miércoles, 15 de junio de 2011

Manuel Belgrano fue mucho más que el creador de la bandera

Ernesto Martinchuk (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando falleció Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, el 20 de junio de 1820, su gran amigo José de San Martín, después de haber liberado a Chile, se aprestaba a zarpar en unas pocas semanas hacia el Perú. La Argentina se debatía en luchas civiles en lugar de estar empeñados en apoyar al Genio de los Andes, en la gran empresa suramericana. Caudillos y gobernadores luchaban por apetitos personales y feudales, mientras los mejores hombres luchaban del otro lado de la cordillera mientras aquí el poder personal y la anarquía desgastaban las fuerzas que no tenía San Martín y sí tuvo Bolívar. Cuando una gran nación lucha por su independencia cualquier otro intento de gloria es secundaria. De allí la justificada frase de Belgrano en el momento de morir: “¡Ay Patria mía!”

Período rico el del medio siglo que duró la vida de Belgrano, motivo por el cual siempre tuvo su inteligencia abierta. Aprendió rápido y fue el gestor inicial de la grandeza y el progreso del país. Mucho de lo que vio y asimiló se refería al comercio marítimo, a las riquezas del mar, a las marinas mercantes y de guerra, a las necesidades portuarias, fomento de conciencia marítima, el estímulo de las producciones que el país podía producir con exceso para exportar y el cuidado de los puertos y vías de comunicación marítima y fluvial. También asimiló en Europa las tendencias comerciales en boga y pensó en ellas para imponerlas en nuestro país con las adaptaciones que fueran necesarias.

Es importante destacar que siendo la Argentina un país marítimo y semi insular, el que sin embargo no ha desarrollado sus capacidades marítimas, cobra más trascendencia esta visión de futuro de Belgrano que ya desde la colonia trata de atraer la atención hacia el mar y sus enormes riquezas. Él es el primero que vislumbra la magnitud espectacular de nuestro patrimonio marítimo.

Belgrano fue un prócer, y las grandes hombres, además de los hechos que han plasmado en la historia de sus países, son aquellos que han visto con mayor alcance y acierto las incógnitas del futuro. Mucha lectura, el conocimiento de la historia del país y de las otras naciones, puede ayudar a tener esas presunciones, pero sólo un hombre genial las asociará y comprenderá en toda su grandeza e importancia.

En ese sentido también San Martín captó la importancia del poder naval en las grandes operaciones estratégicas. Si bien tuvo lecciones históricas en su vida como Aboukir y Trafalgar, grandes batallas de la época, de las cuales saco experiencias y visiones personales, lo cierto es que captó esas enseñanzas integralmente, para ponerlas en vigencia en la campaña libertadora al Perú.

Belgrano tiene el mérito de haber sido el primero en hacer resaltar la importancia del factor marítimo, y si bien no pudo llevar a cabo todas sus ideas, dejó el estudio profundo, la memoria esclarecedora, que orientaron a sus seguidores. Estas ideas rectoras de los próceres, en especial del creador de nuestra bandera, son hoy de gran interés para la Argentina en el afianzamiento de su dominio y soberanía sobre su plataforma marítima, su mar territorial, sus islas del Atlántico Sur y sector Antártico.

La Argentina constituye un rico complejo marítimo de 7.500.000 km2 de extensión, de los cuales 3.500.000 km2 son marítimos, pero buena parte de ellos, pese a innegables razones jurídicas, como históricas y geográficas, están ocupados o son pretendidos por otras naciones, especialmente Inglaterra. Las Islas Malvinas son una herida abierta en nuestro desarrollo histórico, que sólo cerrara con la devolución, por vía diplomática, de las mismas.

Nuestras riquezas pesqueras, el petróleo de nuestro subsuelo submarino, las riquezas en nódulos, sales y algas de nuestra plataforma bajo el mar, que por su extensión se ubica en cuarto lugar entre las principales del mundo, y una de las menos explotadas, nos hacen mirar al mar como el tesoro que nos abrirá sus arcas en un futuro próximo, pero también debemos pensarlo como un objetivo de la codicia extranjera.

Desde el Consulado

Lo fundamental de la obra de Belgrano se cumplió durante los 16 años en que formó parte del Consulado. Como Secretario permanente adquirió prestigio y posición. Siguió desarrollando sus ideas comerciales hasta poco después del movimiento de Mayo, pero luego la patria le exigió improvisarse como general de sus ejércitos.

Dentro de la extensa obra de Belgrano podemos tocar los siguientes puntos:

1.- Libertad progresiva del comercio marítimo: que dirigió con sus ideas y realizaciones acompañado por Juan José Castelli, Hipólito Vieytes, Mariano Moreno, Antonio de las Cajigas, Francisco Antonio de Escalada y Pedro Cerviño, entre otros patriotas.

2.- Fomento de la Marina Mercante: Comprende la creación de la Escuela de Náutica y el proyecto de la creación de una Compañía de Seguros Marítimos, además de numerosos artículos periodísticos e ideas progresistas.

3.- Conocimiento, evaluación y difusión de los intereses marítimos. Belgrano fue el primero en reconocer la magnitud de nuestras riquezas marítimas. Las comentó y las hizo conocer entre sus compatriotas. La pesca, los cetáceos y otros animales del mar, ocuparon su fecunda pluma.

