jueves, 5 de mayo de 2011

Identidades de género y sexo

Ruth Ospina Salazar (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La clasificación estadística de enfermedades mentales (DSM-IV), realizada en los Estados Unidos de América, la cual es muy valorada en el mundo entero, trae un capítulo sobre los trastornos de la identidad sexual, que define como identificación acusada y persistente con el otro sexo, que no sólo incluye el deseo de obtener las supuestas ventajas relacionadas con las costumbres culturales, lo que sería lo que algunos han dado en llamar la protesta masculina de las mujeres, ante las ventajas que el varón ha tenido a lo largo de la historia, en una sociedad que calificaba lo femenino como inferior, hasta que empezasen a darse los movimientos feministas. De tal forma, que a una feminista no podríamos incluirla en esta categoría.

En los niños el trastorno se manifiesta por los siguientes rasgos:

1. Deseo repetidos de ser o insistencia en que uno es del otro sexo.
2. En los varoncitos, preferencia por el uso de vestimenta femenina. En las niñas insistencia en llevar ropas masculinas.
3. Preferencias marcadas y persistentes por el papel del otro sexo o fantasías referentes a pertenecer a él.
4. Deseo intenso de participar en los juegos y en los pasatiempos propios del otro sexo.
5. Preferencia marcada por compañeros del otro sexo.

En la adolescencia y en la adultez, esta categoría clínica se caracteriza por el deseo firme de pertenecer al otro sexo; ser considerado como del sexo opuesto y vivir y ser tratado de acuerdo con ello o la convicción de experimentar las reacciones y sensaciones típicas del sexo contrario.

Otro rasgo sería el malestar persistente con el sexo biológico y sentimientos de inadecuación con los papeles asignados socialmente a él, que en los niños aparecería con los siguientes signos y síntomas:

• En los varoncitos, sentimientos de que el pene y/o los testículos son horribles o van a desaparecer, que sería mejor no haber tenido tales órganos y aversión hacia los juegos violentos, con rechazo a los juguetes, juegos y actividades propias de los hombrecitos.
• En las niñas, rechazo a orinar en posición sentada, con sentimientos de que en el futuro tendrán un pene, de no querer poseer pechos ni tener la menstruación o aversión acentuada hacia la ropa femenina.
• En los adolescentes y en adultos la alteración se manifiesta por síntomas como preocupación por eliminar las características sexuales primarias y secundarias, pedir tratamiento hormonal, quirúrgico u otros procedimientos, para modificar físicamente los rasgos sexuales y de esta manera asemejarse al otro sexo o creer que se ha nacido con el sexo equivocado.

En esta condición clínica no coexiste una enfermedad intersexual biológica del tipo del hermafroditismo o pseudohermafroditismo, ni la situación del testículo feminizante, en el cual el sujeto es genéticamente masculino pero sus tejidos no responden a las hormonas propias del varón, de tal forma que su apariencia es absolutamente femenina.

La alteración provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o en otras áreas importantes de la actividad del sujeto.

En los adultos, habría que mirar su orientación sexual si es por los varones, las mujeres, ambos sexos o hay ausencia de atracción sexual alguna.

Ésto es causa de profundos sufrimientos, lo cual amerita que podamos contemplar tal situación y para ello sugiero que vean al película Ma vie en rose, la historia de un niño, Ludovic, con mentalidad femenina, para quien nada es más natural que cambiar de género o de que ocurra un milagro en tal sentido puesto que está enamorado de Jerôme, un compañero de escuela pero cuya familia se horroriza con la situación, lo mismo que el entorno social donde el niño vive.

http://www.youtube.com/watch?v=a8so_0syADc&feature=related

Esto es lo que se ha llamado en otros contextos el síndrome de Harry Benjamin, en honor del médico alemán, emigrado a los Estados Unidos de América, quien fuera consultado por el famoso sexólogo Alfred Kinsey, un reconocido profesor en la materia, para evaluar a un joven que deseaba transformarse en mujer y la madre no quería frustrarlo; el doctor Benjamin no encontró en él una parafilia del tipo del transvestimo, una patología que consiste en la tendencia de un hombre a presentarse con ropas del sexo contrario y hacer el papel correspondiente, a veces mezclado con homosexualidad y otras con fetichismo, que privilegia una parte del cuerpo (nariz, boca, seno, rodillas, pie) u objetos relacionados con el cuerpo como zapatos, gorros o telas, entre otros, para excitarse sexualmente. que usan como objetos sexuales, pero sin renunciar a sus órganos masculinos, para actuar la fantasía de ser una mujer con pene, un ser completo y bisexual, de tal suerte que resulta como una especie de disfraz, que desmiente la falta de un falo.

