miércoles, 29 de junio de 2011

Leyendo a Hessel desde la cama de León

María Luisa Etchart (Desde San José de Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace algunos años, cuando llegué a Costa Rica, proveniente de Argentina, no me alcanzaban los ojos para admirar tanta naturaleza: el poder ver de cerca ardillas, colibríes, monitos, árboles eternamente verdes de formas increíbles, ver volar mariposas de variados colores, escuchar el canto de pájaros y verlos bajar cada mañana a comer los pedazos de fruta que yo les echaba hacían que sintiera que así debía ser el paraíso de que tanto nos han hablado.

Mis largas caminatas por caminos serpenteantes en constante ascenso o descenso hicieron que comenzara a tener problemas con el nervio ciático de mi pierna izquierda, de manera que cada noche, al acostarme, por más cuidado que pusiera en la posición a adoptar, el dolor comenzaba a invadirme y no conseguía ayuda efectiva para esto.

Una mañana, caminando por los alrededores de Santa Ana vi un pequeño tallercito que decía que allí se fabricaban camas y muebles y como evidentemente la cama que yo tenía, pese a ser de hermoso aspecto y alto precio, era parte de mi problema, decidí entrar a preguntar qué clase de camas fabricaban.

Me atendió un señor que dijo llamarse León que trabajaba en medio de un taller artesanal modesto y desordenado. Ante mi consulta sólo me escuchó con atención y me dijo: “Yo puedo hacerle una cama donde no va a sentir esos dolores pero no va a ser nada de lujo, mas bien como un cajón”. Algo en su actitud poco “comercial” me encantó y me hizo confiar en él. Así que convinimos en que estaría lista en unos cuantos días y en un precio que era absolutamente moderado. El mismo me la hizo llevar en un desvencijado camioncito y quedé un poco sorprendida por la austeridad del aspecto de la camita. Era un simple cajón de madera con una especie de colchón empotrado en el mismo y recubierto por una tela gruesa de algodón y cuatro patas simples y no muy altas.

Ese mismo día quise estrenarla y confieso que cuando me acosté sobre esa superficie que era una mezcla de mullido con una superficie de base totalmente rígida tuve algunas dudas sobre los resultados que tendría sobre mi maltrecho ciático. Han pasado más de 8 años y cada noche, cuando me acuesto, me maravillo por poder estirarme y disfrutar de esa camita humildísima que, sin embargo, gracias a la sabiduría y experiencia de Don León, palió mi agudo dolor y lo hizo desaparecer hasta el día de hoy.

Un tiempo después, volví al taller de León para agradecerle y contarle los resultados pero encontré el lugar cerrado y, preguntando por él, me enteré que había muerto atropellado por un vehículo al bajarse del bus frente al taller, algo bastante normal en estos tiempos en que todos parecen estar tan apurados al frente de sus volantes, con caras de arrogancia suprema.

Los vehículos se han hecho parte del ego de sus propietarios, como las marcas de ropa, las alhajas que lucen, o el perfume con que se embadurnan, y sus rostros se crispan mientras conducen, como si se sintieran molestos por tener que compartir las calles con otros señores y ni qué hablar de con los peatones, que hemos pasado a ser como cucarachitas molestas totalmente prescindibles.

La cama de León me trajo a la memoria a los hábiles artesanos que vivían en el pueblo donde pasé los primeros años de mi niñez y que eran reconocidos por sus habilidades particulares: el que armaba radios, el que reparaba bicicletas, el que elaboraba riquísimos helados, el panadero que amasaba sus delicias a la vista de todos, el que fabricaba escobas de paja y se jactaba cantando mientras las ofrecía: “escobas de Rosso, cada día me salen mejores”, el que reparaba calzado y ponía las espléndidas media suelas a los zapatos que ya tenían más de un año de constante uso pero que seguían siendo lustrados cada noche y que habían sido hechos para durar años.

La comparación entre esos productos fruto de la habilidad y el orgullo con que eran producidos y la proliferación de objetos de aspecto atractivo, pero carentes de calidad, que son los que hoy predominan, no se hizo esperar.

