miércoles, 23 de marzo de 2011

Una visita inesperada

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La vida, a veces, nos obliga a realizar cosas que jamás pensamos que podríamos hacer. Es entonces, cuando uno termina preguntándose si vivir puede convertirse en una especie de ring dónde quien pega más fuerte será el que sobreviva, aunque luego quede un sabor amargo en la boca.

Maia fue una de esas personas que transita este mundo a los “gomazos” enfrentándose con astucia y con bronca a montones de situaciones desafortunadas. Aprendió a arremeter contra las cuestiones que parecían ser el motor que la embadurnaba contra tanta estupidez, en una sociedad selvática en la que se naturalizó la domesticación y la subordinación a pautas inadmisibles.

Sólo que ella no fue formada para soportar lo ridículo y mucho menos lo impuesto, por lo cual supo hacer uso de reacciones auto-defensivas necesarias, como para no morir atragantada por el odio.
Esta historia se desarrolló durante una tarde a pocos meses de la partida definitiva de su compañero, afectado por una enfermedad muy cruel. Tan cruel como las desatenciones contra las cuales también debió pelear, Maia, exigiendo que al enfermo se le respetaran sus derechos antes de exhalar el último suspiro.

Y Maia venía de transitar, pocos meses antes, la misma situación, pero con su padre. Trámites demorados, papeles que se necesitaban pero jamás se entregaban completos en los lugares donde debían hacerlo como si las obligaciones fueran suyas solamente.

Demasiadas injusticias en el camino final de los seres en el mundo donde todo se paga, hasta para cerrar por última vez los ojos y poco antes de pasar a ser simple recuerdo.
Maia, soportó con fortaleza ambas situaciones, cuando la irracionalidad de la burocracia la abofeteara, convirtiéndola en una fiera defendiendo a esas dos personas que inexorablemente se alejaban de este mundo al cual, Maia, pretendía seguir perteneciendo.

No dejó en ningún momento de abrazar el sueño declarado que la impulsaba a tratar de cambiar algo desde su pequeño lugar en el mismo mundo y dentro de la misma sociedad “siliconada” donde se percibía el exterminio de las neuronas y donde se es alguien, según lo que se tenga, como capital económico. Proceso de deshumanización en marcha y cada día más finamente hilvanado.

Cumpliendo el último deseo de su compañero, ella y sus hijos, acordaron que la cremación debía realizarse, para luego, con tiempo, arrojar sus cenizas en el lugar elegido por el fallecido como morada final.
Previo a ese trámite forzado que le hacía pensar por qué uno trata de dejar órdenes impuestas más allá de la vida, pero incapaz de rechazarlas como homenaje final, debió realizar otro tipo de trámites, todos increíblemente burocráticos y absurdos, hasta que llegara el día en que sus hijos cumplieran la última voluntad.

El número de línea del celular que su compañero utilizara por su trabajo, se convirtió en una especie de ícono que los muchachos quisieron conservar.

Sabiendo que el aparato estaba a nombre de su compañero y que el trámite de cambio de equipo exigiría, en primera instancia un cambio de titularidad y para ello una serie de documentos a presentar, Maia comenzó la ardua tarea de conservación y se encaminó para realizarlo una de esas mañanas en que el cielo pareciera lanzar un llorisqueo que no se convierte en llanto, queda ahí, como tímido, como indeciso, como sin fuerzas.
Llevaba consigo una copia del certificado de defunción, otra de las últimas facturas abonadas, un documento que acreditaba el vínculo con el fallecido y una copia de su carné de identidad. Todo lo requerido por la empresa de comunicaciones móviles que llamaremos P. para evitar cualquier juicio por mención de marca registrada…

Esa empresa que compite con otras similares que además permiten acceder a los jueguitos más atractivos y a la música del momento. Esa, que por otra parte y por un “pequeño” cargo adicional, permitirte ver por la pantalla, el voluminoso cuerpo plastificado de la vedette más impactante del momento, o recibir clases de piropos para atraer no a esa muchacha, sino a la que tenés más cerquita y no sabés como conquistar. A la primera ya se sabe, una billetera abultada y listo.
Al llegar con su carga de papeles a la oficina vistosa, fue atendida por un empleado muy amable. Maia le explicó que el motivo de su presencia en el lugar era realizar un cambio de equipo y el joven le explicó que ese trámite sólo podía hacerlo el titular de la línea.