4.- Fomento de Puertos y tareas de hidrografía y seguridad marítima. Dentro de lo que comprende: la Construcción del Muelle de Buenos Aires; la jerarquización de los puertos de Barragán, Maldonado y Carmen de Patagones, el balizamiento, el establecimiento de embarcaciones salvavidas, limpieza de los puertos de Buenos Aires y Montevideo, construcción de faros y aprovechamiento del Río Negro entre otros.

5.- Dirección de la guerra de las embarcaciones corsarias del Consulado de 1801 a 1805.

6.- Influencia de sus ideas marítima en Rivadavia, Sarmiento y Roca.

Estos enunciados que a continuación desarrollaremos, son sólo una parte de su obra que comprende la Educación, Economía, Agricultura, Política y sus importantísimas tareas militares y diplomáticas. Todo lo pensó y lo realizó, en nivel superior y en vasta escala. Se lo puede considerar como uno de los fundadores más capaces de la Independencia y el desarrollo argentino. Si consideramos su patriotismo, su inspiración al anticiparnos nuestro pabellón nacional y su sacrificio humano, pese a su cuerpo endeble y enfermo, tendremos cabal idea de la justificación al reconocimiento de un hombre de primera magnitud en la forja de la República Argentina.

Contextualización histórica

Después del regreso al país de Belgrano, en 1791, hasta su muerte en 1820, España vivió casi continuamente en guerra. Breves períodos de paz, no alcanzaban a recuperarla del debilitamiento general de su poderío.

En 1793, a raíz de la ejecución de Luis XVI, España se alió contra Francia, su aliada casi permanente desde el Pacto de Familia y se puso al lado de Austria, Prusia e Inglaterra.

El 22 de julio de 1795, España se separó de Inglaterra y sus otros aliados y firmó la paz con Francia. Pronto se restauró la alianza galo-hispana. Por el tratado de San Ildefonso de agosto de 1796, ambas naciones se unían definitivamente. España entró así nuevamente en guerra con Inglaterra y obtuvo algunos triunfos pero fue derrotada por el genio de Nelson, en la batalla naval de San Vicente el 14 de febrero de 1797.

En cuanto a Francia, la victoria de Abukir demostró al joven e impetuoso Napoléon, la importancia del poder naval. Si bien a principios de 1801 se firmo la paz de Lunerville y España abandonó la lucha que reiniciaría luego con Portugal.

Francia e Inglaterra reanudan hostilidades en 1803. España ayudando a Francia mantuvo una neutralidad sospechosa hasta 1804 al ser atacada por Inglaterra una división que fue despojada de sus caudales. Esta guerra duró hasta 1808. Durante la misma Inglaterra conquistó el centro de los mares en Trafalgar y Buenos Aires fue atacada dos veces por los ingleses en 1806 y 1807.

Al invadir Napoleón a España y levantarse el pueblo español. Inglaterra se alió con aquella y cooperó con la primera derrota del genio de Córcega, expulsado y vencido a fines de 1813. Al terminar la guerra Peninsular, la armada española solo tenía una pocas naves en actividad.

Todos estos acontecimientos repercutieron sobre Buenos Aires y su comercio. Las naves españolas eran insuficientes para hacer frente al poderío naval inglés. Los comerciantes más liberales pedían entonces libertad de comerciar con los neutrales o aliados para salvar la angustiosa situación. Los monopolistas pedían que aquellas ventajas fueran anuladas.

En 1779 durante la guerra de Emancipación de los Estados Unidos, España intervino contra Inglaterra y el Río de la Plata quedó aislado de la metrópoli y sin recursos. La situación fue planteada por el virrey Vértiz quien sugirió comerciar con los barcos portugueses. El Rey autorizó el comercio con naves neutrales, y con mercaderías que no se producían en España.

Los portugueses se hicieron cargo del tráfico y al estar ligados a los ingleses desde principios de siglo, significó que siguieron enviado, hasta 1873, sus mercaderías al Río de la Plata, de forma legal y violando la disposición de producción en España. El comercio rioplatense creció en tráfico y volumen con excelentes recaudaciones aduaneras. Es lógico reconocer que las mercaderías españolas no podían competir con las inglesas. La revolución industrial traía aparejado una mayor producción, a costos más baratos y de mejor calidad. Se preferían las mercaderías inglesas que entraban por vía legal o de contrabando.

En esos años la recaudación de la Aduana de Buenos Aires era similar a los ingresos de la Aduana de Lima y en 1783 logró superarla, convirtiéndose en el puerto más importante por su comercio en América del Sur.

El principal renglón de exportación de Buenos Aires era el de cuero de ganado vacuno y caballar. Se exportaban también sebo, tasajo, astas, crines, pieles de nutria, plumas de avestruz y se importaban textiles, vinos, aguardientes, artículos manufacturados, zapatos, sombreros, artículos de perfumería y por su puesto esclavos. La carne salada no adquirió mayor volumen hasta fines de siglo.

Otro punto de interés en este período antes de la creación del Consulado, es la creación de la “Real Compañía de Pesca”. La presencia de loberos y balleneros, ingleses y norteamericanos habían devastado nuestro mar austral, costas patagónicas y Malvinas con total impunidad.

