jueves, 14 de abril de 2011

El mundo incierto

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Obviamente, la teoría de la información tiene amplia aplicación en el ciberespacio, en los medios, manejados por los sectores dominantes de los países centrales y por sus asociados en países como los nuestros. Como en el cuento de Hamelin, las ratas van detrás del flautista.

Las RV's (realidades virtuales) y los nuevos medios holográficos y de TV proyectiva (sistema láser que permite proyectar imágenes en el aire, en tridimensión y con formas cuasi palpables) pueden crear la idea o parecerían indicar que todas las mediaciones tecnológicas nos llevarán a una especie de onanismo mental (la autosatisfacción) pues niegan o pretenden negar la condición del hombre como ser social y en definitiva obedecen al mercado.

Pero existe una contradicción antagónica entre el ciberespacio y el mercado, o entre intereses y necesidad, aunque por ahora tal cosa no se vea muy claramente. Como ya hemos analizado, la contradicción fundamental entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el carácter y nivel de las relaciones de producción ha ingresado en un nuevo escalón de muy alta conflictividad.

Si, como decía Herckhove, la creación técnica comienza a tender hacia la fusión del pensamiento y la acción ¿No se saldaría así la discontinuidad, pero por medio del cilicio, que es naturaleza? De esta manera, el pensamiento y su subsecuente acción pasarían a ser propiedad de las cosas. ¿Tendrían razón los hilozoístas? En ese caso, el homo sapiens ya no intentaría desentrañar sino imitar a la naturaleza. ¿Como el antropoide?

El grado de inserción de lo maquinal en la contemplación y transformación del mundo conduce a muchos interrogantes, y algunos autores acuden al tremendismo y al Apocalipsis.

¿A qué le tememos? Si bien el actual ser humano no puede conocer enteramente la realidad, su propia existencia muestra que se ajusta bastante a ella, y tiene una ventaja en el sentido de que puede acudir a su fantasía e intuición, las que desde tiempos inmemoriales le permitieron avanzar en el conocimiento de la realidad. Posee ahora los mecanismos para producir realidades virtuales e inclusive acaba de asistir al descubrimiento de un ciberespacio que no se hallaba -al menos de esta manera- en la realidad anterior.

No se entienda como que las realidades virtuales obran o pueden obrar -en esencia- arbitrariamente, de acuerdo al antojo o los deseos de los seres humanos individuales. Tampoco se confunda la incertidumbre que surge de la ignorancia, de aquella otra que emerge de la propia naturaleza. Tanto la incertidumbre como las verdades virtuales que resultan de su paso por el razonamiento, responden a leyes, constituyen regularidades cuya infracción conduce a gruesos errores.

Por ahora el bloque dominante es dueño del discurso y de los discurseadores, pero uno de los derechos humanos debería ser o es el de la duda. Y la verdad incierta no puede ser asimilada o interpretada como lo que en lógica se denomina falacia o quebrantamiento de la recta razón, sino que debe entendérsela -en última instancia- como un mayor acercamiento a un modo de organización complejo y a un comportamiento probable de la propia naturaleza.

El principio de incertidumbre obliga al humano a la búsqueda, al desentrañamiento de la verdad –histórica- a través de la praxis y poiesis, y las afirmaciones arrogantes del discurso legitimador del capitalismo chocan contra ese principio de incertidumbre que es el motor de los cambios, cambios que originan nuevas discontinuidades entre el hombre y su entorno, porque su propio metabolismo obliga a destruir la realidad anterior para poder sobrevivir.

Las discontinuidades, pues, son por lo menos de tres clases: aquellas que obedecen al grado de abstracción de los nexos fundamentales -en la realidad objetiva, y en la conciencia-, las que son propias del sistema social y aquellas que obedecen a la visión del mundo, al corte de la realidad que nos es.

Precisamente, el conocimiento progresivo de esas nuevas leyes y regularidades que expresa, va conduciendo a una profundización del conocimiento y a su aplicación práctica. Todos los que adscribieron o adscriben al monismo neutral, niegan la posibilidad de acceder al conocimiento directo de esa realidad objetiva. Pero es evidente que si renunciamos a la verdad objetiva o a la recta razón trasmitida a través del conocimiento empírico, formal, renunciamos en primer lugar a la clasificación, precisión y constatación de los conceptos. Debe comprenderse que dicho conocimiento empírico es indispensable para operar con las ideas, conceptos y razonamientos que tienen la particularidad de acusar los nexos inmediatos entre los elementos y de estos con el sistema y su entorno. La lógica popular -llamésmola así- resulta imprescindible para comenzar a escalar los distintos niveles del conocimiento.

