jueves, 10 de marzo de 2011

Migajas

Andrea Dufournel (Desde Temuco, Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Quienes administran y generan pobreza, quienes, mientras viven cómodamente y mantienen sus conciencias tranquilas expiando pecados acudiendo a misa cuatro veces al día, actúan como el asesino que estando en la cárcel ve la “luz” y se vuelca en oraciones creyendo que así sus víctimas dejarán de serlo, o quienes explotan a sus trabajadores y que al morir dejan su riqueza acumulada a la iglesia con la finalidad de comprarse alguna parcelita en el cielo, se asemejan mucho al bono de 40.000 pesos que ha anunciado el gobierno para que, según ellos, los pobres sean menos pobres.

Cuando no hay real empatía entre estas conspicuas autoridades y quienes deben vivir diariamente mirando de frente el rostro duro de la miseria, esa miseria que no les permite tener lo básico para vivir, vestirse o educarse, que jamás han visitado un supermercado ni alguna tienda de un centro comercial, que jamás se han puesto una prenda de ropa nueva ni han comido algún alimento fresco ¿van a solucionar sus problemas con el bono?

Quienes se dicen de clase media, pero que tienen tantos o más problemas que los nada poseen, que reciben sueldos de hambre, ahora miran con envidia a los “beneficiados” ya que las alzas les ahogan y no reconocen que también son pobres, el dinero plástico les mantiene en una suerte de clase social privilegiada, con acceso a los bienes de consumo, claro que endeudados de por vida… los pobres no tienen deudas.

Cuando reconocemos y concordamos en que el sistema neoliberal genera en nuestras sociedad profundas diferencias entre pobres y ricos, sabemos que la única forma de superar la extrema pobreza, la miseria, no es precisamente los “bonos”, que por supuesto ayudarán a estas personas, sino que es redistribuir equitativamente la riqueza, generar los espacios necesarios para una educación de calidad real para todos y trabajos con salarios justos.

Cada año vemos el patético espectáculo que se presenta cuando se discute por el aumento del salario mínimo, que al final queda convertido en un irrisorio aumento so pretexto de proteger el acceso al empleo. Esos mismos que hoy quieren “sacar” de la miseria a buena parte de los chilenos con el “bono” de $ 40.000, en épocas de elecciones golpean sus puertas, si es que las tienen, llevando cajas con alimentos para comprar sus votos, prometiendo cambio, futuro, esperanza, y lo único que obtienen los “beneficiados” son migajas. Cuando se acabe la mercadería, o se les termine el “bono” tendrán que seguir sentados esperando a ver si a algún iluminado, que contrata mendigos de utilería para sus eventos mediáticos, le preocupe la baja en las encuestas y frente a una caída libre en desaprobación se acuerde de que en nuestro país existen mendigos de verdad, que viven en la miseria y pobreza.

Seguramente, pronto, quienes envidian a los pobres recibirán, como “clase media” de tomo y lomo algún “bonito”. Aquello les permitirá estar más tranquilos y les quitará esos malos pensamientos de salir a reclamar a la calle los cambios sociales que tanta falta nos hacen. Lo que sí es seguro, las pantallas de los noticiarios de verán colmadas de autoridades entregando, en actos masivos, el envidiado “bono”, es posible que los lleven a Palacio para que el presidente los utilice al igual que a los 33 mineros, ubicándolos tras de sí, sonrientes, mientras su risa dibujada termina por completar el patético cuadro.

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