España consolidó con presencia permanente sus derechos patagónicos y en 1779 fundó el Puerto de San José, en el golfo de ese nombre en Chubut y más tarde Carmen de Patagones en Río Negro. En 1780 Antonio de Viedma fundó las poblaciones de Deseado y Floridablanca. De estas fundaciones sólo subsistió Carmen de Patagones. Floridablanca fue abandonada en 1784. Deseado fue refundado en 1807 y San José fue destruida por un malón el 7 de agosto de 1810.

Belgrano en el Consulado

Cuando Belgrano llegó al Consulado se encontró con comerciantes interesados en extraer el mayor provecho del régimen monopólico mercantil, sin embargo su capacidad intelectual logró que varios comerciantes y amigos defendieran sus ideas. Lo cierto es que pese a la fuerte oposición de los monopolistas encabezados por Martín de Alzaga, Belgrano trabajo para que se fuera desarrollando una creciente liberalización del sistema que concluiría a fines de 1809.

Belgrano, como Secretario del Consulado, difundía sus ideas por medo de las “Memorias Anuales”, con las que abría los períodos de actuación de ese organismo. También las exponía en los periódicos “Telégrafo Mercantil”, “Semanario de Agricultura” y en el “Correo de Comercio”, donde brindó la mayor parte de sus manifestaciones progresistas del comercio rioplatense.

Teniendo en cuenta su condición de funcionario real y permanente, Manuel Belgrano no podía atacar continua y agresivamente al comercio español. Lo hacía por intermedio de sus amigos compenetrados de sus ideas tales como: Hipólito Vieytes, Juan José Castelli, Francisco Antonio de Escalada, Angel Izquierdo, Pedro Cerviño, Antonio de la Cajigas, Juan José Lezica, Manuel de Labarden, y también varios comerciantes que hacían fortunas, defendiendo la idea del comercio libre con los neutrales, entre los que se encontraban Tomás Antonio Romero, Manuel H. Aguirre, Cristóbal de Aguirre, Juan Esteban Anchorena y Miguel Fernández de Agüero.

Fortunas y negocios poco claros

El Conde de Liniers, hermano de Santiago, se presentó en la corte de Madrid y solicitó permiso para que el comercio español pudiera traficar legalmente con las islas francesas de Borbón y Mauricio. Estas islas estaban en poder de los ingleses y el Conde hacía su negocio favoreciendo a Inglaterra, en ese momento, aliada de España. El permiso fue concedido por Real Orden con fecha 4 de mayo de 1795 y comunicada a los virreyes en América. Era forma de hacer fortuna y negocios del Conde de Liniers, poco claro en sus procederes y cuyo parentesco nada favoreció al futuro héroe de las invasiones inglesas. De este modo se podía exportar carne o harina e introducir esclavos, café, azúcar, cacao o algodón.

La junta del Consulado votó aunque en elección muy reñida, que sólo se permitiera comerciar los productos expresamente permitidos. Ante estos acontecimientos Manuel Belgrano, que tiene voz pero no voto, pero cuya influencia es mucha por sus conocimientos, expuso sus ideas sobre el comercio marítimo en las “Memorias del Consulado”.

“Memorias” del Consulado

Belgrano leyó la primera Memoria en la sesión del 15 de junio de 1793, al inaugurar el segundo año de actividades de la corporación. La misma se denominó “Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio de un país agricultor”.

Recordemos que el Río de la Plata era entonces fundamentalmente ganadeo y Belgrano dedica gran parte de su “Memoria” al fomento de la agricultura, los distintos cultivos y el cuidando de la tierra. Luego pasa a la industria y finalmente habla del comercio en general y expresa: “La ciencia del comercio no se reduce a comprar por diez y vender por veinte, sus principios son más dignos y la extensión que comprenden es mucho más de lo que puede suceder a aquellos que sin conocimiento han emprendido sus negociaciones cuyos productos, habiéndolos deslumbrado los han persuadido de que actúen inteligenciados en ellos”.

Pasa luego a tratar los medios de proteger el comercio y señala la necesidad de una “escuela de comercio” y de establecer “una compañía de seguros”, tanto para el comercio marítimo como para el terrestre. Agrega que se “atienda a los caminos, muelles, limpieza del Puerto de Montevideo, creación de una escuela de náutica, sin cuyos principios nadie puede ser patrón de lancha en este río y además hubiese jóvenes de quien echar manos para las embarcaciones que vinieran de Europa”.

La segunda Memoria de Belgrano fue en 1797, pues en 1796 fue reemplazado por Castelli debido a que se encontraba con licencia por enfermedad. En esta segunda Memoria, el Secretario del Consulado, se refirió al cultivo del lino y del cáñamo. Instrucciones para su cultivo y medios para estimular a los habitantes del Río de la Plata, para dedicarse a estos cultivos fueron desarrollados dejándose constancia de la preocupación que habían puesto sobre ellos los soberanos y autoridades españolas. Los mismos estaban relacionados directamente con la navegación, por cuanto el lino era la base para la fabricación de lonas y velas y el cáñamo par cabos y jarcias. Belgrano lo reconoce al decir que “además nuestras lanchas y barcos menores tendrían cables y demás especies de jarcias con comodidad, de que les resultaría un menor gasto en provecho, sin duda del comercio”

En la memoria de 1798, Belgrano expresó “que el origen de la felicidad de nuestras provincias es la reunión del hacendado y del comerciante”.