Al negar este primer peldaño entre el mundo objetivo y el proceso de idealización, cerramos los portones por donde debemos ingresar hacia el conocimiento teórico, las realidades virtuales y la idealización en sus niveles más avanzados, pero principalmente cerramos la instancia en la cual el hombre es absolutamente imprescindible para zanjar su discontinuidad histórica con el sistema. Así, entonces, sin puerta de entrada, sólo nos restaría pensar en alguna causa primigenia, ajena a los procesos de desarrollo y situada fuera del sistema y su entorno. Algún dios o ser extraterrestre que venga a sacarnos las castañas del fuego.

Sin embargo, y como ya dijimos, se observa que el surgimiento y desarrollo de espacios artificiales y la constatación de la existencia de realidades virtuales y verdades virtuales sujetas a leyes penetra en el entramado social y amplía enormemente nuestro campo de acción. El ciberespacio, su uso, se ha popularizado de tal manera que las masas se apropian de él y la verdad incierta, problemática, emerge entre los escombros de un discurso legitimador perimido. Basten como ejemplos los de Facebook y otras redes sociales, su papel en los levantamientos en Egipto. Es evidente que la lucha por el poder se dará –se está dando- en esa y otras instancias.

El principio de incertidumbre

Conviene no confundir, como es obvio, la metodología de investigación con la cosa investigada. De igual forma, debe alertarse acerca de las diferencias entre el objeto de la metodología de investigación de la ciencia, con el de la ciencia misma. La teoría cuántica, por caso, estudia ciertas conexiones puramente microfísicas del universo. Por ello, tomarla como una universalidad constituye un craso error, aunque no el más grave. A mi juicio, el peor de todos es confundir la metodología de investigación de la ciencia, y en particular de la física, con la antropología o filosofía del hombre. Sin negar los puntos de contacto, que son cada vez mayores, sería intentar aplicar la física como un lecho de Procusto.

Es el caso, también, de la teoría de la información, que investiga sus procesos pero abstrayéndose del contenido semántico de los discursos.

El pensamiento humano posee un discurrir que, en última instancia, resulta un consecuente del comportamiento social sistémico y del propio entorno o naturaleza. Por otra parte, también cabe reconocer su forma específica, sus particularidades. Ocuparse de la forma de las formas del pensamiento es tema difícil, sobre todo en estos momentos en que los fariseos se han refinado, y sacan inciertos conejos de sus desgastadas galeras.

La incertidumbre de la verdad es una para el abordaje del sistema, otra para la forma de las formas del pensamiento, otra para la sociedad en su comportamiento real, sistémico, otra para cada nivel del mundo y muy otra para el mundo de las micropartículas, cuyo componente idealizado es aún enorme.

Como hemos visto, el modo de organización de la propia materia tiene ínsito un principio de incertidumbre que parte de su composición y también de los grados de libertad con los cuales sus elementos logran la elasticidad necesaria para el desarrollo individual y global. Un desarrollo a modo de innumerables acertijos, que a partir de su resolución desencadena la fuerza para el posterior curso del mundo.

Pero la verdad, igualmente, posee muchos niveles que incluyen, en ciertos casos, a las falacias. Los niveles que son reflejo de la propia materia, los de la abstracción existente en toda la naturaleza, y los que son inherentes a la teoría del conocimiento, gnoseología (o si se quiere, a lo que se denomina ingeniería del conocimiento). Es, asimismo, objetiva y subjetiva, paradójica o virtual.

El ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión, la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Cuando los profesores comenzaban a explicarnos la verdad, daban ejemplos así, pues resultaba más fácil hallarlos en lo formal. Pero lo formal, a pesar de ser necesario, es lo menos verosímil.

Durante muchísimo tiempo se vio a la verdad como eterna e inmutable, llegada desde afuera y anterior a los tiempos. La filosofía epicúrea, por ejemplo, pensó en ella como la serenidad que se identificaba con la separación entre el hombre y el mundo.