El doctor Harry Benjamin para aliviar el sufrimiento moral de este joven propuso un tratamiento hormonal y un ensayo de vida social con el sexo deseado por el muchacho, al menos durante seis meses, para contemplar ulteriormente un tratamiento quirúrgico.

Pero, también este problema recibió el nombre de transexualismo, el cual se ha convertido en todo un enigma y motivo de grandes polémicas.

Las experiencias del doctor Benjamin llevarían al psicoanalista Robert Stoller en su libro Sexo y género (1968) a proponer una clasificación y un estudio sistemático de este trastorno, lo que lo llevaría a hacer una revisión de la teoría freudiana de la sexualidad infantil y la diferencia anatómica de los sexos; así, hizo distinciones radicales entre el transexualismo, el transvestismo, la homosexualidad y el pseudohermafroditismo e incluyó el problema más como un trastorno de la identidad de género, que un trastorno de la identidad sexual, con lo cual se diferenciaría el género como sentimiento social de la identidad masculina o femenina, distinto del sexo como organizador anatómico de la condición varonil o mujeril.

Al estudiar a niños con pseudohermafroditismo, cuando los médicos se habían equivocado en la asignación de género, comprobó que al año y medio de edad, antes del conocimiento propiamente dicho de la diferencia de los sexos, los niños adquirían el sentimiento íntimo de ser niños o niñas, ellos o ellas, los y las, en lo que era ya un núcleo de identidad de género, el cual no era posible modificarlo después de los tres años de edad.

De ahí que podamos decir que a diferencia de los animales, el lenguaje hace que la sexualidad humana sea distinta y se vincule con el deseo de los otros sobre el sujeto, ya que los seres humanos nacemos en una red vincular y somos seres del lenguaje, que respondemos a mensajes cifrados que los adultos transmiten muchas veces sin saber que los emiten.

De hecho se habla de él o de ella, se da al niño un nombre femenino o masculino y en el momento del control de esfínteres, al niño se le enseña a orinar de pie y a la niña a orinar sentada.

De ahí que el gran psicoanalista francés Jacques Lacan nos haga el relato de dos hermanitos, niño y niña, que llegan a una estación de tren y no ven el letrero que indica el nombre del lugar, sino las palabras que enseñan los aseos, que dicen damas y caballeros. Entonces el chico, lleno de alegría dice:

- Mira, estamos en Damas.

Y la pequeña contesta:

- ¡Imbécil! ¿No ves que estamos en caballeros?

Como si cada cual hubiese llegado al país donde está el objeto de su deseo, de seres de género contrario.

En el transexualismo el desfase entre sexo y género es total.

Ello lo llevaría al estudio de las madres de los transexuales y encontró en ellas mujeres depresivas, bisexuales o sexualmente neutras e incluso sin interés real por la sexualidad, ni apego particular al padre, de tal forma que lo que busca es una fusión perfecta con su hijo, quien le sirve de suplefaltas, lo que genera todo un estrago en el niño.

Los padres, usualmente, eran seres ausentes, pero su actitud difería de acuerdo, al sexo del pequeño, de tal manera que se mostraban indiferentes ante el cambio de indumentaria del hijo varón, cuando se vestía de niña, y favorecían las actividades masculinas de la hija, al encontrar en ella, también un compañero para su soledad.

Para Robert Stoller, el transexualismo masculino, el cual es más frecuente, estaba más cerca de la locura.

El problema que se encontraba en ese momento era que el transexual que se operaba no quedaba satisfecho con su nuevo sexo.

Poco antes el doctor John Money, en 1955, quien trabajaba con pacientes con estados intersexuales de origen orgánico, había concebido la noción de un sistema sexo/género, como elementos que determinaban el destino sexual de un sujeto.

Los genes, los óvulos y los espermatozoides, los caracteres sexuales primarios, los genitales y los secundarios, como la barba, los senos, el timbre de voz más agudo en las mujeres que en los hombres, no parecían influir tanto en la construcción de ese sentimiento íntimo de ser mujer o varón, que constituye la identidad de género, sino más bien daban cuenta de la sexuación que se hace desde fuera, que pueden hacer la sociedad, los padres o los médicos, cuando dicen si el sujeto es hombre o mujer por la apariencia corporal, de la misma forma que, desde época milenaria, han hechos los agricultores con los animales de la granja.