El comercio con los neutrales a través de la introducción de mercaderías no permitidas iba contra el comercio del interior, pero también esas mercaderías no podían competir con las extranjeras. El contrabando se producía porque esas mercaderías extranjeras eran de mejor calidad y en precio, pese a la gran distancia que debían recorrer. Claro que muchos eran artículos de lujo y también que las encarecían los recargos de aduana y transportes, combatidos por el Consulado en el comercio interior.

A causa del arribo al Río de la Plata de un barco de bandera portuguesa con un cargamento de esclavos y aguardiente, se promovió un pleito, pues el virrey se negó al desembarco del cargamento. Se solicitó entonces al Administrador de la Aduana un dictamen al respecto y este lo pronunció el 18 de enero de 1798, proponiendo, dada la situación de aislamiento de Buenos Aires y el estancamiento de su comercio, no sólo la entrada del cargamento de la nave, sino que se permitiera el comercio libre con los países neutrales, como había sucedido hacer en La Habana, con grandes benbeficios.

Los virreyes que se sucedieron desde 1799 a 1806 fueron impotentes para detener el comercio con neutrales, o lo admitían como una necesidad. Es decir que en realidad, pese a que mucho de ese comercio favorecía a Inglaterra, el de Buenos Aires sin los permisos resultaba ahogado.

Tanto el virrey Avilés como el virrey Del Pino hasta 1801, permitieron licencias y permisos para el comercio con neutrales y en barcos del mismo origen. No olvidemos que este comercio facilitaba un intenso contrabando. En 1805 Estados Unidos traían esclavos y manufacturas en sus barcos. Entraron 22 buques al puerto de Montevideo y 11 descargaron esclavos de África.

Primera Invasión inglesa

A mediados de 1806 Buenos Aires se vio conmovida por la primera invasión inglesa. Ocupada la ciudad por la audacia de Pophan y las fuerzas comandadas por Beresford. Recordamos las ideas de Sir Home Popham sobre comercio de Buenos Aires, expuestas en partes remitidos a la oficialidad y que expresaban:

I°) Que el comercio marítimo se hace con naves mercantes norteamericanas y portuguesas, estas últimas cubriendo a casas españolas y francesas con su pabellón.

II°) Que el contrabando es de gran volumen y permitido por los mismos funcionarios españoles que debían combatirlo.

III°) Que el Río de la Plata puede surtir de carne salada a las Antillas, el Cabo, la India y al Mediterráneo.

IV° Que también en las Antillas se las puede surtir de maíz y harina, que juntamente con la carne salada podrían competir y hacer bajar los precios de esas mercaderías provenientes de los Estados Unidos de América.

V°) Que se introducen 2.000 esclavos por año en el país y que dos tercios siguen viaje con destino al Perú. Este comercio ha sido realizado por los portugueses y podría serlo por los ingleses.

La toma de Buenos Aires, produjo un gran entusiasmo en Londres y casi un centenar de naves mercantes se aprestaron y zarparon rumbo al Río de la Plata. Cuando amarraron a nuestras costas ya la ciudad había sido reconquistada, pero los comerciantes ingleses trataron entonces de vender sus mercaderías a menor precio.

Entre las medidas adoptadas por Beresford, se encuentra declarar el “libre” comercio. El consulado porteño, mientras tanto había tenido una activa participación en la guerra contra los corsarios ingleses, no la tuvo igual cuando el invasor ocupó la capital servilmente le prestó juramento y obediencia.

Belgrano se excusó de esa medida que le repugnaba y la evitó viajando a la capilla de Mercedes en la Banda Oriental.

Cuando Buenos Aires fue reconquistada, el Consulado votó la prohibición de comerciar con neutrales y la permanencia de buques extranjeros en aguas del Río de la Plata. A esta medida se opuso Juan José de Lezica.

Los ingleses había sido expulsados, pero su poder naval les permitía permanecer en nuestras aguas, reunir más de 10.000 hombres en varias expediciones y volver a atacar, apoderarse de Montevideo, el mejor puerto del Plata y tratar de ocupar por segunda vez Buenos Aires. Las autoridades inglesas, una vez asentadas en Montevideo, abrieron el puerto a los navíos mercante cuyos capitanes esperaban ansiosos el momento de desembarcar y vender sus cargamentos de géneros y productos manufacturados. Los derechos de aduana fijados fueron muy bajos y alrededor de 2.000 comerciantes y empleados ingleses irrumpieron en la plaza. Montevideo no podía absorver tanto giro comercial y entonces se recurrió al expediente comercial de siempre, la introducción de mercaderías de contrabando en Buenos Aires, a través del Delta y el puerto de las Conchas.

Segunda Invasión inglesa

El segundo ataque inglés a Buenos Aires fracasó ante la heroica y férrea defensa de las pocas tropas veteranas, los improvisados milicianos, el pueblo, los esclavos y hasta los niños. Las rentas de aduana cayeron estrepitosamente debido a la guerra.