Los dioses vivían en el intermundo o Cielo, en una dimensión de la realidad donde la estructura de la materia era igualmente rígida y eterna, aun cuando regulada por leyes que al hombre le resultaban extrañas e insondables. Este sólo podía entenderse con verdades aparentes propias de la inevitabilidad fenomenológica del movimiento, y las imágenes (Idola y Simulacra) constituían reflejo condicionado propio del ser pensante.

Es decir, que el cambio tenía cualidades de verdad abstracta, pero ello se contradecía con la idea socrática de ordenarlo todo a través de la veracidad de la recta razón, aún admitiendo la contradicción y el cambio en el pensamiento y en la naturaleza, pero subordinándolo a la verdad acartonada.

El escolasticismo llegó al cenit de ese afán de ordenamiento, pero la realidad objetiva presentaba una tendencia al desorden -natural en las cosas, siempre hacia el estado aparentemente caótico- que no encajaba con la verdad inmutable y eterna.

La explicación de la verdad encerraba así una insoluble contradicción, pues justamente durante largo tiempo se puso el acento en las cosas aun cuando algunos pensadores -Berkeley, etc.- las negaran o reclamaran su incognoscibilidad, sin tener en cuenta mayormente la teoría sistémica, su carácter problemático, sus conexiones, sus virtualidades y sus tendencias.

Heisenberg no dijo nada nuevo cuando afirmó que en la física moderna no se ha dividido al mundo en diferentes grupos de objetos, sino en grupos diferentes de conexiones. Pero se equivocó, porque no es la física moderna la que dividió al mundo de esa manera, sino que la física descubrió algo que ya existía en la realidad exterior.

Lo visible es la clase de conexiones que importan dentro de un determinado fenómeno, y que en el ámbito general (tales conexiones) son como una maraña de sucesos que determinan la textura del conjunto.

Las realidades virtuales son tan viejas como el mundo, pero este fin de milenio ha colocado en primer plano a lo inmaterial de otra manera, sobre todo a través de los descubrimientos científicos, conducidos por las fibras ópticas y las maquinaciones informáticas. La teoría de los fractales y la de los conjuntos borrosos avalan el comportamiento incierto de la realidad.

Todas las herramientas que a partir del homo hábilis fuimos construyendo -desde aquel famoso palo con el cual el homínido que fuimos alcanzó la fruta del árbol- nos han ido modificando en tanto nosotros modificábamos al mundo. Como ya dijimos, la disyuntiva era o imitar o desentrañar la naturaleza, y nosotros optamos por esta segunda vía. Nuestro pensamiento así fue cosificándose en bienes, y la naturaleza fue abstraída para su mejor modificación. Una causalidad mutua hizo que naturaleza, ser humano y herramienta fueran resultando una sola cosa (sistema y entorno). Las herramientas hachelenses acabaron siendo máquinas cada vez más complejas, y finalmente la ciencia se hizo -a través de ellas- fuerza productiva directa. Las máquinas participaron de una nueva organización del trabajo y de la producción que realizaba trabajo necesario no sólo para reproducir al operario y al sistema capitalista sino también para las nuevas y más sofisticadas máquinas, que al parecer cambiaban más rápidamente que el propio homo sapiens.

El hombre ha desarrollado máquinas que, ahora se entiende mejor, comienzan -en cierto sentido- con una aceleración sin precedentes a sobrepasar el espacio y el tiempo antiguos. Una nueva y vieja causalidad mutua impulsan al homo sapiens más allá de sus verdades y de sí mismo, y el sujeto histórico -ocupando la base de la producción y capaz de ordenar al universo con su razón- parecería ser el socio menor cuando no el desplazado.

La máquina, ese molesto socio del que hablábamos, va contribuyendo a determinar algunas verdades que parecen diferentes a las puramente humanas, mucho más inciertas y aparentemente caóticas. En primer lugar, porque al observar por medio de ella las intimidades de la materia, ésta se perturba.

Determina, asimismo y cada vez más, la organización de la producción y con ella sus necesidades y hambre, distintas a las del ser humano. Implica un tipo de estructura productiva y social que origina una organización con jerarquías y desigualdades nuevas entre los humanos, permitiendo que una elite la usufructúe (aunque si algún miembro de esa elite se equivoca, es dejado de lado por la propia máquina).

