viernes, 13 de mayo de 2011

El cine como historia social: Miradas desde América Latina

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las frenéticas imágenes de “Pizza, birra, faso”, aquella película del uruguayo Israel Adrián Caetano que transcurre en una crítica, nocturna y desordenada Buenos Aires, reflejan, a casi quince años de su realización, la ventaja que ha tomado el “Nuevo Cine Argentino”: cómo a partir de diversos conceptos y propuestas -estéticos, políticos, éticos, ideológicos, estilísticos-, este movimiento gana cada vez más aceptación y demuestra que su materia prima -la realidad de la vida cotidiana- se ha convertido en un tópico imitado no con menos éxito en otros países de América Latina.


“Pizza…” es considerado el punto de partida del “Nuevo Cine Argentino”, junto a la serie de cortos “Historias breves” que incluyó uno de la por entonces novel cineasta Lucrecia Martel, quien luego alcanzaría fama mundial y a la fecha ha rodado una trilogía que tiene como escenario lugares y espacios de la provincia de Salta: las películas, cómo no, son “La ciénaga”, “La niña santa” (para nosotros, su obra más lograda), y “La mujer sin cabeza”, ante la cual se rindió un crítico de The New York Times.

Estamos hablando de un proceso artístico vinculado a temas financieros, de producción y de búsqueda de mercados. Argentina, un país a donde el cinematógrafo llegó tan pronto como fue inventado (lo patentaron los hermanos Lumière en 1895 y por la misma época Thomas Alva Edison hizo lo propio con el kinetoscopio en Estados Unidos), supo desarrollar desde muy temprano una tradición fílmica, muy solvente y vasta que, junto a las de Brasil y México, estuvo en condiciones de competir con Hollywood ya desde los años 20.


Algunos críticos del hoy muy en boga “Nuevo Cine Argentino” se interrogan sobre la naturaleza de esta definición. Llamarlo “nuevo” significaría dejar atrás lo que estuvieron haciendo hasta los 90 directores como Fernando Solanas (uno de los autores de la mítica “La hora de los hornos”), Eliseo Subiela, Alejandro Agresti y Adolfo Aristarain. En opinión de la crítica Joanna Page, quien recientemente ha publicado “Crisis and Capitalism in New Argentine Cinema”, para Duke University, la onda de los 80 y principios de los 90 vivió una etapa de fuerte crisis, agobiada por problemas de producción. Además debemos considerar las reformas neoliberales del gobierno de Menem, que contradijeron un estado de bienestar. Pese a ello, la promulgación de una nueva ley de cine, que amplió el espectro de la producción y ha permitido el surgimiento de nuevos valores, es un hecho importante. A la hora que escribimos esta nota, películas como “Carancho”, de Pablo Trapero, quien esperó casi una década para estrenar su primer filme, rodado muy artesanalmente, y “El secreto de sus ojos”, de Juan José Campanella -efectivo drama judicial que no olvida los traumas de la dictadura y que se llevó el Oscar en 2010- representan “consecuencias directas” del movimiento que sigue llamando la atención a nivel global, y al cual se adhieren nuevos y talentosos nombres. Por ejemplo, Daniel Burman, Lisandro Alonso, Carlos Sorín, Gustavo Postiglione, Marcelo Piñeyro o el fallecido Fabián Bielinsky, autor de sólo dos películas, “Nueve reinas” y “El aura”, esta última un policial de exquisita factura, protagonizado por Ricardo Darín, el actor “por excelencia” en estos años en el cine argentino.


En “Pizza, birra, faso”, Caetano conecta desde su visión de la marginalidad y el desarraigo emocional, con las películas de tono social y realista dirigidas por el colombiano Víctor Gaviria, como “Rodrigo D” y “La vendedora de rosas”, esta última una oscura pesadilla nocturna, un descenso a los infiernos en el Medellín de fines de los 90 donde aún pervive la memoria del “capo” Pablo Escobar. La niña protagonista, como en las películas del neorrealismo italiano, no es una actriz profesional y da vida a una jovencita atormentada por sus propias experiencias, que la cinta quiere reconocer en “La vendedora de fósforos”, el célebre cuento de Hans Christian Andersen, aunque este solo sirva de un referente colateral.

Igualmente, Caetano conecta con el “realismo sucio” de “Ratas, ratones, rateros”, expectante visión “a lo Tarantino” sobre el malvivir y los conflictos de raza y clase en Quito y Guayaquil, ciudades neurálgicas de Ecuador a las que el cineasta Sebastián Cordero se acerca también con una negra ironía.