Después de la hora tan gloriosa de Buenos Aires, los ingleses permanecían en Montevideo y las mercaderías seguían entrando de contrabando. Es importante destacar lo expuesto por el Secretario de Estado inglés de la Cartera de Guerra, Vizconde de Castlereagh, quién después de las invasiones dijo: “Hasta podría dudarse de si las silenciosas e imperceptibles operaciones del intercambio comercial ilícito que mantenemos con aquella porción del mundo durante la guerra, serían más operantes y beneficiosas cuando los abordamos sólo como comerciantes que cuando la abordamos como enemigos, lo cual presta al gobierno local nuevas energías que, con seguridad, le permitan hacer cumplir mejor las disposiciones prohibitivas contra nuestro comercio”.

La introducción de efectos ingleses de contrabando, sin embargo, produjo una situación de crisis en el virreinato. Pues los productos de comercio interior hacia Buenos Aires, habían sido reemplazados por los ingleses. También desde las invasiones se acrecentó la rivalidad comercial y política entre Buenos Aires y Montevideo, iniciándose un largo proceso que terminaría con la separación de la Banda Oriental.

Cisneros, el último virrey

Producida la invasión de España por los franceses y el levantamiento de los españoles el 2 de mayo de 1808, se produjo un acercamiento de ingleses y españoles, y la tercera invasión inglesas a Buenos Aires, que dirigía el futuro Duque de Wellington, desembarcó en España para combatir junto a su flamante aliada. Por esa razón Liniers permitía parcialmente el comercio con los ingleses, sobre todo desde el momento en que Carlos IV y Fernando VII fueron prisioneros de Napoleón. Liniers apoyado por los criollos queda triunfante, pero unos meses después llegó a Montevideo el nuevo virrey, Brigadier de Marina Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Un grupo de patriotas, liderados por Belgrano, entre los que se encontraban Cornelio Saavedra y Martín Rodríguez, -que apoyaban el “carlotismo”- trató de evitar la toma de posesión del nuevo virrey y lograr que Liniers se pusiera al frente de la oposición. No obstante el últimos virrey de Buenos Aires se hizo cargo de sus funciones en medio de una crisis política y comercial.

El rendimiento de la Aduana era prácticamente nulo por la inexistencia del tráfico comercial español y la anulación del neutral. Por otra parte, los gastos de mantenimiento de la tropa creada con motivo de las invasiones y de la administración, que crecía con la importancia de Buenos Aires eran sumamente elevados. De manera que Cisneros se veía ante la inmediata e imperiosa necesidad de arbitrar fondos. Dice Belgrano del virrey en su autobiografía: “Las cosas de España empeoraban y mis amigos buscan de entrar en relación con Cisneros. Este se había explicado de algún modo y, a no tener la horrenda canalla de oidores que lo rodeaba, seguramente hubiera entrado por si en nuestros intereses”.

Cisneros llegó al virreinato con órdenes de no permitir el comercio con neutrales, pero las circunstancias que encontró lo predispusieron a favor de esa medida. Por otra parte la alianza de España e Inglaterra protegía al comercio inglés y el espíritu era otorgarle concesiones. Prestaciones de comerciantes ingleses, la opinión del Consulado que apreciaba que se debía permitir el comercio siempre que no perjudicara a la metrópoli, y el Cabildo que también se pronunció por el comercio con neutrales, favorecían las condiciones para adoptar la medida.

Una respuesta contraria a las anteriores fue la adoptada por el Consulado de Cádiz, que respondía a los intereses monopolistas de aquella ciudad. Por otra parte, José de la Rosa, apoderado de los labradores hacendados, que trataba de obtener la representación de toda la Banda Oriental, se dirigió al virrey informando que había 6.000.000 millones de cueros “estancados”. De la Rosa era apoyado por Belgrano y el 30 de setiembre presentó la famosa “Representación de los hacendados y labradores” escrita por el Dr. Mariano Moreno.

La “Representación” tiene argumentos legales y económicos. Las primeras, sin dudas, corresponden a Mariano Moreno, pero las segunda responde a la prédica constante de Belgrano para una mayor liberación del comercio, idea que pregonaba desde hacía más de 15 años.

En otro párrafo de la “Representación” se pedía que las negociaciones inglesas no se hicieran solamente con comerciantes matriculados, tal como lo indicaba el Consulado, sino por españoles, matriculados o no. También se solicitaba quela extracción de frutos nacionales no fuera gravada por ser excesivos. Se pronuncia por la libre extracción de la plata, pues hará bajar su valor y se prefería entonces adquirir dinero en metal por resultar más conveniente, según las formulas del liberalismo económico del siglo XVIII.

Animado por la necesidad y respaldado por las argumentaciones en pro del comercio libre, Cisneros convocó una Junta Consultiva, integrada por miembros del Consulado, del Cabildo y de la Audiencia. También estuvieron representados los hacendados a través de Juan José Castelli, y también el comercio representados por Tomás Antonio Romero. Finalmente Cisneros expidió el “Reglamento de libre Comercio” el 6 de noviembre de 1809.

