viernes, 29 de abril de 2011

Ese verano y otro más

Abel Samir (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Javier logró sobrevivir hasta ese verano y eso para él era mucho, sobre todo, que sentía que su vida se descarrilaba como un tren enloquecido y furioso. Como se encontraba enzarzado en una lucha consigo mismo, tratando de sentirse un ser humano libre de prejuicios y al mismo tiempo vivir lo que le quedaba de su pobre existencia, en un país que sólo en apariencias era suyo, que lo rechazaba por el color mate de su piel y de sus ojos pardos tirando a ocre oscuro, por todo lo que entrañaba su cultura, la cultura de un continente en otros tiempos invadido y doblegado bajo el peso de las armas y de una técnica superior y por razones que existen muy profundamente en eso que muchos llaman alma y que él ya no estaba tan seguro de que existiese, resistir en esas condiciones era ya para él un triunfo.

Desde que su mujer o más bien dicho, su ex, ya que no volverían a verse más, desapareció de su vida ―porque tenía que comprender que ellas, las hembras, también se van, o con otro macho o de esta ingrata vida―, luchó desesperada y solitariamente contra el desequilibrio que le produjo el divorcio. Encontrar de nuevo la armonía y el equilibrio, fue una tarea dura que, la logró después de muchas penurias, y después de un par de años de ocurrida su desgracia. El amor, el verdadero, tiene el terrible atributo de hacer sufrir al o a la que verdaderamente ama. Como dijo un filósofo alemán del siglo XIX, que el amor es además de ser una fuente de todas las alegrías, lo es también de todos los dolores. Tanto la desgracia como la felicidad dimanan de él. A veces pensaba que no podía haber un dios que hubiese hecho a este mundo tan imperfecto y tan controvertido.

La conocía tan bien, que cuando ella agarró su maleta y su ropa, y le dijo que se iría por un tiempo nomás, él sabía que no era así. Él podía leer en los ojos de ella como en un libro abierto y vio en ellos, ese día, lo que no quería ver. Adivinó que detrás de esas palabras estaba una verdad dolorosa que tenía que aceptar, aunque sentía que su mundo se derrumbaba. Esos ojos azabaches la traicionaban y aunque ella miraba lejos, lejos allá en el horizonte, como un puñal acerado penetraban su alma produciendo una herida dolorosa y punzante y parecía que no quisieran verlo. Estaba de pie junto a ella convertido en una estatua de bronce derritiéndose de a poco. Sentía el pecho aprisionado: ella había sido todo para él. No había otras hembras. No podía ser infiel a sus sentimientos. A pesar de que nunca había sido cobarde, por primera vez sintió miedo, sobre todo, cuando vio que aquellas almendras oscuras no soltaban, como en otras ocasiones, algunas lágrimas que a él le sabían a miel salada y que tanto disfrutó en la oscuridad de su cuarto.

Por la mañana se despertó pensando en la sinceridad de sus bellos ojos, que se habían vuelto grises en esa última despedida. Sólo quedó de ella su perfume de violetas de bosque embrujado, impregnado en las aquellas sábanas tibias y sudadas. En la almohada descubrió unos cabellos largos, que por tonterías de romántico frustrado, guardó mucho tiempo en un cartón que dejó en el subterráneo, hasta que un día, cuando tuvo que cambiarse a un apartamento más pequeño y como se sentía más envalentonado, los tiró a la basura, no sin dudarlo, porque de ella eso era todo lo que quedaba. Pero los recuerdos más difíciles de borrar, fueron los de sus besos quemantes de hembra ardiente, que dejaron huellas y heridas que de tarde en tarde volvían a sangrar, sobre todo cuando se aproximaba el verano. Así transcurrió ese verano, llegó el invierno; miraba ansioso por la ventana de su cuarto esperando que las nieves por fin se derritiesen, que el bosque frente al edificio donde vivía recobrase su verdor y que la primavera trajese consigo el eco de su sensual voz, junto a las golondrinas que vuelven cada año al mismo lugar para hacer su nido de amor y continuar por esa senda que tal vez ha durado una eternidad o tal vez sólo unos cientos de miles de años.

