viernes, 4 de marzo de 2011

Crítica literaria: “Los Tenaces”, de José Miguel Varas

Fernando Barraza (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La importancia de la “Piedra del Medio”…

La nueva obra del escritor y periodista, Premio Nacional de Literatura 2006, revela la maestría del autor en el cultivo de la entrevista y la crónica, y presenta la notable existencia de ocho personajes, que tienen dos elementos en común: su militancia comunista y su tenacidad.

José Miguel Varas conoció personalmente a Zorobabel González, uno de los personajes del Santiago de los sesenta, el mítico suplementero, apodado “El Guagua”, que tenía su kiosco de diarios en la Alameda, al lado del Ramis Clar, y lo incluye como uno de los ocho protagonistas del libro, todos quienes poseen una característica primordial, que explica el título de la obra: “Los tenaces” (170 páginas, LOM Ediciones, 2010).

El autor, en un estilo sobrio y directo, sin que se note su presencia, como en sordina, facilita el encuentro del lector con los “tenaces”: Luis Emilio Recabarren, Salvador Ocampo, Américo Zorrilla, Carmen Vivanco, Zorobabel González, Samuel Riquelme, y los hermanos Arturo y Carmelo Soria.

En el capítulo respectivo, “El Guagua”, describiéndole a José Miguel Varas, la fuerza de un dirigente obrero ya desaparecido, que había soportado estoicamente, los embates y apremios de la dictadura, le dice, en tono definitivo: “Ese hombre era la piedra del medio.”

El cronista, curioso, le pregunta: “¿La piedra del medio? ¿Qué vendría a ser eso?”

Y Zorobabel le explica: “La Piedra del Medio, pues compañero, la que está al medio mismo del Partido, eso que no se puede romper nunca. Donde se quiebran los dientes los burgueses y todos sus policías. ¡La Piedra del medio!”

Pero Varas insiste, con algo de pedantería: “De acuerdo con los estatutos, lo que está al medio del partido es la Dirección, la Comisión Política, que la nombra el Comité Central. Se supone que ahí están los mejores compañeros.”

El “Guagua” sacude la cabeza, insatisfecho: “Esto no lo va a encontrar en los estatutos, compañero. Es otra cosa, es lo que aprende la clase obrera y no tiene porqué estar por escrito. La Piedra del Medio está formada por los compañeros que son más duros que el acero. Son los mas tenaces, esos con que el partido sabe que puede contar siempre, cuando las papas queman, como sea, para lo que sea, sin preguntar nada, sin pedir nada, así no mas…”

El autor explica que el nombre de su obra lo tomó de una expresión que, en los sesenta, usaba el periodista Camilo Taufic, para referirse a los comunistas, y que le pareció muy afortunada: “los tenaces”.

Claro, se entiende que el título de un libro no puede ser demasiado largo, pero, en este caso, quizás tendría que haber un asterisco, que trascribiera el diálogo entre José Miguel Varas y Zorobabel González. La explicación del “Guagua” es impecable y a prueba de malos entendidos.

Los que conocemos a los comunistas o, mejor aún, como en el caso de este periodista, trabajamos con ellos, identificamos perfectamente a los que son la “Piedra del medio”: tenaces, estoicos, parcos, consecuentes, comprometidos, humildes, modestos, sobrios, sin aspavientos, una especie poco común entre los seres humanos…

Humildad ejemplar

En una época como la actual, en que el exitismo y el triunfalismo, campean sin contrapeso, la sencillez y la humildad, de que hacen gala los personajes de “Los Tenaces”, parecen valores en extinción, casi extemporáneos.

Américo Zorrilla, obrero gráfico y dirigente comunista, que se ganó en el reconocimiento de sus pares, el apodo de “Don Américo”, cuenta en primera persona, su insólita reacción cuando sabe que su Partido lo había propuesta para el cargo de Ministro de Hacienda en el primer gabinete del Presidente Salvador Allende, el 1970:
“Me enojé, me parecía una cosa increíble, no encontraba por donde agarrarla. Comenzó entonces mi lucha en contra de esa resolución. Discutí con los compañeros de la Comisión de Cuadros y del Secretariado, pero finalmente fui derrotado. Me sentí agredido por mi partido y me aislé, durante una semana no hablé con nadie. Pero, al final tuve que comprender que la responsabilidad de un militante consiste en cumplir lo mejor posible las tareas que el Partido le encarga.”