Las principales cláusulas establecían que los consignatarios fueran comerciantes españoles que debían presentar manifiestos y facturas ante de las 24 horas del arribo del buque, credencial de propiedad y patente de las autoridades del puerto, entre otras. Los productos cuya introducción fuese perjudicial a la industria del país pagarían, además de los derechos aduaneros, 12% adicional. Se prohibía la importación de aceites, vinos, vinagres y aguardientes extranjeros, excepto el de caña. Los cueros que se exportaban abonarían derechos municipales. Lo sebos, lanas, pieles, cueros de animales raros, estaban recargados un 20%. El trigo, la harina y otros cereales y frutas pagaban el 2% de su valor y los vinos abonaban para su exportación 10 pesos por barril. Se prohibía la extracción de oro y plata y los extranjeros podían traer buques en lastre para cargar el sobrante de precio sobre los que habían introducido, es decir que así debían llevarse “frutos de la tierra” y no dinero.

Comercio en manos británicas

Producida la Revolución de Mayo, la Junta Provisional de Gobierno rebajó los derechos de exportación de frutos del país. Esta tendencia a disminuir derechos de exportación siguió en 1811 y se acrecentó con el Reglamento sancionado el 21 de enero de 1812.

El comercio exterior, en su gran mayoría, pasó a manos británicas debido a que su marina mercante y su comercio eran mayores que los del resto de las naciones del mundo, y porque aquí no había marinos, teníamos pocos buques y era necesario crear una marina mercante nacional. Como consecuencia del libre comercio, Buenos Aires y Río de Janeiro quedaron rebasados de productos ingleses. Cabe destacar que en enero de 1810 había frente al puerto de Buenos Aires 50 naves inglesas repletas de mercaderías.

Terminado el comercio con los países neutrales en forma dispositiva, pero continuando en la práctica y por necesidad con “permisos” y restricciones, el último vibrante alegato sobre una mayor libertad de comercio lo expresó Pedro Cerviño con motivo de la inauguración oficial de la Academia de Náutica, el 25 de noviembre de 1795. Belgrano leyó el acta constitutiva y Cerviño pronuncio un a fogosa argumentación al señalar que: “Con frutos y marina haremos un comercio activo; nuestras relaciones mercantiles tomarán la extensión de que son capaces; ya no seremos comisionistas serviles de los extranjeros; nuestras embarcaciones irán a los puertos del norte, los fletes que hasta ahora han utilizado y dado fomento a la marina de los enemigos del Estado, se difundirán en la nación y la harán rica y opulenta”.

Este discurso provocó una reacción entre los monopolistas y Alzaga califico sus teorías de “insolentes, heréticas y subversivas”. Trato por todos los medios que el discurso no fuera impreso, pero el virrey no opinó lo mismo y se lograron publicar algunos ejemplares.

Belgrano, en 1802, hace un cálido elogio de Cerviño al inaugurar los certámenes públicos de la Academia de Náutica.

La influencia de Belgrano

Vimos la influencia de Belgrano en la liberación del comercio, hasta el año 1800. Veamos ahora como durante la primera década del siglo XIX continuó con sus ideas y realizaciones hasta la Revolución de Mayo. En primer lugar, desarrolló una acción que directa o indirectamente contribuía a impulsar el comercio marítimo. Tenemos así sus realizaciones por un desarrollo rioplatense de la marina mercante con la creación de una escuela náutica y su intervención en las acciones militares de corso o en las fluviales de defensa o expedicionarias. Realizó o contribuyó a realizar una labor portuaria e hidrográfica de gran interés, incluyendo el muelle de Buenos Aires, habilitación de puertos secundarios, balizamiento y mejoramiento de vías navegables. Estimuló las producciones que podían incrementar el comercio, tales como la agricultura, ganadería e industria, el cultivo de lino y cáñamo, de gran aplicación en la industria naval. Publicó en escritos o en el “Correo de Comercio”, el movimiento de naves y noticias náuticas e los puertos del Plata.

En el “Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata” dirigido por el Coronel Francisco Centeno Cabello y Mesa, que se publicó desde el 1° de abril de 1801 hasta el 17 de octubre de 1802, se encuentran diversas ideas cuya paternidad son de Belgrano, porque repiten conceptos de sus “Memorias” del Consulado o son de su estilo y formación. En el N° 4 del 11 de abril de 1801, se escribe sobre la necesidad de implantación de una fábrica de “Lonas y toda especie de telas, no sólo para promover navegación mercantil que ya empieza a tener incremento en estos puertos, sino para la armada y la navegación de la península en ciertos casos”. La memoria de estos hechos señala “solo sirven para aplicarnos a remediarlos fomentando la agricultura, la industria y el comercio”.

Propulsaba el crecimiento y mejora de los puertos del país para hacer un comercio exclusivo por su abundancia y perfección, pues “nadie podrá entrar en comunicación con nosotros”.

“En el fruto más abundante los cueros y pieles, tenemos pues cuanto necesitamos para la curtiembre”, luego se refiere a la industria y todo lo relativo a la misma, inclusive lo que era motivo de grave preocupación, la polilla de los cueros, “desterraremos con las curtiembres la cual”, indicaba cuánto se beneficiaban los comerciantes que no eran del medio, con nuestras pieles y cuanto se fomentaría el comercio nacional con la curtiembre de cueros.