La espera se arrastró como una serpiente extremadamente larga y moviéndose sin apuro, hasta que el tiempo, el extraño y controvertido tiempo, parecía querer detenerse, por lo que al final decidió de terminar de medirlo en días o semanas y a partir del primer año lo midió sólo en veranos. Le prometió a la diosa del amor que la esperaría ese verano y el siguiente si fuese necesario. Después de decir eso sintió que así no habría de ocurrir y se dio cuenta de que sólo era un idealista como la mayoría de los humanos que viven pensando e imaginándose un mundo inexistente para calmar sus almas atormentadas y entonces entendiendo la problemática del mundo decidió que la esperaría hasta que se terminasen todos los veranos. Como rompió y tiro sus fotografías, el extraño y desalmado tiempo se encargó de hacerle cada día más borrosa su imagen y después de varios veranos que de ellos él no llevaba cuenta alguna, le era difícil distinguirla entre sus imágenes grabadas en su alma aun cuando cambió sus anteojos por otros más potentes. Pero como el alma también debe alimentarse y ella estaba tan sedienta de sus besos y de la caricia de sus manos, esa espera se hizo insoportable y terminó por secarse como una flor tirada en el desierto de la desesperanza. Él sabía que el tiempo era también un curandero capaz de sanar las heridas del alma. Alguien que también amó con la misma intensidad que la de él, cuando ellos se veían, le repetía, que el tiempo cicatriza todas las heridas. Pero hay heridas y heridas. Las hay superficiales y también las que son muy profundas y a las cuales no tiene acceso ese curandero, ni siquiera las promesas que uno se hace a si mismo de olvidar lo que ya está tan fuertemente grabado allí dentro. Muchos decían ese acertijo, porque no habían pasado por esa experiencia y, por tanto, sólo eran palabras al viento, que no servían de consuelo. Al fin se dio cuenta que no ganaba nada con filosofar, que todo era un problema superable, pero que si uno no quiere terminar con eso, lo único que va quedando es su mundo hundido en lo más profundo del océano y que se lo lleva la vorágine de la vida moderna.

Después pasó a otra etapa y esa fue la del arrepentimiento. Se preguntaba si su felicidad perdida, barrida por las olas del final de los tiempos, había podido ser capeada como lo hacía de niño durante los veranos, en la playa de Cavancha. Estuvo muchos días, sin saber cuántos, quebrándose la cabeza, hasta que terminó por aceptar su realidad. La seguridad que da en la vida el entorno familiar se había esfumado, como las camanchacas del desierto tarapaqueño al llegar el día y lo único que quedaba era una neblina posada frente a su cansada vista que todavía lo enceguece. En esos instantes, a uno le parece que la vida se despeña por un precipicio sin fondo, desde el cual no hay vuelta posible. Se imaginaba cayendo al precipicio, volando sin alas en una caída interminable en el tiempo. Gritaba como un loco del manicomio y después se avergonzaba al ver que no era el único que pasaba por esos difíciles momentos. Había millones de hombres que, al igual que él, eran los grandes perdedores de esta sociedad moderna. Probablemente ―pensaba― tenía que ser así y no de otra manera porque los hombres hemos regido los destinos de las mujeres desde que existe la propiedad privada por allá lejos en los comienzos de las sociedades del Neolítico. Ya lo había dicho uno de los más grandes filósofos, hoy tan difamado y rechazado. La familia humana ―dijo― se funda en el predominio del hombre y la primera opresión de clases es la que ejerce el hombre sobre la mujer.

Estaba tratando de asimilar ese último pensamiento y su imaginación lo llevó de regreso a su tierra natal ubicada en el otro hemisferio. Allí muchas mujeres querrían independizarse de los hombres, pero estaban atadas, no tanto por el amor o el cariño, porque éstos también se pierden por esa ley dialéctica de la naturaleza que dice que todo lo que nace también fenece. Muchas de ellas estaban atadas a sus maridos por su situación económica y temen dejar eso que les asegura una vida más o menos digna, además, porque la sociedad ―hecha por los hombres y para los hombres― le da a los padres, en la mayoría de estos países, la patria potestad sobre sus hijos, en desmedro de las madres y allí se hace valer el ingreso económico. Este proceso se ha invertido en Europa en favor de la mujer e igual se cometen muchas injusticias. Al final, los hijos son los verdaderamente perjudicados; sometidos, los pobrecitos, a las luchas de sus progenitores sin saber que partido tomar. Algunos extranjeros de los países africanos o del Oriente Medio, desilusionados por estos hechos, toman sus hijos y escapan a sus países natales creando una situación en que los hijos sufren lo indecible y ellos terminan buscados como simples criminales. ¿Cómo encontrar un mundo más racional?, se preguntaba Javier.

