miércoles, 15 de junio de 2011

El olvidado amor al prójimo

María Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La vejez, si tenemos la suerte de llegar a vivirla, tiene un don maravilloso: nos presenta como pantallazos escenas caleidoscópicas de nuestra existencia que ni sabíamos que teníamos almacenadas en algún lugar del cerebro y nos permite revivirlas, y, lo que es más asombroso, comprenderlas de manera casi objetiva.

A través de esa experiencia he alcanzado un entendimiento de la importancia que tuvieron a lo largo de mi vida distintas situaciones y personajes, a veces de gran importancia, a veces casi fugaces, a veces ni siquiera conocidos personalmente, como es el caso de tantos músicos, escritores o pintores que me transmitieron sentimientos y pensamientos que me dieron fuerza y contribuyeron al descubrimiento de verdades “verdaderas”que, al momento de conocerlas, supe intuitivamente que lo eran aunque la realidad circundante pareciera desmentirlas o minimizarlas.

También descubrí que nunca sufrí por las múltiples cosas que me pasaron -que no fueron pocas- por el daño personal que me pudieron causar, sino que mi dolor siempre fue por los demás, es decir, por lo que podríamos llamar “el prójimo”, fuera éste vegetal, animal o humano y llegué así a comprender la importancia de desarrollar esa minúscula parte de nuestro cerebro capaz de sentir empatía.

La autocompasión me temo que nos lleva por mal camino, porque ayuda a justificar todas las revanchas que creamos necesarias para paliar el dolor intrínseco que es parte inseparable de la vida, de la cual supongo la certeza de que somos mortales puede ser una de las más apabullantes.

Entre estos paliativos se destaca netamente la absurda pretensión de adquirir bienes, poder, supremacía sobre otros que no sólo nos hará sentir menos pequeños y vulnerables, sino que llega a convertirse en una razón de ser capaz de atraparnos de tal modo que, en el camino ascendente del supuesto triunfo, nos onnubila y hace que, no sólo nos creamos merecedores por nuestro esfuerzo de obtenerlos, sino que para poder seguir adelante necesitamos ponernos anteojeras que nos libren del triste espectáculo del que nada tiene, del que mucho sufre, del que casi nace condenado a ser un invisible ser que no tiene los mismos derechos a vivir en paz, en armonía, como partícipe de las abndancias que la naturaleza tenía disponibles para todos.

Así, el ser humano ha ido “involucionando”, pese al despliegue de monumentales construcciones, de inventos técnicos que surgen cada día, del valor atribuido a elementos tan simples como las piedritas de oro o los diamantes, de las distintas formas de gobierno de los pueblos que, lamentablemente, justifican absurdos como las “realezas”, o fingen haber alcanzado la “democracia” y desarrollan armas cada vez más letales y sofisticadas y entrenan generaciones de jóvenes en el patético arte de la ”guerra” (ahora llamada “defensa”) que se convertirán en robóticas personalidades a quienes los poderes de turno le señalarán a quiénes hay que eliminar, quiénes son “los malos” merecedores del castigosin tener la posibilidad de siquiera mirar a los ojos a sus potenciales objetivos, ya que eso haría, tal vez, que descubrieran que se trata nada más ni nada menos, de seres humanos como lo son ellos mismos.

Duele ver a las nuevas generaciones a quienes se los educa y entretiene con ejemplos de “triunfadores”, se los atiborra de conocimientos que no sirven para nada, mientras se les escatiman las verdades que podrían darle valor a sus vidas. A veces, enciendo el televisor y paso todos los canales para imaginar qué pueden estar viendo millones de niños y jóvenes en esos momentos en el mundo y me da escalofríos: armas, caras monstruosas, codicia sin límite, denigración del sexo, deportes que ya han dejado de ser un juego para convertirse en negocios multimillonarios, noticias empacadas listas para ser tragadas como una píldora, que ya han sido manipuladas y tergiversadas para ocultar verdades nauseabundas. Y no hablemos de los “modelos” que se supone hay que imitar, con sus absurdas caras que jamás muestran una línea de expresión y que sólo hablan de la importancia de “ganar”.

Ni qué hablar de las religiones, verdaderas cómplices de este esquema letal, que pretenden reclutar adictos prometiéndoles un glorioso final de los tiempos para quienes acepten las huecas palabra s de los pastores, sacerdotes, o demás encargados de interpretar para ellos vetustas escrituras llenas de conceptos y anécdotas sobre un presunto dios con características castigadoras, vengativas, o premiadoras según el grado de acatamiento a sus caprichos.

Entre esas frases que alguna vez oí y que me llegaron al alma, estaba: “Amaos los unos a los otros”, o “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Dichas así, parecen lógicas y no tan difíciles de cumplir, pero me temo que no están lo suficientemente incorporadas a nuestro diario vivir y están permanentemente desvirtuadas por el modelo en vigencia.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.