miércoles, 15 de junio de 2011

Cine: Lucrecia Martel, poéticas de un discurso cinematográfico

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La filmografía de la argentina Lucrecia Martel, que comenzó a gestarse en los años 90, constituye una inquietante y muy personal mirada a formas de actuar de la sociedad latinoamericana, la cual continúa viviendo como en un entrampamiento, acechada por fantasmas urbanos, de pertenencia a una clase social, de género, de inequidad, o de la más profunda marginalidad.


En este sentido, Martel ha convertido a sus obras en representaciones paradigmáticas, referenciales, de un “estado de cosas” al que los latinoamericanos deben necesariamente cambiar, transformar desde su esencia y principios, para lograr no ya la utopía revolucionaria que planteaba, por ejemplo, en los 60s, “La hora de los hornos” -documental-testimonio avasallador- pero sí el compromiso para una existencia más justa y decente.

Martel, a la fecha, ha rodado tres películas. La primera de ellas, “La ciénaga”, es la visión de una clase media instalada en una finca y a la que rodean no sólo privilegios en decadencia sino situaciones que desencadenan hechos incluso luctuosos. Las imágenes de los cuerpos que se desplazan, informes, temblorosos y hasta sin sentido alrededor de la piscina, en la secuencia inicial, anticipan ese mundo de ambigüedades e incoherencias así como esas extrañas relaciones que dominan el argumento de la película. “La ciénaga” es una obra que abre un nuevo camino en el cine latinoamericano, no sólo porque la haya dirigido una talentosa y joven mujer, tal vez siguiendo el legado de María Luisa Bemberg, sino porque plantea cuestiones puntuales acerca de un país como Argentina en el cual, al igual que en otras naciones de la región, las aspiraciones de ciertos grupos sociales están condicionadas a negociaciones ligadas a las esferas políticas, económicas o judiciales, o a la presencia del poder de turno, a la larga un ente que puede coactar y perjudicar aspiraciones personales.


En el cine de Martel se puede hablar de muchas y variadas influencias, pero nosotros creemos reconocer claramente al menos la impronta de dos maestros: Bergman y Antonioni. El de Martel es un cine crítico, cuestionador, complejo, que busca no sólo sensibilizar o “capturar” al espectador sino proyectar las imágenes y secuencias de sus historias hacia un margen que bien puede ser estudiado por el psicoanálisis, como sucede claramente con “La niña santa”. En esta obra se presenta, como una oposición, la fuerza de la religión y la fuerza de las costumbres, y la protagonista, a la que alude el título de la cinta, es una adolescente que repentina y tal vez accidentalmente pierde la inocencia.

Pero, claro, ese es sólo uno de los problemas que le interesan a Martel. Su cine puede ser entendido, asimismo, como una propuesta de género, desde que ella asume su rol de cineasta y por la manera cómo las mujeres, maduras o muy jóvenes, representan sus roles en las cintas que han logrado aclamación internacional.


A estas alturas mucho se ha dicho y escrito sobre la trilogía de Martel, complementada con esa extraña historia narrada en “La mujer sin cabeza”. Compatriotas suyos, y críticos destacados, David Oubiña y Gonzalo Aguilar, autores de sendos estudios sobre la obra de Martel, han reconocido la supuesta extrañeza de la que parten sus películas para avanzar como en medio de incertidumbres y llegar a finales que pueden rozar el absurdo o el sinsentido, como en la escena culminante de “La ciénaga”, cuando el niño cae de la escalera, prestándose a múltiples interpretaciones. Una de ellas podría ser la alusión, efectivamente, al derrumbamiento -la caída- de una clase que pierde privilegios y ventajas, y se siente amenazada por los “otros”, en este caso aquellos migrantes bolivianos que han logrado instalarse en la provincia de Salta y formar su propia comunidad, soportando el acecho y las amenazas de los lugareños.

Pero, sin tratar de desviarnos por las historias múltiples de “La ciénaga”, bien valdría citar cómo esta prestigiada película centra su atención en las mujeres, en sus lazos fraternales, endogámicos, en la manera cómo madres e hijas, tías y primas, constituyen un colectivo que termina expresándose con la fuerza feroz de un matriarcado, dejando de lado la tradicional figura masculina dominante. De hecho, el esposo del personaje encarnado por la actriz Graciela Borges es visto y tratado todo el tiempo como un perfecto inútil y él no hace nada para que esa percepción cambie.

Lucrecia Martel ha consolidado en el imaginario audiovisual latinoamericano más reciente su propia propuesta, sus tramas de intriga y suspenso, su estética que se plantea a sí misma como vanguardista e innovadora. Es a partir de estos elementos que sus filmes proyectan universos colmados de afectos pero también de egoísmos y venganzas, de constantes retornos al pasado, viajes a la memoria o al absurdo, como reconstruyendo aquellas situaciones propuestas en “Persona”, de Bergman, o en los filmes de Antonioni -“La aventura” y “El eclipse”- que anticipaban el mundo frío y deshumanizado de un capitalismo global y avasallador que sólo se instalaría en los años 90. Desde la impronta de ambos maestros europeos, Martel sitúa sus historias en una finca, en un hotel que sirve de escenario a un congreso médico o en una extraña carretera, para dar forma a sus propias aventuras, cuyas imágenes se despliegan ante nuestros ojos con sorpresa, pasión, y al mismo tiempo con la certeza de un derrumbamiento, de que una totalidad se está destrozando, ahora mismo, aquí mismo. Por ello las escenas finales de “La niña santa” sólo nos sugieren el descubrimiento del supuesto crimen, que tal vez no sea tal sino solamente una peripecia íntima, cercana.
Martel, en poco más de un decenio, ha logrado desarrollar la interesante operación de trabajar con personajes femeninos, incorporándolos a su propia estética, y mostrando un aspecto que no necesariamente se radicaliza en los extremos de vencedores o héroes y villanos. “La ciénaga”, “La niña santa” y “La mujer sin cabeza” son elementos de una respuesta directa por parte de esta valiosa cineasta que apuesta por el cambio pero no niega ninguna herencia, ni la de su país, ni la artística, ni la formal. El cine de Lucrecia Martel, por ello, no sólo nos resulta insólito y enajenante, sino que podemos decir de él que es muy gratificante y honesto.

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