te dije que quizá lo que se había agotado era la saturación de la mediocridad en las grandes ciudades, porque en los pueblos más pequeños y ocultos aún se respira vida y equilibrio. Lo que ocurre es que eso es una forma escondida de celebrar la existencia (la cultura que, por fortuna, no exhiben las grandes superficies).

Ya eran las cinco de la tarde cuando me detuve para reírme con una de tus ocurrencias (eso me valió el disgusto entendible de más de un transeúnte que vio obstaculizado su camino). De pronto mi vista tropezó con una vinatería llamada “Entre amigos”. Ya sabes que no me gustan las cursilerías, no te voy a contar que entré aquí a escribir la carta sin darme cuenta del nombre del local y que todo se combinó por acción divina: una vinatería con nombre de amigos rinde culto a dos viajeros sin rumbo fijo, el venezolano en España que se instala en la mesa para escribirle una carta al argentino en Guatemala, una tarde de invierno y Paganini de fondo (¿Recuerdas todas la bromas que despertó tu relato sobre Paganini? Gracias a ese cuento quedaste bautizado como diablo). La verdad es que, apenas descubrí el local, me pareció un lugar íntimo, pequeño y diferente. De entrada, la iluminación te cubre y te hace parte del espacio, el color de las paredes es fucsia y las lámparas son blancas y moradas. Un juego de colores que te equilibra el paso, la existencia. Luego todo el resto (por muy normal que sea) te parece especial: en el primer ambiente, dos barriles y una barra. Al fondo las mesas y varios cuadros de pinturas que rinden tributo a la madre naturaleza. Me he enterado de que la creadora de estas obras es Cristina, la hija de Alberto, el dueño del negocio. Esta información me la dio Aroa, la camarera que me atiende. La chica es bella, bella como ninguna. Ya sé que siempre que te escribo te digo que la que hoy me atiende es la más hermosa de las camareras. Sólo que esta vez mi vista ha alcanzado el límite de la hermosura: si la vieras seguro te quedarías en Avilés. Aunque no creo que algún día te quedes en un lugar específico. Eres hombre de donde te necesiten, de ahí tu salida de Argentina directo a Nicaragua, luego a Venezuela y ahora estás en Guatemala. Mañana quién sabe: es posible que te veamos en uno de los pueblos árabes que hoy luchan por su idea de mundo (su mundo), o tal vez caminando por algún pueblo europeo. Hoy todos los pueblos del mundo necesitan personas comprometidas. Y pensar que muchos intelectuales cayeron en el chantaje que lanzó al mercado del deterioro la palabra compromiso. A tu salud Marcelo (y a la de todos los intelectuales que se niegan a ser piezas del museo de la resignación), le pido otra copa de vino tinto a nuestra amiga Aroa, ya le he hablado de ti (me pregunta que cuándo te vienes). De tu humilde participación en el compromiso diario con el ser humano. De tu constante transito de hormiga, a paso discreto, en silencio, uno más entre los muchos (el todo), lo más cercano a lo invisible. Sea como activista (real y concreto) de los derechos humanos, como psicólogo o cuando te desplazas del periodismo a la literatura, en cada salto abres una puerta y la dejas abierta. Esta mañana, cuando me levanté dispuesto a cumplir con nuestra carta semanal contra el olvido, recordé el relato que escribiste para ironizar sobre “las malas lenguas que en la época decían que el genial violinista italiano Paganini, precisamente por su genialidad (y algunos misticismos propios del artista), tenía pacto con el diablo. Sólo a tu personaje Petrouskas, investigador laico del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, se le pudo ocurrir llevar a cabo una investigación (y un plan) que pretendía develar el supuesto vínculo de Paganini con “las fuerzas diabólicas” (y todo porque no podía creer que existiera ser humano capaz de interpretar el violín con semejante virtuosismo). A todos los cafés que íbamos tú leías el relato con cierta interpretación diabólica: “El plan consistía en obstaculizar el concierto, molestar a Paganini durante la ejecución, lograr distraerlo (tosiendo fundamentalmente), para hacer fracasar la presentación. Si eso se repetía varias veces, en distintas salas, la reputación del demonio podía descender. Ante el fracaso, Paganini se vería forzado a pedir auxilio, y allí entraría victoriosa la Santa Iglesia, pronta para brindar el requerido apoyo a cambio de una confesión sin condiciones y un arrepentimiento profundo”. Los clientes atónitos no sabían si persignarse o salir corriendo, lo que nunca olvido fue la señora que se paró de su mesa y te gritó: “¡Silencio diablo!” Desde entonces te llamo diablo.

Espero que mi carta contra el olvido de esta semana te haya gustado. No me puedo despedir sin contarte que tenía mucho tiempo que no escribía cartas verdaderas, a puño alzado. Por ello hoy salí de mi casa con mi cuaderno de apuntes y dos lápices del batallón de implementos insustituibles. El decorado propicio lo puso la vinatería con su nombre y su iluminación. Lo demás fue arrancar una hoja y ponerme a sacar palabras debajo de la manga. Por esta semana el truco (que convierte a la memoria en oxígeno) ha terminado. El resto de la semana nos seguiremos saludando cada vez que tropecemos en facebook, en twitter o en la próxima red social que inventen (para jugar a que nos comunicamos). Ya bien lo sabes, las amistades se sostienen entre cartas contra el olvido y saludos breves. Te envía saludos Aroa y la señora que te bautizó como diablo. Un abrazo.

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