jueves, 14 de abril de 2011

Recordando otros tiempos

Susana Signorelli (Desde Ramos Mejía, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay cosas viejas que por ser viejas se descartan, sean ellas celulares, computadoras, heladeras, costumbres, teorías o personas. Pareciera que en nuestra sociedad lo viejo es sinónimo de desechable. Si de objetos hablamos, la velocidad del avance de la tecnología hace que pronto se vuelvan obsoletos y el afán del consumismo nos lleva a querer siempre el último modelo con la ilusión de ser nosotros mismos último modelo.
Si de teorías hablamos, vemos que también pasan de moda aunque a un ritmo mucho más lento. Podemos valorar la teoría de Einstein sin por eso inutilizar o desvalorizar la de Newton. Una no pudo ser sino apoyada en la otra.
¿Pero qué pasa cuando hablamos de personas? Los viejos eran los sabios de otro tiempo, sin embargo, eso también pasó de moda y ahora son decrépitos. La experiencia es antigüedad, es ser caduco. Los 40 años marcan una brecha entre un antes y un después respecto al mercado laboral. La voz del viejo perdió valor y se es viejo cada vez más joven, pronto seremos viejos a los 35 y por qué no a los 30, aunque nuestro cuerpo y gracias a múltiples cirugías sea cada vez más joven, al punto que madres e hijas se confunden, sin embargo, a la hora de conseguir trabajo, seguramente las madres quedarán afuera. Otro tanto con los hombres.
Parece entonces que con este afán de lo novedoso las profesiones y los profesionales también tienen que aggiornarse si no quieren pasar a la categoría de los descartables. Para ejemplificar un poco esta temática me voy a referir a mi propia profesión: la psicología.
Cada moda trae aparejado un lenguaje y con esto fácilmente construimos en nuestro imaginario una fama. Y una vez que algo tiene fama es difícil lograr una transformación, es como si se le pegara, hasta que una nueva fama se instala y echa por tierra la anterior. Algo así ocurre con las teorías psicológicas.
Cuando comenzó a dictarse en nuestro país la carrera de psicología, era cosa de locos, tanto los estudiantes que se arrimaban a esa carrera como los pacientes a los cuales estaba dedicada su ciencia. ¿Ciencia? Aún hoy se discute esto. Los pacientes mantenían oculto que iban a terapia, o al “loquero”. Pero sigamos, luego pasamos a ser como los adivinos, una especie de seres especiales que con sólo mirar o saludar a una persona ya sabíamos todos sus conflictos íntimos. Tanto en el primer caso como en el segundo, los psicólogos éramos dejados de lado por temores ancestrales.
Siguió pasando el tiempo y la psicología logró instalarse en muchos ámbitos, hospitales, escuelas, consultorios, obras sociales, que se resistieron bastante a aceptarnos, por una cuestión de costos, entonces se crearon los tratamientos breves o limitaron el número de sesiones permitido; hay que curar en 30 sesiones. Más tarde surgieron otras carreras o seudo carreras que hacen terapia aunque no son psicólogos pero rinde réditos económicos. La búsqueda fácil, barata y rápida de calmar la angustia es un buen negocio tanto para quienes tiran las cartas como para los psicólogos sociales o los propios psicólogos.
Deseo recordarle al lector que la angustia es tan antigua como el hombre mismo y hasta ahora nunca logró desprenderse totalmente de ella y ojalá así sea porque es lo que el hombre mantiene de humanidad y no de máquina.
Otro aspecto importante para tener en cuenta son los psicofármacos, industria que deja grandes dividendos, son muy útiles en muchas ocasiones pero también trajo sus males, la automedicación o la medicación al por mayor realizada por médicos que no son psiquiatras y que creen que con la pastillita resuelven los problemas de sus pacientes “nerviosos”.
Nuevamente los psicólogos quedamos de lado, si la pastilla lo arregla todo. Pero como somos seres pensantes que vivimos en una sociedad de buitres, inventamos nuevos nombres a viejas teorías y así nos aggiornamos nosotros también. Pero los viejos psicólogos, entre los que me encuentro, nos damos cuenta de esto y es más, descubrimos lo novedosos que fuimos hace años atrás porque veníamos trabajando de ese modo y no lo “sabíamos”, además no nos hacían notas en revistas o diarios. Me refiero a la psicología positiva, a la psicología de la salud, a la tanatología, al mindfulness, a la psicología de la autocompasión.
Mi intención no es criticar a ninguna de ellas, simplemente quiero expresar que nuevas o viejas, aportan modos de pensar y de ver la realidad. Tal vez, antes no le poníamos nombres diferentes a nuestro accionar como profesionales de la salud. Hoy en día muchas teorías trabajan con el presente del hombre en crisis y no acentúan tanto el pasado como el psicoanálisis. Cualquiera sabe qué es una crisis y cómo el psicólogo puede ayudar. Cualquiera sabe que hay tratamientos para el duelo cuando se trata de una pérdida, cualquiera sabe que frente a una enfermedad del cuerpo, la psiquis juega un papel muy importante, cualquiera sabe que autoinculparse genera más estrés y más angustia, cualquiera sabe que cuidarse a sí mismo genera salud y disuelve la enfermedad, cualquiera sabe que cuidar del otro beneficia aún más la propia salud. Entonces no nos dejemos marear con tantos nombres buscando una receta mágica como única herramienta para producir un cambio rápido, el trabajo terapéutico lleva su tiempo pero es un tiempo personal, de búsqueda de si mismo, parándose en lo que cada uno es, con aceptación y comprensión caminando hacia el futuro que trazo para mí mismo y para los demás.

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