viernes, 13 de mayo de 2011

¿Qué cosa distinta a una ficción es una realidad en proyecto?

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El arte no es un manual de buenos modales ni de moralejas que nos cuenten relatos de buenos y malos. Eso, a estas alturas de la historia, debería ser asunto obvio. Sin embargo, la industria editorial, más empeñada en fabricar series rentables que literaturas, se ha terminado convirtiendo en una réplica del conservadurismo político tan característico de estos tiempos de estancamiento.

En medio del huracán de publicaciones, los autores que escribimos en español enfrentamos dos realidades que nos aplastan por igual. La primera, representada por las grandes corporaciones, garantiza rentabilidad editando sólo “lo correcto”, que en esta era se entiende “literatura moralizante” (por el camino de negación de las tinieblas sólo se consigue más tinieblas); mientras, la segunda, liderada por empresas medianas de importante calidad, limita su publicación a escritores de otros idiomas, preferiblemente inglés y alemán.

La situación no la tienen nada fácil quienes pretendan la rigurosidad creativa o estilística; las hazañas literarias se limitan a los grandes nombres muertos o con obras ya cumplidas (los consagrados). Que nadie se llame a engaño creyendo que su literatura, por ser opuesta a la moda de la estupidez, está teniendo las bendiciones de su tiempo. Al contrario, éste tiempo se está convirtiendo en un pantano que sepulta el brillo del arte y saca a la superficie todo aquello que en otro momento hubiese sido considerado vulgar y simplista. La literatura que impone el mercado de consumo es la que sigue, en contenido y estructura, un molde que no incomoda, sino que complace; es la literatura del entretenimiento barato, de las palomitas de maíz y la saliva ahogando las palabras para que nadie perciba “la oscuridad que el poder siembra en la calle”. Es como si nos hubiesen impuesto la “felicidad en medio de un infierno disfrazado de paraíso”. No hay espacio posible para la complejidad de la existencia, han asesinado la duda y con ella la filosofía; la ley fundamentalista del mercado cada vez es más cuadrada como las tramas de sus novelas. Y que nadie olvide (ni desde la derecha ni desde la izquierda): la ficción es un salto más revolucionario que cualquier “realidad” impuesta. Salto libre que derriba dogmas y posibilita espacios (entre el individuo y el todo). ¿Quién dijo que la ficción no es una acción política? ¿A cuántas ficciones podría aspirar un ser humano inconforme con la “realidad” que le oprime? ¿Es posible convertir una ficción en una realidad? ¿Qué cosa distinta a una ficción es una realidad en proyecto?

Los escritores contrarios a la actual dictadura editorial deberíamos preguntarnos qué hubiesen hecho los malditos del pasado ante un dilema semejante. Lamentable es que en un futuro nos recuerden como los escribidores del conservadurismo literario. Yo, por mi parte, no haré el papel de monja.

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