viernes, 18 de marzo de 2011

Con motivo del 35 Aniversario del golpe de Estado en Argentina: Culpa

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si nos quedáramos simplemente con lo que se pudo ver aquella tarde, no pasaríamos de la crónica policial. Pero aunque mi primer informe fue eso -y así se divulgó la noticia por una buena cantidad de diarios europeos, simplemente como noticia sensacionalista, como nota roja- al ponerme a investigar más tarde pude entender, y hacer entender a quienes me leyeron, que las cosas eran mucho más complejas que lo que se veían.

Por aquel entonces, con abundante cabellera y todavía no un “discapacitado capilar”, como dijera sarcásticamente el uruguayo Eduardo Galeano (un vulgar calvo, para no darle vueltas), estaba yo asignado como corresponsal de guerra en aquel país latinoamericano. Técnicamente el país no estaba en un conflicto bélico abierto. La guerra era interna. Guerra civil, podríamos decir. Por supuesto que el gobierno no lo reconocía así; en todo caso, reconocía que había grupos insurgentes, subversivos, alzados en armas apátridas y ateos que luchaban en su interior. Pero no había guerra. Pero, bueno: sin entrar en esos preciosismos leguleyos (no soy abogado… ¡ni querría serlo!), lo cierto es que yo trabajaba como enviado del diario V. en esa macondiana nación de América Latina. No importa dar su nombre ahora. En todo caso, y por razones de seguridad, llamémosla simplemente “Feudalia”, como una vez escuché en una canción muy sarcástica. Podría ser cualquiera de las ensangrentadas naciones que para aquellas épocas transitaban su más oscura noche. Todas, con diferencias particulares, repetían más o menos el mismo libreto: represión, muerte, impunidad… y buenos negocios para sus aristocracias y las empresas gringas.

Si hay algo que como europeo nunca entendí es por qué esos grupos, riquísimos sin dudas, miraban sólo para Estados Unidos y consideraban de buen gusto visitar Disneylandia. Pero, no quiero extraviarme en el relato. La verdad, me importa un bledo en definitiva por qué esos ricachones sólo tienen ojos para Miami como centro del mundo. Lo importante es que por mantener esos privilegios, y siempre en arreglo con las embajadas gringas en la región (el verdadero poder), pusieron a los ejércitos a defender a capa y espada su situación. Los militares, que en realidad para eso fueron preparados por décadas y décadas, sólo cumplieron con su trabajo: les limpiaron sus países de “molestos subversivos”. Si para eso fue necesario extralimitarse, matar, utilizar métodos antiéticos (¿puede acaso haber ética en la guerra?), torturar, desaparecer gente, y un largo etcétera…, eso es irrelevante para los que mandan.

Pero vamos al grano. Lo que sucedió ese martes por la tarde en aquella calurosa ciudad podría haber quedado en el anecdotario. Y punto. Un tipo se suicidó, así de simple.

Espero que pueda transmitir todos los matices de lo que quiero decir ahora con mi bastante pobre español. Sé que no escribo tan mal en esta endemoniada lengua, pero nunca la logré dominar como hubiera querido. Espero que me logre dar a entender correctamente. Bueno, volviendo al hecho, lo cierto es que yo iba justo por detrás del vehículo en cuestión, un carro de origen gringo, blanco, grandote, de esos para seis u ocho pasajeros, con vidrios polarizados. Al pasar por el puente John Kennedy, con mucho embotellamiento, todos caminábamos a paso de tortuga. De pronto, detenido justo delante de mí (yo iba con mi fotógrafo en mi jeep a cubrir una nota de la que había recibido una prometedora información de buena fuente), el automóvil blanco pasó a ser el centro de atención de todos los que allí estábamos detenidos. Se abrió raudamente la puerta derecha trasera y salió corriendo una persona; era un muchacho de no más de 25 años, de cabello moreno y bien narigón -me acuerdo claramente de ese detalle-. Los que viajaban con él -otras cuatro o cinco personas, todos varones- gritaron, le dijeron que se detuviera, lo insultaron. Todo fue tan rápido que no dio tiempo de retener mayores detalles: el tipo salió corriendo, los que iban con él se sorprendieron, y cuando nos quisimos dar cuenta, quien había salido del carro se lanzó por la baranda del puente. Con más de 50 metros de caída ni siquiera se podía preguntar qué había pasado: era muerte segura. De hecho, el puente ya había sido utilizado varias veces para suicidios.