Ya ejerciendo el cargo, un día, su secretaria le dice: “Señor Ministro, aquí tengo todos los recortes de prensa sobre su persona, ¿Desea que le preparemos un álbum?” Por cierto, la respuesta es negativa. En otra ocasión, Don Américo explica: “Algunos creen que los servidores del estado, por el hecho de serlo, tienen ciertos privilegios. Recuerdo que los jefes de un organismo fiscal decidieron contratar el almuerzo diario para el personal al Hotel Carrera, argumentando que no salía más caro que encargarlo a cualquier concesionario. Me pareció inaceptable.”

En la entrevista a Salvador Ocampo, fallecido senador comunista, realizada en Moscú, en 1977, José Miguel Varas intenta conocer rasgos de la personalidad de Luis Emilio Recabarrem, el histórico fundador del comunismo chileno, del que Ocampo fue uno de sus discípulos.

En la práctica, tanto Recabarren como Ocampo se transforman en personajes de Los Tenaces. El futuro senador, ¡a los diez años de edad!, trabajaba como cargador, en una cuadrilla, en 1912, en Tocopilla y les leía los artículos del diario, que publicaba el padre del movimiento obrero, a sus compañeros analfabetos. Ocampo cuenta que conoció a Recabarren en la plaza Vicuña Mackenna de Antofagasta, donde todos los miércoles, el gran dirigente conversaba con los trabajadores.

Un día, Recabarren repara en el joven Ocampo, le pregunta si le gustaría aprender tipografía y lo invita a que vaya a la imprenta al día siguiente, episodio que el entonces adolescente recuerda así: “Recabarren me dijo: “Usted se queda aquí como aprendiz. Se paga los días sábados, eso sí que a veces no hay dinero, pero la comida no falta, siempre el sábado habrá algo. Así empecé yo a trabajar con Recabarren, él me enseñó la tipografía y después me llevó a la redacción apara atender las cartas que llegaban, resumirlas, sacar las noticias del país y del extranjero, hacer pequeños párrafos para “El Socialista”, de Antofagasta.”

Ocampo llega a ser muy amigo de Recabarren, pero en una oportunidad, por una discrepancia política, Ocampo y su grupo de amigos mas jóvenes, lo acusan en público de que tiene ambición de ser diputado. Días después, Ocampo se arrepiente de sus palabras y, avergonzado, evita el encuentro con Recabarren, pero éste lo invita a tomar una taza de te y le dice: “Si yo fuera joven como ustedes y no tuviera la experiencia de tantas luchas, habría pensado igual y habría estado con ustedes. Pero en este momento histórico, yo aparezco como el cabecilla, aunque no quiera serlo, tenemos que usar todas las armas para avanzar en este camino tan claro para nosotros, pero incierto y lleno de dificultades para mucha gente.”

No todo es tenacidad

La tenacidad, con toda su importancia, no es la única característica que demuestran los protagonistas del libro. Carmen Vivanco, un verdadero símbolo en las filas de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, también había nacido y llevaba en sus genes la escuela de vida de las salitreras y de la Federación Obrera de Chile, (FOCH), fundada por Luis Emilio Recabarren y de la que, muchos años después, Salvador Ocampo, fue su secretario general, cuando Elías Lafertte fue deportado a México.
Carmen, al igual que Ocampo, desde pequeña le leía la prensa de Recabarren a su padre y a otros dirigentes obreros de la FOCH y participaba de las reuniones políticas que se hacían en la Pampa. Casada con Oscar Ramos Garrido, a quien el residente Salvador Allende nombró como intendente de Llanquihue, en 1972, Carmen y su esposo habían vivido la represión de Gabriel González Videla.

El salvajismo de la dictadura significó que, en agosto de 1976, se llevaran detenidos al esposo de Carmen y su hijo Oscar Arturo, a su hermano Hugo, su cuñada Alicia Herrera y su sobrino Nicolás Vivanco Herrera: “En tres días se acabó casi toda mi familia. Nunca más supe de ninguno de los cinco, y hasta hoy los sigo buscando.”

Como una heroína de una tragedia griega, Carmen demostró una fuerza y un estoicismo notables: “Nunca tuve depresión, nunca me ha entrado histeria, llantos, gritos. He sido muy serena. A veces alguien me decía: Parece que usted no los siente. Claro que los siento, pero no demuestro, no pongo cara de aflicción. Soy dura, puede ser por mi vida. Mi padre era duro. Después de la detención de de mi familia, estuve doce años viviendo sola en mi casa, pensaba en ellos y lloraba. ¡Pero ahora se terminó el llanto, sólo queda la pelea!”