-Comprendo, dijo Maia, pero lamentablemente esa persona falleció y traje todo lo que hace falta para el cambio de titularidad, según me orientaron por teléfono acá mismo.
-Comprendo, repitió también el empleado, pero en ese caso usted debería acreditar ese fallecimiento.

-Por supuesto, acá está todo, respondió Maia antes de desplegar todas las copias sobre el impecable escritorio.
El joven sólo miró sin detenerse en ningún papel antes de solicitarle que tuviera a bien esperar porque debía consultar con el gerente.

No habían pasado cinco minutos cuando éste regresó al escritorio donde Maia esperaba.

-Lo siento, repitió el muchacho, pero el gerente dice que ese trámite sólo lo puede realizar el titular.
Maia se paró, tragó ira antes de dirigirse a la gerencia desoyendo la orden del empleado que le decía –señora, usted no puede pasar, el gerente no atiende al público.

-Público no está acá, quedate tranquilo, querido, con vos ya no es el problema, la que quiere ver al gerente, ahora, es Maia, dijo la mujer antes de abrir bruscamente la oficina donde el pretendiente de empresario jugaba un solitario en su computadora.

Con la irrupción inesperada de la mujer en su oficina de trabajo, el jerarquizado asalariado, se levantó de su sillón, bruscamente, exclamando –¡Retírese inmediatamente, acá no es el lugar de atención al público!

-Pero mirá vos, dijo con firmeza Maia, antes de pedirle explicación sobre la negativa a realizar el trámite, cuando había cumplido con todas las pautas requeridas para efectivizarlo.

-Ese trámite sólo lo puede hacer el titular, respondió el asalariado de lujo.

-Bueno, cosa tan extraña, el pago mensual del abono no importa quien lo realice, respondió irónicamente Maia.

-Mi querido encorbatado calificado ¿alguna vez has oído que la irracionalidad sólo genera más irracionalidad? Te lo habrán dicho en los cursos de capacitación para empleados domesticados para el papelón, agregó antes de retirarse dando un portazo, aunque por poco tiempo…
Ya en la calle y bajo la misma pegajosa llovizna, la mujer paró un coche de alquiler, subió y dio el destino al que debían dirigirse: su casa.

Al llegar, pidió al conductor que fuera tan amable como para esperarla un momento.

Maia entró en la casa, cargó en una bolsa de cartón vistoso, la urna con las cenizas, mientras decía mirando el cofre de madera oscura

–es el último favor que te pido, flaquito, vamos a dar una vuelta…
Subió al automóvil, volvió a la oficina P mientras conversaba con el conductor sobre el tiempo, las cosas absurdas que se estaban viviendo en el mundo y los fastidios que produce la irracional burocracia. Por supuesto y por respeto al conductor, omitió comentar sobre el tercer ocupante del vehículo.

Bajó en la puerta de la oficina, se despidió del conductor y entró como una tromba en el despacho del gerente, quien al verla le dijo con prepotencia –señora, creo haber sido claro.

-Clarísimo, respondió irónicamente Maia, mientras sacaba de la bolsa la urna funeraria para depositarla sobre el escritorio con la computadora y donde el partido de solitario seguía visible.

-El trámite sólo lo puede hacer el titular, acá te lo traje, tratá de hablar con él porque últimamente, conmigo, está bastante parco, ironizó Maia.
-El gerente se puso de pie de un salto, evidente y comprensiblemente molesto, preso del espanto que le produjo la visita inesperada.

-¡Esto es muy desagradable, señora! Exclamó, en medio de un tartamudeo ametrallante.

-Tan desagradable como tu estupidez de negarte a cumplir con un trámite que podría haber sido resuelto de otra forma, respondió suavemente Maia.

-¿Lo hacemos ya o te vacío la urna? Preguntó con la misma suavidad.
A los quince minutos, desde el centro de una oficina sobresaltada, entre la risa escondida de los empleados, Maia se retiraba del lugar con dos bolsas. En una iba quien hasta hacía pocos minutos fuera el titular del equipo. En otra el nuevo teléfono celular que Maia fuera a cambiar una tarde lluviosa de junio, en la imponente oficina P desde dónde te permitirán comunicarte con el mundo y con el cuerpo impactante de la vedette de turno.

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