Sin embargo, las máquinas no son absolutas, y no veo la posibilidad de una civilización de máquinas. El doctor Adrián Paenza afirmaba que probablemente se podría insertar un chip en el cerebro de una persona y de esa manera lograríamos un científico, un filósofo o un sabio en una disciplina específica. Pero el chip insertado contendrá, quien lo duda, una información fosilizada y la ciencia, la vida y todo el universo no son estáticos, actúan en forma no lineal y de lo simple a lo complejo, de manera que los conocimientos de hoy serán negados mañana, es decir, se moverán bajo el principio de incertidumbre.

Recuérdese que la marginalidad y el pauperismo asisten, desde siempre, a una sociedad dividida en clases. Recuérdese también aquella plebe holgazana que rodeaba a la antigua Roma. Es claro que ahora la marginalidad adquiere otros ribetes, ya no es sólo territorial o determinada por la posesión de bienes materiales, sino que alcanza a todos los que no se imbriquen en los teclados y monitores. Como ha sido dicho, el nuevo analfabeto es aquel que no domina la computación.

Los gastos improductivos y los fenómenos de contraproductividad social generalizada arrojan a la periferia o a la marginalidad a hemisferios enteros y a sectores sociales cada vez más amplios, quienes a su vez crean una economía y una cultura contestatarias o en negro, violentas y falsas, de mucha más baja productividad pero también crecientes. ¿Los marginales serían la nueva facie de los recolectores, e inclusive, el llamado tercer mundo, el recolector de la humanidad? Pero hete aquí que ahora la marginalidad se extiende a enormes contingentes de los países desarrollados. ¿Están expresando una nueva ley de población?

Como antes decíamos, el ciberespacio se populariza cada vez más y lentamente va permitiendo que las masas vayan penetrando dentro del sistema y así modificándolo.

Se sabe que toda conexión necesaria es, a la vez, una discontinuidad. Que toda relación esencial es, a la vez, conectiva y conflictiva. De manera que cuando se habla de discontinuidades hay que pensar que en este extraño mundo, como diría Einstein, toda identidad conlleva una contradicción fundamental, que a la postre será su negación.

Las verdades de la máquina se corresponden sólo hasta cierto punto con las verdades del hombre, y el panorama se complica aún más por la relación continuidad/discontinuidad -que aparentemente se ahonda- entre el humano y los elementos que emergen en su cultura.

Pero la discontinuidad no es solamente una idea, o por mejor decir es una idea que responde, en última instancia, a la no-linealidad del sistema, a la verdad problemática, al principio de incertidumbre propio de la estructura. Un nuevo elemento, el hombre-cíber, acecha desde el entorno para liquidar al viejo elemento, al hombre-mercancía, al hombre alienado por sus relaciones de producción.

Como señalaba Prigogine, los procesos irreversibles ponen en juego las nociones de estructura, función, historia. En esta nueva perspectiva, la irreversibilidad es fuente de orden y creadora de nueva organización, por lo que el proceso revolucionario, en este entendimiento, será imparable.

Así pues, rebobinando, la verdad puede definirse como de un nivel por vez, en un marco espacio temporal, en un significado y en un sentido, en una constancia fehaciente para ese momento. La constancia ha de ser aquélla que reúna las condiciones bajo las cuales transcurren los fenómenos o se hacen los experimentos, es decir, una constancia de la cual podamos decir que las condiciones de realización de dos o más sucesos o experimentos son iguales sólo cuando no podemos establecer su diferencia.

Las verdades pueden, asimismo, ser abstractas o concreto-mentales, formales o de contenido, siendo, asimismo, objetivas y subjetivas, paradójicas o virtuales, etcétera. Las cosas -como ya dijimos- no pueden ser verdaderas o falsas porque existen objetivamente en un contexto sistémico real. Francisco Romero enseñaba que la verdad final (o la intuición que todo lo esclarece) brota, no como resultado, sino como un desenlace.

Toda la filosofía contemplativa siempre puso el acento en las verdades del alma, estáticas, sin ver mayormente el carácter problemático, las transconexiones, la urdimbre de la verdad, sus virtualidades y tendencias, su existencia real en los procesos y su esencia revolucionaria. Como escribía Engels, la necesidad se abre paso a través de las casualidades y a la postre, estas últimas resultarán ser más verdaderas que el Cielo.

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