jueves, 5 de mayo de 2011

La deuda

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sobre las costas del Bósforo cimerio asomaban las primeras cuchillas amarronando la visión. El negro barco se acercaba hasta el Panticapeo, y en su proa, Antéster, aspirando ya los aromas de la costa mezclados con la brea y el aleteo de los pájaros marinos. Antéster, hijo de Hegesipo alias Ktésamen, venía desde Atenas hasta el reino de Ponto para defender una causa o vengar una afrenta.

Al menos eso parecía retratar la pintura. Al menos eso parecía, cuando más de dos mil años después -en 1816- un campesino de Kerch que cavaba en su huerto, descubrió una cripta dorada. En una de sus paredes había una pintura milagrosamente intacta representando una yurta nómade. A su lado, una mujer sentada, rodeada por sus servidores. Un caballero armado se aproximaba por la derecha de la yurta, con un látigo de cuero en la mano, seguido por otro, con la lanza baja. Arriba de la pintura, una inscripción en griego antiguo: Antéster, hijo de Hegesipo alias Ktésamen.

El fresco descubierto era maravilloso, de colores vivos sobre un fondo oscuro. Mas ¿quien era ese Antéster? Los griegos jamás vivieron en yurtas. Sin embargo, el nombre y el aspecto de Antéster no dejaban lugar a dudas. ¿Hacia quién dirigía sus decididos pasos? ¿Quién era aquella mujer?

Los arqueólogos venidos de San Petersburgo en aquel verano de 1816 se disponían a resolver un enigma. Pero el campesino de la finca, molesto ya con tanto visitante, tomó una pala y borró el extraordinario fresco. La escena que había sobrevivido dos mil quinientos años desapareció.

Por suerte, quedaba una copia pintada por el pintor Gross, pero era solamente una copia, sin la autenticidad que el talento, la belleza y el tiempo habían impreso en el original. Antéster había regresado a las tinieblas, lo mismo que la mujer sentada, y esta vez quizá para siempre.

La consternación de los sabios se justificaba, pues nadie sabía si el mensaje desenterrado debía valorarse por su enorme belleza -ahora perdida- por la técnica empleada o por el enigma que encerraba o por la escena que narraba, una escena cuya repetición podía observarse una y otra vez en la copia hecha por el pintor Gross, pero no en el original.

Kerch y el lugar donde apareció la cripta dorada se convirtieron en punto de cita donde poetas, músicos y pintores concurrían a admirar algo que ya no podría ser admirado. Cuatro años después Alejandro Pushkin visitó Kerch y sus ojos de africano sólo pudieron observar restos de una cripta dedicada ahora a almacenar papas.

Por ahí sobresalían algunas tumbas invadidas por la hierba y vestigios de caminos por los cuales pudiera haberse marchado Antéster y sus seguidores. Pushkin escribió en su cuaderno de notas ¿habrá logrado Antéster su propósito? ¿Adónde habrían de conducirlo estos vestigios de caminos, al pasado o al futuro?

Pero, demonios ¿cuál era aquel propósito? En efecto, tratar de descubrir si un griego luego de dos mil quinientos años seguía corriendo detrás de un propósito del cual nadie tenía noticias, constituía -por lo menos- una inquietante cosa.

Algunos años después, un hecho vino a complicar más el panorama. Resultó ser que en setiembre de 1830 –exactamente catorce años después- unos soldados del Zar armados con palas y picos llegaron cerca de aquella cripta dorada. Tenían orden de extraer piedras para la construcción de un cuartel. El campesino propietario había muerto. Los soldados, al comenzar a trabajar, toparon con una sepultura, y en ella, un sarcófago de ciprés pintado e incrustado en marfil, dentro del cual se hallaba el cadáver de alguien que luego los sabios determinaron como el de una princesa originaria del Ponto.

Algunas planchas se hallaban adornadas con grabados de asombrosa y fina terminación. La cabeza de la muchacha tenía una diadema en forma de cinta de ámbar, con su borde superior realzado por rosetones de esmalte verde y azul. En ella, demonios alados y glifos alternaban con otros animales fantásticos. Y el nombre de la muerta grabado en griego antiguo: Pristina. Encima del esqueleto se hallaron tres colgantes de oro finamente trabajados y una cadena de oro con un medallón representando a la diosa Atenea, réplica de la estatua de oro y marfil que Fidias hizo para el Partenón ¿otro enigma?, ¿qué hacía aquel medallón griego junto con adornos pertenecientes a otras creencias o culturas?

El cadáver había sido alhajado con pulseras, collares, anillos, vestidos salpicados con lentejuelas de oro. Acicalado con esmero, según el rito griego, sin embargo no pertenecía a una mujer griega. Poseía, además, un detalle terrible. Según los arqueólogos llegados presurosos desde San Petersburgo, las vértebras cervicales denotaban que la muerte había ocurrido por estrangulamiento.

Uno de los expertos que examinaba el regio entierro, descubrió debajo del cuerpo una pintura del mismo estilo que la de Antéster, en la que la mujer sentada al lado de la yurta señalaba ahora hacia occidente en tanto que Antéster se alejaba hacia oriente.

A todo esto, en 1930, un arqueólogo de la gliptoteca de Munich encontró en un ánfora sellada proveniente del Ponto, un alegato de Isócrates, pronunciado en el año 393 (a.n.e) en el cual a pedido de un comerciante bosforiano se iniciaba un proceso contra el banquero ateniense Patión.

La demanda del comerciante, de nombre Sopio -un riquísimo armador, que además era estadista y amigo del rey Satir I- se originaba en el hecho de que Sopio había enviado a estudiar a Atenas a su hijo, con dos barcos cargados de trigo, a fin de que el joven pagara sus estudios e hiciera fortuna. Junto con el trigo, también llevaba una fuerte suma de monedas de oro.