Hasta pensamientos suicidas pasaron por su mente y aunque el equilibrio parecía haber llegado, éste no era permanente y entonces descendía de nuevo a las tinieblas con los mismos anteriores altibajos, en los que casi perdía el control sobre su instinto de conservación. En esos instantes la vida perdía todo su significado, todo era oscuridad y la música era sólo ruidos infernales. No podía conciliar el sueño y necesitaba de somníferos. Llegó a pensar que amaba a la muerte, porque ésta no era como una hembra exigente y porque era también bella en su quietud y en su letargo. La vida es traicionera, meditaba en esos momentos. Ya no podía aceptar el amor furtivo que se esconde detrás de los arbustos del engaño. Pero se detenía a tiempo con el revólver apretado contra su sien derecha, en el límite peligroso entre la vida y la muerte. Razonaba que la vida era una sola y que no había otra esperándolo. Si la abandonamos a destiempo, nunca sabremos de aquella gente que amamos. Tampoco de aquello que nos interesa y nos intriga, porque somos animales curiosos. Tampoco estaba seguro y nadie podía asegurárselo, que al final del camino exista realmente otro mejor y menos pedregoso. En esos momentos dejaba el revolver sobre la mesa y se ponía a soñar despierto. Cuando perdió a su mujer pasaba por tiempos largos meditando sentado en un viejo sofá que recogió del basural y que lo revistió de telas más hermosas. En esos instantes sólo escuchaba su propia respiración y se preguntaba si esa energía que desplazaba su cuerpo, iría a vagar por algún mundo lejano y se detendría en algún sitio donde hubiese una bella mujer esperándolo. Él tenía su trabajo, su escritura y su hobby de la pintura. En ellos se sumergía como en un mar profundo lleno de sorpresas no siempre satisfactorias. Quería llenar las horas del día, pero lo angustiaba ver que la vida pasa por delante y el tiempo, el famoso ladrón que muchos temen cuando llegan a viejos, te irá quitando un poquito de tu vida cada hora, cada minuto y cada segundo, acortando tu existencia. Y no hay manera de terminar con ese ladronzuelo. El día que alguien lo haga merecerá un premio Nobel de física.

El equilibrio llegó al fin a su alma y empezó una nueva vida a partir de premisas diferentes. Había cambiado mucho y ya no creía en el amor. Los años transcurrieron aceleradamente entre amores nómadas y aventuras sexuales sin mucho colorido, como los cuadros que pintan muchos suecos. De rostros que pasaron sin dejar una huella imperecedera y de nombres que en corto tiempo se olvidaron. Un día se miró al espejo y se sorprendió porque vio a su otro yo, el yo del momento. Era un hombre de edad madura, con cabellos más bien ralos; su piel llena de arrugas que atacaban sin compasión, creando surcos, valles, arroyos y hasta algunas pequeñas y repugnantes colinas indeseables; sus músculos, que otrora fuesen su orgullo de macho bien entrenado para la guerra, estaban flácidos y cansados. Eran los inviernos, estación creada por el demonio de esas latitudes, para la infelicidad de los humanos y para que no olvidemos lo que es el infierno y dancemos bajo el sol pidiéndole que no nos olvide y que sea como nuestro dios, como los Incas en épocas pasadas lo hicieron. Gran parte de su desgracia había que atribuírsela a la soledad, compañera malévola del invierno, lacra social y pegajosa que agobia a los desterrados del mundo. También a aquellos que no han podido escabullirse hacia el planeta de las luces y de la música que dimana de los bosques, de las selvas y de las playas con marea revoltosa. Esta terrible lacra social que existe allí mismo donde uno se encuentra abandonado y que lo persigue sin piedad, implacable como los lobos persiguen a su presa.

Su vida de ermitaño se desenvolvió con altibajos hasta que un día se sobrepuso al dolor y no se había evadido ni en las drogas ni con el frasco. Muchas de sus actividades eran como dijo Freud una sublimación del paraíso perdido. Drogado por el exceso de actividades que tenían el mismo efecto que la cocaína, se olvidaba de su propia existencia para sumergirse en la de los demás. Así, drogado, carecía de tiempo para pensar en su propia realidad, que aunque nada trágico le había vuelto a ocurrir en ese último tiempo, era una realidad lamentable, porque los humanos estamos hechos para vivir en sociedad y dentro de una familia, aunque la actual tenga muy poco de humana. Buscar un buen ejemplo de una buena familia sólo la encontraremos en el resto del mundo animal, aunque nos decimos cultos y civilizados. Javier contemplaba el mundo desde otra perspectiva y veía como estos humanos, en casi todos los rincones del mundo, cometen tantos crímenes contra seres indefensos y luego los poetas y otros que creen serlo, escribirán sobre el amor, un tema del cual se viene hablando a diario, no sólo ahora, sino desde que cambiamos nuestras pieles por tejidos y nos lanzamos hacia las estepas para empuñar el arado.