En un párrafo reproducía este pensamiento: “Yo no me atrevo a decidir pero si clamare ante esta ilustre Universidad, para que en la parte que le toque medite y piense en lo mejor que puede traer utilidad a esta Provincia, que se halla en la obligación de atender, pues de ser bien este debe resultar el de la Madre Patria”.

Desde 1803 hasta 1807, Belgrano se ocupó, entre otros temas, del muele, la Escuela de Náutica, las invasiones inglesas y sus escritos económicos. En las memorias del Consulado de los años 1804 y 1805, se refieren a los viajes científicos por los ríos del virreinato, levantando sus planos topográficos, y la necesidad de aumentar nuestra población. En la memoria del año 1807 se refirió al comercio interior, aunque no se conoce su texto, lo mismo que las de los años 1808 y 1809, que se suponen dedicadas, la primera al plan estadístico del virreinato y la segunda a la apertura del comercio con los países neutrales.

En la memoria que Belgrano realizó en los certámenes públicos de la Academia de Náutica, en enero de 1806, y que fue publicada en el “Semanario de Agricultura” expresó: “el hombre inflamado por el deseo de engrandecerse, comienza por ser pastor, sigue labrador y acaba siendo comerciante”. Impulsa el estudio de la matemática como ciencia auxiliar del comercio.

Más adelante expresa: “conocida la necesidad de embarcaciones propias para exportar nuestros voluminosos frutos, se auxilian de las matemáticas que en todos los objetos exceden su poderío, y se levantan astilleros a las márgenes de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, pecheros del de la Plata y ya hemos visto que surcaban sus aguas hermosas fragatas y otros buques que llegaron a la Europa para ser la admiración del extrangero por sus exquisitas maderas, tal vez alguna por su elegante construcción”.

El “Correo de Comercio”

En el “Correo de Comercio” que se editó el 3 de mayo de 1810 al 6 de abril de 1811 bajo la dirección de Belgrano, éste reunió muchas de sus ideas económicas e instruyó a la generación de Mayo en las ramas de la agricultura, la industria y el comercio.

El “Correo” era un semanario del que se editaron 52 números en él Belgrano volvió a volcar muchas de sus ideas, ya expuestas en sus “Memorias” del Consulado. Surgen en sus páginas el continuo estímulo a la colonización y la promoción de la agricultura, la ganadería, el comercio, y la industria. También expone descripciones geográficas, labores rurales, y temas literarios.

En el número uno figura una dedicatoria a los labradores y luego reflexiones sobre el comercio indicando la mayor importancia del exterior sobre el interior, y considerando la plata y el oro como “frutos del país” y se cita a Adam Smith expresando: “un país que no tiene minas, debe por necesidad arrancar la plata y el oro de países extranjeros, del mismo modo que el que no tiene viñas conduce el vino que necesita consumir” y continúa haciendo referencia a este tema en el número dos de ese semanario con argumentos de la “Representación de los Hacendados”. Bajo el título de “Navegación” se llama la atención sobre el puerto de Ensenada de Barragán, en la provincia de Buenos Aires, y sus posibilidades.

En el número 28, del sábado 8 de setiembre de 1810, en plena marcha del proceso revolucionario, se continúa un artículo sobre el comercio donde expresa: “La riqueza real de un Estado es el más grande grado de independencia en que está de los otros para sus necesidades y el de mayor sobrante que tiene para exportar” y expone los siguientes principios comerciales de los ingleses:

* “La exportación de los superfluos es la ganancia más clara que puede hacer una nación”.

* ”El modo más ventajoso de exportar las producciones superfluas de la tierra, es ponerlas ante con otra o manufacturadas”.

* ”La importación de mercancías que impidan el comercio de las del país, o perjudican el progreso de sus manufacturas y de su cultivo, lleva tras si necesariamente la ruina de una nación”.

* ”La importación de las mercaderías extranjeras de puro luxo a cambio de dinero quando este no es un fruto del país como es el nuestro, es una verdadera pérdida para el Estado”

* ”Es un comercio ventajoso dar sus baxeles a flete a las otras naciones”.

En el número siguiente, se refiere al comercio interior, haciendo interesantes reflexiones sobre la necesidad del legislador de frenar la producción de artículos de lujo y “aliviar con franquezas y privilegios la parte que sufre”.

En el número 31, del 29 de setiembre de 1810, divide a los comerciantes en tres categorías: “Regatones”, aquellos que compran las producciones para revenderlas en pequeñas partes a los ciudadanos. Resultan más cómodos que necesarios y frenan parte del comercio interno. Los “Manufactureros”, que dan forma a las materias, dando trabajo y conduciendo a un grupo de hombres; califica a esta categoría de muy necesaria. Finalmente, están los “Negociantes”, que hacen “pasar al extrangero las producciones de su patria, para cambiarlas por otras producciones necesarias o por el dinero” y agrega: “Esta profesión es muy necesaria porque ella es el alma de la navegación y aumenta las riquezas relativas del estado”.

