viernes, 18 de marzo de 2011

Los “mass media” y la crisis en el mundo árabe: ¿A usted le consta?

Juan Gaudenzi

¿Rebeliones democráticas, espontáneas y pacíficas (salvo en Libia) en casi todo el mundo árabe que ya han derrocado a dos gobernantes y amenazan al resto?

¿A usted le consta? ¿O se refiere a lo ocurrido durante estos últimos meses en el escenario de los medios masivos de comunicación de todo el mundo, incluyendo sus tentáculos virtuales, las paginas web, blogs, las llamadas “redes sociales”, los mensajes de texto, etc.?

¿Acaso usted estuvo últimamente en Túnez, El Cairo, Argel, Rabat, Casablanca, Manamá, Bengasi o Saná? ¿Salió del hotel o miró la versión en inglés de “Al-Jazeera”?

No; no estoy insinuando que el 99 por ciento de estas mercancías llamadas lectores, radio-escuchas, telespectadores, audiencia, que los medios producen y venden a las agencias de publicidad, estemos siendo víctimas de una manipulación de la conciencia colectiva de la magnitud de “La Guerra de los Mundos”, de Orson Welles.

Seguramente, algo insólito, multitudinario, de naturaleza social, política, institucional, económica, ¿cultural? y consecuencias imprevisibles debe haber ocurrido allí y estar en pleno desarrollo como para que, unánimemente, todos los medios hayan decidido alimentarnos, nutrirnos, atiborrarnos y multiplicarnos mediante mensajes con esa temática.

Aún necesitan que ese “algo” acontezca fuera de ellos. Pero la ficción avanza incontenible y no está lejano el día en que puedan prescindir de cualquier pretexto para informarnos sobre una realidad inexistente.

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo ha ocurrido? ¿Por qué ha ocurrido? ¿Para qué ha ocurrido? Ni ellos mismos lo saben. Y lo peor: como el precio de los insumos (contenidos) de alta calidad y confiabilidad es alto, para mantener una adecuada tasa de utilidad, no les conviene ni interesa saberlo.

Prueba de ello es que a todos los tomó por sorpresa. ¿Cuándo se interesaron por establecer las verdaderas relaciones de poder en los países árabes? El nivel de consenso de los viejos sátrapas. Las condiciones materiales y subjetivas de las masas –sobre todo la juventud– oprimidas. ¿Las tensiones subyacentes entre las familias gobernantes, la burocracia, los partidos políticos y los grupos de presión, el ejército, los líderes religiosos, las diferentes ramas del Islam, los estados y el Imperio?

Para eso hace falta contar –como en otros tiempos– con corresponsales propios, serios, informados, conocedores de la lengua, la historia, la cultura, la idiosincrasia. Con analistas académicos y especialistas. Por cierto no del sesgo ideológico de Samuel Hungtinton para quien “…el crecimiento de nociones como la democracia o el libre comercio desde el fin de la Guerra Fría sólo ha afectado realmente a la cristiandad occidental, mientras que el resto del mundo ha intervenido escasamente”. Ni de especialistas con las características de los consultados por las grandes cadenas de la TV estadounidense durante la invasión a Irak: ¡todos militares retirados aleccionados y propuestos por el Pentágono!

Y todo eso cuesta mucho dinero. ¿Para qué invertirlo si la ignorancia, la desinformación y la confusión están en Internet y en los documentos y declaraciones de la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, en el contexto de su guerra contra el “terror”?

Esos estados –Egipto, Libia, Túnez, Yemen, los Emiratos Árabes– eran o se habían convertido en aliados confiables de Washington para defender los intereses del sionismo israelita y mantener a raya al fundamentalismo islámico; compraban suficiente armamento al complejo militar-industrial de Estados Unidos –en los últimos diez años Lockheed Martin vendió armamento a Egipto por 3.8 miles de millones de dólares; General Dynamics por 2.5 miles de millones y Boeing por 1.7 miles de millones– y garantizaban el flujo abundante e interrumpido de hidrocarburos a Europa. Con eso bastaba para desentenderse de ellos.

Y, de pronto, como si las grandes rebeliones se produjeran como por arte de magia; sin los instrumentos necesarios para medir la energía acumulada en el subsuelo social, los sorprende un terremoto en el norte de África. Y el sismo abre una profunda grieta que permite observar un rico yacimiento para atiborrar a la audiencia. ¡A aprovecharlo al menor costo posible!