De ahí la importancia de que hablemos de estos temas puesto que el tratamiento psicoanalítico de estos niños debe hacerse en la infancia a título preventivo o después de la intervención quirúrgica para que el paciente enfrente la dificultad de su identidad imposible pues lo más sorprendente es que el transexual hombre, a pesar de sus alegatos y su renegación de su sexo biológico, puede no estar satisfecho con su cambio de sexo.

A partir de la década de 1970, la feminista norteamericana Janice Raymond acusaría a los hombres de recurrir a las cirugías plásticas para someter aún más a las mujeres, al quitarles su sexo, su identidad y su anatomía.

Sin embargo, se ha comprobado que las mujeres toleran mejor el cambio de sexo que los varones, ya que les permite la expresión corporal de su protesta masculina.
En Francia, la psicoanalista Catherine Millot llamó al transexualismo, exsexo, al sostener que en la mujer el deseo de ser amada como un hombre corresponde más a un fenómeno histérico, mientras en el varón, la voluntad de castrarse deriva de una identificación loca con La Mujer, en la búsqueda de una totalidad imposible, mediante una salvaje voluntad de emasculación, como una forma de anonadamiento, que hace irrisoria su feminidad.

Sin embargo estas tesis de Catherine Millot podrían ser discutibles.

La psicoanalista Irene Meler señala que los sujetos que han construido su género de una forma atípica, difícilmente acuden en su vida adulta al psicoanálisis, ya que se ha construido una muralla de prejuicios tanto del lado de los afectados como de los psicoanalistas.

Ella nos relata el caso de Roxy, una mujer amable, obesa y ambigua en la presentación de su género, quien se presentó como transexual, nacido mujer, quien aducía que había en su situación una fuerte disposición genética, puesto que nada había cambiado a pesar de dos psicoanálisis previos, ya que nunca encontró situaciones traumáticas en su infancia y siempre contó con una familia afectuosa.

Al indagar con una mayor profundidad, se encontró que era hija de una adolescente, quien había vivido una situación de madre-solterismo y la pequeña hijita había pasado a figurar legalmente como hija de sus abuelos y criada como tal.

La madre, a pesar de haberla amamantado, no se ocupó de la crianza para poder ejercer el rol de proveedora económica y quien la crió verdaderamente fue la abuela, mientras la madre aparecía como si fuese su hermana y el abuelo era vivido por la chica como un gordito bonachón.

Desde muy pequeña, Roxy se sintió un varón, a pesar de que su madre biológica la vestía los domingos con primorosos trajes de niña y le daba muñecas para jugar.

Roxy aceptaba con resignación la situación, que consideraba esa impostura y jugaba con desgano con las muñecas, para evitar conflictos con su supuesta hermana.

La abuela, en cambio, le consentía vestirse de varón y le proveía de ropa masculina; mientras ella jugaba a ser Tarzán en los árboles de su barrio.

Al volverse adulto empezó a aplicarse hormonas de hombre y se sometió a la amputación de los senos, aunque no pudo ponerse un pene artificial por falta de recursos económicos para la intervención quirúrgica, pero mantendría un vínculo de pareja estable y satisfactorio con una mujer durante treinta años, a pesar de que en el momento de la consulta con la doctora Meler dicha relación estaba en crisis.

De repente, comentó que su abuela, dos meses antes de su nacimiento había dado a luz un bebecito, que falleció en el parto, de tal forma, que en ese momento la abuela se enfrentó con la doble aflicción de la muerte de su bebé y el madre-solterismo de su hija, que la familia resolvió desmintiendo la realidad, al convertirlo en hermano de su madre, mientras que la abuela en un acto de locura, de negación de la realidad, le asignaría el género que no correspondía con su sexo biológico, situación en la que el resto de la familia consintió, para dar la impresión de que el niño de la abuela gozaba de buena salud y la madre era virgen.

Para muchos psicoanalistas, los trasnsexuales son locos pero con frecuencia nos encontramos casos en los cuales estos sujetos no tienen alteraciones del pensamiento graves como para pensar en una locura; pueden ser gente inteligente, que reconoce la realidad de su cuerpo biológico pero experimentan un profundo rechazo hacia él, lo que se ha dado en llamar disforia de género.

Son personas que aún pueden hacer bromas sobre sí mismos.

Un transexual de hombre a mujer me decía con una franca sonrisa:

- Es que somos gente muy rara.

Muchos son gente que trabaja y logran relaciones amorosas estables e incluso transexuales de hombre a mujer que pueden funcionar como madres substitutas de niños, cuyos padres no pueden hacer cargo de sus hijos y llevarlos a una vida adulta aceptable y satisfactoria, por haber encontrado con ellos vínculos de cuidado, afecto y atención, sin que estos pequeños presentaran trastornos de género para comportarse como gente normal.

