miércoles, 15 de junio de 2011

La estafa

Ricardo Luis Plaul (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“La había recogido con la idea vaga y sentimental de que sería agradable comer con alguien aquella noche”.

Ernest Hemingway

La ruta corría delante de él como una cinta negra que se iba descubriendo a medida que las luces del coche la iluminaban. Le recordaba la cinta de Moebius. Observó el rostro de la joven que iba a su lado, ensimismada en sus pensamientos. Era joven y bella. La había recogido con la idea de que sería agradable comer con alguien aquella noche. Después de todo, aquella sería su última noche.

Cualquier psicólogo aficionado, de los que abundan en la Argentina, le hubiera dicho que él y su hermano habían quebrantado uno de los mitos ancestrales de la horda humana: el del parricidio. Pero cuando eso sucedió eran jóvenes y ya habían pagado con años de cárcel, los mejores y los peores, según cómo se lo viera. Siempre se había repetido interiormente que sus padres se lo habían buscado: traficaban con armas para el Comandante Cero. Traficaban con la muerte y la habían encontrado de la peor manera.

Ellas los habían cobijado y protegido durante todos esos años, cuando salieron con una mano atrás y otra adelante. Habían confiado en ellos ciegamente, como sólo lo hace una Madre con sus hijos. Y ahora ellos las habían estafado, engañado, defraudado. ¿Sería su Naturaleza, como en la historia del escorpión? No lo creía. Se sabía enfermo de codicia. Él había arrastrado a su hermano. Él era el principal responsable de haber salpicado su nombre y su lucha.

Años atrás había abandonado a su mujer y a su pequeña hija, no quería involucrarlas si algo salía mal. Esa noche había perdido gran parte de la fortuna acumulada en el juego. Ya sólo le quedaba una carta por jugar.

Bajaron en la gran mansión junto al río. Sirvió de cena algo de lo que había quedado del mediodía. Sólo charlaron de banalidades. Después del postre él se disculpó y se dirigió hacia el fondo de la casa. Ella lo esperó en vano durante veinte minutos y se empezó a impacientar. Luego comenzó a recorrer la casa y a llamarlo. Fue en vano él la había abandonado, una vez más. Se fue corriendo mientras, no sabía bien por qué, las lágrimas mojaban su solera blanca.

El penetró en el agua marrón y cuando llegó a su cintura sintió un escalofrío. No se detuvo. Una especie de alivio comenzó a invadirlo.

Cuando ella leyó la noticia la mañana siguiente, sólo lamentó no haberle preguntado por qué las había dejado sin despedirse aquella noche. Un hálito de rosas invadió el ambiente.

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