En el número siguiente se refiere a la agricultura, destacando que los pueblos sólo la utilizan como subsistencia, para cubrir sus necesidades, han vivido en “el temor de sus miserias y las han experimentado a veces”, pero aquellos que la han tomado como objeto de comercio han gozado de una abundancia muy sostenida. Cita el ejemplo de Inglaterra y su enriquecimiento por la exportación de granos y el fomento de la navegación.

En los números 34 y 35 se refiere a la construcción de “almacenamiento de trigo” para “entretener la abundancia en el reyno” y los problemas que plantea son aplicables a la falta de silos en nuestro país.

En el número 37 se refiere a la entrada de materias prima extranjeras y dice: “Quando se puede esperar recogerlas con su propio fondo en cantidad suficiente y que ellas no necesitan un poco de favor en el precio para animar la agricultura, la proporción del derecho debe entonces reglarse sobre las necesidades de las manufacturas y sobre el valor que falta al cultivo”. Y agrega: “Quando una materia prima entre en alguna forma que también podría haberse dado por la nación que la compra, no es justo que entre transformada como si no tuviese nada de obra… las manufacturas deben dar a las tierras de un estado el mayor valor posible y a sus hombres la mayor abundancia de trabajo”.

En el número 39 de fecha 24 de noviembre de 1810 se refiere a la navegación y expresa: “Toda nación, que dexa hacer por otras un a navegación que podría emprender ella misma, disminuye sus fuerzas reales y relativas a favor de sus rivales”.

En el número 40 del 1° de diciembre de 1810 refiriéndose al comercio marítimo dice: “Si una nación navega por otra, o abarca el monopolio de sus mercaderías, que viene a ser lo mismo, la agricultura y las manufacturas de ésta serán restringidas a animadas según el interés que encontrará en ella la primera” , es decir que el trabajo del pueblo y los recursos del estado vendedor, estarán en mano del estado navegante y finaliza: “De donde se puede concluir que la salud y la conservación de un estado exige que no dexen jamás entrar a los extranjeros en concurrencia con sus navegadores en la exportación de sus producciones, ni en la importación de las mercaderías de quai no hay necesidad”. Refiriéndose a los puertos expresa: “la abundancia de los buenos puertos es una de las mayores incitaciones par la navegación”.

La grandeza de Belgrano

Belgrano no estaba errado en sus apreciaciones y propiciaba un tratamiento de las materias primas que se exportaban con el objeto de lograr una mayor ganancia en el intercambio y por eso insistía en la industria de la curtiembre, que además de producir trabajo producía mayores dividendos que la exportación de cueros sin tratar.

El Secretario del Consulado propiciaba y realizó hechos positivos en pos del engrandecimiento económico del virreinato. En ese sentido bregó por la creación de una marina mercante, construida en el país, con el fin de que los países marítimos, no nos quitaran parte de nuestras riquezas con los fletes, ni dominaran nuestro comercio. También trataba de mejorar puertos, muelles, la navegación fluvial, el balizamiento y la realización de tareas hidrográficas, para ampliar y facilitar el comercio. De esta manera dejó trazado el camino para el futuro. Con la liberación del comercio trataba de abolir el contrabando que traficaba con productos que faltaban en el país y suplía en parte el comercio libre, pero no dejaba beneficios para el estado y solo servía para el enriquecimiento de comerciantes y funcionarios venales. Buscaba, además, el progreso de su país, su crecimiento económico y por ello el librecambismo que sólo favorecía a Buenos Aires y perjudicaba al comercio la industria del interior, estaba protegiendo la industria propia.

Belgrano fue uno de los hombres más importantes, sino el principal, que impulsó al país en los aspectos económicos hacia su independencia.

De toda la correspondencia sostenida con San Martín y Martín Guido, se desprende el conocimiento e interés que tenía Belgrano por la lucha y los asuntos marítimos, demostrando una clara comprensión del poder naval y del dominio del mar, poco común en aquellos tiempos. Desde su época de redactor del “Correo de Comercio” y aún antes, en el Consulado, Belgrano había escrito sobre la necesidad de una marina mercante y también de guerra.

Después de llegar a Buenos Aires, Manuel Belgrano vivió sus últimos días en su casa, cerca del convento de Santo Domingo, a pocos metros del río que desde su más tierna infancia le despertaron su curiosidad por el mar y su comercio.

En Manuel Belgrano encontramos la génesis de los desarrollos posteriores y la solución a problemas que no pudo resolver un su tiempo. Muchos de sus escritos tienen hoy vigencia. La labor de Belgrano fue extraordinaria, ella sólo sería suficiente para labrar la gloria de un hombre, sin embargo, sabemos que fue una de las tantas tareas realizadas por el prócer que también tuvo facetas en lo militar, diplomático, comercial, educativo, político, periodístico y cultural. Cuando la revolución se apoderó y ocupó su vida, ya casi no le quedó tiempo para otra cosa que no fuera luchar por su país. La labor más importante en lo relacionado a lo marítimo lo realizó antes de mayo de 1810, junto con varias reformas en lo económico y cultural. Belgrano fue grande antes de crear la bandera, en su expedición por el Paraná al Paraguay, vencer en Tucumán y Salta, por la labor que realizó en la época hispánica en pro del desarrollo del país.-

Ernesto Martinchuk es periodista, docente, investigador y documentalista.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.