El calzado es hoy mal diseñado anatómicamente, ya que los seres humanos no tenemos un pie plano como una tabla ni un arco capaz de soportar tacones aguja altísimos, máxime para caminar en terrenos desparejos, sin dañar nuestra espina dorsal y, sin embargo, eso es lo que nos exhiben en todas las llamativas vidrieras y, después de varias posturas, descubrimos que ya no sirven, que hay que volver a comprar. Lo mismo ocurre con casi todos los enseres: están hechos en talleres donde la mano de obra es automatizada y explotada al máximo para producir, producir, producir, sin que nadie se pueda sentir orgulloso de su producción, sino que está regido por el nuevo slogan: maximizar beneficios para unos pocos en detrimento de la dignidad de los muchos.

Las maravillas naturales de este país han pasado a segundo plano, inclusive el turismo se ha visto mermado en forma escandalosa por los precios que, traducidos al dólar mantenido artificialmente bajo, se hace caro para los extranjeros que también se sienten inseguros en playas donde no se cuida sus vidas con la necesaria presencia de personal idóneo para prevenir accidentes, con miradores desde los que se pueda vigilar a los que se internan en el mar. No basta con poner un letrerito indicando que allí el mar es peligroso, y así los continuos accidentes en que pierden la vida turistas y locales desmoralizan a los posibles visitantes.

Los famosos progresos que supuestamente traería el tan resistido TLC no se ven por ningún lado, sólo surgen misteriosos edificios cuyo propósito y origen nadie conoce, siguen aumentando los letreros publicitarios en todas las rutas que sólo sirven para ocultar el paisaje, se talan árboles sin misericordia y uno se vuelve a preguntar por qué no se cuida lo que existe en forma generosa natural en vez de insistir en un supuesto “progreso y desarrollo” que no es tal para las mayorías silenciosas que miran el cambio sin comprender.

¿Cuál es la ventaja de tener un enorme estadio que se usa de vez en cuando para ver espectáculos que sólo algunos pueden pagar, en vez de crear lugares simples donde todos los niños y jóvenes puedan practicar deportes por el placer de jugar, sin tener que insistir en que lo importante de estos deportes es “ganar” o lucir camisetas con logos publicitarios.

Si este modelo hubiera demostrado ser exitoso tal vez sería cuestión de adaptarse a él, pero el país que más lo propició cada día muestra sus propias falencias y uno ve con horror que ha dejado de ser una democracia para convertirse en súbdito del Pentágono y Wall Street y que invierte en armas y fuerzas armadas sumas que podrían traer el bienestar a grandes zonas del planeta. No hace falta mucho seso para comprender que estos gastos incalculables provienen de los recursos que se esquilman de países satélites a los que se someten pretextando ayudarlos, entre otras excusas, a combatir el narcotráfico que, oh casualidad, va dirigido a los países más poderosos donde no por casualidad cada día sus habitantes necesitan más estupefacientes para poder seguir adelante en su peculiar forma de vida.

En cuanto a los jóvenes y niños, se los engaña como que el progreso es que cada uno pueda tener un celular o uno de esos aparatitos para mandar mensajes de texto, aunque todos los días muchos sean asaltados para robárselos y aunque la calidad de dichos mensajes estén plagados de errores de ortografía, por la falta de lectura de libros que hoy ha dejado de ser valorada, y que no contienen en su mayoría pensamientos nutrientes.

Tenemos todos la obligación moral de no hacernos los distraídos, de analizar las prácticas erróneas que han hecho de la vida un eterno consumir y descartar, un constante mentir y aceptar mentiras.

Tal vez tenga razón ese maravilloso ancianito, Stephane Hessel de origen alemán, nacionalizado francés, con sus 93 años y una larga experiencia de lo que son las dictaduras y las guerras, quien fuera uno de los redactores de los Derechos Humanos, cuando nos recomienda en su último libro: “¡Indignaos!”, que proseguiré leyendo con avidez desde la cama de León.

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