Así, de la noche a la mañana, los “malos” (el Grupo Combatiente Islámico de Libia, por ejemplo) pasaron a ser los “buenos” (víctimas de las violaciones a los Derechos Humanos del régimen de Gaddafi) y los “buenos”: Zine al Abidine Ben Alí, de Marruecos; Hosni Mubarak, de Egipto; Muammar al-Gaddafi, de Libia; Ali Abdullah Saleh, de Yemen (correas de transmisión de los intereses imperiales en el mundo árabe) se convirtieron en los más despreciables entre los “malos”.

Como los “mass media” parten del supuesto que ni usted ni yo estamos en condiciones de pensar por cuenta propia (en general, carecemos de la educación y la formación necesaria como para someter a un análisis crítico y, mucho menos semiótico, toda esa estructura y superestructura que construyen con los recursos discursivos más elementales y banales, sobre todo con imágenes ¡hasta captadas con teléfonos celulares!) nos ofrecen, – en el mejor de los casos– una descripción parcial, contradictoria, inconexa y ahistórica no de lo que han registrado con sus propios recursos, sino de lo que han “levantado” de otros medios.

Los medios tradicionales se alimentan de las nuevas tecnologías y éstas, a su vez, de la prensa escrita, la radio y la televisión, en una espiral viciosa que nadie sabe cómo se inició y, mucho menos, en qué terminará.

¡Las redes sociales! ¡Allí esta el origen! podrá argumentar usted, reproduciendo una de las partes más machaconamente repetida de esa espiral.

Pero resulta que en los 22 países árabes (que pertenecen a la Liga de los Estados Árabes y en los que el árabe es el idioma oficial), con 320 millones de habitantes, las personas con acceso a esas redes sociales no superan el 8,5 por ciento. En Egipto, apenas entre el 5 y el 6%.

Porcentajes insignificantes que no impiden, por ejemplo, que un desconocido reportero de la NPR estadounidense se haya convertido en todo un referente para saber qué ocurre en El Magreb ¡sin salir de su casa en Washington! Simplemente, “curando” (de “cuarate”: criterio de selección y confianza de aquellos que la validan) los contenidos que circulan en Twitter (200 millones de usuarios).

Ahora, según los mercaderes de la “gran” prensa, resulta que las “TIC” (nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación) son el “Ábrete Sésamo” de las mentes de los árabes y del conocimiento sobre ellos de quienes no lo somos.

Hasta el inefable ex presidente del gobierno español, José María Aznar, repite como un loro que “las nuevas tecnologías han facilitado un poder hasta ahora desconocido a las sociedades que viven oprimidas por regímenes autoritarios”.

Por supuesto ignoran u ocultan el lamento de instituciones como el Centro de Predicción Económica (CEPREDE) de la Universidad de Madrid: “…frente al dinamismo de los mercados tecnológicos de Estados Unidos o el continente europeo, nos encontramos con el caso de los países árabes donde la Sociedad de la Información aún no ha cuajado como nuevo esquema social”.

O que, en el mismo sentido, el rector de la Universidad Complutense, advierta que “…muchos grupos de poder del mundo árabe presentan las innovaciones tecnológicas como una nueva forma de imperialismo occidental, al percibirlas como una fuente de inestabilidad política y social. De esta forma, los Países Árabes parecen no haberse subido al carro de las Nuevas Tecnologías. Las estructuras monopolísticas de los mercados de telecomunicaciones y el hecho de que no exista un organismo regulador de las mismas y sea el gobierno el que se encarga de esta misión, son dos cuestiones que subrayan aún más el retardo de la nueva economía árabe, donde la regulación de Internet no se rige por principios comerciales como en el resto del mundo, sino por un exceso de intervencionismo y control por parte de los entes públicos”.

Convengamos, entonces, que lo que usted y yo sabemos sobre lo que ocurre en el Magreb y su periferia no es la realidad, ni siquiera la imagen de la realidad. Es lo que leemos, escuchamos, observamos en los medios, que de tales ya sabemos que tienen poco o nada. No son únicamente grandes constructores de subjetividad, sino que son, o pretender ser, patéticos sustitutos de la realidad.

Nota del autor: Por experiencia propia se sobre lo que estoy escribiendo. Como corresponsal suplente de CNN en Español (por un corto período en mis más de 40 años de periodismo) me pagaron a cambio de proyectar una imagen de seriedad y profundo conocimiento sobre acontecimientos con los que había tomado contacto, por primera vez, ¡una hora antes!

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