Bástenos recordar al Agrado de la película de Pedro Almódovar, Todo sobre mi madre, un transexual, cuyo único deseo era gustar, ser querida y aceptada por los demás.

Pero lo dramático es que muchos de estos sujetos, como Ludovico, el protagonista de Ma vie en rose lo que reciben es el rechazo social.

Oí a un transexual de mujer a hombre, quien allá, en América Latina, hacía alguna especialización médica, pero había entrado a ella con el nombre de Cecilia, e inició por aquel entonces su terapia hormonal, pero no le concedían el cambio de nombre y fue sometido al maltrato de los profesores, quienes terminaron por echarlo del programa, frustrando así su proyecto de especializarse, he ahí un caso en el que la sociedad produce un deterioro de la situación laboral.

Otro transexual de mujer a hombre, tuvo que soportar no sólo el acoso escolar de sus compañeros, que se burlaban de él por afeminado, sino el rechazo de sus hermanos, lo que determinó que, durante mucho tiempo, pasara a ser una muchacha de la calle, sometida a todos los riesgos de un chico que tiene que vivir fuera del hogar, ya que unos padres débiles y, quizás, también rechazantes, no pusieran límites a la hostilidad fraterna, ahora se llama Henriette y está a punto de tener su cirugía para privarse del pene y adquirir una vagina.

Pero lo contario, también puede suceder cuando el poder médico comete atropellos como el siguiente:

Allá, en mi país, en una zona campesina, de mucha pobreza, mientras los padres trabajaban en labores agrícolas, un perro mordió al bebé que andaba desnudo y le arrancó el pene. Fue llevado al hospital universitario de la capital de la provincia y se puso en discusión el caso en un equipo interdisciplinario, donde se dio un diálogo entre el cirujano infantil, quien insistía en que debía convertírselo en una mujer, porque era más fácil hacer mujeres que hombres, como respuesta a la sugerencia de la psiquiatra de niños, quien decía que se hiciera una simple sutura de la herida y se dejase que el pequeño cuando fuera adolescente eligiera su género.

El hombre insistía en que era más fácil hacer mujeres que hombres, lo cual hizo que la doctora le dijera al otro especialista:

- Para usted, que se cree Dios, pues sólo éste asigna el género y sexo de los seres humanos.

El doctor irritado se retiró de la reunión del equipo y procedió a la cirugía.

Catorce años después, la niña, que había pasado de ser Manuel a Manuela, era el hazmerreír de los muchachos del lugar donde vivían, pues le recordaban su transformación no deseada de hombre a mujer, con burlas y escarnios, lo cual hizo que consultaran con una psicóloga en el pueblo más cercano con suficientes recursos en salud, quien aconsejó una demanda penal al médico.

La situación resultó ser tan escandalosa que pasó a ser noticia de televisión nacional e internacional, para vergüenza del doctor, quien por esa y otras razones hubo de irse del país, a pesar de ser un eminentísimo cirujano, como si fuera expulsado del paraíso, como Adán y Eva, por haber pretendido ser como Dios.

Tal vez, los padres aceptaron el cambio de sexo en un acto de sometimiento al poder médico, sin cuestionamiento alguno, pero, en su fuero íntimo, criaron al niño más como Manuel, quien era el hijo de sus deseos, que como la Manuela, creada por el galeno, ya que el chiquillo había adquirido una identidad de género masculina, a pesar de su artificial cuerpo femenino.

Tales padres no tuvieron el coraje y la valentía de otros campesinos, cuyo hijo nació con una ausencia congénita del pene y orinaba por un agujero uretral que desembocaba directamente en la piel, pero sin la ambigüedad de los genitales de los pseudohermafroditas, quienes se negaron sistemáticamente a los doctores que les insistían, a veces de forma muy agresiva, que debían convertirlo en mujer.

Ellos sostenían que, por respeto, al niño mismo, esperarían a que el bebé fuera grande para que él mismo decidiera lo que quería ser.

Cuando se nos consultó porque los padres se sentían humillados y ofendidos por la hostilidad de los médicos, lo que se hizo fue apoyarlos en su idea.

Y si hablamos de esto a ustedes es porque el psicoanálisis tiene una función preventiva, más allá de curativa, y creemos que la divulgación de estas ideas puede hacer que estos cuerpos masculinos en un alma femenina o viceversa, son seres que padecen muchas veces la agresión y el rechazo del medio social y son sometidos, por ello, a pasar por un infierno en la tierra, mientras los científicos aún nos debatimos acerca de las causas de situaciones como éstas y nos olvidamos que son seres como nosotros, humanos, demasiado humanos.

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