Cuando yo pasé la noticia, sin mayores datos que lo que acabo de consignar ahora -quizá un poco adornada para consumo del público europeo (la redacté en inglés, recuerdo)-, hice alguna alusión al clima de represión dictatorial que vivía el país. Aunque en verdad, más allá de una forzada relación que se podría haber establecido entre el clima general de muerte y la muerte de un suicida -relación dudosa, por lo demás- no había mucho que se pudiera decir del acto mismo. Que un tipo se lance de un puente luego de correr desde un vehículo semi detenido puede ser sólo un hecho policial de un suicida más. O, dado el contexto en que sucedía (un país en plena guerra civil, donde eran comunes las ejecuciones extrajudiciales, los secuestros, las torturas, la aparición de cadáveres en cualquier sitio), podía hacer pensar también en hipótesis más “truculentas”. ¿No podría haber sido alguien que huía de sus captores y, desesperado, prefería matarse en un acto suicida antes que pasar por la tortura?

El hecho daba para mucho, y por supuesto, con un poco de fantasía periodístico-literaria y con cierta dosis de “mercadotecnia” política, se podía vender bien.

Efectivamente, así fue. La noticia provocó un morboso interés en buena parte de lectores de Europa, y a los dos días de su publicación recibí la directiva de mi diario de profundizarla. Había que investigar, señores. Si algo me apasiona, lo declaro con gusto, es la investigación periodística.

Siempre me consideré bastante mediocre en lo que hago, también en la investigación semi detectivesca que a veces impone el periodismo. Pero, en todo caso, aunque no lo hiciera bien, eso me encantaba, y por cierto me sigue encantando. Investigar, bucear en algún problema, meter las narices ahí donde no me llaman, es una de mis pasiones.

Por lo tanto, me puse a indagar con la mayor exhaustividad que podía. No hay que perder de vista que estábamos en “Feudalia”, en pleno período del general T. (quizá uno de los más sanguinarios dictadores de Latinoamérica) y que averiguar un milímetro más de lo que el régimen permitía podía costar la vida. Así las cosas, con la mayor prudencia del caso, busqué todas las pistas que se podían.

No me pregunten cómo lo logré (decidí llevarme ese secreto a la tumba), pero lo cierto es que pude dar con informaciones increíbles, terroríficas.

Dos meses antes del hecho del puente, quien saltó (digámosle simplemente “Juan”) era un militante de una agrupación política de izquierda. Por causa de la represión que se vivía, toda la organización debió pasar a la clandestinidad. De esa cuenta, sus militantes pasaron a ser técnicamente delincuentes fuera de la ley a quienes el gobierno perseguía. ¡Y créanme que los perseguía! No sé por qué ahora se puso de moda decir que el Estado no sirve, es ineficiente, corrupto y no hace bien su trabajo; les puedo garantizar que lo que eran los servicios de inteligencia durante la dictadura funcionaban. ¡Funcionaban a la perfección! Y eran del Estado….

Por lo que pude averiguar, Juan fue seguido por casi un mes, preparando las condiciones para su detención. Una medianoche -solían hacer estos operativos a la madrugada, así nadie veía nada- lo detuvieron en una casa de seguridad de su organización, junto a cuatro personas más. Hasta donde llegué a saber, dos de esas personas -un hombre y una mujer- aparecieron muertos a los pocos días, abandonados en un descampado. Juan, dado que ocupaba un cargo de relativa importancia en su estructura, fue “aprovechado” de otro modo. Es decir: se le podía sacar más información. Lo cual significa: más interrogatorios, más tortura.