Caetano obtuvo un premio para “Pizza…” en el Festival de Mar del Plata de 1997, evento que se organizaba después de 26 años. Su obra, como las de Gaviria o la de Cordero, ha servido para reactualizar en el cine latinoamericano los temas de violencia y marginalidad que son tratados, según unas miradas, utilizando una “estética de la miseria, de lo feo, del desecho”. La noción del “desechable” estuvo presente en la sociedad colombiana y fue un tema tratado con furia y a cuyo debate las películas de Gaviria contribuyeron revolucionariamente. Una lectura útil de la carrera y la estética de Gaviria puede hallarse en el libro del crítico Jorge Rufinelli, “Los márgenes al centro”.

Caetano continuó retratando la marginalidad y la sobrevivencia a través de películas que han sido relecturas o reactualizaciones del neorrealismo, como “Un oso rojo”, historia de un hombre que va a prisión, sale de ella y vuelve a delinquir para saldar cuentas, en tanto le preocupa la vida de su menor hija y de su ex esposa. La crítica Joanna Page interpreta “Un oso rojo” como un western urbano y posmoderno, pero nosotros hallamos, además, claras referencias al scorsesiano “Taxi Driver” y a la película clásica de Jean Pierre Melville con Alain Delon, “El samurái”. Con tan preclaros antecedentes, el largometraje de Caetano, protagonizado por Julio Chávez, otra figura muy visible en el “Nuevo Cine Argentino”, se convierte en un relato que humaniza a sus personajes y no plantea el simplista enfrentamiento entre héroes o villanos, así como tampoco acude a atribuirle la razón a un grupo y dársela a otro supuestamente intocado. En “Bolivia”, Caetano utiliza la técnica neorrealista al filmar en blanco y negro para seguir los patéticos días de un migrante del altiplano que se emplea como cocinero en un restaurante de Buenos Aires y quien encuentra la salida menos esperada para sus afanes de convertir su migración en un evento productivo para la familia a la que ha tenido que abandonar, producto de las diásporas trasnacionales de los 90, provocadas por las etapas más radicales del neoliberalismo en la región.


Caetano filma con fuerza, nervio, ímpetu, calcula las escenas y los conflictos, alegoriza sobre la falta de libertad diseñando, en el restaurante, un espacio claustrofóbico en el cual el migrante urgido siempre va a ser el “otro”, mirado con desconfianza y odio. Sin embargo, visiones como las de Caetano o Gaviria encontraron objeciones entre sus propios colegas. Luis Puenzo, el director de la célebre “La historia oficial”, cuestionó -como lo recoge el libro del estudioso ecuatoriano Christián León- el que las películas que acudían a la marginalidad para encontrar su materia prima, practicaran una suerte de “pornomiseria”. En opinión de Puenzo, América Latina posee otros rostros, situaciones y escenarios tan o más competentes que los del norte industrializado y aquellos también debieran mostrarse en vez de acudir a historias miserabilistas. Por cierto, cabe anotar que esta tradición en el cine latinoamericano -de la cual forman parte igualmente “La hora de los hornos”, de Solanas y Gettino, “Tire Dié”, de Fernando Birri o los cortos y largometrajes del Grupo Chaski en Perú durante los años 80- bien pudo ser inaugurada por “Los olvidados”, cinta que Luis Buñuel filma en México en los 50 y que sirve de constante intertexto para esta poética del discurso audiovisual comprometido con los más débiles y necesitados, con los que recorren calles y avenidas, se detienen en esquinas y atraviesan la ciudad del centro a las periferias, reproduciendo ese nomadismo típico de la decadente esquizofrenia poscapitalista conceptualizada por los filósofos Deleuze y Guatari.

El “Nuevo Cine Argentino”, las honestas y veraces muestras del cine de otros países latinoamericanos, los debates en pro de un cine social de avanzada, o puramente estético, o la búsqueda de un “cuarto cine”, guiado por la independencia y las nuevas tecnologías, como lo sugiere el director rosarino Gustavo Postiglione, autor de una cinta absolutamente peculiar, “El asadito”, rodada en un día, en blanco y negro y ambientada el último día del siglo 20: sí, todas estas son caras, muestras y facetas de un arte que se reinventa permanentemente y que no elude ningún tema. En futuras series nos tocará hablar más a fondo del cine del mexicano Carlos Reygadas o de películas filmadas en Colombia por directores extranjeros como “La virgen de los sicarios” o “María llena eres de gracia”, o de ese trascendental universo audiovisual que muestra Brasil, por ejemplo, en “Bus 174” o “Tropa de elite”. Volveremos sobre la expectante y sugerente obra de Lucrecia Martel. Y nos animaremos a revisar el cine que se está haciendo, ahora mismo, en nuestro país, Perú, ya avalado por la consagración internacional de “La teta asustada”, de Claudia Llosa, a la que han seguido otras películas igualmente premiadas en festivales y muestras internacionales: “Paraíso”, “Contracorriente”, “Octubre”. La función, pues, debe continuar.

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