Del escrito se concluye que el joven -después de arribar a Atenas y depositar su dinero en casa del banquero Patión- no estudió muy aplicadamente.

Un día en el que había concurrido al ágora con sus condiscípulos, escuchó a su viejo filósofo decir que el mundo era redondo como el tiempo y que ambos eran finitos y giraban en el mismo sentido. Por lo demás –había dicho el anciano- la finitud es un hecho y así no hay tiento que no se corte ni deuda que no se pague

Concurrió muchas veces al ágora, participó del coro teatral, vio la formidable apostura de los atletas olímpicos, asistió a los torneos de retórica, música y poesía, participó de los juegos florales y de los misterios de Eleusys, desde las bacanales en honor de Dionisos subió hasta el oráculo de Delfos, y es de suponer –Isócrates no lo estipula de manera fehaciente- que recorrería las innumerables tabernas y lenocinios de la febril ciudad, en una estudiantina alegre y desenfadada. Hasta se habría munido de un par de esclavas -ganadas por él en un juego de dados- cuyas desnudeces y mimos impedían centrarse en sesudos pensamientos.

Un espía enviado para constatar la aplicación al estudio de su joven hijo, hizo que Sopio, al poco tiempo, embarcara a una hermana del estudiante, de nombre Pristina, con el objeto de verificar su dedicación.

El alegato de Isócrates no es muy explícito, pero se colige que un día en que ambos hermanos se hallaban en una fiesta realizada en casa de Hegesipo alias Kétesamen, en compañía de un hijo de éste llamado Antéster y otros invitados, apareció un mensajero del rey Satir ordenándoles regresar al Panticapeo y pretendiendo confiscar sus dineros. Supieron entonces que el mismo rey había hecho detener a su padre -Sopio- acusándolo de alta traición.

El hijo de Sopio, pues, concurrió a casa del banquero Patión y se puso de acuerdo con éste, declarando ambos que el muchacho nada poseía, por haber dilapidado toda su fortuna.

No pasaría mucho tiempo cuando llegaba a Atenas la noticia de que el rey Satir se había reconciliado con Sopio, devolviéndole derechos y es más, decidiendo casar a su hijo Levkon con la hija de Sopio y hermana del joven, Pristina.

Ella debió regresar, aún cuando su pequeño corazón había sido partido por Antéster. Con ella también partió llorando su hermano, pero por motivos bien diferentes. En su alegato, Isócrates recalcaba que cuando el joven concurrió a retirar su dinero más los intereses correspondientes, el banquero Patión negó con frialdad haber recibido suma alguna.

Se le inició proceso al banquero. La hija de Satir I, rey del Ponto, llamada Runah, algo contrahecha, inteligente e intrigante princesa, tomó el asunto en sus manos. Los mensajes iban y venían entre el Bósforo y Atenas. Una hija del banquero Patión fue raptada y nunca más se supo, unas caravanas suyas fueron saqueadas y un barco abordado. Era su ruina.

El banquero juró vengarse y envió al Panticapeo nada menos que a Antéster con el objeto de tomar venganza, y es sabido que los odios bancarios son demoledores. Es probable o casi seguro que Patión conocía aquella relación entre Pristina y Antéster, decidiendo utilizarla en su provecho con la probable anuencia del joven.

En tanto, Pristina debía ser desposada por Levkon, hijo del rey Satir I, de acuerdo a lo convenido por ambos padres -el rey Satir I y el comerciante Sopio-. Una yurta nómade fue alhajada para la noche nupcial, prólogo para un larguísimo viaje de la caravana que llevaría a los recién casados hasta un lejano país de un rey amigo.

Es notable cómo la descripción del ajuar de la novia se parece al hallado en 1830 en aquel sarcófago de pino.

Se sabe que Runah, la poco agraciada y cruel hija del rey Satir I, no estaba muy convencida acerca del casamiento de su hermano Levkon.

Facilitado por qué medios, nada se sabe, Antéster logró, la noche de la víspera, estrenar la yurta nupcial junto con Pristina. Según una de las versiones, los alabarderos alertados por Runah destrozaron a Antéster, mientras que otra versión proveniente de un comerciante de Esmirna aseguraba que escapó a la Atlántida. Pristina fue estrangulada por su frustrado marido, Levkon.

Pasaron muchos siglos. Un chozno de Patión que era cambista fue echado por Jesús del templo y finalmente se estableció en Venecia y luego, un su biznieto embarcó hacia la isla de Manhattan y, siguiendo la tradición familiar, se transformó en un poderoso banquero proveyendo, además, de aguardiente y armas a los indios Sioux.

Un descendiente del rey Satir I emigró a Buenos Aires e hizo fortuna durante la Segunda Guerra, comprando barcos radiados de servicio. Los fletaba con otros nombres -previo aseguramiento- luego los hundía y acusaba de ello a los submarinos alemanes, cobrando al Lloyds sumas infernales. Sus amistades lo llamaban Ari.

Ari -el remoto descendiente del rey Satir I- ya no vivía en Buenos Aires. Es más, ya no vivía; y su cuantioso imperio había sido heredado por su hija Pristina. Precisamente, en el año 1988, huyendo de vaya a saber qué cosas, Pristina se había refugiado en el country de una familia griega, armadora de barcos, en Tortuguitas, localidad del gran Buenos Aires. Sentada en el tocador, vio por el espejo la figura de un guerrero griego que irrumpía en su habitación látigo en mano, seguido por otro, con la lanza baja.

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