Javier comprendía que el contacto humano ―no sólo la cercanía del cuerpo de una hembra― es de vital importancia para el retorno del equilibrio emocional, que se va resquebrajando día a día, durante los largos y fríos inviernos del hemisferio norte. De días en que amanece oscuro y de noches que son como bocas de lobos. De gente silenciosa, agobiada por la falta de luz en sus vidas y también en la atmósfera. De inviernos llenos de depresiones y de angustia humana. De un sol raquítico que aparece por tiempos escasos y que se arrepiente de su crueldad algunas veces, para jugar con la debilidad de los humanos. Pero en general, se solaza ocultándose por tiempos largos disimulado detrás de nubes endemoniadas, cuando más lo necesitamos, en especial, estos pueblos mustios del norte, de piel clara, de cabellos rubios y de ojos azules. De primaveras que se esperan con una mezcla de alegría con inquietud. De parejas de amantes que por fin abandonan sus escondrijos y su modorra de seis meses, para descubrir de nuevo a la vida y que muy abrazados se derretirán como el hielo al sol con sus miradas recíprocas. Este escenario tan peligroso para los solitarios, porque tienen un efecto demoledor para aquellos que nadie los espera en casa. En ese instante Javier podía aquilatar lo que es un mundo lleno de ruidos, de gente que ya no camina apresurada a casa o al trabajo. Gente que se detiene a observar el inmenso valor de un cielo azul cerúleo tirando a violeta, en donde algunas nubes entre ocres y anaranjadas se atreven osadamente a desafiar al invierno que se escabulle en la lontananza.

Paradojalmente, ese es el peor de todos los tiempos, mucho peor que los días que no son días y de las noches que lo son intensamente. Todo el valor con que los solitarios han enfrentado al frío y la oscuridad de seis meses, parece abandonarlos, como si sus energías ya no dan abasto y es en ese instante de jolgorio de niños correteando y de avecillas cantando al amor, cuando Javier sentía que sus piernas se le doblaban, sin responder a su voluntad de macho seguro y era en esos instantes en que escuchaba el llamado de la hembra que empuña una guadaña. Su imaginación quería llevarlo a otro mundo no tan solitario y no necesariamente lleno de humanos, en algún valle lejano, en algún planeta parecido al nuestro, en donde la única religión que imperase fuese la amistad profunda entre sus habitantes y un Dios del amor. Que esos seres siguiendo ese ejemplo amasen a sus semejantes y no a sus bienes. Con una ley sí: enviar al destierro al demonio del egoísmo. Soñaba que en un mundo así podría encontrar a la mujer ansiada, una compañera para compartir las vicisitudes y también los momentos gratos de la vida.

Cuando ese verano se aproximaba a su fin, aparecieron en el horizonte dos avecillas migratorias en camino a España. Eran del continente de los Incas y del río Amazonas. Necesitan alojamiento por un par de semanas y él gustoso lo dio sin ningún preámbulo. Llegaron como caídas de cielo, o del infierno, ¿quién sabe? Así conoció a Lalja y por la ventana de su isla, compuesta de dos piezas, cocina-comedor y baño, penetró una avispa premunida del veneno del amor y lo picó sin descanso. Pero ya era un hombre experimentado en el duro bregar con el sexo opuesto y se apresuró a beber un antídoto. Ella era muy hermosa, pero muy joven. Y con una joven no existe futuro, al cual todos queremos llegar acompañados. Claro está, que del futuro uno no puede preocuparse tanto, ya que es imposible de predecir. Puede ser ahora como en muchos años. Un día Lalja y su amiga le dijeron que había llegado el momento de seguir el vuelo hacia España y él pensó un poco apenado: “vuela, vuela golondrina de verano”. Y las dos extendieron sus alas y se fueron con el viento del norte. Así, su isla quedó desierta de nuevo. Él ya no escuchaba el parloteo de las golondrinas de verano; mientras que las golondrinas pequeñas que vivían en el entretecho del edificio contiguo empezaron a juntarse en una tremenda bandada para regresar al continente negro.

El verano terminó y con ello la luz y la alegría. El verdor se transformó en amarillo y rojo geranio. Las hojas cansadas y envejecidas se empezaron a caer llenando el suelo de colores cálidos. Volvió la gente a encerrarse en sus islas, en su mutismo y en sus depresiones. Algunos que no fueron capaces de sobrevivir esa experiencia prefirieron la solución más corta y rápida, creando conmoción y trastornos al tráfico de los trenes del metro de Estocolmo. Él volvió a su trabajo y continuó tecleando su computadora, escribiendo con la esperanza puesta en el siguiente verano. Siguió soñando con su puerto en el norte de su tierra, en el otro hemisferio. Se arrellanó en el sofá viejo como él y cogió un disco compacto de Bob Marley, ese jamaicano pequeño de estatura pero que de los artistas fue uno de los más altos. Escuchó sus canciones y se detuvo a pensar en aquella que dice: no llores mujer, mujer no llores. Su mente voló hasta las Antillas y se sumergió en el ritmo creado por ese descendiente de europeo y africano.

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