Samuel Riquelme vivió el golpe desde las primeras horas de la madrugada, en su oficina de la Dirección General de Investigaciones, ya que era subdirector del Servicio, y su nombre aparece en el primer bando de la Junta Militar. Horas después, se comunica por última vez con el secretario general de su partido, Luis Corvalán, y se produce un diálogo que Riquelme recuerda: “En esa lista, usted aparece más arriba que yo, como es la cosa, iñor”, me dice Corvalán en tono de chunga. Le contesté: “¿Y que culpa tengo yo?”

Después, Riquelme es detenido y salvajemente torturado, durante meses, hasta que, recién a fines de 1976, es expulsado del país y viaja al exilio, a la República Democrática Alemana. En la tarea de organizar a los militares patriotas democráticos, llega a Bélgica, donde se encuentra con el general de la Fuerza Aérea, Sergio Pobrete, quien lo invita a su casa y le dice: “Yo estaba detenido igual que usted, junto a un grupo de oficiales de la FACH, cuando lo golpeaban y le aplicaban corriente y picanazos eléctricos. En un momento, usted le dijo a los torturadores: “Nosotros, los comunistas, tenemos moral, sabemos por lo que estamos luchando.” A nosotros, los que estábamos ahí detenidos en ese momento, su actitud nos dio una fuerza inmensa.”

Dos españoles chilenos

Los hermanos Arturo y Carmelo Soria completan la lista de “tenaces”. Arturo, el mayor, era un anarquista español, republicano, que llegó a Chile en 1939, en el famoso Winnipeg, el barco fletado por Pablo Neruda. Irónico, impredecible, anticlerical, contestatario, se definía a si mismo como: “discrepante y antimultitudinario”.

A pocos meses de llegar, se transformó en un personaje de la vida intelectual santiaguina, gran amigo de Manuel Rojas, Pablo Neruda y José Santos González Vera, y se embarcó en la quijotesca editorial Cruz del Sur, donde, con el notable diseñador Mauricio Amster, publicaron lo mejor de la literatura española y chilena.

Tras el quiebre de su proyecto, Arturo volvió a España, en 1959, donde siempre se mantuvo espiritualmente unido a Chile, especialmente después del Golpe y el asesinato de su hermano Carmelo, hasta su muerte, en 1980, en su casa de Madrid.

El hermano menor, Carmelo, llegó a Chile en 1946, después de completar sus estudios de economía, con doscientos libros de escritores españoles, sobre todo poetas. Venía por dos meses y se quedó 29 años, hasta su asesinato por la DINA, el 14 de julio de 1976. Su amiga, Inés Figueroa, lo recuerda: “Carmelo, a diferencia de su hermano Arturo que hablaba todo el tiempo, era silencioso, hasta parecer mudo. Tímido, alto, sombrío, irónico, le pregunté una vez por qué andaba siempre de luto. Me respondió: “Dame un solo motivo para no andar de negro…”

Entró a trabajar en la editorial de su hermano Arturo y en 1958 se casó con Laura, mas conocida como “Bisagra”, la hija del escritor José Santos González Vera y de la educadora María Marchant. Tras el triunfo de la Unidad Popular, colaboró con la Editorial Quimantú, donde fue amigo del presidente del Sindicato, Sergio San Martín, quien explica: “Su vida estaba entregada a hacer siempre lo correcto y no lo mas conveniente para él. Es el único que tenía dos carnes de militante comunista, uno del partido español y otro del chileno. Hablaba siempre con claridad, desde los principios.”

Esos principios lo llevaron, tras el Golpe de 1973, a arriesgar su vida, como funcionario internacional, en defensa de centenares de chilenos perseguidos por la dictadura, hasta que el 14 de julio de 1976, salió de su trabajo y se dirigió, en su pequeño automóvil, hacia su casa en Las Condes, donde nunca llegó. Al día siguiente, encontraron su auto, sumergido en el Canal El Carmen, en el cerro San Cristóbal. El 16 de julio, al secar el canal, apareció su cadáver, salvajemente torturado, a un kilómetro del auto.

Su hija, Carmen Soria, lo recuerda: “La historia de mi papá me acompañará siempre, sobre todo en la sociedad en que se vive ahora, donde pareciera que todo pasa y no deja huella, donde nadie se percibe en el marco de la historia y como consecuencia de ella. Los actos cotidianos de mi padre, desde que lo parieron, tenían que ver con todo. Nunca era frívolo. Era una persona que decía lo que pensaba, sin adornos ni rodeos.”

Otro más del grupo invencible de los que son la “Piedra del Medio”…

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