jueves, 14 de abril de 2011

Testimonio de una invasión: Close ups de fantasmas. Los años vuelven trizas la memoria (En un I-Mail de Fernando Garavito)

Armando Orozco Tovar (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La mente se convierte con el paso del tiempo en casa de fantasmas. ¿Cómo era ese rostro? ¿Qué significó para mí aquella noticia? El dios Cronos se traga el acontecimiento más importante como lo muestra Goya en una de sus pinturas. Queda sepultada la información que llamó tanto la atención hasta que otra vez aparece, como cuando hoy descubro por los pasillos fantasmagóricos de mi mansión, a un señor con gabán, bastón y sombrero, recriminándome con furia por mí expresión contra la invasión a Cuba ese quince de abril, hace cincuenta años.

- ¡Malditos!- dije- Estoy seguro de que serán vencidos!- El viejo al escucharme esgrimió como una espada medieval su perrero diciendo: -“¿Usted cree que Cuba es un paraíso?”- Los paraísos no existen le respondí, pero lo que hace la Revolución es mejor que esto. El viejo trató con su palo de pegarme y yo sin pensarlo dos veces con la agilidad de mis diez y siete años veloces cogí las de Villa Diego.

Ese día inicio de la invasión, la acostumbrada llovizna paramuna no llegó, pero en la tarde el habitual chubasco bogotano no faltó con truenos y granizada. La embajada cubana distribuía apurada carteles en papel periódico en blanco y negro donde se mostraban las primeras fotos de la invasión a Cuba por Playa Girón: barcos próximos a desembarcar tanques y tropas, los milicianos revolucionarios trepados sobre todo tipo de vehículos con sus armas en alto rumbo al frente de batalla. Gente armada y uniformada avanzando en fila india por el margen de una carretera destapada, aviones derribados, paracaidistas capturados por los campesinos antes de poder desenredarse de sus telas, que los habían traído sanos y salvos a tierra. Viviendas y escuelas construidas por la revolución en ruinas. Una de esas fotos mostraba a Fidel saltando como un gato montés desde un tanque de guerra para dirigir en tierra la contra ofensiva.

Esa mañana como otras se retrasmitía por emisoras bogotanas: “La brigada 2506, avanza desde el infierno rojo de Cuba victoriosa por la Ciénaga de Zapata hacia La Habana.” Se cree que Castro huyó a otro país con sus valijas repletas de dólares.” “Los aeropuertos fueron destruidos y sólo muy pocos aviones del régimen permanecen en el aire.”

Uno de los carteles traía otra fotografía con el nombre de Fidel escrito con sangre sobre un muro de la mano de un joven antes de expirar asesinado por las ametralladoras de la aviación enemiga. Las fotos venían en los afiches para fijarlos con engrudo en las paredes del centro de la ciudad.
Tiempo después mostrarían a los milicianos con sus boinas verdeolivo dirigiendo hacia el cielo sus “cuatro bocas” llegadas de la URSS, por donde cruzaban echando humo los viejos bombarderos B-26 de la Segunda Guerra Mundial, proporcionados a los mercenarios.

Muy pronto las nuevas armas soviéticas empezaron a llegar a Cuba para un ejército todavía incipiente conformado por milicianos y que carecía de moderno equipamiento bélico, puesto que un año antes el cuatro de marzo del sesenta había sido volado en el puerto habanero el barco La coubre, que traía modernas armas belgas para la Revolución. Dicho parque made in URSS, lo estaban recibiendo los cubanos para su defensa desde el momento en que Fidel ante los féretros de los primeros caídos por la invasión, en el Cementerio Colón de La Habana, decretó el carácter socialista de la Revolución, sellando de esta forma el pacto político, económico y militar con la Unión Soviética.

Entrabamos y salíamos con otros jóvenes entusiastas de la embajada cubana con carteles y volantes donde se explicaba lo que estaba ocurriendo, siendo muy poca esa información para responder a la enorme desinformación emitida por las cadenas radiales y de la Televisión Nacional, aún en blanco y negro. Por la noche del diez y siete de abril busqué las noticias en Radio Habana Cuba, escuchando sólo himnos y marchas, los cuales llenaban con sus letras y notas marciales toda la estancia: “No somos uno, / no somos dos, / somos un pueblo junto a Fidel. / Salvar a Cuba nuestro ideal/ y lucharemos hasta vencer./ Los traidores aquí no volverán, porque hay vergüenza y valor para luchar./No somos uno, no somos dos…”

En ese momento deseé ir a la isla caribeña a pelear como muchos años antes había ocurrido con los que de todas partes del mundo fueron a engrosar las filas de las Brigadas Internacionales en la guerra de España, para luchar contra el fascismo. Pero ese deseo era un sueño imposible, pudiendo sólo estar participando todo el tiempo en las calles donde soportábamos con estoicismo los gases lacrimógenos, las detenciones y el garrote de la policía, sin dejar un sólo día de asistir a los mítines y manifestaciones de solidaridad con la Revolución cubana, casi siempre frente a la embajada yanqui o la Plaza de Bolívar, donde se improvisaban consignas y canciones como la muy conocida de Alejandro Gómez: “¡Cuba Sí, Yanquis No!”

Todo abril y el año sesenta y uno, fui a todas aquellas actividades, obviamente perdiendo el año escolar, y cuando el diez y siete supe de la derrota de la invasión y de la captura de los mercenarios en menos de setenta y dos horas, como fue lo previsto por Fidel, impidiéndose la instalación de una “cabeza de playa”, como se denominó a este intento para nombrar un gobierno contrarrevolucionario en la isla con el apoyo inmediato de la cercana Séptima Flota Norteamericana, que con la anuencia de la Casa Blanca y el Pentágono, intervendría inmediatamente en la isla. Fue cuando le oímos pronunciar a Fidel por Radio Habana Cuba la sentencia: “Primero se hundiría la isla en el mar antes que consintamos ser esclavos de nadie.”

Hoy regreso a la casa de los fantasmas de mi desmemoria, tratando de recordar lo que fue para mí la primera derrota en Playa Girón del imperialismo en América. Vuelvo a un pasado el cual cobra actualidad en pleno siglo veintiuno, al escuchar, ver, oír y leer las noticias más recientes acerca de una nueva invasión del imperio esta vez en el norte de África.

Poco habrá cambiado en estos cincuenta años, mientras el imperio por su crisis de muerte siga buscando desesperadamente recursos naturales, especialmente en los países pobres. Sucediéndose acontecimientos similares a los de Cuba hace medio siglo, un país que no tenía materias primas importantes pero que sí contaba con una posición geográfica estratégica para la guerra fría. Lo hace con iguales argumentos, sevicia, y mejores armas en el intento de crear lo más pronto posible con ayuda de mercenarios una “cabeza de playa” sobre un mar de agua primigenia y océano de petróleo existente debajo de los enormes arenales del desierto de Libia.

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