miércoles, 15 de junio de 2011

De regreso a casa

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A partir de la década de 1980 el capitalismo dio el salto hacia una metamorfosis de dominio superior. Metamorfosis que ya estaba entre sus viejos planes de totalitarismo “democrático”. En la primera década del siglo XXI la velocidad del salto (y de la confusión) ha aumentado. La lógica capitalista tiene tal capacidad de renovación que, una vez asumido el colapso del funcionamiento, se dispone a demoler su propia rueda para nacer de las cenizas e ir por más (y más, y más). De ahí la construcción de una creciente “realidad” virtual que apunta a trasladar a la red no sólo la dinámica del aparato productivo, sino la “voluntad” de los ciudadanos del mundo. A veces, cuando pienso en el vaso medio vacío que tiene Internet, me pregunto si con la pretendida “realidad” virtual a lo que todos estamos jugando no será a aceptar el simulacro de vida que desde hace siglos nos han venido arrebatando en el escenario real de la calle.

Más allá de esta metamorfosis, el capitalismo corre el riesgo de caer (e implosionar) en este salto. Si bien esto no ocurrirá mañana, pues un cambio social de tal magnitud no se puede medir en un tiempo breve, en el siglo XXI podría desplomarse el concepto de sistema que conocemos. Estamos atravesando el desgaste de un modelo; la caída de todas las lógicas: la social, la política, la económica y la religiosa. Se saturó la mirada de una cultura. Y en esta caída libre no sólo hablo de derechas (centro o extremos), también me refiero a izquierdas (centro o extremos). La izquierda que conocemos se ha mantenido entre dos aguas (mientras el mundo perdía la mirada): un sector luchando (eternamente) desde las cuerdas de un cuadrilátero hecho a imagen y semejanza del contrario, y otro sentado (con sonrisa postiza de luchador social) a la derecha del “monstruo”.

Entre metamorfosis y desgastes lo más complejo, para quienes no estamos dispuestos a resignarnos es el qué hacer. No obstante, lo más nocivo en medio de esa complejidad, sería permitir que el qué hacer se convierta en un peso que nos aplaste. La propia dinámica impuesta por el apetito voraz del poder global (que se quitó la máscara del “bienestar social para todos”) avanza (velozmente) hacia su destrucción. Si hacemos un juego de imaginación (y perspectiva), desde la segunda mitad del siglo XXI observaríamos un primer ciclo en caída libre (y sin posibilidad de recuperación). El modelo de consumo (aplicado hasta ahora) no resiste. Su funcionamiento ya vive una implosión. Y todos los pueblos la están pagando muy caro. He ahí el dilema (y el reto) de un nuevo liderazgo que debería surgir con la construcción de un modelo realmente alternativo. Se trataría de una forma de gobierno sostenible (y discutida) que no esté dispuesta ni a pelear desde las cuerdas ni a ser un apéndice de los desencantos. Desencantados que hasta les da flojera o cinismo pensar en la posibilidad de una alternativa política al consumismo.

¿Por qué la naturaleza no podría ser la opción más valida y necesaria a tomar en cuenta por un nuevo liderazgo que asuma con inventiva el tiempo que está por caer y el que está por venir? ¿Cómo encausar una política social en coherencia con la Madre Tierra en tiempos cuando se nos ha hecho creer que la salida es el absolutismo tecnológico? ¿Cómo hacer viable la comprensión del cosmos en la cotidianidad de los seres humanos del siglo XXI? ¿Por qué no puede surgir una nueva forma de hacer política capaz de hacer posible un modelo eco-social? ¿Dónde está el liderazgo que interprete esta etapa de transición como un puente que nos lleve a la nueva dinámica evolutiva con la que debería ser recordado el siglo XXI? ¿Quién puede negar que después del caos (y de la carrera desaforada hacia el desarrollismo) lo que necesita el Ser no es la vuelta a casa, a la naturaleza?

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