Eso fue lo que hicieron durante más de una semana. Para esa época, bajo la presidencia del general T., se había endurecido la guerra antisubversiva, y por tanto las detenciones ilegales y las torturas se habían disparado. Fue esa época cuando se comenzó a hacer popular la aparición de cadáveres de varones con los testículos cortados, puestos en la boca. La advertencia era seria, terrible. Juan, como todos, también podría haber corrido esa suerte. Pero no fue así.

Insisto una vez más: no me pregunten cómo lo averigüé -por favor conformémonos sabiendo que “me lo dijo un pajarito bien informado”- pero lo cierto es que Juan, como le pasó a tantos otros en circunstancias similares, se quebró. Quiero decir: las torturas pudieron con él, lo lograron conmover en sus convicciones. O sea: se consiguió que se pasara al bando contrario.

Repito: no es el primer caso en que se ve eso. Hasta incluso -está documentado- hubo mujeres que terminaron viviendo con la persona que las torturó. ¡Qué locura!, podría decir uno. Pero… ¿quién dijo que lo humano no tiene un componente de locura? Por ejemplo: ¿cómo entender que se torture a alguien si no hubiera un fuerte elemento loco en nuestra naturaleza, no creen? Y más aún: ¿no es absurdamente loco que los poderosos ordenen todo esto -aunque no sean ellos los que se ensucien las manos, claro…, para eso están los militares-, no es loquísimo que se haga todo esto para mantener privilegios consistentes en … poder ir a Disneylandia y tener chofer que le abra la puerta del vehículo? Acaso todo eso ¿justifica que se mata a alguien, que se lo torture? Es terriblemente loco… ¡aunque es así! Pero no quiero irme del tema: estábamos con Juan y su cambio.

Según me dijeron mis informantes, nuestro personaje se asustó mucho, terriblemente. Con las primeras gotas de sangre ya se quebró. ¡Pobre! Me imagino lo que deben ser esas circunstancias: ahí sí que es la vida o la muerte de un modo descarnado. Y algunos eligen la vida, no importa a qué precio. Juan, eligió la vida. Aunque eso le significó tener que pasarse inmediatamente al lado de sus enemigos.

Semidrogado lo llevaron a varias casas de seguridad de la organización -no viene al caso el nombre exacto ahora: era algo de Partido o Movimiento Revolucionario y no sé que más…- y allí lo obligaron a reconocer a miembros del grupo. Parece ser que incluso a Juan le cayó muy bien su nueva “tarea”, y dijo más de lo que le pedían. Fueron más de 10 compañeros los que identificó. En algunos casos, por la calle. Según supe, lo llevaban en un vehículo entre varias personas, con vidrios polarizados, a lugares donde se suponía que podían encontrarse miembros activos del movimiento, y Juan debía identificarlos sin bajarse del automóvil.

Ese martes fatídico justamente iban a una misión. No pudieron darme los datos exactos de quién iba a ser el identificado, pero es irrelevante para el relato actual. Me imagino que la cabeza de Juan debe haber sido un polvorín estallando. Seguramente se quebró, pero al mismo tiempo la culpa debe haberlo corroído. La culpa, el miedo, la vergüenza… No sé, una mezcla de todo eso. Sin dudas, una mezcla explosiva, suficiente para hacerlo tomar la decisión.

Cuando ya tenía casi terminada la nota -había quedado un buen dossier que podía dar incluso para pensar en un librito- recibí la llamada. Y también la recibió quien era mi compañera en ese entonces: Mariela, una encantadora muchacha local de 20 años con quien convivía, estudiante de arquitectura. Me asusté mucho, tengo que reconocerlo. Y dejé Feudalia.

Lo investigado nunca se publicó. Quizá ahora, sobrellevando como puedo mi dolencia y ya bastante golpeado por los años, me atreva a hacerlo. Yo también quedé con culpa, lo reconozco. Yo pude salir, viví en Europa, vi los acontecimientos desde lejos. Mariela no. Nunca más supe nada de ella. Nunca salté de un puente, pero...

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.